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La Ruta 66 del Mal: en autostop por la Rusia extrema

Llegan a nuestro país los premiados 'Diarios de Kolymá' del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, un libro de viajes alucinado y alucinante por la Carretera de los Huesos

Foto: La Carretera de los Huesos
La Carretera de los Huesos
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A orillas del Malyk, un lago siberiano enorme y helado en la Kolymá profunda, en el extremo oriental de Rusia, vivió durante más de cincuenta años el abuelo Naúmov, un ermitaño solitario que jamás se movió de allí ni para visitar al doctor. Tenía doce perros 'laikas', a uno de los cuales le faltaba una pata arrancada en una trampa para zorros, y era famoso por escribir, aún cumplidos ya los ochenta años, con una hermosa letra rectilínea poemas rimados sobre la vida dura de la taiga. Era la misma letra con la que aquel antiguo escribano y soplón denunciaba a sus compañeros de celda del Gulag estalinista.

'Diarios de Kolymá'. (La Caja Books)
'Diarios de Kolymá'. (La Caja Books)

El abuelo Naúmov es uno más de la fascinante galería de personajes, escenarios e historias increíbles -y verdaderas- que recoge el espídico y arrollador periodista polaco Jacek Hugo-Bader en 'Diarios de Kolymá: en austoestop por la Rusia extrema'. (La Caja Books) que acaba de ser publicado en español traducido por Ernesto Rubio y Agata Orzeszek. En sus páginas se despliega un libro de viajes alucinado y alucinante, un extenso reportaje periodístico que hibrida la crónica viajera del mejor Kapuściński y el salvaje periodismo gonzo de Hunter S. Thompson. Un título que se ha alzado con el prestigioso premio English Pen Award y del que 'The Guardian concluyó: "la narración está surtida de diésel, vodka y lágrimas, Hugo-Bader tiene talento para desenterrar historias humanas sucias y extraer de ellas oro".

"Hay en la Rusia oriental una carretera mítica, una especie de Ruta 66 donde la Historia del comunismo más sanguinario se cruza con el carácter extremo de la temperatura siberiana y su inherente despoblación. Los mapas la denominan Autopista M56. Los locales la conocen, simplemente, como 'Trassa' (La Ruta). Sin embargo, su nombre más legendario es el de 'Carretera de los Huesos', porque bajo ese pavimento maltrecho por el que apenas circula nadie están enterrados, para darle firmeza al suelo, miles de los prisioneros del Gulag que la construyeron por orden de Stalin".

En rojo, el recorrido de la Carretera de los Huesos, en Kolymá. (Wikipedia)
En rojo, el recorrido de la Carretera de los Huesos, en Kolymá. (Wikipedia)

Hugo-Bader inició su viaje por la 'Carretera de los Huesos' el sábado 18 de septiembre de 2010. Su intención era recorrer una de las vías rodadas más inhóspitas del mundo: 2.025 kilómetros que atraviesan un territorio inmenso aquivalente a una tercera parte de Europa, perpetuamente congelado y desolado con temperaturas que en invierno superan fácilmente los 50 grados bajo cero, donde puedes recorrer cientos de kilómetros sin toparte con un núcleo de población, erizado de vertiginosas montañas blancas, de desfiladeros ululantes y ríos helados, una tierra regada con la sangre de las más de dos millones de víctimas del Terror Rojo que sacudió Rusia entre los años 20 y los 50 del pasado siglo. ¿A quién encontró allí?

El bocadillo humano

Cuentan que, cuando los prisioneros de los campos de concentración de Kolymá lograban fugarse, acostumbraban a llevarse con ellos a la inmensidad de la taiga a otro compañero más débil. Era lo que se llamaba "una fuga con bocadillo", en la que el ingenuo acompañante acabaría sirviendo de almuerzo. Hugo-Bader escribe que hoy al menos la mitad de los habitantes de Kolymá son descendientes de segunda y tercera generación de los llamados 'zeks', los antiguos presos disidentes del sistema concentracionario de la URSS que poblaron los más de 160 campos de la región sumando en total unos treinta millones de personas en todo el territorio ruso de las cuales murieron, dictamina la experta historiadora del Gulag Anne Applebaum, 2.749.163 según sus cálculos más modestos basados en archivos parciales e insuficientes. A la muerte de Stalin en 1953 y después de décadas de presidio, los supervivientes ya no tenían ningún sitio donde volver. Y allí se quedaron.

Presos de los campos de concentración de Kolymá construyendo la Carretera de los Huesos en los años 30
Presos de los campos de concentración de Kolymá construyendo la Carretera de los Huesos en los años 30

"Es preciso tener cáncer o un corazón o una cabeza gravemente enfermos para vivir aquí", escribe el autor, "no tener nada que perder, o ninguna otra salida, para instalarse en este polo de la crueldad. Así es como se habla y se escribe de Kolymá. En ocasiones es descrita como la peor pesadilla del siglo XX, la 'isla' más terrible y maldita o la más remota de aquel Archipiélago Gulag que describió Solzhenitsyn, su polo más gélido, el Gólgota ruso, el crematorio blanco, el infierno ártico, un campo de concentración helado sin hornos, o incluso se la llega a comparar con una máquina de picar carne y machacar huesos a escala industrial".

Kolymá es una pesadilla, la 'isla' más terrible y maldita del Archipiélago Gulag, su polo más gélido, el Gólgota ruso, el crematorio blanco

Hoy cruza aquella tierra dura y regada con sangre para arrebatarla el abundante oro crucial con que los soviéticos pagaron su costosísimo proceso de hiperindustrialización acelerada, habitada por osos temibles conocidos como 'shatunes', sumida en la despoblación y el alcoholismo endémico, la Carretera de los Huesos. La única manera de recorrerla es como lo hizo Jacek Hugo-Bader, haciendo autostop en los mastodónticos camiones rusos Kamaz, KrAZ y Urales que van de Magadán en el este a Yakutsk en el oeste. Pero el periodista que no puede deshacerse de la sombra del Gulag, se interesa en estos Diarios por cómo se vive hoy en aquel paraje hostil, qué comen, cómo lavan su oro, cuánto vodka beben, con qué extraños ardides logran, en definitiva, sobrevivir.

¿El resultado? 'Diarios de Kolymá' es una crónica excepcional e hipnótica que se devora acongojado y tiende un hilo de Ariadna entre los totalitarismos del pasado y la humillación y el resentimiento que alimentan los totalitarismos del inmediato futuro.

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