historia

Sexo, poder y un final inesperado: el crimen que enterró la Belle Époque

En 1914 Europa se despeñaba en el abismo de la primera guerra mundial pero en Francia la prensa sólo prestaba atención a un asesinato que convulsionó al país

Foto: Henriette Caillaux
Henriette Caillaux

"¿Sabe usted por qué he venido?" "Pues no, Madame". Sin mediar palabra sacó su mano derecha del manguito protector y apuntó su pequeño Browning a la víctima, propinándole seis tiros a bocajarro. La muerte fue instantánea. Eran las seis de la tarde del lunes 16 de marzo de 1914. La calle empezaba a desperezarse del fin de semana. En el despacho principal de Le Figaro yacía el cuerpo de su director, Gaston Calmette, amigo de muchos literatos, entre ellos Marcel Proust, quien le dedicó el primer volumen de su 'Recherche' por su apoyo a la hora de convencer al editor Grasset para aventurarse en tan extraña peripecia, incomprendida por anunciar el mañana desde la disección del ayer.

La pistola humeaba. Su propietaria era Henriette Caillaux. La había comprado el día anterior en un negocio donde su marido recibía agasajos y parabienes. Fue detenida por los empleados del periódico e insistió en no ser tocada por esos chupatintas de poca monta. "Je suis une dame". Al llegar las fuerzas del orden pidió trasladarse a la comisaría en su propio vehículo. No hubo problema alguno. Tenía el prestigio de su lado al ser la esposa de Joseph Caillaux, ministro de finanzas y líder indiscutido del Partido Radical, hombre fuerte de la Tercera República hasta esa fecha, hasta ese acto meditado que supuso la primera rúbrica para finiquitar la Belle Époque.

Representación gráfica del asesinato de Gaston Calmette por Henriette Caillaux en Le Petit Journal
Representación gráfica del asesinato de Gaston Calmette por Henriette Caillaux en Le Petit Journal

Cuatro meses después se juzgó el caso con Europa al borde las llamas. El 28 de junio Gavrilo Princip asesinó en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando, heredero, muy a pesar del sempiterno Francisco José II, del trono austrohúngaro. La fecha del inicio de las sesiones tiene importancia por el contexto. Durante esas jornadas el Presidente Poincaré, hermano del célebre matemático, viajó junto a sus aliados rusos. La cancillería vienesa esperó a la partida del barco sito en Krondstadt para lanzar su ultimátum contra el gobierno serbio. De este modo se retrasaría la respuesta diplomática y la Triple Entente encontraría dificultades para gestionar el camino hacia el abismo.

Europa caminaba hacia el abismo en 1914 pero la prensa francesa sólo hablaba del juicio a Henriette Caillaux

Esta tesitura provocó un paraíso de desinformación reflejado en una gran novela injustamente olvidada. En la saga de 'Los Thibault', obra maestra del Premio Nobel Roger Martin du Gard, Jacques busca a la desesperada noticias sobre la crisis política. La prensa sólo hablaba del juicio a Henriette Caillaux. Francia, o su máximo representante, estaba en alta mar. Las armas podían esperar un poco más, ya habría tiempo para colapsarse con otro tipo de sangre.

Dos antípodas en el punto de mira

Estamos acostumbrados a un 'Hexágono' (sobrenombre que recibe, por su forma, la Francia continental) condicionado por un hombre fuerte en la presidencia; esta estructura nace con la quinta República y bebe del indeleble sello de su fundador, el general De Gaulle. Durante la larga tercera República (1870-1940) el orden constitucional se movió por otros derroteros donde eran más importantes las formaciones que los grandes nombres. El gobierno dictaba la ley y se establecía una especie de continuidad que fue rompiéndose con la llegada de grandes acontecimientos con capacidad para alterar la estabilidad del sistema, incomprensible sin la edad de oro de la prensa escrita.

Joseph Caillaux
Joseph Caillaux

Esta tenía mucho poder por varios motivos. A diferencia de otros países europeos el índice de alfabetización era altísimo. Estadísticas de 1913 hablan de un 96% de hombres con plena comprensión lectora, cifra prodigiosa si se compara con España, donde el analfabetismo aún campaba a sus anchas. La ley de libertad de prensa de 1881 establecía pocos límites. Sólo las ofensas contra el presidente o contra el honor ciudadano eran condenables. En el caso que nos concierne Gaston Calmette pasó más de un umbral sin salpicarse al estar amparado en su campaña contra Joseph Caillaux por Poincaré y Louis Barthou, derrocado de su puesto principal en el Consejo de Ministros tras un ardid parlamentario del marido de la asesina.

Calmette inició su retahíla difamatoria contra Caillaux sin perjudicar la línea editorial de su periódico. Había accedido a su dirección en 1896, tras casarse con la hija de Georges Prestat, hegemónico tanto en las finanzas como en la junta directiva del rotativo. Una vez en la poltrona de mando supo encauzar la pérdida de lectores a través de su habilidad para proporcionar información e ideas mientras atraía a las clases populares con amplias notas de sociedad en detrimento de la información política, no en vano antes de estar en las alturas había sido responsable de la sección de ecos, repleta de chismorreos sobre las clases pudientes, hegemónicas en el imaginario de la época pese al tejido burgués de la República.

Caillaux era una presa perfecta para la prensa que, además, requería escarmiento por infinitos motivos

Caillaux era una presa perfecta que, además, requería escarmiento por infinitos motivos. Nacido en una posición holgada había entrado tarde en política, aupándose a gran velocidad gracias a su innata habilidad para las finanzas. Fue, tras una larga lucha, el introductor universal del impuesto progresivo sobre la renta, y este hito resume muy bien el desconcierto que causaba entre sus adversarios. Sus orígenes no casaban con su credo progresista. Su estética contracorriente, se atrevía a sentarse en el Parlamento con trajes a la última moda mientras sus homólogos vestían de negro riguroso, le granjeó tantas animadversiones como un carisma asimismo envidiado por sus habilidades oratorias.

El punto de inflexión llegó en 1911, cuando ascendió al cargo de Primer Ministro. Se enfrentó a la crisis de Agadir con Alemania desde una postura pacifista y el creciente nacionalismo proclive al enfrentamiento para resarcirse de la humillante derrota de 1870 no le perdonó su coherencia. La derecha crispaba el ambiente y Caillaux pasó a ser el blanco fácil para la crítica, despiadada por allanar la senda hacia la confrontación con la eterna pesadilla germánica.

Gaston Calmette
Gaston Calmette

En enero de 1914, Calmette puso toda la carne en el asador con acusaciones que alcanzaron su paroxismo el 13 de marzo cuando, violando todos los códigos éticos del oficio, publicó una carta de 1901 de Caillaux a su amante Berthe Geydan. La publicación de la epístola, además de adentrarse en la vida privada del ministro, era un ataque en toda regla por su propio contenido al vanagloriarse el implicado de engañar a sus colegas con la idea del impuesto progresivo sobre la renta. La firma final, Ton Jo, fue la gota que colmó el vaso, aderezada con el miedo de otras misivas relativas a la agitada vida amorosa del genio financiero, quien terminó casándose con Geydan para a posteriori divorciarse y contraer matrimonio con Henriette Caillaux, impecable en su papel de lumbre del hogar y dechado de moralidad conyugal. Hasta el disparo. Hasta el cataclismo.

El juicio y la mujer

En 'El juicio de Madame Caillaux', recientemente publicado en nuestro país por Avarigani, Edward Berenson supo captar las implicaciones del episodio más allá de la anécdota. Ciertos crímenes tienen la virtud de resumir un período, y el tema desguazado en este artículo contiene todos los ingredientes para sintetizar la Belle Époque, pacata en lo público y exuberante en lo privado.

'El juicio de Madame Caillaux'
'El juicio de Madame Caillaux'

La mujer francesa de principios del siglo XX hallaba amenazadas sus libertades básicas por cumplir a rajatabla lo prescrito por cánones anteriores. Durante el Antiguo Régimen el género femenino, aristocrático, pudo tener propiedades y consideración, pero desde la Revolución sus prerrogativas disminuyeron hasta encarnar un rol tradicional basado en el mantenimiento familiar y la gestión de la casa, sin aristas ni desmanes. Esta norma fue asumida y realizada desde la excelencia, tanto que muchos varones sintieron menoscabado su orgullo ante la suciedad de sus existencias, hipócritas y nada intachables.

En 1884 se aprobó una moderada ley de divorcio. Es curioso leer las novelas finiseculares y notar cómo Guy de Maupassant limita el papel de las féminas al amor y la discreción entre bastidores. Para la gran mayoría desear a la esposa era un sinsentido. Para eso estaban las cocottes, como Odette de Crècy o 'Rachel quand du seigneur', personajes proustianos que al cambiar su estatus hacia la respetabilidad perjudicaron a esposos y amantes por transgredir convenciones no escritas. Odette contrajo nupcias con Swann, Rachel, más desde un segundo plano, fue una de tantas tapaderas de Saint-Loup.

Portada del Excelsior sobre el juicio a Madame Caillaux
Portada del Excelsior sobre el juicio a Madame Caillaux

La mujer, huelga decirlo, no debía asumir responsabilidades, y además estaba marcada por una serie de tópicos muy en boga, como su componente histérica y romántica, a la postre definitoria para el affaire Caillaux. Charcot y Freud introdujeron nociones asimiladas desde el miedo a lo incomprensible y la martilleada degeneración, glosada por Max Nordau en un ensayo centrado en la progresiva enfermedad de su mundo contemporáneo desde la cultura y los hábitos sociales. Lo cierto es que para la prensa no había nada mejor que una asesina, tanto por lo inextricable del comportamiento femenino como por el misterio del recién descubierto inconsciente, respuesta de manual para explicar actos en apariencia inauditos. Por eso Henriette Caillaux fue absuelta, porque el jurado no pudo concebir que actuara en su sano juicio. Por eso nadie asoció su honor herido, que los hombres dirimían enfrentándose en duelo, como motivación para terminar un estorbo apellidado Calmette.

Después de la batalla

El juicio fue la tumba política para Joseph Caillaux, quien dimitió de su responsabilidad ministerial el día después del crimen. Durante la guerra encabezó el llamado partido por la paz y pasó una temporada entre rejas, acusado de alta traición. A mediados de los años veinte recuperó durante un suspiro su cartera favorita, pero sus postulados ya no sonaban progresistas entre el ascenso del Partido Comunista y la liberalización de las costumbres. Era un traje viejo con demasiados harapos en todas las costuras. Muchos restaurantes y hoteles le negaron la entrada y se refugio en Mamers a escribir sus memorias para ajustar cuentas con el pasado.

Su matrimonio con Henriette salió reforzado de la contienda. Antes la rumorología apuntaba a un inminente divorcio. En vez de eso aunaron esfuerzos. Con el paso del tiempo vivieron a su aire. Henriette se diplomó en la Escuela del Louvre y la extrema derecha impidió la lectura pública de su trabajo. Murió en 1943. Él en 1944, poco después de la Liberación. Habían simbolizado la clausura de una era y se iban en los albores de otra, sombras pretéritas, fantasmas de una tumba desdibujada por los avatares del destino. Le Figaro sobrevivió a todos, como un faro indemne al oleaje.

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