'Creedme'

"Me lo inventé todo". La denuncia 'falsa' por violación que destapó algo mucho peor

Libros del KO publica la investigación de Christian Miller y Ken Armstrong que ganó el Premio Pulitzer y que Netflix llevará a la pequeña pantalla

Foto: Un violador, al acecho. Fotografía clave del caso. (Golden Police Department/ProPublica)
Un violador, al acecho. Fotografía clave del caso. (Golden Police Department/ProPublica)
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Marie era una joven inadaptada y con problemas de autoestima, pero tampoco era para echárselo en cara: desarraigada por la ausencia de padres biológicos, llevaba años dando tumbos por varias ciudades, colegios y familias de acogida del oeste de EEUU. En agosto de 2008, Marie denunció haber sido violada por un misterioso hombre en su casa (era la primera vez que vivía sola y fuera de las redes de acogida).

Los detalles del asalto —escabrosos y desasosegantes— nos los vamos a ahorrar para centrarnos en lo que pasó más tarde en comisaría. Algo en la actitud de Marie —distante mientras narraba su propia violación— hizo sospechar a la policía.

Había algo en su forma de contarlo que me hizo preguntarme si la habían violado de verdad. Era su tono de voz. No había ninguna emoción

Para rematar, el entorno de Marie tampoco se acabó de creer del todo su testimonio: Marie trataba a veces de llamar la atención para que le hicieran caso, algo lógico dadas sus circunstancias biográficas. Testimonios de su entorno: 1) “Había algo en su forma de contarlo que me hizo preguntarme si la habían violado de verdad. Era su tono de voz. No había ninguna emoción, era como si me contase que se había hecho un sándwich”. 2) “A mí me encanta ‘Ley y orden’. Me pareció que me estaba contando el guion de un capítulo de ‘Ley y orden”.

La policía llamó a Marie de nuevo a declarar. ¿Mentía o decía la verdad? Lo averiguaron recurriendo a las clásicas técnicas de interrogación para lograr que un detenido cante la Traviata (sí, parece extraño utilizar este tipo de estrategias con una mujer que denuncia una violación). El caso es que Marie se desmoronó durante el interrogatorio: nadie la había violado, se lo había inventado todo.

Un pequeño infierno

Lo que vino después fue otro pequeño infierno: su caso llegó a la televisión (“Una mujer del oeste de Washington ha confesado que su denuncia era una patraña”), la pusieron como ejemplo de una presunta proliferación de acusaciones falsas (“Nuevo caso en la aparentemente interminable catarata de denuncias falsas por violación”), parte de su entorno le dio la espalda, la policía la denunció por falso testimonio y sufrió una depresión de caballo.

Podría ser la historia de un engaño y acabarse aquí, pero esto es solo el principio... de un tremendo error policial: Marie sí había sido violada, Marie había sucumbido a la presión policial para acabar confesando un delito (falso testimonio) que no había cometido.

La joven acabó por ceder, diciendo que se lo había inventado todo porque su madre de acogida no le respondía al teléfono, porque su novio y ella ya solo eran amigos, porque no estaba acostumbrada a la soledad… ‘No, no me violaron”... La historia de Marie la cuentan los periodistas de 'ProPublica' T. Christian Miller y Ken Armstrong en un ensayo que publica ahora Libros del KO tras ganar el Pulitzer al mejor reportaje: ‘Creedme’. Pulitzer, por cierto, merecido: estamos ante una investigación tan pulcra que parece sencilla y al alcance de cualquiera (y no). Netflix está preparando una serie de ficción sobre el libro: ‘Unbelievable’.

El agresor de Marie no era un agresor cualquiera, sino un violador en serie que traía de cabeza a policías de varias ciudades de EEUU. Cuando le detuvieron, la policía descubrió que Marie había sido una de sus víctimas. Víctima primero de un violador; víctima más tarde del escepticismo policial. Los tribunales acabaron compensando a Marie con 150.000 dólares, pero como dice el lugar común, el daño ya estaba hecho.

Ficha policial del violador en serie retratado en el libro. (Colorado Department of Corrections/ProPublica)
Ficha policial del violador en serie retratado en el libro. (Colorado Department of Corrections/ProPublica)

“Los agentes no solo interrogaron a Marie, sino que usaron la técnica Reid, tradicionalmente reservada para sospechosos de atraco: la provocaron; le mintieron”, explica el libro. Apretar, soltar, apretar, soltar… Los agentes la acabaron convenciendo de que estaba mintiendo, y Marie firmó la siguiente retractación: “Me han pasado muchas cosas últimamente, quería salir con alguien y todo el mundo estaba ocupado, así que me inventé la historia sin sospechar que llegaría tan lejos… Se ha convertido en un problemón… No sé por qué no se me ocurrió otra cosa. Esto no tenía que haber pasado”.

Y todo ello sin más pruebas que la sensación de que Marie estaba mintiendo. Porque lo grave no era el testimonio de Marie en sí, sino algo más estructural: el escepticismo con el que el primer escalón del sistema legal afronta a veces este tipo de casos.

En las agresiones sexuales, la credibilidad de la víctima suele ponerse en tela de juicio tanto como el acusado

“En la mayoría de los delitos violentos, los policías se enfrentan a víctimas con lesiones evidentes. Sin embargo, las lesiones no suelen apreciarse a simple vista en los delitos sexuales… En las agresiones sexuales, la credibilidad de la víctima suele ponerse en tela de juicio tanto como el acusado”, cuentan los autores del libro, que se remontan a la Biblia para encontrar rastros de la gran paranoia cultural sobre las denuncias falsas: “La mujer de Potifar, rechazada por José, lo acusa de violación”.

Escopeta de feria

El libro también revisa otros errores policiales recientes sobre denuncias ‘falsas’:

1) Tras desaparecer dos días, una fisioterapeuta californiana dijo haber sido secuestrada y violada. La policía no se lo creyó… por un motivo que suena un tanto extraño: su denuncia “se parecía mucho al argumento de la novela ‘Perdida”. La fisioterapeuta, por tanto, mentía, y merecía el escarnio público (“Tiene que pedir perdón a esta comunidad”, dijo un inspector). Pero, ¡ay!, meses después, su violador acabó confesando.

2) En 1997, una ciega dijo haber sido violada en Wisconsin. Pero “su actitud no le pareció propia de una víctima de violación” a la policía, y fue acusada de falso testimonio. Su abogada se despachó a gusto contra las autoridades en sede judicial: “A lo que se enfrenta mi cliente es a un mundo que se ha vuelto loco. Es una situación verdaderamente kafkiana. ‘Estoy ciega’. No estás ciega. ‘Me violaron’. 'No te violaron’. ‘Hay pruebas físicas’. 'No las hay”. Pues bien: el violador acabó apareciendo y la mujer ciega fue indemnizada.

La respuesta de la víctima al trauma de la agresión sexual no debería usarse, de ninguna manera, para evaluar su credibilidad

Pero el problema, según el ensayo, no serían los casos aislados, sino cierta distorsión cultural que nos hace confundir la realidad con un telefilme (llámese ‘Perdida’ o ‘Ley y orden’): la creencia de que una mujer debería comportarse según un patrón determinado cuando denuncia una violación (es decir, comportarse como todos nos imaginamos que debería comportarse). Mostrarse fría y distante, por ejemplo, tiende a socavar la denuncia, aunque cada mujer agredida sea un mundo. “El universo de mujeres violadas era idéntico al universo de mujeres en general. Podían ser madres, adolescentes o prostitutas; vivir en mansiones o albergues para indigentes; ser vagabundas o tener esquizofrenia; ser negras, blancas o asiáticas; estar borrachas o inconscientes o completamente sobrias. Y podían reaccionar de mil formas distintas ante el mismo delito: ponerse histéricas o abstraerse; contárselo a una amiga o guardar el secreto; llamar a la policía de inmediato o esperar semanas, meses e incluso años”, escriben Miller y Armstrong.

Se lo cuenta una agente a los autores del libro: las apariencias engañan. “Nadie se comporta igual. He comunicado un número incontable de muertes, y he visto todas las reacciones que te puedas imaginar. Lo mismo pasa con las víctimas de violaciones y agresiones sexuales”.

La Asociación Internacional de Jefes de Policía lo explicó en un protocolo en 2005: “La respuesta de la víctima al trauma de la agresión sexual no debería usarse, de ninguna manera, para evaluar su credibilidad”.

Una agente con más de 100 casos de violación a sus espaldas explica en el libro “lo difícil que es hablar de una violación, hasta el punto de que muchas mujeres prefieren no denunciar”. ¿Uno de los principales motivos para no hacerlo? “El miedo a no ser creídas”. Se cierra el círculo.

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