entrevista

César Antonio Molina: "El nacionalismo ha envenenado al PSOE"

El ex ministro de Cultura con Rodríguez Zapatero publica 'Las democracias suicidas' y se muestra muy pesimista sobre la realidad actual de la democracia española

Foto: César Antonio Molina (EFE)
César Antonio Molina (EFE)

César Antonio Molina (A Coruña, 1952) es una rara avis de la política española. Antes escritor e intelectual que político, fue durante dos años ministro de Cultura en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, gabinete del que no salió bien parado, porque, según él, había ya cosas que no le gustaban. Director del Instituto Cervantes –también con Zapatero- pone por delante sus libros y su trayectoria como gestor cultural antes que el partidismo político, aunque asegura, sigue creyendo en la ideología socialista. Eso sí, “del socialismo clásico”, añade.

'Las democracias suicidas. (Fórcola)
'Las democracias suicidas. (Fórcola)

Molina acaba de publicar ahora ‘Las democracias suicidas y otros escritos de política’ (Fórcola Ediciones), un compendio de artículos escritos en los últimos tiempos en los que desliza, sin ataduras, sus originales opiniones sobre la memoria histórica, la leyenda negra y la situación de Cataluña, entre otros muchos temas. No teme dar su visión pues está convencido de que esa debe ser la función del intelectual, una tarea necesaria que, como explica en la siguiente conversación, ya apenas podemos observar a nuestro alrededor “porque hay miedo”.

PREGUNTA. ‘Las democracias suicidas’ es un análisis de la actualidad con un ojo crítico que no se ve muy habitualmente.

RESPUESTA. Una de mis críticas a los pocos intelectuales que hay aún en este país y a la gente de la cultura es que son incapaces de opinar sobre lo que nos está pasando, y eso es gravísimo. La gente tiene miedo.

P. ¿A qué?

R. Quiero pensar que tienen más miedo que desinterés. Para mí el desinterés sería peor. Que tengan miedo, lo puedo entender… Unos porque no los identifiquen con unos, con otros, que no hace falta identificarse con unos ni con otros. Unos tienen miedo por si no les invitan… O yo qué sé. Nuestro pequeño mundo de la cultura siempre fue tan misérrimo que se callan.

P. ¿Se ha trivializado mucho el mundo de la cultura?

R. Habermas dijo, cuando le preguntaron dónde estaban los intelectuales, que el problema no es donde están sino que no hay lectores con quienes debatir. Aunque hoy digamos que el 100% del mundo occidental está alfabetizado y antes el 10%, ese 10% era capaz de debatir con Kant, con Hegel, Spinoza… Y hoy no. Todo ha ido camino de la vulgaridad, del espectáculo y la nada. La cultura desde la Ilustración se intentó extender, con buen criterio, a través del mayor número de gente. En el siglo XIX con los periódicos se avanzó muchísimo, pero llegó el siglo XX y la industria de la cultura ha destrozado a la cultura. En vez de elevar, para llegar a un mayor número de gente se fue bajando, bajando, bajando, y hoy ya está subterránea.

La industria de la cultura ha destrozado a la cultura. En vez de elevar, fue bajando, bajando, bajando, y hoy ya está subterránea

P. Hay quien diría que ese discurso es muy elitista.

R. ¿Hoy la tecnología no es elitista? ¿La maneja todo el mundo? La manejas mientras eres un consumidor, cuando dejas de serlo ya no la manejas. El saber y el conocimiento desgraciadamente no se pueden extender a los miles de millones del planeta, se puede extender a muchos, pero hay una parte que es muy difícil. ¿Qué es hoy ser elitista? Es tener un saber y un conocimiento al que otros no pueden acceder. Yo en el mundo de la cultura puedo ser elitista, pero en la utilización tecnológica soy un proletario.

P. La paradoja es que baja, como usted dice, el nivel cultural, pero, ¿y si el acceso a la cultura no es para todo el mundo?

R. Eso no es cierto. Ahora puede estudiar todo el mundo porque tiene todo el bachillerato pagado y en la universidad es ridícula la cantidad que se paga en este país, lo cual no quiere decir que yo no la pusiera totalmente gratuita, pero lo que hay pagar es nimio. Eso lo puede hacer el 90% de la población por lo menos, y quien no lo hace es porque no le interesa o hace otras titulaciones prácticas y estupendas de Formación Profesional. Por tanto es una mentira decir que hoy no hay acceso a la educación y la cultura, lo que pasa es que la gente luego llega a la universidad y es como si estuvieran en un barco en medio del Atlántico.

P. ¿Y qué falla entonces para que exista ese desinterés hacia la cultura?

R. El desinterés viene, primero, de la falta de medios que debería tener la educación. Es tremebunda. Después se ha centrado todo en la cuestión técnica y todas las humanidades han desaparecido del mapa. En mi época había cineclubs, grupos de teatro, música y hoy todo eso ha desaparecido. Un niño va al colegio y a las tres de la tarde le echan para su casa cuando toda la tarde debería estar dedicada a actividades deportivas e intelectuales.

César Antonio Molina. (EFE)
César Antonio Molina. (EFE)

P. En mi época, que eran los ochenta, eso todavía pasaba. No fue hace tanto.

R. Pues mejor que mejor. Pero es que ahora la gente llega a la universidad y pasa lo mismo: no hay medios. Antes acababa la clase y la gente se reunía, hacía vida universitaria. Pero hoy la vida universitaria ha desaparecido, y al desaparecer el campus… Volvemos a lo de siempre: la gente estudia para acabar y le da lo mismo saber o no. La gente confunde la democracia con el derecho a un título que ha sido ganado por uno mismo y no porque la democracia tenga que darte algo que tú no has conseguido… Y como hay esa confusión…

P. Y esa confusión de dónde viene.

R. Los medios cada vez son menores. Ha habido ocho o nueve leyes de educación en cuarenta años, no ha habido pacto de estado para que haya una educación consensuada que pueda durar varias legislaturas sin que nadie la toque. La situación es muy grave.

P. Para usted, que fue ministro de Cultura, ¿por qué los partidos no han sido capaces de ponerse de acuerdo?

R. La democracia se hizo a todo correr. Todo el mundo sabía que Franco se iba a morir, pero no qué iba a pasar. Se arregló la Constitución, pero quedaron montones de flecos durante cuarenta años en educación, cultura, sanidad… Cuestiones de estado, que no son para que se estén peleando en unas elecciones. Y son todos culpables. Todos deberían haberse puesto de acuerdo en algún momento, y los que al menos llevan cuarenta años podrían haberlo hecho porque tenían mayorías, y no lo hicieron. Cómo es comprensible que no se enseñe la Constitución, la Historia de este país. Hay mucha gente que no sabe ni en qué país vive porque no le han enseñado su Historia ni su cultura mientras que los nacionalismos se han ido aprovechando de eso. Para ellos la educación y la cultura eran fundamentales como medio político de intrusismo, interferencia y sectarismo. La democracia española dejó que eso pasara. Pero Pujol y otros como el PNV lo tuvieron muy claro y así se inventaron reinos, razas e historias falsas.

Algo de culpa tengo al ir cediendo los símbolos, traspasar museos, archivos a los nacionalistas. ¿El resultado? Pues ya lo vemos

P. Usted dice en uno de sus artículos que hace un par de años el mensaje desde el ámbito independentista en Cataluña era mucho más seductor que el que se lanzaba desde la otra parte de España.

R. Por supuesto. No le podemos echar en cara lo bien que lo han hecho. Y ojalá aquí se hubiera hecho como lo hicieron ellos y no lo mal que se hizo como mandar allí a la policía, organizar aquel follón. Han sido los mejores aliados que ha tenido el nacionalismo. Y yo algo de culpa tengo también en eso de ir cediendo los símbolos, traspasar museos, archivos. ¿El resultado? Pues ya lo vemos.

P. ¿Y no cree que en estos últimos meses ha cambiado la forma de tratar el asunto desde el Gobierno?

R. A peor porque hay un complejo de inferioridad. Mientras el nacionalista tiene fe, que es algo fundamental, los otros no tienen fe en su país. Los independentistas tienen fe, una fe que es inconmovible, y el resto no tiene fe en su país. Yo no la he visto en los partidos constitucionalistas. Y ya no te digo en los que juran o prometen la Constitución por imperativo legal, que eso no se debería ni permitir. La democracia ha permitido cosas que la están llevando a la deriva.

P. ¿La democracia española se ha suicidado?

R. Está con pastillas. Y está asistida. Y todavía hay gente consciente de que hay que evitar esto, pero está en un estado de depresión muy grande.

P. ¿Y cuál sería la receta más allá de unas pastillas?

R. Es muy complicada y a largo plazo. Y todo pasa por la educación, la cultura, el diálogo, la aplicación de las leyes y no dejar que pase lo que le pasó a la República. Era lo mismo, pensaba que todos lo arreglaba la República y se quedó en un sándwich entre extrema derecha, extrema izquierda y los nacionalistas y se la comieron. A la República no sólo la mató Franco sino los nacionalistas, sobre todo los catalanes, el fascismo y el comunismo soviético. Franco tuvo unos aliados extraordinarios. Él hizo el trabajo sucio pero los aliados fueron fantásticos, y la República se quedó aislada y en tierra de nadie.

A la República no sólo la mató Franco sino los nacionalistas, sobre todo los catalanes, el fascismo y el comunismo soviético

P. ¿Cree que estamos en ese momento? Hemos visto en las recientes elecciones que al final un partido como Vox no ha sacado lo que parecía que iba a sacar.

R. Afortunadamente. También algunos lo han exagerado para meter miedo. No hay ningún partido que de la noche a la mañana fuera a sacar 80 diputados. En cualquier caso, hay muchas formas de meter miedo y a mí en este caso tampoco me parece mal hacerlo. Vox es, con diseño, porque no se van a presentar hoy con camisa azul y cantando el Cara el sol y Montañas nevadas... Pero las ideas son las mismas. Y vemos cómo en Europa va a ganar Le Pen, Salvini, Orban. Y si me dicen que soy muy exagerado. Ojalá no fuera así, pero no advertir eso… Yo tengo esa obligación.

P. ¿Cómo hemos llegado a los le Pen, Salvini, Orban...?

R. Primero por la crisis, que fue terrible. Después la inmigración, que a la gente le inquieta. Es igual que los judíos. Los inmigrantes actuales son como los judíos: nos van a atacar, nos han robado. O lo que dicen del resto de los españoles en Cataluña. Echar la culpa a gente que no tiene culpa de nada. Luego está que las nuevas generaciones ya no han vivido la guerra y se han olvidado de ella. No la han sufrido. La democracia se ha equivocado en no enseñar lo que fue la guerra y los millones de muertos. Después la globalización, que la empresa de al lado esté radicada en Singapur… Todos esos miedos influyen.

P. ¿Cree que el proyecto europeo está a salvo?

R. Yo quiero pensar que sí. Todavía hay gente racional, consciente y que no quiere volver a morir en una guerra. Yo ya por edad no voy a morir en una guerra, pero la gente joven sí puede morir en una guerra. Y sólo hay que pensar en lo que ocurrió en los Balcanes. Siempre pensamos que ha habido ochenta años de paz en Europa. Es una mentira que todo el mundo se calla. Hubo una guerra en la ex Yugoslavia que dio lugar a miles de muertos. Y era todo gente joven. Por eso a la gente joven habría que decirle que llevamos 80 años de progreso, bienestar, ¿y ahora nos vamos a matar? Pero si a los jóvenes no se les lleva a los campos de concentración, a Normandía para enseñarles… Hay un desprecio, un no temor a lo que puede suceder, pero las cosas pueden suceder.

A la gente joven habría que decirle que llevamos 80 años de progreso, bienestar en Europa ¿y ahora nos vamos a matar?

P. En estos artículos habla sobre todos estos temas, como el de la memoria histórica, la leyenda negra, Cataluña. La sensación es que a usted parece que últimamente le escucha poco la izquierda.

R. En realidad no sé si me escucha alguien. De izquierdas o de derechas. Yo sigo considerándome una persona de izquierdas. Un socialista clásico como se llama ahora a Felipe, Guerra. Me siento de centro-izquierda, liberal y socialista. Pero yo no escribo para izquierda o derecha sino para los que me leen. Al menos bastante libros vendo y por las redes mis artículos se difunden con no poca fuerza. Y yo estoy contento porque lo importante es, cada uno, dejar testimonio de su tiempo y de su época y que no digan que este fue un cobarde, una persona que no se comprometió, que no dijo la verdad por sacar prebendas, que hay a montones. Toda la gente sabe que yo nunca he faltado a esa fidelidad con la verdad desde mi interpretación.

P. ¿Y Pedro Sánchez le escucha?

R. Pues estuvo conmigo en el ministerio y yo creo que algún artículo mío se habrá leído. No me hará mucho caso, pero me leerá. Y sé que tiene una buena opinión mía. Pero ha habido gente del partido socialista a la que yo he oído cosas tremendas de Pedro Sánchez y ostenta cargos importantísimos. Yo lo he criticado muy poco, excepto la cuestión nacionalista, que para mí es insoportable. Pero siempre he dicho que es una persona preparada porque le conocí y sé cómo es. El problema es que el nacionalismo ha envenenado al partido socialista y yo me he quedado en el otro lado. Pero eso yo ya lo vi en el año 2010 y me fui del parlamento y nadie podrá decir que yo me beneficié. He renunciado a muchas cosas por mantener mi palabra.

P. ¿Cómo recuerda su paso por el ministerio de Cultura?

R. Maravilloso, pero mejor en el Cervantes, porque el Cervantes es la mejor institución que hay. Mis cuatro años en el Cervantes fueron maravillosos. Y los dos años en el ministerio, igual. Con mucho lío por todo esto del nacionalismo, que era lo que más me afectaba.

P. ¿Se la tiene guardada todavía a Zapatero por su destitución?

R. No… A medida que pasan los años uno se hace conformista. No, me gustaría hablar con él en algún momento y explicarle mis razones. Yo no soy rencoroso, al contrario. Hubo cosas que me molestaron porque yo fui a la política para exponer mi prestigio, mi currículo. Yo no fui a aprovecharme de la política, como muchos, sino que fui a llevarle mi saber y mi conocimiento. Y no es que me hicieran un favor, sino que yo también se lo hacía a ellos y a una ideología que sigo estando muy cercana a ella excepto en los temas del nacionalismo, la extrema izquierda, Podemos…

Me gustaría hablar con Zapatero en algún momento y explicarle. Yo no soy rencoroso, al contrario, pero hubo cosas que me molestaron

P. También trabajó junto a Alfredo Pérez Rubalcaba. Ahora con su fallecimiento se ha hablado del espíritu del partido socialista que representaba Rubalcaba…

R. A pesar de ese funeral egipcio, y shakesperiano de Marco Antonio quemando las cenizas de César que en fin, vuelvo a decir que ese socialismo clásico ahora no existe. Se puede recuperar, pero no lo van a hacer. Porque ese socialismo, ante el socialismo de vanguardia, pues siempre lo clásico te parece pasado de moda y viejo. Rubalcaba pertenecía a mi mundo, yo siempre me entendí con él, y siempre tuve buen trato con él como con todos mis compañeros ministros y ministras. Yo siempre he sido una persona muy tratable, pero hay ciertas cosas que ya en mi época, como el estatuto de Cataluña, que ya contravenían la legalidad, no me gustaban.

P. Desde luego, usted es una rara avis.

R. ¡Y me encanta! Un partido no es un convento y hay mucha gente que lo vive como si estuviera en un convento. Hay gente, por ejemplo, que le preguntas sobre el aborto y no te dice lo que piensa sino lo que piensa el partido. Es que no tienen pensamiento propio. Y eso me parece terrible porque con esa persona no puedes hablar nada. Solo piensan lo que dice el partido, y esa no es la cuestión. Yo parto de los mismos principios, desde mi bisabuelo, que era republicano, y no como otros de padres franquistas, militares franquistas y policía secreta que hoy son ultrarrojos y dan lecciones a los que hemos sufrido el franquismo. Yo durante 20 años sufrí a Franco todos los veranos. Y mi familia tenía que sufrir todavía más por ser Franco de mi lugar.

Por mí como si sacan a Franco del Valle, lo tiren al mar o lo que quieran, pero que no den más la lata

P. Usted, que también ha escrito sobre la memoria histórica y el peligro de que se trate de forma partidista, ¿qué piensa de que se saque a Franco del Valle de los Caídos?

R. A mí que lo saquen, lo tiren al mar o hagan lo que quieran. Solo he ido una vez al Valle de los Caídos y me parece un horror, que hagan el museo del diablo o lo que les dé la gana. Pero que no nos den la lata porque muchos de los que dan la lata tendrían que desenterrar a sus padres porque fueron cómplices del franquismo, y ellos comieron del franquismo, pero yo no. Que nos dejen en paz ya. Hay que hacer como Walter Benjamin. Él estaba contra los historicistas que decían que la Historia estaba acabada. No. La Historia tiene que ser una explicación del presente y un aprendizaje de ese presente. Eso es lo que hizo la democracia: no podemos volver a repetir la Guerra Civil, no puede continuar el exilio, nos reconciliamos todos. Y ahí estaban todos. Y ahora hay que buscar a los muertos y enterrarlos. Ya nos pusimos de acuerdo y ahora hay que seguir. Pero muchos de los que se quejan ahora son hijos de la guardia de Franco, hijos de militares franquistas.

P. ¿Las instituciones todavía pueden ayudar a la cultura?

R. El deber de la política es ayudar a la cultura. Pero no a una cultura partidista, sino la de un estado y un país, que es el sello de su identidad. No es que venga un partido y diga: a Las Meninas las sacamos de esta sala y las ponemos en otra. Antes las cosas se hacían así. O como me dijeron a mí, que por qué no se llevaba alguna obra maestra del Reina Asofía a un museo de no sé qué. Y mire, cada cosa hay que mantenerla en su lugar. La cultura y la educación tienen que estar por encima de la política y tienen que servir al estado y ser permanentes. Y eso es lo que todavía no se ha conseguido.

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