entrevista a jordi costa

Una plaga inesperada: Vox, Campofrío y el triunfo de lo políticamente incorrecto

El ensayista analiza los extraños cruces entre humoristas españoles y la extrema derecha emergente. Un enemigo en común: lo políticamente correcto

Foto: Los 'ofendiditos' del anuncio de Campofrío
Los 'ofendiditos' del anuncio de Campofrío
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2019 ha arrancado con una gran paradoja: tanto fijarnos en la amenaza de lo políticamente correcto… y resulta que al final lo que triunfa es lo políticamente incorrecto. Jair Bolsonaro, reluciente presidente brasileño de extrema derecha, lo dijo alto y claro el primer día del año en su toma de posesión: prometió “liberar” a Brasil de lo “políticamente correcto”, como si el principal problema del país ya no fuera la desigualdad social, sino no poder contar chistes sobre negros, maricas y feministas por el miedo al que dirán. “Con humildad y honor me dirijo a todos ustedes como presidente de Brasil y me presento ante toda la nación hoy como el día en que el pueblo empezó a liberarse del socialismo, a liberarse de la inversión de valores, del gigantismo estatal y de lo políticamente correcto”, dijo Bolsonaro a las masas, palabras interpretadas así por la analista Eliane Brum en un artículo en ‘El País’:

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“Lo que la mayoría de los hombres entendían como derecho -decir lo que quisieran, especialmente a una mujer- ya no es posible. ‘Ya no se puede decir nada’ se ha convertido en una frase clásica en boca de estos hombres. Los ya tradicionales chistes de ‘maricones’, un tema clásico de fortalecimiento de la identidad de macho, se han vuelto inaceptables. Lo políticamente correcto, que Bolsonaro y sus seguidores tanto atacaron en las elecciones, se ha interpretado como una agresión directa a los privilegios que se consideraban derechos… Para un hombre pobre, ya sea blanco o negro, despotricar contra los gais y/o las mujeres en el día a día puede ser la única prueba de ‘superioridad’, mientras enfrenta la masacre diaria de una jornada extenuante y mal pagada. Bolsonaro lo entendió muy bien… El presidente recién investido presentó el combate a lo ‘políticamente correcto’ como una de las prioridades de su gobierno. No la espantosa desigualdad social, que hasta los presidentes conservadores creían que era bueno citarla, sino la necesidad de “liberar” a la nación del yugo de lo “políticamente correcto”.

En efecto, lo políticamente incorrecto ha logrado articularse de un modo más eficaz que su antagonista. La incorrección política como bandera y munición de éxito: de Bolsonaro en Brasil a Vox en España, con su líder, Santiago Abascal, jactándose de haberse “rebelado contra la dictadura de la corrección política”.

Jordi Costa
Jordi Costa

Este sorpasso de lo políticamente incorrecto sobre lo políticamente correcto no es la única paradoja: también lo es que algunos cómicos españoles -que se sienten atacados por las minorías- compartan de pronto enemigo -lo políticamente correcto- con la extrema derecha de nuevo cuño. Hablamos de todo ello con el ensayista Jordi Costa, que acaba de reeditar y actualizar un ensayo colectivo de referencia sobre las mutaciones y límites del humor contemporáneo: ‘Una risa nueva’.

PREGUNTA. En un perfil reciente sobre Santiago Abascal en ‘ICON’ escribe usted: “Abascal comparte enemigo con algunos vociferantes miembros del gremio de los cómicos: la corrección política". Vox y la comedia… extraña pareja de aliados...

Lo que se reclama es un regreso a un paraíso perdido donde se podían contar chistes machistas, homófobos o racistas sin que ocurriera nada

R. Este cruce requiere contexto. La corrección política se ve como algo limitador y nocivo ahora en España. Desconfiar de sus peligros es una actitud comprensible a primera vista. El pulso entre corrección e incorrección política nació en el EEUU universitario de los noventa, cuando determinadas minorías obtuvieron voz y pusieron límites a un discurso oficial que consideraban excluyente y ofensivo. Pero la derecha se apropió pronto de esa dialéctica, se la arrebató al debate cultural progresista, la convirtió en una herramienta contra la diversidad y en favor del regreso a una uniformidad excluyente y sostenida por el poder.

La etiqueta “humor políticamente incorrecto”, por su parte, se convirtió en argumento comercial de los cómicos. Es cierto que ha habido humor políticamente incorrecto radical, agresivo y útil, humoristas estadounidenses como Sarah Silverman, o cómicos británicos como Chris Morris.

Pero ese debate llegó a España debilitado: los ataques a la corrección política de políticos derechistas y cómicos se parecen ahora bastante. Lo que se reclama en el fondo es un regreso a un paraíso perdido, una época pasada en la que, según estas voces, se podía hablar de todo. Ese “se podía hablar de todo” se traduce así en el contexto de la comedia española: se podían contar chistes machistas, homófobos o racistas sin que ocurriera nada. Pero claro: algunos consideramos que como paraíso perdido… bien perdido está. No todos sentimos nostalgia del chiste homófobo.

El paraíso perdido que reclaman estos cómicos se parece bastante al paraíso perdido que reclama Santiago Abascal o Pablo Casado. El ya no podemos llamar al pan pan y al vino vino porque nos llamarán machistas o fachas.

P. ¿Qué diferencia a estos cómicos incorrectos del mundo anglosajón de su versión española? ¿Se ha ido degradando el concepto? ¿Unos desafían al poder y otros solo soliviantan a las minorías?

R. En ‘Una risa nueva’ hay un capítulo nuevo de Víctor Parkas que analiza estos debates. Se abre con una cita de una autora feminista, Brigitte Vasallo, sobre la sátira dirigida hacia arriba o hacia abajo. La sátira valiente es la que pone en cuestión el sistema de poder. Antes he hablado de Chris Morris. Primero hizo programas como ‘The Day Today’, ‘Brass Eye’ o ‘Jam’ y luego una película como ‘Four Lions’, sobre terroristas islámicos… tontos.

Algunas voces de la derecha radical acusan a los cómicos de no atreverse con el Islam, y sí con la Semana Santa, de no tener narices de burlarse de los que efectivamente les pueden matar, como ocurrió con ‘Charlie Hebdo’. Bromear con el terrorismo islámico te puede convertir en diana. Es un terreno peligroso para la sátira. Ahora bien: ¿Hasta qué punto reírse del terrorismo islámico no es hacerle el juego al poder que lo señala como nuevo monstruo? ¿Hasta qué punto esa burla puede llevarnos a posicionarnos contra la inmigración en general? ¿Cómo consigue Chris Morris llamar idiotas a los terroristas islámicos y no hacerle el juego al poder? Lo logra hablando tanto de la estupidez del terrorista como del sistema que maneja un discurso del miedo en torno a él. ‘Four Lions’ iguala frentes y remata con un juego de punto de vista: si todas las películas tienen que tener un protagonista, y los manuales de guion sugieren crear un circuito de empatía entre el protagonista y el espectador, Morris logra que empatices con los terroristas, cuyas ideas son horribles, sí, pero también son torpes y unos pobres diablos.

Yo veo ‘Four Lions’ y me queda claro que su director no está del lado de Theresa May, por decirlo de algún modo, pero cuando veo a buena parte de los humoristas españoles lo que detecto es una fuerte nostalgia de cuando podías hacer chistes de mariquitas, chistes de gitanos y chistes machistas... y no pasaba nada. Chistes que, por cierto, siguen formando parte de nuestra normalidad, las cosas no han cambiando tanto como se quiere hacer creer. La corrección política ni se ha impuesto ni es un movimiento articulado que logre limitar severamente la libertad de expresión.

P. He ahí precisamente un reciente lugar común: antes teníamos la censura oficial y ahora tenemos la poscensura de lo políticamente correcto, que fulmina, por ejemplo, un monólogo de Rober Bodegas sobre los gitanos. ¿Es cierto? ¿Son comparables?

R. Se dice que las minorías utilizan estos debates como herramienta censora. Algo de eso hay si uno se pasea por las polémicas de Twitter, cierta pulsión inquisitorial, controversias muy encendidas y con poca gama de grises. Pero lo que pasó con el monólogo de Bodegas fue algo diferente a la censura: no es que se viera atrapado en una red que le impedía manifestarse, sino que sus objetos de burla podían por fin manifestar su desacuerdo, eso no es censura propiamente, censura es lo que le pasó a Valtonyc o a la portada secuestrada de ‘El Jueves’ con los príncipes Felipe y Letizia, donde sí hubo un sistema legal que reaccionó, señaló y condenó para silenciar un mensaje. Lo que ocurrió con Bodegas -y con otros cómicos acusados de machistas o racistas en redes- es que han surgido nuevas voces en contra, que quizá no se manifiestan de la manera más civilizada posible, pero que no se pueden equiparar a la censura más o menos oficial, son dos cosas diferentes que se tienden a mezclar y confundir.

P. ¿Cuál es el problema del monólogo de Bodegas?

R. Desde el punto de vista de la construcción de discurso, desde la técnica, revela una cierta inteligencia como cómico. Juega con la inversión: como no puedo contar chistes de gitanos, le voy a dar la vuelta y a contar chistes de payos. Aprecio el juego formal e irónico: filtrar el mensaje tabú a través de su contrario. Ocurre que los espectadores de Bodegas son jóvenes payos de clase media que se descojonan de los prejuicios contra los gitanos. Es un humor que no incomoda al receptor. Cuando el humorista políticamente incorrecto se dirige a su audiencia, debe haber un juego de tensión. Al menos lo hay en EEUU. Los cómicos dicen algo que tú sabes que no deberían decir. Un tensión clave en telecomedias como ‘Curb your enthusiasm’, de Larry David, donde se flirtea constantemente con el chiste racista, o con el antisemitismo, aunque Larry David sea judío.

Es un humor que juega con la incomodidad de una audiencia y una sociedad que sabe que eso son líneas rojas, que admira la valentía y la capacidad satírica del cómico, pero al mismo tiempo sufre durante la actuación y piensa: “No lo digas, no quiero que lo digas, porque si lo dices, me reiré, y quedará claro que ese prejuicio racista también lo tengo yo”.

Pero ese doble juego no se da en el caso de Bodegas. Su monólogo se emite para un público que sigue pensando que los gitanos roban, trafican con drogas y conducen coches robados. Tanto vosotros (mi público) como yo (Bodegas) sabemos que estas cosas que no me dejan decir (los gitanos roban) son ciertas y por eso no me las dejan decir.

P. ¿Podía haber dado la vuelta al sentido del monólogo sin cambiar los elementos?

R. Sí. ¿Qué hubiéramos deseado de ese monólogo? Que intentara decir esas cosas… de otra manera. El mensaje que podía haber lanzado Bodegas es: si tú te estás riendo de estos prejuicios contra los gitanos, igual es que tienes un problema, igual que lo tengo yo, pero lo que hace más bien es celebrar esa actitud y ese prejuicio. No es una llamada a reajustar nuestra mirada. Si no hubieran saltado las alarmas, el monólogo de Bodegas formaría parte de nuestra normalidad como tantas otras veces, igual que el “Mi marido mi pega” de Martes y 13 se emitió con gran jolgorio en los ochenta sin que pasara nada. Pero ahora hemos cobrado conciencia como sociedad y nos resulta inadmisible: si echaran ahora el sketch de Martes y 13 tras un informativo sobre asesinatos machistas, saltarían todas las alarmas. Y sería razonable: no sería un cruce de cables sobre algo que hemos perdido -el paraíso perdido de los chistes sobre maricas y gitanos- sino sobre algo que hemos ganado. Lo preocupante sería que sintiéramos nostalgia hoy del chiste de Martes y 13.

P. De hecho, Millán Salcedo ha dicho en varias ocasiones que le da vergüenza ese sketch y no lo quiere volver a ver.

La corrección política ni se ha impuesto ni es un movimiento articulado que logre limitar severamente la libertad de expresión

R. Exacto. Cambiar de opinión no es nada terrible. Todos deberíamos hacerlo. Joaquín Reyes me contó que había retirado unos chistes de un monólogo tras hablarlo con Charo López, cómica feminista argentina. Pensó que Charo López tenía parte de razón y decidió dejar de hacer esos chistes. ¿Se siente Joaquín Reyes censurado por ello? No. Lo que siente es que ha cobrado conciencia de algo que hasta entonces no era un problema para él. Más que perder yo diría que ha ganado.

P. ¿Ponemos límites entonces al humor?

R. No, el humor no puede ni debe tener límites. Se puede hablar de todo. Ocurre que este ‘hablar de todo’ no se produce en el antiguo espacio de seguridad en el que no había voces echándote en cara que tus chistes fueran anacrónicos, excluyentes o violentos.

P. Santiago Abascal presume de ser políticamente incorrecto. ¿Lo es? ¿En comparación a qué?

Santiago Abascal y Torrente comparten una visión parecida de lo políticamente correcto

R. Abascal confunde corrección política con cambios colectivos de sensibilidad social, que no son exactamente silenciosos, sino que se manifiestan con el tiempo. A un gran número de personas le parece inapropiado hoy el sketch de Martes y Trece sobre las mujeres maltratadas. TVE no lo emitiría ahora salvo dentro de un discurso sobre registros cotidianos en los ochenta e inapropiados hoy. Igual que en EEUU advierten sobre los dibujos de los años treinta cuando los reponen: contienen estereotipos raciales, hoy son inapropiados, pero los emitimos otra vez por su valor artístico e histórico.

Ya no nos parece tan bien reírnos de los maricas o de los gitanos. Abascal y Torrente comparten una visión parecida de lo políticamente correcto, salvo que Torrente es el juego de un cómico que inventa un personaje síntesis de las pulsiones del alma española: el facha que marca constantemente distancias respecto al otro, ya sea el otro de otra raza o de otra orientación sexual.

Abascal se refiere a eso cuando habla de incorrección política, y desgraciadamente algunos cómicos también, aunque no sean conscientes. Los cómicos reclaman una libertad de expresión incondicional, en todos los frentes, pero es que esa libertad sigue existiendo. Otra cosa es que los medios de comunicación ya no quieran comprarte un material que a muchos nos parece anacrónico. ¿Es eso censura gubernamental? No ¿Es recorte de la libertad de expresión? Tampoco. Otra cosa es lo que ha pasado con los raperos condenados por la Audiencia Nacional o con los titiriteros de Madrid.

P. El anuncio de Campofrío se ha interpretado como una defensa de estos cómicos y un ataque a la corrección política. ¿Es así?

R. Es un anuncio horrible. La mera presencia de Rober Bodegas significa que la libertad de expresión sigue sana y salva en nuestro país, como mínimo en ese apartado. La polémica de su monólogo en redes sociales cobró forma de calentón agresivo, pero duró dos semanas y luego se olvidó. Aguantado el chaparrón, Bodegas sigue actuando y colaborando en los medios de siempre... y de repente aparece en un anuncio del producto más mainstream que te puedas imaginar: Campofrío. Para colmo, en el anuncio aparecen Azúcar Moreno con Bodegas, en modo respaldo simbólico y subrayando el aquí no ha pasado nada…

P. Suena a versión gitana de ‘La cabaña del tío Tom’.

El monólogo de Bodegas se emite para un público que sigue pensando que los gitanos roban, trafican con drogas y conducen coches robados

R. Sí, es un poco el efecto cabaña del tío Tom. Yo respeto a Azúcar Moreno, si quieren participar de ese juego, es asunto suyo. Algunos miembros de la cultura afroamericana también juegan a ese juego, rechazado por parte de su comunidad por ‘tiotomismo’ total. Es estupendo que Azúcar Moreno lo quieran hacer, pero eso no resuelve el problema de que a un sector de su comunidad le molestó el discurso de Bodegas. Lo que está claro es que Bodegas no ha sido ni castigado ni expulsado del espacio público/profesional. ¡Si hasta aparece en un anuncio de Campofrío!

Quizá la frase más violenta del anuncio sea la de los chistes sobre feministas, cuando aparece Peñafiel queriendo comprar chistes sobre la monarquía y le dicen que puede perder el trabajo, pero que tranquilo, que los chistes sobre feministas salen mucho más caros. Decir eso… Me parece el paso más torpe y agresivo del anuncio: equiparar la reacción de los colectivos feministas con la de la monarquía. Puede que la monarquía haya aflojado desde el secuestró de la portada de ‘El jueves’ -en ‘Polonia’ (TV3) se satiriza a la casa real todas las semanas y no pasa nada- pero Valtonyc está fuera del país e históricamente nunca ha sido buen negocio meterse con el Rey. Cuando te aprietan las feministas, por contra, la cosa no va más allá de allí, de las redes, de un choque entre dos frentes. No es lo mismo.

P. ¿Algún problema más en el anuncio de Campofrío?

Lo preocupante sería que sintiéramos nostalgia hoy del chiste de Martes y 13 sobre mujeres maltratadas

R. Tampoco veo clara la presencia de El Langui. Le dicen: a usted le van a salir gratis los chistes sobre discapacitados porque es discapacitado. Eso es dar un falso mensaje. No hay que ser gitano para hacer chistes sobre gitanos. Todo el mundo puede hacer cualquier chiste. Lo único que se le pide al cómico es que sea consciente de que todos los chistes tienen ideología y ponen una sensibilidad en juego. Cada cómico elige qué imagen quiere proyectar. Hay cómicos que sí saben jugar con la incorrección política y con la provocación.

Todo el mundo se ha ofendido alguna vez con un chiste, yo también, y ahí llegamos al final del anuncio, el contraplano de los ofendiditos, en el que aparecen manifestantes y una chica sufragista. Y la frase del anuncio: a los ofendiditos ya se les pasará. Sin darse cuenta, o dándose cuenta, lo que hace el spot es Campofrío es ignorar al poder que lleva al cómico a los tribunales -ni rastro de los chistes sobre la bandera de España- para poner el foco en el receptor al que no le hace gracia el chiste; receptor, por cierto, asociado a las reivindicaciones sociales. Esa izquierda que no tiene humor, que nos agua la fiesta, que no entiende que en este país todo el mundo es bueno, y lo que nos define es la simpatía del chistoso. Tiene bastante mérito que un anuncio que dura tan poco reúna todos esos… elementos. Es un anuncio horripilante.

P. ¿Cómo se come que Bolsonaro diga que la corrección política es uno de los mayores problemas de Brasil? Sostiene que hay que recuperar el derecho perdido a hacer chistes ofensivos contra las minorías.

R. Es que ese derecho, por llamarlo de alguna forma, nunca se ha perdido. Nadie va a la cárcel por un chiste homófobo. Lo que está detrás de las palabras de Bolsonaro quizá sea otra cosa: no tanto una ampliación de la libertad de expresión como un (intento de) recorte de los derechos que las minorías han ganado estos años.

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