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La cara oculta de la Luna: Franco, The Beatles, Eddy Merckx... el otro julio de 1969

Aquel mes estuvo repleto de perlas escondidas por el impacto de haber alcanzado el único satélite natural de la Tierra

Foto: Familia española ve en televisión la llegada del hombre a la Luna en 1969
Familia española ve en televisión la llegada del hombre a la Luna en 1969

El mes de julio de 1969 estuvo marcado por la llegada del hombre a la Luna, y mientras todo el mundo contenía el aliento nuestro planeta seguía imparable en su giro de acontecimientos. Cuando un evento pasa a la Historia otros coetáneos quedan sepultados en la losa del recuerdo, pero esos treinta y un días de hace medio siglo estuvieron plagados de efemérides importantes con suficiente valor como para captar el pulso de un mundo abocado a despedirse de los mitificados años sesenta para ingresar en la turbulencia de la década siguiente, antesala de nuestra era desde el fin de los treinta gloriosos y el estallido de una serie de conflictos que aún condicionan nuestra existencia.

El 15 de julio de 1969 se envió al espacio la misión Apolo 11. Esa misma mañana los ciclistas partían desde Luchon con destino a Mourenx para recorrer los 214,5 quilómetros de la decimoséptima etapa del Tour de Francia, liderado por Eddy Merckx, quien a lo largo de esa edición se hizo merecedor del apelativo caníbal por su hambre de victoria y no dejar siquiera las migajas para sus adversarios, secundarios atónitos ante el potencial del joven corredor belga, quien a sus 24 primaveras podía presumir de un palmarés estratosférico entre clásicas, la victoria del Mundial de 1967 y la conquista del Giro de 1968, mientras las barricadas ardían en París y la guerra civil burguesa de ese mayo cuajaba en varios continentes.

Eddy Merckx en 1969
Eddy Merckx en 1969

Merckx llegó a la ronda gala de 1969 con ganas de dictar sentencia tras su expulsión en el Giro por dar positivo con anfetaminas. De nada le sirvió llevar la maglia rosa y haber pasado más de diecisiete controles antidopaje. Su imagen llorando fue una especie de preludio en pos de una ira controlada. Si debía hablar lo haría dando pedales, y cuando llegó su debut en la Grande Boucle se convirtió en un vendaval insufrible para los demás.

Esa jornada en los Pirineos cimentó aún más la voracidad del ogro valón. Era líder de la carrera con ocho minutos de ventaja sobre el francés Roger Pingeon, lo que no fue en absoluto inconveniente para tomar unos metros en el descenso del Tourmalet y coronar el Aubisque con la friolera de siete minutos sobre sus rivales, ampliados en meta para asombro de todos los presentes. Parecía imposible lo sucedido, si bien con Merckx los adjetivos se agotaban cada dos por tres. El 20 de julio se impuso en la contrarreloj definitiva y subió al podio en siete ocasiones como ganador de todas las clasificaciones, entre ellas la general, la regularidad, el maillot de la montaña, la combatividad y el honor de subir al cajón más alto del Bois de Vincennes junto a sus compañeros del Faema, galardonado como mejor equipo para completar el inicio de una tiranía refrendada durante el primer lustro de los setenta, cuando sólo Luís Ocaña le plantó cara en 1971 hasta su trágica caída en el Col de Menté. El hechizo de Merckx con la mayor prueba ciclista concluyó en 1975, cuando el puñetazo de un espectador mientras subía el Puy de Dome y la eclosión de Bernard Thévenet truncaron el sueño de coronarse seis veces en París, cifra maldita sólo rebasada por Lance Armstrong mientras se ignoraron sus ayudas dopantes.

Un Kennedy en apuros

Al otro lado del charco otra maldición campaba a sus anchas y sin tapujos. En el imaginario colectivo los sesenta llevan la rúbrica Kennedy en sus entrañas. Fue John quien, de hecho, profetizó la llegada del hombre a la luna antes de terminar el decenio. Como es bien sabido no pudo contemplar el logro al ser asesinado el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, y desde la antigüedad morir joven y dejar un bonito cadáver es sinónimo de inmortalidad, una especie de bálsamo para aniquilar las sombras y propulsar las luces, como sucedió y sucede con el primer presidente católico de los Estados Unidos de América.

JFK no era el elegido para el patriarca del clan en su obsesión por encumbrar a su camada a las más altas cotas de poder en el país de las barras y estrellas. El fallecimiento del primogénito Joseph en agosto de 1944 durante la Segunda Guerra Mundial alteró los planes, y estos quizá tenían vida propia y no entendían la palabra tranquilidad. Tras haber logrado alcanzar la cima la muerte truncaba el anhelo con cruento regocijo, casi como si se recreara en atentar contra la familia de origen irlandés. En junio de 1968 llegó el turno de Robert, favorito para ganar las elecciones tanto en las primarias de su partido como contra el candidato republicano, el sempiterno Richard Nixon. El duelo entre ambos fue imposible por el disparo a quemarropa de Sirhan Bishara Sirhan, de veinticuatro años e impulsado hacia el crimen por el apoyo del senador Kennedy a Israel.

Ted Kennedy, con el collarín tras el accidente
Ted Kennedy, con el collarín tras el accidente

El asesinato de Bobby situó en la rueda del relevo a Edward Kennedy, quien gozaba de muchos parabienes para, al fin, inaugurar una dinastía en la política estadounidense. El 18 de julio de 1969 asistió como invitado a la fiesta organizada por las Boiler Room Girls, voluntarias de la campaña de su malogrado hermano. A las 23,15 de esa noche abandonó la celebración en compañía de una de las chicas, Mary Jo Kopechne. Unos quilómetros más tarde el Oldsmobile negro cayó desde un puente al lago Poucha, en Chappaquiddick, una isla de Massachussets. Ted pudo salvarse, pero entre el egoísmo por sobrevivir y un miedo precipitado dejó a su acompañante en el interior del coche, encontrándose su cuerpo sin vida a la mañana siguiente. Si el senador hubiera llamado al instante a los equipos de rescate la tragedia no se hubiera producido.

El accidente, medio silenciado durante los primeros días con el viento a favor del episodio lunar, fue la tumba de sus aspiraciones presidenciales. Para intentar disminuir su culpa se puso un ridículo collarín ortopédico, prueba de su engaño al no tener lesión alguna, pronunció un discurso televisivo con el fin de expiar pecados y recibió una condena de dos años de cárcel, anulada por carecer de antecedentes penales. Desde entonces sus barrotes fueron mentales. No fue el último episodio macabro de los Kennedy, pero sí el más definitorio en la aspiración de volver a la Casa Blanca.

El camino español hacia la monarquía

Francisco Franco y Juan Carlos de Borbón, durante su nombramiento como Príncipe de España
Francisco Franco y Juan Carlos de Borbón, durante su nombramiento como Príncipe de España

El 22 de julio de 1969 los termómetros de Madrid marcaban 34 grados. La noche anterior medio país acudió a bares y tabernas para visualizar desde el televisor las andanzas de los dos héroes enfundados en sus trajes de astronauta mientras Jesús Hermida las narraba desde Houston.

La trascendencia del hito para la Historia Universal se conjugó con la aplicación nacional de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, aprobada como quinta ley fundamental del Franquismo en el referéndum del 6 de julio de 1947. La indudable cercanía del hecho biológico, eufemismo para referirse a la muerte del Dictador, aceleró el proceso para designar el heredero, y así fue como el día después de la luna Juan Carlos de Borbón y Borbón recibió el título de Príncipe de España y juró fidelidad a los principios del Movimiento Nacional aceptando la legitimidad política surgida del 18 de julio, saltándose la línea sucesoria natural de la Monarquía, con el consiguiente enfado de Don Juan, quien sólo renunció a sus derechos dinásticos el 14 de mayo de 1977, cuando el atado y bien atado era una frase de pavor ante las posibles reacciones del búnker y el estamento militar ante el rumbo hacia la Democracia postulada por el Monarca y sus asesores, refrendado apenas un mes después, cuando tras cuatro décadas el país celebró elecciones legislativas.

Esa tarde veraniega Franco vestía de blanco y en cierto sentido asumía las presiones de los capitostes del régimen, empeñados en dar con una solución para garantizar el Franquismo sin su máximo adalid. Carrero Blanco y Laureano López Rodó sabían de la importancia de ofrecer una imagen de renovación antes de la agonía, sobre todo por el incipiente rumor de la calle entre protestas estudiantiles, huelgas obreras y escándalos rotundos como el de Matesa. Su apuesta se reveló fallida y se diluyó en la legislación con el sí de la ciudadanía a la Carta Magna en diciembre de 1978, apertura hacia un nuevo orden estatal.

Punto y final en Abbey Road

Mientras todo esto acaecía cuatro músicos menores de treinta años entregaban el último fruto de su inigualable travesía. Desde 1968 la unidad de The Beatles se resquebrajaba en mil pedazos entre la necesidad de mayor autonomía de sus componentes, el hastío por tanta intensidad en tan poco tiempo y elementos propios de la vida privada de John, Paul, George y Ringo, enfrascados entre amoríos, distintas amistades y disensiones internas normales en personas vinculadas en lo creativo desde la adolescencia. Pese a ello en menos de un año y medio tuvieron arrestos para grabar tres discos sensacionales antes de comunicar su separación oficial en abril de 1970.

Los Beatles en el estudio de grabación
Los Beatles en el estudio de grabación

En julio de 1969 buscaban ofrecer un testamento digno de su nombre, y lo consiguieron con Abbey Road. Desde el Sargent Pepper McCartney había tomado el mandode las operaciones, pero da la sensación que durante la grabación del álbum celebérrimo por su portada todos dieron lo mejor de sí mismos desde la conciencia del final. El día del pequeño paso para el hombre y un gran paso para la Humanidad, Lennon completaba la parte vocal de 'Come Together', canción inicial de la cara A. Los días posteriores se registraron otros temas y se ideó el Medley del segundo tramo del Lp, una excepcional suite musical entre 'You Never Give Your Money' y la trilogía de 'Golden Slumbers', 'Carry That Weight' y 'The End', con esas palabras finales advirtiéndonos de la despedida. 'And in the end the love you make is equal to the love you take'. Y así, con esta frase entre la nostalgia y la genialidad, se clausuró un mes repleto de perlas escondidas por el impacto de haber alcanzado el único satélite natural de la Tierra.

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