historia

Sangre y champán: la increíble historia del último guillotinado en París en 1939

La guillotina nació para democratizar el sórdido mundo de las ejecuciones y evitar sufrimientos innecesarios a los condenados, sin distinción entre ricos y pobres

Foto: Última ejecución con guillotina en París en 1939.
Última ejecución con guillotina en París en 1939.

Hay una cierta melodía en el origen de esta historia. La guillotina nació para democratizar el sórdido mundo de las ejecuciones y evitar sufrimientos innecesarios a los condenados, sin distinción entre ricos y pobres, iguales al nacer e idénticos al morir. Antes de su aparición solo los aristócratas tenían derecho a ser ajusticiados con métodos exentos de agonía. El invento, un recurso verbal fácil en muchos revolucionarios de pacotilla, fue construido por un fabricante de pianos alemán residente en París, Tobias Schmidt, quien así contentaba la petición del diputado Joseph Ignace Guillotin de reemplazar sistemas tradicionales y dar cierta modernidad expeditiva al cadalso. Con el tiempo, asqueado al ver su nombre asociado a tan célebre máquina, su rostro pareció contener todos los cadáveres pasados por la macabra cuchilla y sus testas decapitadas.

El bautizo forjó la leyenda, pero como es comprensible pocos repararon en la coincidencia fundacional de juntar dos hombres de los países clave para explicar tantos quebraderos de cabeza europeos. La pugna entre Francia y Alemania, aliviada tras la plasmación de algo similar a una Unión Europea, marcó la senda del Viejo Mundo como mínimo de 1870 a 1945, y en esas estábamos cuando se produjo la última exhibición pública de un verdugo galo. Corría junio de 1939 y la decrépita Tercera República, desgastada entre intentos de golpes de Estado de la extrema derecha y la debilidad del Frente Popular, muerto en vida desde abril de 1938, cuando el radical Édouard Daladier cogió el timón del consejo de ministros y puso fin al bienio capitaneado por Léon Blum.

Pese a ello el país no cobraría un rumbo certero, amilanado por el contexto internacional y la creciente ambición territorial hitleriana, siempre más a rostro descubierto, sin ningún tapujo a la hora de reivindicar su espacio vital ante la debilidad manifiesta de las potencias democráticas, bien visible durante el episodio del Anschluss austriaco y superlativa en el ridículo otoño del pacto de Múnich, donde la fotografía con los rostros desencajados del primer ministro francés y su homólogo británico serviría para escribir el epitafio de toda una época y el preludio de la venidera, trágica en todos sus componentes.

Pacto de Múnich.
Pacto de Múnich.

Ante el apaciguamiento, hermoso eufemismo de bajarse los pantalones por miedo al adversario, la nación protegida por la endeble línea Maginot empezó a acariciar la previsible deriva nacionalista, con la tricolor por bandera, nunca mejor dicho, y la realidad conteniendo el aliento ante la conciencia de un conflicto en ciernes. Aun así, nada interrumpía la lenta cadencia de la cotidianidad, sobresaltada durante la primavera de 1939 por un juicio capaz de congelar los nubarrones bélicos y centrar los titulares en una serie de crímenes perpetrados por un extranjero, para más inri alemán.

El cazador cazado

Eugen Weidmann era perfecto para completar un cóctel explosivo. Nacido en febrero de 1908 en Fráncfort del Meno tuvo todo para desarrollar una existencia sin apuros y en cambio, como si rechazara planes demasiado grabados en la piedra de su destino, eligió bailar en la cuerda floja desde el instante en que recaló en casa de sus abuelos con el fin de evitar los bombardeos de la Gran Guerra. En Saarbrücken se divirtió a base de pequeños hurtos, suficientes como para ingresar en prisión antes de los 20 años al sumar demasiados antecedentes penales.

Ya entre rejas no perdió siquiera un segundo en lamentarse. Quizá caviló sobre el futuro y sus migajas lo llevaron al patio del recinto, donde intimó con el francés Jean Blanc y el británico Roger Million. Con ambos hilvanó una conjura internacional preparada para detonarse al recobrar la libertad. Se instalarían cerca de París y secuestrarían a turistas para robarles sus pertenencias.

Eugen Weidmann
Eugen Weidmann

El plan prosperó desde julio de 1937, mientras se celebraba la Exposición Internacional. El factor decisivo para su éxito era el carisma de Weidmann, más vistoso que sus cómplices tanto por su mirada tenebrosa aterciopelada como por un porte capaz de romper mil corazones sin pestañeos ni seducciones. Su sola presencia bastaba para llamar la atención, y así cayó en su red la joven estadounidense Jean de Koven, entusiasmada con el flirteo y toda la parafernalia propia de quien sabía deslizar su potencial de belleza para trenzar un pausado adagio hacia la meta suprema.

La pobre estadounidense llegó a escribir una carta repleta de entusiasmo e hipérboles a su mejor amiga. El astro teutón era el no va más, un Sigfrido incalculable con quien iba a visitar la mansión regalada a Josefina por Napoleón Bonaparte. La excursión terminó con un vaso de leche envenenado como ópera prima del artista del crimen. Corría julio de 1937 y en septiembre del mismo año le llegó el turno a Joseph Couffy, un chófer contratado para ir a la Riviera y asesinado con un tiro en la nuca; dos días más tarde Eugen y Jean engañaron a una enfermera a punto de casarse. Necesitaba un empleo y se lo ofrecieron. Murió como el conductor.

Una vez arrestado, el dandi gélido confesó todos sus crímenes, y solo mostró arrepentimiento por haber acabado con la bailarina

Un mes después, el 16 de octubre, timaron a un director teatral a quien prometieron financiar su función. Exhaló su último suspiró tras recibir el disparo letal en el mismo lugar que los otros damnificados. Las dos últimas presas de tanta frialdad fueron un compatriota de Weidmann, judío y feliz de hallarse con un enemigo del régimen nacionalsocialista, y el promotor inmobiliario Raymond Lesobre, quien por suerte para las fuerzas del orden era grafómano y apuntó su compromiso para ir a ver una casa con sus homicidas. De este modo la policía dio con los malhechores, enfrentándose a una ráfaga de disparos previa a su captura.

Una vez arrestado, el dandi gélido confesó todos sus crímenes, y solo mostró arrepentimiento por haber acabado con la bailarina, de quien le enternecía su cándida inocencia. Ya en los tribunales, con una expectación popular solo comparable al caso del mítico Landru, 'a posteriori' cantado por Charles Trenet, Blanc fue condenado a 20 meses y Million recibió sentencia de muerte, conmutada por una cadena perpetua que no llegó a cumplir. Weidmann, la estrella del proceso, no se libró de visitar a 'madame' Guillotine en su última función pública. Se emplazaron el 17 de junio de 1939 en la prisión Saint-Pierre, en Versalles.

De Berlanga

Si ese año no hubiera sido tan anómalo el encargado de acabar con los días del alemán hubiera sido Anatole Deibler, con una impecable hoja de servicio forjada a lo largo de medio siglo y casi 400s decapitaciones. Su inesperado fallecimiento el 2 de marzo dio su cargo a Jules-Henri Desforneaux, quien, como es comprensible, tenía poca experiencia en estas lides mortuorias y encima era más bien despistado, retrasándose en su horario a primera hora de la mañana.

Pese a lo remarcado, no cabe imaginar un Nino Manfredi a la francesa. El nuevo responsable oficial de la guillotina, un novio de la muerte sin legiones de por medio, no albergaba miedo ni inseguridad alguna. Quizá se le pegaron demasiado las sábanas, pero lo cierto es que al llegar al lugar establecido el alba había despuntado y un remolino de espectadores atendía con impaciencia a Weidmann, aterrado, con pelo hasta los topes de gomina y muy bien sujetado por funcionarios de negro, en claro contraste con su inmaculada camisa blanca.

Momento en el que conducen a Weidmann a la guillotina en junio de 1939 en París.
Momento en el que conducen a Weidmann a la guillotina en junio de 1939 en París.

Lo siguiente es una sucesión de imágenes. Bicis aparcadas. Ojos atentos. Merodeadores incautos. La más icónica captó mediante un plano picado el instante donde descendió el filo para bajar el telón. Otras exhiben la barrera de los soldados para parar al histérico gentío congregado con infinitas ganas de asistir a un espectáculo interpretable también como catarsis individual y colectiva al encarnar el alemán todo el peso de esa reanudación de la eterna contienda intuida en el horizonte. Eran las cuatro y treinta y dos minutos de la mañana. Se descorcharon botellas de champán y hasta se comentó haber escuchado gritos de alegría por la resolución del luctuoso evento, con mujeres a la búsqueda de algún recuerdo póstumo de un héroe exento de medallas.

La ejecución devino una 'performance' de largo alcance gracias al impacto de los medios de comunicación, quienes, desde finales del siglo XIX, muchos cifran el misterio de Jack el Destripador como inicio del fenómeno, fomentaban el ya habitual interés por la crónica negra con puro sensacionalismo con el fin de vender muchos periódicos y mantener al lector expectante hasta la próxima entrega mediante la paulatina y calculada entrega de las informaciones. Como bien es sabido las series no han inventado nada, solo han perpetuado con mayor ansia los mecanismos de la curiosidad.

El problema en el caso Weidmann fue la filmación del suceso. Desde hacía siglos el pueblo gustaba de sentir la inminencia programada de la señora de la guadaña entre el morbo, la superstición y hasta el aprovechamiento de la sangre salpicada. Nadie se rasgaba las vestiduras por el hecho, y en la Barcelona de 1890 hasta se aprecian chavalillos encaramados a los árboles para no perderse detalle del lance. En España se prohibieron las ejecuciones públicas en 1900 para así terminar con la muerte como un espectáculo público para desgracia de muchos expertos en el garrote vil, como Nicomedes Méndez, quien afirmó que no de haber sido verdugo le hubiese gustado ser torero, por eso de los aplausos, la vuelta al ruedo, la atención de la grada y el foco centrado en el coso. Su veto en Francia, acordado por el presidente Lebrun y el 'premier' Daladier, huele más bien a despertar de la modernidad desde la técnica. Si unos pocos se arremolinaban ante un cadáver nada acaecía, pero todo cambiaba si a través de imágenes en movimiento toda la nación engendraba un culto enfermizo para con los malhechores mientras podía acompañar desde la comodidad de una butaca al verdugo en su labor. La desarrollaron hasta 1977, fecha de su último acto de servicio. La pena de muerte se abolió por completo en 1981.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
10 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios