25 AÑOS DE LA MUERTE DEL CIENTÍFICO

Cela sobre Severo Ochoa: "A ver cuándo se muere". La España de las miserias y los egos

Un ensayo revisa los desencantados últimos días de Severo Ochoa: de la frialdad de las autoridades a las fricciones con el otro Nobel y con las 'celebrities' culturales frívolas

Foto: Cela, Marina Castaño y Severo Ochoa
Cela, Marina Castaño y Severo Ochoa
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España no es precisamente una potencia mundial en Premios Nobel. Que coincidan dos en el tiempo y en el espacio, no es sencillo, pero eso es lo que ocurrió en Madrid en los noventa con Camilo José Cela y Severo Ochoa. Todo el mundo quería contar con ellos para dar lustre a sus actos culturales. El 10 de abril de 1991, el novelista y el científico coincidieron en la presentación de la ‘Gran Enciclopedia de España’. La cultura es algo muy bonito, que duda cabe, pero también lo es el parné, y tras la presentación de la enciclopedia hubo performance entre bambalinas:

“Al final del acto, alguien responsable de la editorial se acercó a nuestro grupo y le entregó a Severo Ochoa un sobre, expresándole su agradecimiento por haber asistido al acto de presentación. Ochoa, sin llegar a abrirlo, lo rechazó diciendo que el agradecido era él por haber sido invitado a colaborar en aquel acto cultural. Fue un instante violento porque Cela hizo un gesto desagradable, mientras se apresuraba a coger el sobre que le ofrecieron a él, no aguardando un minuto más para marcharse. Al despedirse, me dijo al oído: ‘A ver cuándo se muere tu amigo’”. Un Nobel deseando la muerte a otro Nobel. Todo muy edificante.

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El amigo de Severo Ochoa al que Cela susurró el exabrupto era Marino Gómez-Santos, confidente, biógrafo y albacea testamentario del científico. Gómez-Santos acaba de publicar ‘Severo Ochoa no era de este mundo’ (Renacimiento, 2018), coincidiendo con el 30 aniversario de la muerte del Nobel de Medicina. Unas más que interesantes memorias sobre su relación con el científico, centradas en los desencantados últimos años de Ochoa en España (1985-1993) tras su exilio estadounidense.

Años melancólicos marcados por a) la muerte de su mujer (“La vida es física y química... Soy partidario de la eutanasia… No tengo esperanza de encontrarme con mi mujer… He buscado la fe sin encontrarla”, afirmó Ochoa esos días), b) sus choques con el gobierno socialista a cuenta de las políticas científicas (“En España, para ejercer la ciencia, es necesario llevar el carné del Partido Socialista”, denunció) y c) una extraña sensación de estar fuera de lugar; tanto por su condición de retornado tras décadas afincado en Nueva York como por su incapacidad para adaptarse a la vida (pos)moderna: la era de las celebrities y las vanidades empezaba a asomar la patita. Severo Ochoa, veterano gentleman de otra época, no acaba de estar cómodo entre tanto materialismo, frivolidad y cinismo.

Duelo de titanes

Su desangelada relación con Camilo José Cela funciona como metáfora de este descoloque vital. A finales de 1991, el científico y el escritor volvieron a coincidir en Estocolmo, en las celebraciones del 90 aniversario de la Fundación Nobel. “Cela anda perdido y contrariado por el Gran Hotel, donde abundan los científicos que desconocen su existencia. El hecho de no hablar inglés contribuye a sentirse aún más aislado. Al hilo viene la observación de Ortega referida a Unamuno, aplicable a Cela: ‘Instalaba en el centro su yo, como un señor feudal hincaba en el medio del campo su pendón’. Y como a Cela le resulta insoportable no poder exhibir sus peculiaridades de gran celtibero, me hace una señal a distancia… ‘¿Le quieres preguntar a Ochoa si no le importa que me siente con vosotros?’”, escribe Gómez-Santos.

En España, para ejercer la ciencia, es necesario llevar el carné del Partido Socialista

Cela logró su objetivo: se sentó con Ochoa y Gómez-Santos y monopolizó la conversación con una mezcla de chascarrillos, cháchara sobre sí mismo y boutades de todo tipo. Severo Ochoa se revolvía incómodo en su silla. “Cela ha perpetrado una más de sus acciones celtibéricas. No aguantaba más. Ya se ha quedado tranquilo. Ochoa sella los labios y me dirige una mirada dándome a entender que se encuentra molesto. Pero la desfachatez de Camilo es tal, que continua sus relatos estupefacientes”, resume el libro.

Pero no se vayan todavía, porque aún hay más.

La cabriola de Cela

Cela, no sintiéndose satisfecho del homenaje a un Premio Nobel que no era él, buscó un motivo ‘tremendista’ para atraer la atención de los presentes

Julio de 1992, inauguración de un monumento a Severo Ochoa en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense, con las fuerzas vivas de la capital: el rector (Villapalos), el alcalde (Álvarez del Manzano), los reyes, los barones Thyssen, el duque de Alba, Plácido Arango, Alfonso Escámez y Camilo José Cela. “Para ser impresa en las invitaciones al acto inaugural, había escrito Cela una breve semblanza de Severo Ochoa, con su mejor pluma de aliento poético, no sin intención, al parecer, de obtener una recompensa en especie. Así, mientras Ochoa leía sus breves palabras en las que expresaba su deseo de que la interpretación estatutaria de su rostro sirviera, no para satisfacer su vanidad, sino como estímulo a la juventud en la promoción del conocimiento científico, Cela preguntaba insistentemente, en solicitud de su propia estatua, al rector Villapalos: ‘¿Y la mía para cuándo?’”.

Y esto solo fue el principio del show: “Cela, no sintiéndose satisfecho del homenaje a un Premio Nobel que no era él, buscó un motivo ‘tremendista’ para atraer la atención de los presentes. Así, terminado el acto y cuando los reyes ya se habían ido, mientras las autoridades académicas y los invitados abandonaban la tribuna, alzó una pierna sobre la barandilla, con ademanes de lanzar sus arrobas al suelo, para sorpresa del alcalde de Madrid, Ochoa y el secretario de Estado de Universidades, que se encontraban debajo de la tribuna. Al día siguiente se publicaba en la portada de ‘ABC’ la cabriola de Cela, cuya fotografía se distribuyó por agencia a los medios de comunicación. De este modo, el irredento provocador había logrado oponer su ‘yo’ al homenaje a Ochoa”, escribe el albacea de Severo Ochoa.

Giro folclórico

El científico iba de acto en acto comprobando que la vida social se había convertido en un asunto entre bizarro y complejo en España.

Un día asiste al cumpleaños de Sara Montiel. Francisco Umbral, que está en el sarao en calidad de cronista, insinúa al día siguiente en la prensa que Ochoa y Montiel tienen un lío… ante la estupefacción del científico. “No pensé yo que íbamos a coincidir con Umbral, implacable depredador de celebridades”, resume Gómez-Santos.

Otro día va a la inauguración de la exposición de un escultor y una joven se dirige a él entusiasta:

“¡Don Severo, yo soy bióloga. Le puedo mostrar que he estudiado y recuerdo sus trabajos por lo menos desde la expresión genética del virus-RNA, el mecanismo de biosíntesis de proteínas en bacterias… ¡Y para qué hablarle de ácidos nucleicos!”.

El científico queda gratamente sorprendido con la joven. “¿Quién es esta rapaza tan simpática, tan guapa y, además, bióloga?”, pregunta. Respuesta: Ana Obregón.

Severo Ochoa
Severo Ochoa

Severo Ochoa, en definitiva, deambuló por la histriónica España de los años noventa sin acabar de encajar del todo. Y se fue sin hacer ruido. O el perfil bajo de la muerte de un Nobel.

“En Luarca me dicen que el coche fúnebre ha realizado un patético viaje en soledad desde Madrid, y que al llegar al Concejo, su conductor había hecho una parada en el pueblo de Castañedo, frente a una casa de comidas, donde el vehículo permaneció una hora bajo la lluvia. Severo Ochoa, que con Cajal dio universalidad a la ciencia española del siglo XX, no alcanzó a tener un duelo de Estado, siendo recibido en su villa natal con ausencia del ministro asturiano de Educación y Ciencia, Gustavo Suárez Petierra, quién prefirió acudir al Congreso para escuchar la plática de Felipe González. Las exequias pobres de un Premio Nobel nada le habrían importado a quien ya era importante. Además, no iba a pasar la tarde, como otras veces, sino a quedarse con las dos Cármenes, su madre y su mujer. Algunos días después, fue colocada bajo la cruz del mausoleo familiar una pequeña lápida, con el texto que Ochoa había escrito para la ocasión: 'Aquí yacen Carmen y Severo Ochoa, unidos toda la vida por el amor, ahora eternamente vinculados por la muerte'”.

Amén.

No es país para viejos (científicos).

Cultura
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