ARRANCA LA FERIA DEL LIBRO

Por favor, no alimente a los libreros de la Feria

Trabajar en la feria. Crónica costumbrista de la fauna y flora de las casetas del Retiro

Foto: La reina Letizia en la Feria del Libro (EFE)
La reina Letizia en la Feria del Libro (EFE)

Esta cicatriz de aquí me la hizo aquel tiburón blanco con el que tuve que pelear a puñetazos para rescatar a una bañista, y esta otra es de los dos años que trabajé como librero en las casetas de la Feria del Libro de Madrid. Literariamente es un trabajo más duro que vencer a la página en blanco en un día de resaca, terminar una novela, encontrarle editor y conceder entrevistas a periodistas que no se la piensan leer. Trabajar en la Feria del Libro de Madrid te hace pensar que a Osama Bin Laden quizás no se le entendió bien. Las batallitas de la Feria son la mili de una generación a la que no sacaron de la universidad para ponerla a limpiar letrinas. Problemas del primer mundo, ¿dónde te creías que estabas?

El feriante libresco ayuda a construir la caseta: coloca media tonelada de ejemplares. Elige con cariño el lugar preferente para los que más le gustan, imagina estrategias, prevé el barrido de los ojos de la clientela, la rutina del paseante de feria. Acarrear todo ese peso hasta los mostradores y los estantes podría parecer un trabajo duro pero es lo más liviano: es peor volverlos a meter en cajas al final de la feria, cuando el sol, el alcohol y la clientela han hecho sus estragos después de veintiún días en casetas de PVC que alcanzan temperaturas de alto horno.

Al subir la persiana, se ve desde la caseta un espejo: enfrente está el mismo librero ocasional, contratado por un editor parecido que se agarra a un clavo ardiendo, como él. Tiene desde entonces una ventana por la que pasan los que salvarán este año la economía de unos cuantos pequeños editores y también la Reina, el primer día. El feriante vive este momento con ansiedad, que pare aquí, que pare aquí, no porque haya dejado de ser un republicano, sino porque con la reina vienen las cámaras y la publicidad. Pero suelen pasar de largo.

De pronto, el primer día, el primer milagro. Una señora agarra un libro de la caseta: es de Schnitzler. Lo hojea, echa un vistazo a la contracubierta. Parece que las manos de la señora estuvieran conectadas a la divinidad. Tiene cara de lectora empedernida. Tiene cara de paraíso, gafas de paraíso, pelo tintado de rubio de paraíso. Pero la señora deja lánguidamente el libro sobre los demás. Pregunta: ¿de Ruiz Zafón no hay?

Para el autor es un rito de paso necesario, para el lector es un paraíso y para el editor la salvación

No, señora. A Ruiz Zafón, un año, lo vi firmando ejemplares. Era un espectáculo digo de ser narrado. Bajo palio, tenía a cuatro personas trabajando. Una hacía caja, otra se encargaba de preguntar el nombre al lector que deseaba la firma y apuntarlo en una hoja de papel al alcance de la miopía del escritor. Zafón era la tercera persona trabajando para Zafón: se dejaba hacer fotos y escribía en cada libro estas palabras: Para X con cariño. La cuarta persona a su servicio, un chico apuesto y apuesto a que mal pagado, daba un golpe con un tampón en la página firmada. En el sello puede leerse: Carlos Ruiz Zafón, Feria del Libro.

Él firmaba, claro, los fines de semana. Son los días más animados porque mucha gente busca a cocineros y youtubers y algunos incluso buscan las casetas literarias. Pero Cronos dictaminó que los fines de semana sólo durarían dos días y que el resto del tiempo sería laborable. Es en esos días cuando la Feria martiriza a los feriantes con crueldad: un martes cualquiera a las doce del mediodía representa la mitad de una travesía en el desierto de la que puede surgir, si uno pone de su parte, una nueva religión monoteísta.

El jubilado y el paranoico

En esos días largos encontramos dos tipos de pobladores bien diferenciados: el jubilado y el paranoico. El jubilado tiene mucho tiempo libre para leer pero, ay, muy poco dinero para comprar. Esto me pasó con uno el primer año que trabajé allí:

-Me gusta mucho esta editorial -dijo refiriéndose al Olivo Azul, que ya no existe-. ¿Tiene los últimos?

Los tenía. Se los iba mostrando. Eligió dos tras estudiarlos todos detenidamente.

-¿Sabe cuántos años tengo? Tengo noventa y dos. ¿A que no te lo crees?

Me lo creo. Sus ojos no mentían, en ellos había trabajado el bisturí para aclarar cataratas. Metió los libros seleccionados en una bolsa.

En mi casa tengo más de cinco mil y no los he leído todos. Sé que hay muchos que no podré leer, y eso que le he ganado a la muerte varios años la partid

-Cada año me llevo muchos libros de la feria. Me da lecturas para el resto del año. A mis años me parece que no podré leerlos todos. Ya no compro tantos como antes. En mi casa tengo más de cinco mil y no los he leído todos. Sé que hay muchos que no podré leer, y eso que le he ganado a la muerte varios años la partida. Bueno, nene, a ver si nos vemos otra vez el año que viene.

No lo volví a ver al año siguiente. El paranoico, por su parte, se acerca a la caseta porque cree que el destino le ha llevado allí. Pregunta por un libro que no tienes y desconfía cuando se lo dices. Cuando le comunicas el precio de otro libro que sí tienes en la caseta, te pregunta si eso es con el descuento o sin él. Y se marcha para volver otro día: entonces ya está convencido de que entre vosotros existe algún tipo de relación, y con frecuencia vuelve a preguntar el precio de mismo libro sólo para comprobar si le estabas mintiendo. Finalmente confiesa: él también ha escrito un libro y está buscando a un editor. Dan ganas de abrazarlo.

Los vecinos feriantes

También están los vecinos, feriantes como uno. Un año tuve en la caseta contigua una editorial, de cuyo nombre no quiero acordarme, dedicada en cuerpo y alma a la promoción de los valores del credo emprendedor. Los panfletoides que ofertaban allí venían a decir que, con energía positiva y ganas de trabajar veinte horas al día, cualquiera puede convertirse en un empresario de éxito. Olvidaban mencionar al padre rico. El librero encargado de esta caseta me parecía un creyente de la secta, pero un día, mientras uno de sus autores firmaba, salió a fumar por la puerta trasera y me fijé en que usaba tabaco de liar.

Le pregunté quién estaba firmando en su caseta y me respondió que no tenía ni la menor idea, pero que seguramente sería un hijo de puta como una catedral. ¡Vaya! No sólo no pertenecía a la secta de los idólatras del éxito, sino que, como yo, vivía en el fracaso. Se llamaba Eloy, era habitante de Vallecas y más rojo que la Unión Soviética. Trabajaba allí porque necesitaba la pasta, lo mismo le daban unos libros que otros. Envejeció diez años en veinte días.

Y sin embargo vale la pena. Para el autor es un rito de paso necesario, para el lector es un paraíso y para el editor la salvación. Por eso esa loca idea del Ayuntamiento de trasladarla a Ifema es tan nefasta. Han dicho es que para cuidar la flora autóctona del Retiro, pero esto es una estupidez porque, de todas las formas en las que podemos encontrarnos un árbol, el libro es la que tiene hojas más gratificantes. Siempre que no lo haya firmado Paulo Coelho.

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