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El ocaso de los espías: el libro que explica por qué tus redes sociales son peores que la Stasi

Cómo la red acabó con las prácticas históricas del espionaje: ¿Quién necesita seguir a alguien por la calle cuando puede fisgar en sus perfiles sociales? Hablan los expertos

Foto: El presunto espía estadounidense, Paul Whelan, en un tribunal ruso. (EFE)
El presunto espía estadounidense, Paul Whelan, en un tribunal ruso. (EFE)

Cuando el historiador José M. Faraldo empezó a interesarse por la vigilancia y la represión en la Europa del Este durante la Guerra Fría, vivía en la parte oriental de Berlín y no tenía Facebook. No sabía que acabaría escribiendo 'Las redes del terror. Las policías secretas comunistas y su legado' (Galaxia Gutenberg), un ensayo que recoge más de una década sumergido en los archivos de los servicios secretos de tres países del bloque comunista. Pero sobre todo no podía imaginar que él mismo acabaría "espiando" a las personas cuyas vidas anónimas había leído y escuchado capturadas en los registros de la Stasi, por ejemplo: "Al llegar al final debo confesarlo. No resistí la tentación de introducir en un buscador de internet los nombres y apellidos de algunos de los innombrados, involuntarios héroes de este libro", escribe en el epílogo. El rigor histórico no está reñido con ser un hombre de su tiempo.

De hecho, la conclusión que Faraldo extrae de ese gesto señala una inquietante paradoja sobre nuestra condición más actual: "a través de la red, pude reconstruir las trayectorias de algunos de ellos con casi tanta fidelidad y complejidad como con los cientos de páginas y grabaciones recogidas por la Stasi o el KGB", afirma. En comparación con Facebook o Google, añade, "la Securitate [la policía secreta rumana] o la Stasi [alemana] resultaban ingenuas, artesanales". Algunos "detalles sórdidos" de sus archivadas vidas solo cobraban sentido al completarlas con lo que hoy exponemos abierta y voluntariamente en internet. La pregunta es obvia: ¿nuestros perfiles en las redes sociales son objetivo también de las actividades de los servicios secretos?

En comparación con Facebook o Google, "la Securitate [la policía secreta rumana] o la Stasi [alemana] resultaban ingenuas, artesanales"

"Claro que lo son, y no solamente con finalidades económicas o comerciales, sino claramente de espionaje por parte de los servicios de inteligencia", responde Pedro Baños, coronel del Ejército de Tierra, ex jefe de Contrainteligencia y Seguridad del Cuerpo de Ejército Europeo en Estrasburgo y autor de referencia en la materia. "Hoy en día, de toda la información que se obtiene por parte de esos servicios de inteligencia, el 80% procede de fuentes abiertas", añade el autor de 'El dominio mundial' (Ariel), publicado también, como el de Faraldo, en otoño de 2018.

Pero para entender algunas de las consecuencias que todo eso tiene sobre nuestras vidas hay que deshacerse primero de un mito creado por el cine y la literatura popular: el espía como agente encubierto. Hoy, un mito tan seductor como falso: "La información del que consideraríamos el espía tradicional, el que va oculto y realiza una operación encubierta, en realidad hoy queda muy limitada", explica Baños, que con su anterior libro, 'Así se domina el mundo' (Ariel, 2017), vendió más de 20.000 ejemplares en menos de un año. "Hoy en día hay verdaderos expertos en esta minería de datos que pueden obtener muchísima información", añade.

Un oficio de cine

El trabajo de Faraldo muestra que en buena medida el mito siempre ha ocultado las verdaderas rutinas del espía, sobre todo en misiones en el extranjero. "Buena parte de estas informaciones provenían de fuentes abiertas (prensa, monografías publicadas, literatura, etcétera) y recabarlas, pese a los estereotipos, constituye el trabajo habitual de todo espía o integrante de una policía de seguridad", explica en el libro. Las actividades encubiertas son solo una práctica "dentro del amplio espectro de las funciones que desarrolla la inteligencia", aclara Baños en 'El dominio mundial'. Y aunque el espionaje encubierto sigue existiendo, hoy "es mucho más importante el cine de espionaje que el espionaje tradicional", según Baños.

Desmontado el mito, cabe preguntarse entonces por la influencia que los servicios de inteligencia puedan estar teniendo sobre fenómenos que están a la vista de todos, pero cuya configuración no está al alcance de casi nadie. La proliferación de los bulos, las noticias inverificables o las campañas para influir secretamente en el voto durante en el referéndum del Brexit, las elecciones americanas o, mirando hacia adelante, las elecciones europeas del próximo mes de mayo, deben verse también a la luz de las técnicas de los servicios secretos. "Piensa que las grandes potencias tienen a miles de personas dedicadas precisamente a estas labores de guerra psicológica y de manipulación mediática en el ciberespacio, que se ha convertido en un verdadero campo de batalla. Y los ciudadanos, como digo, somos sus objetivos", dice Baños.

Servidumbre voluntaria

Además de la Stasi alemana, Faraldo ha rastreado los archivos de los servicios secretos de Rumanía y Polonia, con perspectiva histórica: en el contexto del Estado vigilancia moderno, la ingeniería social propia de las sociedades de masas, en particular de las comunistas, y las diversas transformaciones del KGB de fondo. Informes sobre personas muchas veces anónimas, pero también diplomáticos, políticos o intelectuales de la época. Faraldo sigue los pasos de españoles que vivían en esos tres países del llamado Bloque del Este; y los de los propios espías, sobre todo de la Stasi y el KGB, destinados en España durante la Guerra Fría. El resultado es la crónica de una sociedad, la comunista, gobernada por la paranoia y unas vidas permanente e involuntariamente expuestas, destruidas muchas veces por la desconfianza, la mentira o el alcohol. Un terror capilar, aunque no omnipotente. "La idea de que eran omnipotentes era pura propaganda", escribe el historiador.

Vox habría logrado crear un producto aplicando técnicas de espionaje comercial a la política

Tras más de quince años en Alemania, Faraldo regresó a España y desde su despacho en la Universidad Complutense de Madrid cuenta que ha pensado "muchas veces" sobre el contraste que supone nuestra sobreexposición actual: "Hemos dado justamente la vuelta. Donde antes la gente intentaba protegerse y defenderse para que no supieran de su vida, hoy mostrar y enseñar se ha convertido en parte de nuestra vida social", dice al otro lado del teléfono. Personalmente, no está "a favor ni en contra". Él mismo tiene un perfil en Facebook e Instagram. "Pero como investigador e historiador, me temo que ahí hay unas formas de construcción de redes de poder sobre los individuos en nuestras sociedades, que empiezan a dejar de ser democracias a la antigua y se transforman en otra cosa", dice.

Portada del libro
Portada del libro

Así, el espionaje se encuentra muchas veces el trabajo hecho. "No hace falta que nadie nos vigile tras unos visillos, porque las ventanas de nuestra casa son absolutamente transparentes", según Baños. Una exposición gratuita, a pesar de su valor económico. "Con toda esa amalgama de datos se puede conocer perfectamente la afinidad ideológica de una persona, con una fiabilidad del 95%. Conocer sus gustos y tendencias en todos los órdenes, incluidos los sexuales. Y así hasta convertirnos en esclavos complacientes: porque aportamos unos datos que valen mucho dinero y además lo hacemos absolutamente gratis". Conclusión: "Si la libertad siempre fue una ilusión, hoy en día la intimidad es una absoluta quimera", según Baños.

Ambos autores advierten contra la apariencia inofensiva que la explotación comercial de toda esa información tiene. No es la única finalidad y a veces ni siquiera es la principal. Baños: "Muchas personas no le dan importancia a que alguien recabe información sobre ellos en el momento actual. Pero sobre todo la gente joven, como yo digo, no tiene que pensar en lo que son hoy, sino en lo que pueden llegar a ser en el día de mañana. La información no significa que se vaya a utilizar hoy, pero a lo mejor sí el día de mañana cuando tenga un puesto relevante".

Faraldo sitúa esa advertencia en la actualidad: "Hombre, queda por decir: más allá de que me quieran vender algún artefacto, qué me importa que sepan que tengo estos gustos o estos otros. Pero bueno, a la larga, estamos viendo que eso también afecta a la política". Vox, por ejemplo, habría logrado así crear un producto aplicando técnicas de espionaje comercial a la política. "Darle a la gente lo que la gente no sabía que quería, pero que han conseguido extraerlo. Ese tipo de manipulaciones son bastante peligrosas", concluye.

Europa, campo de batalla

¿La propia sobreabundancia de la información nos protege contra los espías? Los dos especialistas sostienen más bien lo contrario. Según Baños, "este volumen inmenso de datos favorece claramente a la inteligencia, pero es una verdadera pesadilla para la contrainteligencia, la que está encargada precisamente de la protección y de la seguridad de la información propia". "Es una verdadera pesadilla porque es muy difícil la protección absoluta de toda la información", añade. La incapacidad de las dictaduras comunistas para gestionar toda la información que acumulaban permitía "que hubiera resquicios y hubiera espacios para cierta libertad, pero ahora parece mucho más difícil, por el progreso técnico en la gestión y el análisis de datos", asegura Faraldo.

No hace falta que nadie nos vigile tras unos visillos, porque las ventanas de nuestra casa son absolutamente transparentes

Las elecciones europeas aparecen como el próximo escenario para las campañas de desinformación a nivel global. "Yo debo reconocerlo: tengo mucho miedo", dice Faraldo. "Va a haber un intento bastante potente de determinados países y determinados intereses de mezclarse en las elecciones europeas, y no tengo muy claro qué es lo que va a salir". Sin querer demonizar a Rusia, ni olvidarse de otras potencias como China, Faraldo considera que los regímenes autoritarios juegan con ventaja a la hora de establecer unos objetivos concretos y trabajar por ellos de forma "consecuente", sin tener que respetar ningún otro filtro, salvo el de la eficacia.

Portada
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Para Baños, "el intentar influir en las elecciones lo hacen todas las grandes potencias porque a todas les interesa tener gobiernos que le sean afines, evidentemente. Estados Unidos, según informes muy solventes, ha intervenido en un centenar de elecciones en el mundo, en algunos casos llegando a dar golpes de Estado". A su juicio, la guerra de la desinformación "es una guerra que se está dando en la que todas las grandes potencias intentan predominar y por supuesto descalificar al contrario”. “Eso no significa que Rusia no juegue también su papel, pero está claro que se le demoniza en exceso, porque no hay que olvidar que estamos en un contexto en el que Estados Unidos se ve como una potencia menguante frente a Rusia, pero sobre todo frente a China". Después de la conversación con Baños, Donald Trump reconocía al autoproclamado Juan Guaidó como nuevo presidente de Venezuela.

Los espías que actúan como agentes encubiertos, obviamente, siguen existiendo. "Es lo que se llama inteligencia humana (Humint, en inglés), porque en muchos casos hay que contrastar la información, hay que verificarla, y eso muchas veces solo se puede realizar a través del contacto personal", según Baños. Sin embargo, las acciones encubiertas se realizan cada vez más también "en el plano virtual". La lucha contra el yihadismo en España, por ejemplo, se desarrolla también en ese nuevo escenario.

Muchas de las operaciones policiales desarrolladas desde 2015, sobre todo, se basan en agentes encubiertos que rastrean las redes en busca de perfiles radicalizados, según reflejan varios sumarios. Sin embargo, la forma de actuación de los terroristas de La Rambla y Cambrils, que se reunieron y organizaron fuera de cobertura, sin apenas usar sus perfiles digitales, supuso un clamoroso recordatorio de la realidad sigue a veces sus viejos códigos.

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