la esperanza y el exilio

Caramelos y antidepresivos: el desgarro de la diáspora intelectual venezolana en España

Escritores, actores y gentes de la cultura venezolana de entre los más DE 300.000 que residen en España cuentan sus historias

Foto: Opositores venezozalos se manifiestaN contra Nicolás Maduro en Caracas.
Opositores venezozalos se manifiestaN contra Nicolás Maduro en Caracas.

Juan Carlos Méndez Guédez es un escritor de un barrio popular de Caracas, de la calle de al lado de donde se crió el presidente chavista de Venezuela, Nicolás Maduro, pero vive en España desde 1996. Veinte años después, y tras haber vendido muchos libros en su país natal, la gente empezó a pararlo por la calle en Madrid. Cuando el autor de 'La ola detenida' (Harper Collins) lo cuenta, suena casi a realismo mágico: “Empezaban a reconocerme y a saludarme. La fantasía mía era que mis lectores estaban aumentando”, dice. “Pero la realidad es que solo se están moviendo”. A veces, también le pasa cuando viaja a Lima, Bogotá o París. “Los venezolanos se están moviendo y eso incluye a los lectores de novelas”, dice.

Pero la magia del realismo de Méndez Guédez, de 51 años, es que sus palabras no endulzan la miseria. Quizá porque cuando parecía que el grueso de sus lectores aumentaba en el mundo, él veía cómo sus “amigos y familiares han ido adelgazando” en Venezuela, literalmente. Hasta hace dos años, sus libros se publicaban allí e “incluso se vendían bastante bien”. De vez en cuando, él mismo enviaba ejemplares de regalo de sus novelas desde España. Ahora envía “caramelos, antidepresivos y carne, para que gente querida tenga proteínas”, cuenta. “Somos un país invadido por el militarismo, con carencias de medicinas y cosas elementales”. El papel para imprimir libros y periódicos lo administra el Gobierno, pero también escasea el papel higiénico.

Juan Carlos Méndez Guédez.
Juan Carlos Méndez Guédez.

La diáspora venezolana que está rehaciendo el tejido cultural en España no solo abarca la novela. Desde el 15 de enero pasado, el Pequeño Teatro de la Gran Vía de Madrid cuelga el cartel de 'entradas agotadas' todos los martes. Dentro, la actriz venezolana Ana María Simón encarna 'Soy de pura madre' sobre las tablas. Los 300 espectadores semanales son en su mayoría venezolanos, como el productor, Manuel González, 'Mago', 57 años, que a su vez trabaja en cine. “Él me hizo el diseño gráfico de mi película anterior y está trayendo muchas obras de teatro que en Venezuela no se pueden hacer”, cuenta la directora Claudia Pinto, residente en Valencia.

Pinto ha escrito el guion de 'Las consecuencias', la película en la que está trabajando ahora, junto a Eduardo Sánchez Rugeles, de 41 años, cuya primera y premiada novela, 'Blue Label / Etiqueta azul', además de en Venezuela y España, se ha publicado en inglés y en español en Estados Unidos. “La migración ha sido avasallante también a nivel profesional”, dice Sánchez Rugeles, cuya carrera despegó en 2010, tres años después de llegar a Madrid como estudiante. “Mucha gente ha tratado de reconstruir parte de lo que hacía en Venezuela, en Madrid, en Lisboa, en Nueva York”. Sus propios editores en España, los dueños de Kalathos editorial, “conservan su librería en Caracas, pero han empezado a publicar a autores venezolanos aquí”, añade.

En Venezuela es como si hubiera pasado un ejército y la hubiera destruido, solo que eran nuestras propias fuerzas armadas

La cultura no es una isla, y la trama que están tejiendo los casi 300.000 venezolanos residentes en España es más que un archipiélago cultural. "Es algo que ocurre con todas las tramas humanas, la cultura es un área", según Karina Sainz Borgo, periodista y escritora venezolana que llegó a España hace 12 años. Ella emigró por “motivos personales”, no políticos, y en marzo publica su primera novela, traducida ya a 15 lenguas, 'La hija de la española'. “Hay gente exiliada y no exiliada; y hay quien tiene historias dramáticas y terribles, pero es una experiencia transversal en todas las expresiones de la vida: hay médicos o biólogos que se han reinventado y ahora tienen una panadería”, añade.

Karina Sainz Borgo (Foto: Casa de América)
Karina Sainz Borgo (Foto: Casa de América)

Guillermo Barrios es uno de esos reinventados. Arquitecto y decano de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela hasta 2014, al año siguiente emigró a Madrid, donde regenta una tienda de artesanía, Cesta República, en el barrio de Chueca. “La cesta sirve como un símbolo de entrecruces de culturas y haceres”, explica Barrios, de 66 años, que fue director nacional de Museos (1999-2001) durante el primer Gobierno de Hugo Chávez. Visto por sus embajadores culturales en España, Venezuela ha alcanzado ese abismo en el que las metáforas se hacen realidad, y se vuelven impotentes para explicarla. “Es como si hubiera pasado un ejército y lo hubiera destruido: y es lo que ha sucedido, solo que el ejército eran nuestras propias fuerzas armadas”, en palabras de Méndez Guédez. Las últimas semanas, sin embargo, han devuelto una ilusión contenida.

La diáspora y los principios

Es probable que todo empezara al principio. Pero los principios de mucha gente, en España y en otros países, no dejaban entonces ver el final. El 4 de febrero de 1999, Hugo Chávez llegó a la presidencia, hace ahora 20 años, y dos años después inauguró su propia revolución cultural. En enero de 2001, anunció por televisión —'Aló, presidente', se llamó el programa en el que sobre todo hablaba él— el despido de una treintena de directivos de las instituciones culturales más importantes del país, directores de museos incluidos. “Yo me encontraba en la Dirección Nacional de Museos y presenté mi renuncia”, recuerda hoy Guillermo Barrios, al teléfono, desde su tienda en Madrid. Durante los 40 años de democracia anteriores, esos cargos los habían nombrado y cesado los responsables del Consejo Nacional de la Cultura (Conac).

Eduardo Sánchez Rugele.
Eduardo Sánchez Rugele.

Un año después, y durante unas horas, pareció que Chávez había sido depuesto del poder. Méndez Guedes llevaba ya años enamorado de España, vivía en Madrid y fue a manifestarse a la Puerta de Sol. “No éramos más de 50 y nos rodeó un piquete de ultraizquierda”, recuerda. Cuando el pasado 23 de enero Juan Guaidó reclamó la presidencia legítima de Venezuela, Méndez Guédez volvió a Sol: “Me sentí reconfortado al ver que éramos tantos, pero era también la constatación de un fracaso”. Había muchos más, porque eran muchos más quienes habían tenido que irse de Venezuela. La mayoría, al contrario que Méndez, obligados por la escasez, el miedo y la represión. “Pero al menos ya no había ningún piquete para explicarnos lo que es mejor para nuestro país”, añade.

Méndez, aunque nació en Barquisimeto, se crio desde muy pequeño en Caracas, en el barrio obrero de Los Jardines del Valle. “Una zona muy popular, muy peligrosa, que yo quiero mucho”, dice. En la calle 14, al ladito de la suya, creció Nicolás Maduro, que luego heredaría el chándal y el cargo del difunto Chávez. “Él es mayor que yo, por suerte no coincidimos”, dice sobre Maduro. En el barrio, “las protestas contra Maduro son absolutamente feroces y son reprimidas con ferocidad también”, cuenta. “No es la derecha rubia y oligárquica la que se enfrenta solo a ellos: a Maduro, ni en su propia calle la gente lo quiere ya”, según Méndez Guédez. “Afortunadamente”, resume refiriéndose a los piqueteros que pretendían darle lecciones de obrerismo a él, “esos sectores son ya muy minoritarios en la sociedad española”.

A finales de la primera década chavista, a sus clientes o los expropiaban o quebraban y se tenían que ir del país

González Ruiz llegó a España hace ocho años. Además de teatro, ha producido conciertos para Guataca, una 'disquera' de Caracas “que está aprovechando la diáspora como plataforma para llevar su música a distintas ciudades como Nueva York, México o Panamá”. Él llegó a ambos escenarios, el teatral y el musical, después de reencontrarse con clientes y conocidos de su etapa anterior. En Caracas trabajaba sobre todo como diseñador gráfico. A finales de la primera década chavista, a sus “clientes o los expropiaban o quebraban y se tenían que ir del país”. “Yo tengo niños y no los veía creciendo en la Venezuela que empezaba a asomar”, dice.

Cruce y encuentro

La crema de la intelectualidad venezolana pasa por Cesta República. ¿Cómo ven ellos la situación actual en Venezuela? Barrios, dueño de la tienda junto con su mujer, la también arquitecta Maitena de Elguezábal, y otros dos socios, se muestra “ilusionadamente preocupado”. “Nosotros éramos conscientes del gran legado cultural venezolano y es lo que celebramos aquí”, dice. “Pero todos compartíamos un dejo de imposibilidad de la ilusión”, añade. Eso ha cambiado desde hace dos semanas, en Caracas y en Madrid. “Este mes hemos programado música, como una nueva actitud ante el futuro y ante la vida”, decía el jueves por la tarde después de salir de “la galería” de su tienda, donde sonaba ensayando de fondo el piano de Basilio Martí, quien fuera teclista de Antonio Vega.

Amanezco con la emoción de que vamos a salir de esta pesadilla; y al rato, caigo en la desazón de que no vamos a salir nunca

Sánchez Rugeles llegó a Madrid en 2007 y estos días vive “en un péndulo”. “Siento una especie de bipolaridad emocional: amanezco con la emoción de que vamos a salir de esta pesadilla; y al rato, caigo en la desazón de que no vamos a salir nunca”, dice. Méndez Guédez no bascula: “Se ha abierto un momento de esperanza, el abismo lo estamos viviendo desde hace muchos años”. “Entramos en una profunda depresión después de que el Gobierno aplastara la revuelta de 2017 y ahora estamos saliendo de nuevo a protestar y tenemos un presidente civil [Juan Guaidó], reconocido por muchos gobiernos, que está tratando de recuperar el país”.

Sainz Borgo se contiene. “Yo entiendo que resulte atractivo mirar este proceso como un cambio, pero yo lo veo con desconfianza”, dice. “Desmontar un régimen que horadó tan profundamente en las leyes y los elementos más básicos va a ser difícil de corregir”, concede. “Pero hay un problema todavía mucho más grave: el baño de sangre que se dice que hay que evitar, ya ocurre. En las zonas más depauperadas de Caracas han sido ejecutadas 35 personas, con armas largas, que protestaban porque quieren comer o porque quieren un cambio de Gobierno”, dice refiriéndose a los asesinados a manos de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), un órgano creado por Maduro tras las últimas revueltas en 2017.

La esperanza y el exilio

“Cuando yo llegué en 2002, no llegábamos a 5.000”, recuerda Virginia Linares Rodríguez, profesora de periodismo de la Universidad Complutense, y opositora al régimen. Hoy, muchos de los 274.000 residentes nacidos en Venezuela, según el INE, tienen nacionalidad española, porque son hijos o nietos de españoles, muchos de ellos exiliados. Aunque no era española, la madre de Barrios se divorció y se vino a vivir a Madrid. En las cartas que enviaba a su hijo mayor describía un “Madrid gris y triste” como el franquismo que la gobernaba. “Caracas entonces era luminosa”, recuerda él.

Barrios sueña con volver a Caracas, pero no se ve como un exiliado. “No nos hemos quedado en el problema del desplazamiento y del exilio, sino que hemos tratado de hacer una vida creativa y productiva”, dice. 'Exilio' es una palabra difícil. Manuel González: “Me da miedo asumirla, pero creo que es lo que somos: exiliados de raíz, porque no tenemos un país al que volver, en todo caso tendríamos que reconstruirlo”. Sánchez Rugeles tiene reticencias a usarla, por respeto a quienes, también en el ámbito de la cultura, siguen allí, “y lo mucho que hacen con lo poco que tienen”.

La madre de Barrios vivía en lo que entonces se llamaba avenida de José Antonio. “En su calle había mucha tristeza, y eso era lo que ella nos narraba”, cuenta. Pero las cosas se transforman. Hoy es la Gran Vía, y al arquitecto que Barrios sigue siendo, su transformación le parece fenomenal: “La apertura de zonas peatonales, a favor de la vida humana”. “Cada lunes, cuando yo salgo al trabajo, veo cómo limpian las calles, como si se limpiara la casa, casi pasando una mopa, y eso me parece hermosísimo”. Las ciudades, sean Madrid o Caracas, “son un gran escenario de esas transformaciones”, concluye.

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