La tragedia de la familia Mann: drogas, suicidios y homosexualidad
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La tragedia de la familia Mann: drogas, suicidios y homosexualidad

Seis vástagos y la paciencia de amar y comprender a un genio encaramado en lo más alto de su torre de marfil

Foto: Thomas Mann
Thomas Mann

Estamos en una casa de Munich durante la República de Weimar. Un hombre escribe concentrado. Su esposa ha recibido órdenes de no molestarlo bajo ninguna circunstancia. La escena se repite día tras día, mes tras mes y año tras año, sin importar los cambios de domicilio, el clima político o si en el exterior luce el sol o amenaza tormenta. Este hombre, un tótem narrativo del siglo XX llamado Thomas Mann, tiene mujer y seis hijos. Y el biógrafo Thomas Lahme acaba de publicar en español 'Los Mann (Navona) la historia de esta amazing family, como la definieron en Estados Unidos durante los años treinta, sorprendidos por ver tantos dones concentrados en seres tan dispares sólo unidos por la genética.

En 1922, momento en que empieza este ensayo, Thomas Mann es imprescindible en la escena europea y un magnífico símbolo de cuando las palabras de un escritor influían en el imaginario nacional. Triunfó de joven con 'Los Buddenbrock' y desde entonces fue un faro repleto de controversia por culpa de un ego superlativo con querencia a opinar de todo. Tras conseguir con 'Muerte en Venecia' la que consideró su primera obra maestra se inmiscuyó demasiado en el ruedo ideológico con sus 'Consideraciones de un apolítico' (Capitán Swing), extensa obra donde defendía sin tapujos el nacionalismo alemán frente a las democracias que le plantaron cara durante la Gran Guerra.

placeholder Los Mann (Navona)
Los Mann (Navona)

Con la caída del Imperio, la derrota bélica y la irrupción de la República de Weimar empezó a modificar su pensamiento. Podía hacerlo a sabiendas de ser escuchado, lo contrario que sus hijos en el domicilio del que, desde pequeños, llamaban El mago por su talento en la escritura y una personalidad hermética, casi como si fuera un desconocido para los pequeños, fruto de un matrimonio que quizá fue su antídoto para evitar la sombra alargada de las tentaciones homoeróticas.

Mann dejó la responsabilidad educativa de su camada a Katia, quien siempre fue un modelo a la hora de gestionar los infinitos sinsabores causados por tantas mentes brillantes entre gestión económica, elección de los internados adecuados para la personalidad de cada uno de sus seis vástagos y la paciencia de amar y comprender a un genio encaramado en lo más alto de su torre de marfil.

Mefisto y el molinillo de pimienta

Erika y Klaus nacieron con un año de diferencia y, sin serlo, siempre se consideraron gemelos. Hicieron todo lo posible para escapar del sambenito que persigue a los hijos de progenitores célebres y dejar su propia impronta. La República de Weimar les brindó la ocasión para presentarse en sociedad desde el escándalo. Se juntaron con otros chicos de ilustre procedencia, recalaron en Berlín y en la capital intentaron integrarse al alocado ambiente de la época sin renunciar, pues juzgaban merecerla por apellido, a una primacía absoluta. Ambos amaban la noche, un dandismo irreverente y las drogas para evadirse de la presión suscitada por su linaje.

placeholder Erika y Klaus Mann en 1929
Erika y Klaus Mann en 1929

Klaus despuntó desde la adolescencia en la escritura, pero no podía haber elegido peor arte para desmarcarse de la tutela que lo atormentaba. Su energía le proporcionaba una hiperactividad descomunal que malgastaba en su obsesión de publicar casi anualmente para dar un gran golpe en la banca de las letras. Sus primeras novelas, autobiográficas como las de la mayoría de autores noveles, transgredían con los tópicos imperantes al mostrar sin tapujos su homosexualidad y gustar, casi hasta caer en el absurdo, de ambientes lúgubres cargados de vicio.

La simple mención de su apellido le granjeó ventas y críticas, ambiguas entre la constatación de su indudable potencial y las imprecisiones debidas al afán de notoriedad. Klaus vivía al límite y flirteaba con el precipicio, porque una cosa era el exhibicionismo y otra su tormento interior, mezcla de aburrimiento, deseo de epatar a cada segundo y la condena surgida por arrastrar el desafío con el Premio Nobel de 1929, el mismo que pagaba las deudas de los hermanos y se permitía retratarlos en novelas como 'Desorden y dolor precoz'.

Las primeras novelas de Klaus Mann transgredían con los tópicos imperantes al mostrar sin tapujos su homosexualidad

Por su parte Erika avanzó por otro filo mediante el teatro. Quería ser actriz, buscó papeles en todo tipo de representaciones y al final optó por montar su propia compañía, 'El molinillo de pimienta', con la que atrajo a un sinfín de espectadores contentos por ver a la hija de tan egregio prohombre. En este sentido, y debía sospecharlo, era una atracción de circo más en una era donde ser hijo de famoso suscitaba envidia y compasión.

El cambio de tercio acaeció con el ascenso del nazismo. Erika fue la primera que intuyó la necesidad de emigrar. Norteamérica era el país de las oportunidades. Al principio fracasó por la poca pericia con el manejo del inglés, pero a medida que el fenómeno hitleriano cuajaba vio las conferencias como el perfecto manantial económico para liberarse del Mago y volar sin ataduras, algo en lo que fue secundada por Klaus, quien asimismo no dejó de insistir para que su padre, a la espera de acontecimientos, se posicionara contra el nuevo amo de Alemania. Mientras esperaba la tan anhelada declaración publicó 'Mefisto', novela crucial para entender el período con un personaje arquetípico del arte vendido a esos jerarcas incultos y henchidos de poder.

América y la guerra

En 1936 Thomas Mann recibió la nacionalidad checoslovaca. Dos años más tarde emprendió el exilio a Estados Unidos, recalando en la Universidad de Princeton. Desde entonces luchó por unir al clan en su país adoptivo, que lo recibió con los brazos abiertos tanto por su prestigio como por su posición contraria al autoritarismo. Durante la guerra fue un adalid de sus otrora adversarios, tuvo el honor de ser recibido por el matrimonio Rooseevelt en la Casa Blanca y denunció en sus alocuciones radiofónicas el exterminio de los judíos, algo a no olvidar dado que fue pionero en denunciarlo.

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Thomas Mann y familia aún en Alemania en 1931

La tan ansiada confluencia familiar se produjo a cuentagotas. Golo Mann, nacido en 1909, escapó de la Francia ocupada y cruzó la frontera española en compañía de Franz Werfel y Alma Mahler, con quien siempre mantuvo una buena amistad. Su vocación fue la Historia y a ella intentó dedicarse desde su primera edad adulta, cuando empezó a idear una biografía de Friedich von Gentz, publicada en 1947. Quiso alistarse en el ejército americano, pero su manifiesta ineptitud física le hizo prestar servicio en el OSS, embrión de la CIA. Más tarde, cargando su homosexualidad a cuestas, volvió a Europa y llegó a ser un consejero imprescindible para muchos cancilleres de la posguerra, convirtiéndose además en un académico capaz de conjugar el brillo de su inteligencia con la aceptación del público, entusiasmado con sus ensayos, desmarcados del dualismo imperante durante la Guerra Fría, cuando ya había abandonado sus veleidades comunistas juveniles.

Estas fueron causa de muchos quebraderos de cabeza para Erika, a quien nunca concedieron la nacionalidad estadounidense pese a estar casada, por pura supervivencia, con el poeta británico W.H. Auden. El maná de las conferencias fue un apaño temporal. Con el ruido de las bayonetas habían perdido interés y muchos veían el afortunado invento como una sucesión de irrealidades e inexactitudes causadas por la distancia y el nulo contacto con la realidad alemana durante el nazismo. Por ello optó por ser periodista en el Reino Unido y cubrir los Juicios de Nuremberg, siendo una de las pocas mujeres en lograrlo. Antes se había granjeado la desconfianza del FBI de J. Edgar Hoover por sus tendencias sexuales y afinidades con la hoz y el martillo, y lo mismo padeció Klaus, quien sin embargo tuvo mejor suerte y al alistarse en la armada de barras y estrellas, participando en la liberación de Italia mientras insistía en su firme postura contra los totalitarismos.

Se suicidó en Cannes el 21 de mayo de 1949. Su muerte fue un mazazo bien escondido que entraba en la tradición suicida de los Mann

Se suicidó en Cannes el 21 de mayo de 1949. Su muerte fue un mazazo bien escondido que entraba en la tradición de los Mann, acostumbrados a quitarse la vida generación tras generación. Con el paso de los decenios el antifascismo de Klaus y su atrevimiento literario tuvieron recompensa y hoy en día se le considera uno de los escritores más dignos de estudio de Alemania durante la primera mitad del siglo XX.

Thomas y Katia se hicieron construir una casa, pagada por los derechos de autor y la filantropía de Agnes Meyer, en Pacific Palisades, California. Se sucedían los reconocimientos y las obras maestras como 'Carlota en Weimar' o 'Doctor Fausto', donde aportó su granito de arena el benjamín Michael Thomas Mann, músico formado en los mejores colegios de Zurich, París y Nueva York.

Los tres patitos

Toda esa formación no le sirvió para ser reconocido tan pronto como deseaba. Durante su adolescencia destacó por sus cartas a la madre, siempre endeudado, siempre con una nueva factura que añadir a las anteriores. Ingresó en la Orquesta Sinfónica de San Francisco y una vez terminada la contienda mundial realizó varias giras como solista por Europa. Cuando le llegó la fama se alió con Yalta Menuhin, con quien tenía previsto una serie de conciertos por todo el mundo truncados por una agresión nunca aclarada que le hizo perder su ascendente en el panorama musical. Para seguir en su cresta de la ola se dedicó a la Germanística, suicidándose por una sobredosis de barbitúricos combinados con alcohol el día de año nuevo de 1977.

Para resolver todo el rompecabezas no podemos dejar en la estacada a Monika y Elisabeth. La primera, nacida en 1910, fue la más resolutiva al separarse de la maldición sin dar muchas explicaciones. Aceptó el envite norteamericano y en el camino su barco fue torpedeado por un submarino alemán, falleciendo 258 personas, entre ellas su marido. En la década de los cincuenta se instaló en Capri y enfadó a sus hermanos con sus confesiones de estilo impresionista. Sin duda el único error de su victoria fue la falta de discreción.

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Elisabeth y su padre Thomas Mann

Elisabeth Mann murió en 2002 tras un accidente esquiando en Saint-Moritz. El año anterior había alcanzado una gloria casi póstuma cuando la televisión alemana emitió una serie dedicada a su clan. Durante la Guerra Fría llegó a presidir, gracias al ascendente de su marido, Giuseppe Antonio Borgese, una organización que aspiraba un gobierno federal mundial. En los años setenta descubrió la causa de su vida en la protección del fondo marino, implicándose en los debates celebrados en la ONU con el desparpajo propio de los avanzados a su tiempo.

Todos los hijos de Thomas Mann sufrieron por su origen. El gran escritor abandonó Estados Unidos cuando apreció en su gobierno la deriva que lo había hecho admirarlo. Los últimos compases de su existencia se vieron jalonados por la rutina de ser una estatua venerada contra viento y marea. Murió en 1955, poco después de su octogésimo cumpleaños. Nunca quiso perjudicar a los suyos, pero su sola presencia bastó para condicionar a toda su progenie.

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