Habitación 226, pura miseria, pura vida
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NOVELA DE PEDRO DÍAZ CHAVERO

Habitación 226, pura miseria, pura vida

Tiempo de revisión del pasado reciente. Los 50 y los 60 son el escenario de Habitación 226, que refleja con dolor como la vida y la miseria son las dos caras de la misma moneda.

Foto: Portada de 'Habitación 226'
Portada de 'Habitación 226'

En tiempos de revisión de nuestra historia más reciente, Pedro Díaz Chavero ha escrito un libro clarificador. Muy clarificador. Habitación 226, sin embargo, no es un libro luminoso porque lo que desprende es miseria. Incluso, el hedor de un tiempo que huele a rancio. Aunque como ocurre en este tipo de historias, sus personajes ni son de otra época -hoy mismo en algunos barrios de Madrid se vive en plena marginalidad, fundamentalmente en suburbios de inmigrantes- ni representan lo peor de nuestra historia.

Son, por el contrario, simplemente, los perdedores de la lotería social, los que siempre juegan al número equivocado. Y es muy probable que cada uno de nosotros mismos nos comportáramos igual en esas mismas circunstancias

Son los perdedores exclusivamente por razones biológicas. Y es la naturaleza la que les ha situado en el lado malo de las dos orillas, y que Bertolucci, que acaba de fallecer, representó con la épica revolucionaria consustancial al siglo XX en Novecento.

¿Por qué unos se comportan de una manera y otros de otra? Esa es, en realidad, la pregunta de la vida. La pregunta de todos los tiempos. Es por eso, probablemente, por lo que Habitación 226 no está escrito desde el corazón, que también, sino desde las tripas. Hay párrafos del libro que se nota que han sido escritos de un tirón, como si se tratara de una catarsis individual que busca ajustar cuentas con el pasado. Una especie de expiación del tiempo vivido.

El libro, de alguna manera, es, igualmente, un relato literario que utiliza el método de investigación basado en la observación sistemática de lo que lo que sucede alrededor de los protagonistas. Protagonistas involuntarios de un barrio pobre, muy pobre de Madrid, pero que bien pudiera ser el de cualquier otra gran urbe construida a golpe de migraciones durante aquellos terribles años 50 que algunos, ahora, en tiempos de revisionismo histórico, quieren dignificar. Pero que fueron los peores de nuestra historia reciente.

Sin embargo, como ocurre cuando se aplica el método científico, el libro no es sólo un manual teórico sobre lo que acontece alrededor de eso que podríamos llamar los ‘pobres’, los ‘desheredados’, los descamisados, que decían los peronistas,

El libro, por el contrario, experimenta en carne propia del autor el tiempo que les tocó vivir a Antonia, a Santiago, a Eustaquio, a Vicenta, a Sandalio, Enriquito y, por supuesto, Dulcita…. Y, en particular, a su joven protagonista.

Maldiciones bíblicas

Para colofón, y para remarcar su carácter sistemático, el libro saca conclusiones. Y que, como no puede ser de otra manera, sólo pueden enseñar que hay futuro. Que el hecho de formar parte de los perdedores en la pirámide social tiene redención. Que al fin y al cabo el futuro es nuestro y que las maldiciones bíblicas no existen. Somos notros mismos los que construimos el terror, la miseria y la violencia gratuita. Nadie más.

Y sobrevivimos, precisamente, como se dice en uno de los capítulos del libro porque cotillear, y también mentir, son los dos pilares que han permitido avanzar a la humanidad. Y sólo con la astucia, como el pequeño Antonio, se puede salir adelante en determinadas circunstancias.

Esas son las miserias que todos llevamos dentro, nuestras contradicciones, que nos ayudan a sobrevivir. Hay algo singular que llama la atención del libro: y es la violencia que rezuma. Pero no esa violencia barata y convencional a la que estamos acostumbrados. Sino una violencia que surge de la marginación, pero que al contrario de la que estamos acostumbrados a leer en los periódicos o a ver en los telediarios, no está exenta de ternura.

Es curioso como la violencia no física se cuela en nuestras rendijas mentales. En nuestra forma de actuar y nos hace seres que ni nosotros mismos somos capaces de reconocer. Quién diría que un cura se puede comportar de forma tan repugnante. O quién diría que el poder, en el sentido más amplio de la expresión, sería capaz de hacer tanto daño.

Código genético

Una especie de violencia interior que a veces nos hace comportarnos como seres huraños, asociales, cuando ninguno de nosotros queremos ser así. Ni siquiera, cabría decir, está en nuestro código genético. Una violencia que no es gratuita ni nace de la nada, sino que es fruto de la miseria, del alcohol, de la incultura, y hasta del hartazgo. Hija de un país arrasado por una guerra incivil que no duró tres años, sino, al menos, dos décadas.

Es curioso, en este sentido, que los historiadores han estudiado hasta la saciedad las causas de la guerra civil y la guerra misma. Se dice, incluso, que lo que pasó en España entre 1936 y 1939 es el periodo histórico más estudiado al margen de la II Guerra Mundial.

Sin embargo, qué poco se ha estudiado lo que pasó en España entre 1939, cuando llegó la victoria, no la paz, y 1959, el año del Plan de Estabilización. Una violencia, en definitiva, en la que a veces, cuando se desata es difícil distinguir quién es la víctima y quién es el victimario, porque probablemente todos lo eran. Los unos y los otros. Unos más y otros menos, pero, al fin y al cabo, todos víctimas.

Y esto entronca con una de las aportaciones del libro, que tiene que ver con la dificultad para saber qué es realidad y qué es ficción. O, dicho de otra manera. Qué parte del libro es fruto de la experiencia personal vivida y qué parte es fruto de la imaginación del autor.

Tampoco es obligación saberlo. Como alguien dijo con lucidez, desde las pinturas rupestres de Altamira está todo invitado, y al final la literatura es una construcción mental, como la propia vida, que nos permite vivir con nuestras mentiras, con nuestra a capacidad para sobrevivir en circunstancias muy difíciles, porque de otra manera los personajes de Habitación 226 no estarían entre nosotros.

Pedro Díaz Chavero. Habitación 226. Editorial Lettere. 14 euros.

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