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Todo lo que siempre quiso saber sobre el trap y nunca se atrevió a preguntar

Un fantasma recorre el panorama musical español, los festivales y las revistas de tendencias: el fantasma del trap

Foto: C. Tangana. (EFE)
C. Tangana. (EFE)

Con VOX a las puertas del Parlamento defendiendo que son ellos y no los partidos de izquierdas los más capaces de proporcionar un futuro digno a los obreros, con Íñigo Errejón expulsado del barrio de Hortaleza por quienes protestaban contra él acusándolo de oportunista y de aprovecharse de las clases bajas, un fantasma recorre el panorama musical español, los festivales y las revistas de tendencias: el fantasma del trap.

Y empiezo hablando de política porque esta música tiene mucho de eso: de representar sensibilidades que no son ni las que tradicionalmente se han asociado a la música rock (ya para muchos propia de la izquierda domesticada y sin ambición, o directamente de reaccionarios: ahí está Calamaro) ni tampoco las de del oyente de radioformula. Y es que algunas de las canciones, algunos de los artistas que menciono tienen cientos de miles de escuchas y cachés millonarios pero son y representan vidas lejos de la luz de los focos: inmigrantes de segunda generación, jóvenes nacidos en los barrios de la periferia, buscavidas que han llegado hasta el éxito sin los asideros o la ayuda (becas, promoción) que son habituales en otras disciplinas artísticas o para personas de otros orígenes.

El trap surge en Estados Unidos durante los noventa a partir del rap, como una deformación de este, cuando se le añadieron ritmos más lentos y arreglos electrónicos más oscuros. Aunque esta puede ser una aproximación, Tita Desustance, codirectora del programa El Bloque, imprescindible para seguir la actualidad del género, prefiere obviar esta etiqueta y referirse a lo que está ocurriendo en torno al hip-hop, la electrónica y otros géneros como el dancehall, el reggaeton y hasta el flamenco con una expresión mucho más amplia: “música urbana”.

Y es que “trap” no es tanto un género o un patrón como una actitud y una manera de producir música. Para hacer trap no se necesita más que una mesa de mezclas Behringer de poco más de cien euros y un par de programas de ordenador pirateados, como actualmente no hace falta más que un móvil de gama media para grabar un videoclip y subirlo a Youtube. Así, el trap es actualmente el género de los que apuestan por la actitud “DIY” (hazlo tú mismo) y también ha sido el sonido de los que no han vivido la crisis económica como una interrupción de sus vidas, sino que han tenido que hacerse mayores inmersos en ella, adaptándose y sufriendo todas las nuevas formas de crueldad y exclusión que impone esta fase del capitalismo acelerado que irónicamente llamamos “late capitalism” en algunos foros de Internet.

Para hacer trap no se necesita más que una mesa de mezclas Behringer de poco más de cien euros y un par de programas pirateados

Porque toda la generación del trap ha construido su mundo desde y hacia Internet, entendiéndolo no como un canal más para llegar a su público o como un lugar donde exponerse, sino como una parcela más de la realidad, precisamente aquella en la que mejor se mueven. Es por eso que, mientras resulta enormemente sencillo estar al tanto de las novedades de un artista a través de sus redes sociales, es imposible abarcar todo lo que se está moviendo a nivel más general porque las cosas ocurren en un frondoso árbol con infinitas ramas que son los enlaces a Instagram, YouTube o Soundcloud.

En España el trap empieza a dejarse sentir en 2012 cuando se funda PXXR GVNG con la participación de Yung Beef (actualmente Los Santos, también conocidos como Los Pobres) en Barcelona y cuando Cecilio G comienza a subir algunos vídeos a su cuenta de YouTube. En aquel año C. Tangana cantaba aún con Agorazein, colectivo enfocado al rap, Rosalía hacía flamenco más o menos ortodoxo y MS Nina no había sacado ningún tema. Han pasado muchas cosas desde entonces.

El fin de un mundo tal y como lo conocíamos

Pronto estaremos a un año de la polémica que protagonizaron Yung Beef y C. Tangana en un debate organizado por el Primavera Sound y en el que también participó, como pudo, Bad Gyal: había dos micrófonos para tres artistas. Este conflicto, que tardó poco en trasladarse a las redes, desbordó enseguida los límites de una discusión sobre la industria musical y pasó a representar lo que se podría interpretar como el enésimo enfrentamiento entre apocalípticos e integrados. También marcó un punto de inflexión para la música urbana hecha en España: la reflexión sobre ella al fin abría uno de los festivales más prestigiosos de Europa y quizá significó también la disolución (en el camino que recorren todos los fenómenos minoritarios cuando se vuelven visibles para el gran público) de una escena que terminaba de dar el salto desde Youtube e Instagram hasta los grandes escenarios.

Rosalía en Coachela.
Rosalía en Coachela.

Si Tangana defendía aprovechar al máximo las oportunidades que puede ofrecer una discográfica convencional (como han hecho Rosalía o él mismo con Sony), Yung Beef, también conocido como “El Seko” prefería (y así sigue haciéndolo) producir y distribuir él mismo su música y la de sus innumerables colaboradores, en su caso mediante el sello “La Vendición”. Es cierto que a día de hoy el alcance de los que tienen el respaldo de una multinacional (Tangana, Bad Gyal) es muy superior al de los que no disponen de él y que puede que, como sostienen los primeros, se trate de una disputa inútil porque al final un artista nunca va a tener control sobre las plataformas (Youtube, Spotify) a través de las que se accede a su música, pero figuras como La Zowi siguen escogiendo el camino de la autoedición puesto que, como declaró hace poco, su objetivo es “decir la verdad bien dicha” o “generar un ambiente tenso”.

Lo único que está claro es que pocos años son sin embargo mucho tiempo en el acelerado mundo del trap y la música urbana y aunque el eco de aquel enfrentamiento perdura, han surgido casi tantas novedades desde entonces como desde que las primeras obras de Pxxr Gvng o Dellafuente empezaron a hacerse populares.

En 'El Desencanto', documental bandera del malditismo patrio, Leopoldo María Panero dice, entre tantas otras frases subrayables “yo considero el fracaso como la más resplandeciente de las victorias”. Habiendo pasado más de una década se rodó “Después de tantos años” donde se comprueba que de alguna manera Leopoldo ha alcanzado esa particular forma de triunfo. En uno de sus temas más famosos y llenos de angustia, “Ready pa morir”, versionado en parte por Los Planetas en su “Islamabad”, Yung Beef resume su idea del éxito con una expresión de fondo similar: “me estoy cayendo p’arriba”.

Muchos artistas que han sido y son influyentes en el trap y el hip-hop durante los últimos años tienen mucho en común con los poetas malditos

Y es que muchos artistas que han sido y son influyentes en el trap y el hip-hop durante los últimos años tienen mucho en común con los poetas malditos. Cecilio G, que ha publicado recientemente su trabajo más serio, dedicado a su padre fallecido, ha llevado durante toda su carrera una existencia azarosa comparable a la de Armando Buscarini, el malogrado poeta precoz del que se compadecieron los modernistas durante los años veinte, o a la de los mitos del punk de finales de los setenta. Problemas de salud mental, drogas, estancias en la cárcel…, Cecilio considera que “lo más complicado de la vida del artista es el artista”.

De su entorno surgió Pimp Flaco, cuyo estilo ha girado radicalmente hacia el pop ahora que es parte de grupo Cupido, con fechas cerradas en la mayoría de festivales indie que se celebrarán este verano. Pimp Flaco ha adoptado el sonido acolchado de grupos extranjeros como Papooz y The Marias, o el del cantante Gus Dapperton, su principal referencia. Las alusiones a la vida de la calle y a las ciudades dormitorio que rodean Barcelona han desaparecido y en su lugar, en los videoclips de Cupido, filmados con la luz de una película de la Nouvelle Vague, aparecen ahora suburbios que parecen salidos de 'Menos que cero' la primera novela de Easton Ellis en la que habla de cómo la ansiedad devora a unos adolescentes ricos y desocupados.

Los que no dan su brazo a torcer son Jarfaiter y El Coleta. El primero sigue haciendo su rap macarra que defiende un bandolerismo de barrio y la cultura de las afueras. El Coleta continúa con sus videoclips de estética ochentera que parece salida del cine kinki de aquella década y escribiendo letras muy críticas con el relato oficial de la Transición Española: con el foco en su barrio, el madrileño Moratalaz, se acuerda de quienes se perdieron en la droga o la pobreza.

C. Tangana y Rosalía, tan globales como el reggaeton

Pero existe una frontera todavía más acusada que la que separa Moratalaz del Barrio del Retiro en Madrid y que se ha ampliado en los últimos meses. Me refiero a la enorme distancia que hay, en número de visitas y en repercusión a nivel mundial (es fácil pensar que también en los beneficios que obtienen de su música) entre Rosalía y C. Tangana y el resto de artistas que aparecen aquí. Una distancia que confirma su talento, lo acertado de las apuestas de sus discográficas y, sobre todo, que el mercado ya está preparado para este tipo de propuestas puesto que ninguno ha renunciado a seguir experimentado (Tangana hace poco colaboraba con el controvertido cantaor El Niño de Elche, Rosalía ha viajado desde el flamenco hasta la producción electrónica del prestigioso El Guincho). También ha ayudado su buena sintonía con artistas internacionales como la mexicana Becky G (tiene un tema junto al madrileño) o J. Balvin (con él canta Rosalía en su último lanzamiento). Por primera vez en la historia de la música popular y la industria del entretenimiento, el español es el idioma dominante (hasta Madonna se ha dado cuenta: acaba de subir un tema junto a Maluma) y las conexiones entre músicos españoles y latinoamericanos que explotan este momento dulce son interminables.

Por primera vez en la historia de la música popular y la industria del entretenimiento, el español es el idioma dominante

Sin embargo, y a pesar de su éxito masivo, aparecen las controversias cuando se intenta introducir a algunas de estas figuras del reggaeton en círculos dominados por la música mal llamada independiente (esta etiqueta alude a una manera de producir las canciones, sin la intermediación de grandes compañías y ha terminado usándose para referirse a varios grupos españoles con un sonido común sin importar cuál sea su manera de trabajar).

J. Balvin, de nuevo el popular colombiano, ocupó recientemente la portada de la revista Rockdelux y algunos se rasgaron las vestiduras, como al saber que aparece en el cartel del Primavera Sound. Más enérgicamente se ha protestado contra la inclusión de Bad Bunny en el festival Sonar de este año, también en Barcelona. Mientras que algunos entienden que la música urbana y el reggaeton son el lenguaje de este tiempo, otros se oponen a que artistas de estos estilos participen en festivales tradicionalmente reservados a géneros más prestigiosos. En cuanto a Bad Bunny, incluso se ha organizado una recogida de firmas para que se cancele su actuación.

Los más críticos con estas formas de expresión argumentan que se trata de músicas repetitivas, que presentan una visión del mundo materialista (el mito liberal del individuo que triunfa en solitario desde la miseria) y además sus letras son machistas. Pasando por alto que obvian lo que tiene de formalista juzgar una obra valorando sólo su complejidad y sin considerar lo valioso y liberador que resulta cualquier ritmo sencillo que se pueda disfrutar bailando, ignoran todo lo que está ocurriendo en los bordes de la escena, lejos de las grandes figuras.

Historias de la frontera

Relacionado con el trap, empieza a existir lo que podríamos llamar “reggaeton progresivo”. Si a finales de los sesenta el sonido de grupos como los Beatles o los Kinks fue ganando en matices y se introdujeron en la música pop y rock elementos sinfónicos que desembocaron en la aparición de bandas como Jethro Tull, King Crimson o Genesis (aquello fue el “rock progresivo”), si aquellos grupos británicos empezaron a trabajar en sus obras con ambiciones más allá del espectáculo o espontaneidad, surgen ahora artistas y músicos que problematizan el reggaeton y lo convierten en vehículo para explorar nuevos sonidos y discursos.

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Kelman Durán es artista sonoro, vive en Los Ángeles y actuó recientemente en el festival madrileño Electrónica en Abril. Sonó un reggaeton desvencijado, que parece roto o deconstruido y cuyo ritmo sólo se intuye. Hijo de dominicanos y crecido en Nueva York, estudió en la escuela de arte que inspiró la serie 'Fama' (LaGuardia High School) y concibe su actividad, que incluye también la filmación de documentales sobre comunidades desfavorecidas o apartadas, como un todo. Forma parte de una generación de músicos como Talisto o Dinamarca, procedentes de países latinoamericanos pero que están haciendo carrera en Estados Unidos y Europa. Reivindican con su música su papel en la sociedad como inmigrantes de segunda generación que no reniegan de su origen, sino que lo aprovechan sin caer en exotismos ni paternalismos. Por ejemplo, Kelman Durán no cree en la apropiación cultural, defiende que no hay conflicto entre su formación académica y su herencia dominicana y, no obstante, se declara radicalmente de izquierdas y a favor de que cada comunidad se beneficie de aquello que crea. Prefiere, como la popular política Alexandria Ocasio-Cortez, hablar de diferencias económicas y de poder y no sobre las culturales.

En España, Ms Nina, nacida en 1990 en Argentina, se hizo popular con la canción del anuncio de Chicfy y tiene, junto a compañeros de la escena urbana como Putochinomaricón, un discurso feminista e integrador.

No es casual que una de las principales sesiones (fiestas en las que se escucha determinado género) de música urbana en Madrid responda al nombre de CHICA. Organizada por un colectivo de mujeres muy jóvenes y decididamente feministas, en las fiestas CHICA se escucha tanto reggaeton como música urbana y Sofía Conti (DJ Flaca) opina que lo importante para las mujeres es ocupar espacios que hasta ahora habían sido masculinos. En la misma línea habla Marina Gómez Carruthers, que actualmente pincha reggaeton y conoce bien el mundo de la música en España tras años coliderando la banda Klaus & Kinski: “tengo claro que el pop y el rock son machistas y que en el trap y el reggaeton, sin embargo, se habla de mujeres que salen, bailan, beben y follan con quien les apetece, y eso no es precisamente represor. Son más tristes canciones como las de The Divine Comedy donde siempre encuentras mujeres pasivas”.

Baudelaire vivió en un mundo lleno de novedades y de formas de miseria inéditas. Bajo sus pies se desplegaba París, una de las primeras grandes metrópolis y con todo lo que esta ciudad tenía de desagradable y despreciable para los burgueses (basura y nocturnidad) fundó una nueva poesía. En su libro sobre el poeta francés, el filósofo alemán Walter Benjamin escribe algunas frases sobre los traperos del siglo XIX (personas dedicadas a recoger y comerciar con los desperdicios de las calles) que a día de hoy pueden leerse como una broma involuntaria que merece la pena reproducir: “El trapero no se puede contar en la bohemia, pero empezando por el literato hasta el conspirador profesional, todos los que pertenecieron a la bohemia podían reencontrar en el trapero algo que en sí mismos poseían. Todos se situaban en una protesta más o menos sorda contra la sociedad, ante un mañana precario”.

Así que lo dijo Walter Benjamin y está cada vez más claro. Si la comunidad latina es buena parte del futuro de Estados Unidos, si el feminismo es el movimiento social con más fuerza en la actualidad y la economía ha acabado con “todo lo que era sólido”; entonces, la música urbana es el género del presente: el que mejor lo retrata y el único que puede ayudarnos a superarlo.

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