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Gog y Magog: así se alzaron las murallas contra el apocalipsis de las estepas

Adelantamos uno de los capítulos de uno de los mejores libros de historia que se publicarán este año: 'Muros. La civilización a través de sus fronteras' (Turner), del historiador inglés David Frye

Foto: Recreación de la toma de la ciudad trurkmena amurallada de Merv por los mongoles de Gengis Khan
Recreación de la toma de la ciudad trurkmena amurallada de Merv por los mongoles de Gengis Khan
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Cuando el autor del Génesis incluyó a un tal “Magog” entre los descendientes de Noé, no perdió el tiempo dando explicaciones sobre ese nombre. Magog no era más que un nombre en una lista, sin nada particular que lo diferenciara de los demás oscuros individuos que pueblan las genealogías bíblicas, tentándonos a saltárnoslas para llegar a las partes más más interesantes. ¿Fue culpa de Noé que uno de sus nietos no tuviera ninguna importancia? De todos modos, las escrituras aborrecen el vacío, y cuando el profeta Ezequiel introdujo el tema de “Gog contra Magog”, a comienzos del siglo vi a. C., la reputación de Magog había crecido muchísimo, hasta el punto de que ahora había engendrado a un guerrero que estaba destinado a destruir Israel y a batallar contra Dios. Según el profeta Ezequiel, Gog llegaría algún día desde el norte con un gran ejército de caballos y jinetes, como una nube que cubriría la tierra. Entonces se abalanzaría “contra una tierra indefensa” y “contra gentes tranquilas que habitan confiadamente; todas ellas habitan sin muros, y no tienen cerrojos ni puertas”, para arrebatar botín y “tomar grandes despojos”.

Estaba claro que el Apocalipsis no era el momento adecuado para vivir en una ciudad sin murallas.

'Muros'
'Muros'

Por lo que respecta a los jinetes del norte, ya habían llegado, aunque no lo hicieron con un gran ejército que era como “una nube”. Pocas décadas antes del nacimiento de Ezequiel, los invasores procedentes de la estepa habían arrasado el Imperio asirio mientras avanzaban hacia Egipto. El profeta era aún un niño cuando culminó la aventura de los jinetes con el saqueo de la capital asiria de Nínive, en el año 612 a. C. Años después, la conmoción histórica causada por aquel hecho todavía resonaba en su texto. Ezequiel convirtió los sucesos de su infancia en visiones alucinatorias que iban a influir poderosamente en muchos autores posteriores. Además, inexplicablemente, la lucha de Gog contra Magog se convirtió en la lucha conjunta de Gog y Magog, y esa pareja ominosa empezó a aparecer, en la literatura rabínica o en las obras apócrifas de los judíos, encarnada en la figura de dos individuos, pero también en forma de tierras lejanas o incluso de pueblos extraños. El momento decisivo para el surgimiento de esta leyenda tuvo lugar durante el siglo i a. C., cuando el historiador judío Josefo equiparó a los magogitas con los escitas, el término griego que nombraba a los jinetes de la estepa. Josefo hizo después unas afirmaciones que han resonado desde entonces en el mundo de la literatura: los escitas, dijo, habían saqueado y sometido a pillaje el reino de los medos después de que el rey de un territorio cercano al mar Caspio los dejara pasar, abriéndoles las puertas de hierro que había construido Alejandro Magno.

Mural pompeyano que representa a Alejandro Magno en la Batalla de Issos.
Mural pompeyano que representa a Alejandro Magno en la Batalla de Issos.

Las leyendas de Alejandro, por un lado, y de la Biblia, por el otro, llevaban mucho tiempo disputándose el mismo terreno. Es probable que las dos tradiciones se hubieran unido ya, ensambladas en esa idea de que Alejandro había construido una barrera de hierro para impedir el paso de los magogitas pseudobíblicos, mucho antes de que Josefo la pusiera por escrito. Los pueblos civilizados habían descubierto que necesitaban un héroe, y Alejandro, en una versión muy distinta del hombre que realmente había sido, cumplía ese papel. Pero ¿cómo es posible que el mortal Alejandro hubiera llegado a concebir esperanzas de defender para siempre la civilización? Construyendo un muro, al parecer.

El mito del muro de Alejandro se difundió con rapidez tras su primera tímida aparición en los escritos de Josefo. Hacia el año 390 d. C., los hunos cruzaron las montañas del Cáucaso y lanzaron varias incursiones que devastaron Mesopotamia y Siria. Como consecuencia de esta catástrofe –y de la igualmente catastrófica aparición de los hunos en las fronteras del Imperio romano–, los biógrafos de Alejandro se pusieron en serio a urdir sus relatos. Al poco tiempo un aura mesiánica rodeaba al defensor putativo de la civilización. En una variante cristiana anónima del popular Libro de Alexandre, Alejandro lucía unos cuernos de naturaleza divina. Gog y Magog, entretanto, se habían convertido en reyes de los hunos, dotados con todos los rasgos estereotipados de los jinetes de las estepas. Como muchos de los bárbaros de la Antigüedad, Gog y Magog tenían los ojos azules y el pelo rojo. Sus tropas llegaban a caballo, flanqueadas por un ejército de amazonas, cerniéndose sobre los pueblos civilizados. Sus costumbres eran repulsivas. Eran muy sucios y solo se vestían con pieles. Se alimentaban de cadáveres y de sangre. No obstante, al recibir noticias de este dúo diabólico, Alejandro ordenó construir un gran portón de hierro en las montañas del Cáucaso. Tres mil herreros y tres mil artesanos del bronce tuvieron que trabajar sin parar en la fabricación de la puerta. Cuando estuvo terminada, Alejandro había logrado cerrar el paso al viento del norte y también a los hunos. Alejandro mandó grabar una profecía sobre la puerta: dentro de 826 años, el muro se desmoronará y los hunos conquistarán Persia y Roma. Pero 940 años más tarde, las fuerzas de Dios, la civilización y Alejandro lograrán derrotar por fin a los hunos tras una guerra apocalíptica.

La historia del combate apocalíptico de Alejandro contra los jinetes que querían destruir la civilización se difundió por todo el Viejo Mundo

La historia del combate apocalíptico de Alejandro contra los jinetes bárbaros que querían apoderarse de la civilización se difundió hasta llegar a todos los confines del Viejo Mundo, y acabó convirtiéndose en una de las historias más famosas de la literatura mundial. En el Corán, Alejandro aparecía como Dhul-Qarnayn, “el de los dos cuernos”, que construía una barrera de hierro contra Yajuj y Majuj (Gog y Magog) en el paso entre dos montañas. Los artistas persas pintaron genios ayudando a Alejandro en la construcción de la barrera. Tal era la fascinación con las Puertas de Alejandro, que un califa del siglo IX envió un sabio al norte de China en busca de la mítica barrera. Sallam el Intérprete viajó 5.000 kilómetros hasta llegar a las murallas de China, y cuando las vio, creyó que la obra de Alejandro seguía intacta. El mito de las Puertas de Alejandro dejó huella en la literatura medieval europea. Los geógrafos europeos, guiándose por la imaginación y los rumores, intentaron encontrarla. Hacia el año 1300, el mapamundi de Hereford se permitía describir las tierras que quedaban al otro lado de las Puertas como lugares donde “todo es mucho más horrible de lo que se pueda imaginar”, y cuyos habitantes, que iban a poder escapar de su encierro cuando llegase el día del Anticristo, eran los caníbales hijos de Caín. Hoy, un creciente interés por Dhul-Qarnayn, Gog y Magog y las Puertas de Alejandro anima muchos portales de internet.

David Frye
David Frye

El mito de las Puertas de Alejandro surgió durante un largo periodo en la historia de la civilización en que los jinetes de la estepa parecían representar la encarnación del Apocalipsis. Ni una sola ciudad, por imponentes que fueran sus murallas, estaba a salvo de su amenaza. Hasta los grandes imperios temblaban: el mundo que quedaba al otro lado de la frontera se había convertido, para ellos, en una zona de máximo riesgo. Desde más o menos los tiempos del Primer Emperador chino hasta los del príncipe Vladimir I de Kiev (r. 980- 1015) –es decir, un periodo de unos mil años–, los grandes Estados de Eurasia, desde China a Roma, se dedicaron exclusivamente a defenderse. Prefirieron refrenar sus ambiciones y vivir resguardados por las murallas de sus fronteras.

¿Hasta dónde llegó el miedo a los jinetes nómadas de la estepa euroasiática? Aquí convendría citar un dato impresionante: la extensión total de todos los muros construidos como defensa contra los pueblos de la estepa. Pero no sabemos cuál fue esa extensión. Muy pocas murallas antiguas han sobrevivido dejando los vestigios suficientes. Y las que han sobrevivido no se pueden identificar o bien son ruinas a las que solo tienen acceso unos lugareños que no saben nada de su pasado. Las excavaciones arqueológicas han sido esporádicas y a menudo los arrebatos de orgullo local han distorsionado la interpretación de los hallazgos. Sin embargo, los datos que poseemos nos permiten hacer una afirmación asombrosa sobre la escala de las defensas fronterizas: casi todos los espacios abiertos que había a lo largo de los 8.000 kilómetros de frontera que separaban la estepa euroasiática, por el norte, de la zona de civilización urbana que se extendía hacia el sur estuvieron, en un momento u otro, protegidos por muros. Y en ese cálculo no se incluyen los vericuetos geográficos que obligaron a esos muros a extenderse mucho más a lo largo de esos 8.000 kilómetros. Por supuesto, hay que hacer excepciones. Las riberas del mar Negro y del mar Caspio sirven de frontera natural con la estepa, de modo que no hubo necesidad de construir muros. Por la misma razón, los desolados páramos de Tibet y algunas regiones desérticas no necesitaron fortificaciones. Pero en todos los demás lugares, sin embargo, el jinete nómada encontraba bloqueado el paso hacia el sur por culpa de las altas murallas vigiladas por soldados imperiales. “El de los dos cuernos” había hecho muy bien su trabajo: Gog y Magog tenían prohibido el paso.

Sin embargo, estos muros no dividieron las civilizaciones de Eurasia, que nunca levantaron muros para protegerse las unas de las otras

Las defensas de la gran era de las murallas figuran entre las fortificaciones más importantes jamás construidas. Gracias a ellas se pudieron desarrollar las tres vastas regiones que un día se convirtieron en China, el mundo islámico y Occidente. Esas murallas moldearon las relaciones con los pueblos de la estepa de un modo que iba a afectar a la trayectoria histórica de estas tres regiones. Sin embargo, estos muros no dividieron las civilizaciones de Eurasia, que nunca levantaron muros para protegerse las unas de las otras. De hecho, la historia de este periodo se inicia, de forma sorprendente, con la construcción de murallas que se diseñaron para estimular la salida hacia el exterior en lugar del repliegue hacia dentro.

David Frye es historiador de la prestigiosa Duke University y profesor de Historia antigua y medieval en la Eastern Connesticut State University. Su último libro en español es 'Muros. La civilización a trevés de sus fronteras'. (Turner)

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