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Escándalo en Harvard: el decano, Harvey Weinstein y la jauría humana

La presión estudiantil ha logrado que la Universidad destituya de su cargo a Ronald Sullivan por participar en la defensa del poderoso productor de cine acusado de agresión sexual

Foto: Harvey Weinstein comparece en la Corte Suprema de Nueva York el pasado enero. (Reuters)
Harvey Weinstein comparece en la Corte Suprema de Nueva York el pasado enero. (Reuters)

La presión de una jauría de estudiantes energúmenos ha logrado que Harvard destituya de su cargo como decano de una residencia de pregrado a Ronald Sullivan, y también a su mujer, Stephanie Robinson, profesora del departamento de Derecho de Harvard, que vivía con él en la residencia. El motivo: Sullivan anunció que participará como abogado defensor en el juicio de Harvey Weinstein, que empieza en junio. Al conocerse la noticia, profesores y alumnos de Harvard fueron a por Sullivan. Su decisión de representar a una persona acusada de abuso sexual, decían, lo descalificaba para desempeñar un papel de apoyo y tutoría a los alumnos. Grupos estudiantiles recogieron firmas, protestaron en sus clases e hicieron pintadas intimidatorias en la puerta del domicilio de la pareja. Y Harvard ha decidido echarlos de la residencia.

Lo delirante de esta situación tira por tierra las objeciones que autores como Lucía Lijtmaer o Victor Parkas plantean a los críticos de este activismo intransigente y extendido. La opinión de estos autores, en sintonía con esas tendencias reaccionarias de la izquierda posmoderna, es que criticar la actitud matonil y censora de los llamados “ofendiditos” es una forma de persecución de la protesta. Basta señalar el caso de Sullivan para constatar que la protesta no tiene por qué ser justa, y mucho menos legítima. Es más: si protestas de contenido y actitud totalitaria no se contrarrestan, si se presta a oídos a ellas desde una organización como Harvard, la arbitrariedad está garantizada. Ocurrió lo mismo en Google con el despido de James Damore, cuyo crimen había sido presentar en un circuito interno de la compañía un estudio sobre las posibles causas biológicas de la menor presencia de mujeres en departamentos de ingeniería. Estudio que, por cierto, se le había pedido que hiciera en un debate interno de la compañía.

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The New York Times publicaba las palabras que Rakesh Khurana, decano del Harvard College, envió el sábado por email informando del cese de Sullivan después de semanas de sentadas, pintadas y enfrentamientos entre los estudiantes histéricos y el personal de la residencia donde ejercía el profesor: “Durante las últimas semanas, los estudiantes y el personal han continuado comunicando sus preocupaciones sobre el clima en Winthrop House”, escribió. “Las preocupaciones expresadas han sido serias y numerosas. Las acciones que se han tomado para mejorar el clima han sido ineficaces, y la ausencia del decano docente durante los momentos críticos ha deteriorado aún más el clima en la casa. He concluido que la situación en la casa es insostenible”.

El abogado del productor de cine Harvey Weinstein, Ronald Sullivan. (Reuters)
El abogado del productor de cine Harvey Weinstein, Ronald Sullivan. (Reuters)

Para Harvard ha sido un problema de “clima”, un riesgo para el “espacio seguro” que, desde hace más de una década, intenta garantizar a las sucesivas generaciones de alumnos-clientes. En lugar de aprovechar el caso para explicar la difícil idea del estado de derecho, en vez de tomar a los estudiantes de pregrado por personas necesitadas de formación y utilizar la polémica para abrirles los ojos sobre el derecho de todo acusado a una defensa, Harvard ha tomado una decisión de carácter profiláctico. Algo parecido a lo que haría cualquier empresa si sus consumidores empezasen a mostrarse ofendidos por un anuncio.

Lo más siniestro

Lo más siniestro del caso, aparte de la interpretación neoliberal del alumnado como una clientela que tiene siempre la razón, no es la destitución de Sullivan, quien, por cierto, fue el primer decano negro de Harvard. Lo más siniestro es la idea de la sociedad que se desprende de las protestas de estos estudiantes, en sintonía con otras protestas mucho más cercanas para nosotros, como la que se produjo contra el juez que emitió un voto discrepante en el juicio de la Manada.

Para una parte de la opinión pública, Harvey Weinstein es un monstruo cuyos actos no necesitan ser probados en un tribunal. Un ciudadano que ni siquiera merece una defensa jurídica: quien ose ejercer de abogado se convierte, por proximidad, en un hereje: un ser tóxico que no debe relacionarse con unos alumnos deseosos de vivir en paz, con sus ideas preconcebidas del mundo a salvo de la complejidad, de lo contradictorio. Tenemos por tanto a unos estudiantes que entienden la contradicción como una amenaza, y a la universidad más prestigiosa actuando a su dictado. Poco ha importado la trayectoria como abogado de Sullivan, quien también defendió, recientemente, a la familia de uno de los negros asesinados por la policía. Es para echarse a temblar.

Para los estudiantes, Harvey Weinstein es un monstruo cuyos actos no necesitan ser probados en un tribunal

Yo recuerdo ahora a Martin Garbus, abogado norteamericano al que la revista Time describe como un personaje legendario. Ha defendido a toda clase de personas en aprietos, desde Vaclav Havel a Nelson Mandela, pasando por Andrei Sakharov, Salman Rushdie, Lenny Bruce y Al Pacino. Hizo algo mucho más heroico: defendió a un grupo de neonazis norteamericanos que querían manifestarse en un barrio judío. Garbus es judío. Su familia huyó de los pogromos polacos y se instaló en Estados Unidos.

Hay que decir que los problemas del matrimonio con el resto del personal de la residencia se remontan a 2016, según la publicación estudiantil 'The Harvard Crimson', donde aportan contexto a la relación del decano con la comunidad educativa y apuntan a que la destitución del matrimonio se venía gestando desde antes (cosa que Harvard no ha confirmado). Cuentan allí que, desde hace tres años, grupos de tutores y alumnos habían venido denunciado sin éxito a la administración de Harvard el “clima tóxico y hostil” producido por el decano, que castigaba a quienes no consideraba leales. Esta publicación ha venido haciendo una campaña activa a favor de los estudiantes que exigían su destitución por el caso Weinstein en multitud de artículos.

En fin. Sea como fuere, el motivo final de la destitución ha sido la catarata de protestas por su decisión de defender al productor de cine. Hace un mes me dije que no escribiría sobre otra exigencia de destitución, esta vez de un grupo de estudiantes de la Universidad de las Artes de Philadelphia contra Camille Paglia, feminista crítica con el movimiento #MeToo y el auge de la transexualidad entre los jóvenes norteamericanos. El motivo que me disuadió fue que los estudiantes habían recogido firmas y hecho algunas protestas y pintadas. Consideré que Paglia no estaba realmente amenazada. Aquello no parecía un movimiento con visos de decapitar a la profesora pero ahora, a la luz del caso de Ronald Sullivan, sospecho que sí podría serlo.

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