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¿Se acuestan los rockeros con sus fans? La respuesta de Lester Bang no es la que esperas

En la cama con The Clash, Iggy Pop y Lou Reed: llega a las librerías españolas una brillante antología del crítico de rock más insobornable

Foto: Lester
Lester

Muchos le conocen como personaje secundario de la película 'Casi famosos' (2000), pero aportó mucho más de lo que muestra la película. Lester Bangs (1948-1982) fue un cronista cultural depresivo, incorruptible y romántico. Queda claro en la espléndida recopilación 'Reacciones psicóticas y mierda de carburador', que edita Libros del Kultrum. Sus textos para 'Rolling Stone', 'Creem' y 'Village Voice' destacan por su honestidad brutal, pero también por el enorme grado de acceso que tenía a los dioses del rock de la época. Por ejemplo, compartió tres noches con The Clash en su gira de 1977 y se llevó tan bien con el grupo que le pidieron que se quedase un poco más.

Sus recuerdos sobre aquella época triunfal son muy significativos, ya que muestran el cambio de paradigma respecto a las estrellas de rock tradicionales. Por ejemplo, la resistencia de parte de The Clash a acostarse con groupies. “Ya has visto la clase de chicas que hay ahí afuera. La mayoría son demasiado jóvenes”, le explicaba Mick Jones. “Tengo una novia que veo una vez al mes, pero aparte de eso…-se encoge de hombros-. Cuando actúas tanto no lo echas en falta demasiado. A veces creo que estoy perdiendo por completo el interés en el sexo”. ¿No es un bonito alegato en favor de lo mucho que te puede llenarte el rock and roll cuando estás en todo lo alto? Bangs se muestra impresionado al entrar en la trastienda del grupo. “No eran unos estirados, ni se creían estrellas, sino que estaban realmente interesados en conocer a sus fans y entablar con ellos una relación personal y nada condescendiente”, celebra.

Mentiras punk

El periodista venía de Nueva York, donde la actitud de los rockeros era otra, disfrutando del “usual contingente de ¿afortunadas? muchachas en edad de merecer a las que a lo mejor les consentirían que suban a sus habitaciones con el privilegio de chupetear sus codiciadas vergas, después de lo cual casi siempre son escoltadas hasta la calle para que vuelvan por sus propios medios a casa sin ni siquiera darles calderilla para un taxi”, recuerda.

'Reacciones psicóticas'
'Reacciones psicóticas'

A partir de este cotilleo, más o menos anecdótico, procede a repasar los mitos del punk, un estilo rompedor que estaba arrasando a ambos lados del Atlántico. Para empezar, los conciertos de la tribu de la cresta no eran tan peligrosos como intentaba vender la prensa. “He estado en festivales de rock al aire libre en el Estados Unidos hippy donde las malas vibraciones y la violencia eran diez veces peores que en cualquiera de las actuaciones de la gira de The Clash. (…) Observé que los punks británicos de todos los lugares que visité son básicamente, si no manifiestamente, gente amable. Son una pandilla de chicos y chicas agradables y no dejes que nadie (ellos incluidos) te diga lo contrario”, señala.

El espejismo del rock político

También se exageró mucho el nivel de militancia que rodeaba a los autores de ‘Garageland’. Bangs se introduce entre el público y habla con un devoto llamado Martin, que le suelta una frase demoledora: “Me gustan The Clash por la ropa”. No por sus letras antisistema, ni por su ideario socialista, ni por sus críticas hacia la brutalidad policial. “Lo mismo ocurrió con los demás fans que entrevisté a lo largo de las seis noches que los vi. Nadie mencionó la política, ni siquiera el desempleo, y ciertamente no iba a ser yo quien fuera a darles pistas. Esa noche recibí respuestas tan típicas como estas: ‘Su sonido, no sé, te anima a saltar’, ‘La música, tan excitante, y las letras tan profundas, y ¡la pinta que tienen en escena!’ (que se reduce a cremalleras y tejanos para el combate inminente, o quizá por flexibilidad estética)”, escribe. Ni siquiera en su momento de mayor esplendor resultó creíble un rock con inquietudes sociales. Bangs admite que él también es un poco farsante: “La anarquía significa para mí que los bares permanezcan abiertos las veinticuatro horas del día. Hummm, supongo que esto convierte a Las Vegas en el modelo de sociedad anarquista”, dice solo medio en broma.

La anarquía significa para mí que los bares permanezcan abiertos las veinticuatro horas del día

Sus conclusiones sobre la gira muestran la potencia de su prosa: “La política en el rocanrol, en Inglaterra, en Estados Unidos, o en cualquier parte, se reduce a que un montón de críos anhelan que les fría el pellejo las más hirviente propulsión que puedan encontrar durante una noche que puedan fingir que ocupará el resto de sus vidas, y aunque al día siguiente regresen al trabajo en la tienda, al aburrimiento en la cola del paro, o al hastío de la televisión yanqui en la sala de estar de Papá y Mamá, nada podrá anular la realidad de esa noche entre llamas vivificadoras cuando, aunque fuese por una sola vez, fuiste propulsado fuera de ti y alejado de la monotonía que reviste la mayor parte parte de la vida en cualquier lugar y época, cuando cenaste relámpagos y nada en los dominios de los vivos o los muertos importó para nada”. Por desgracia, ya nadie escribe con esta intensidad. Ni con esta precisión.

La violencia de Iggy Pop

Bangs tenía un don especial para captar las contradicciones, como queda claro en las crónicas que dedica al legendario Iggy Pop. De hecho, al comienzo del volumen, reconoce que lo más cerca que estuvo del paraíso fueron los años del rock abrasivo de los Stooges en Detroit. Admira ‘Metallic KO’ (1976), grabación en directo del primer grupo de Iggy Pop, porque es “el único álbum de rocanrol que conozco en el que se oyen botellas de cerveza arrojadas al escenario y rompiéndose contra cuerdas de guitarra”. En su perfil de Iggy vuelca toda su devoción: “Es el intérprete más intenso que yo haya visto nunca, y esa intensidad procede de un impulso homicida que en el pasado también hizo de él el cantante vivo más peligroso; se lanza a la tercera fila del público, se autolesiona en escena y se arrastra sobre cristales rotos, y se enzarza en broncas verbales y a veces físicas con la audiencia. Cuando Iggy cantó ‘Pierdo todos mis sentimientos/ y me estoy quedando sin amigos’ en 'I Need Somebody', del disco ‘Raw Power’ (1973), describía, como siempre sucintamente, el problema, la anomia”. Para quienes, como yo, hayan tenido que buscar la palabra en el diccionario, la “anomia” es la ausencia de reglas sociales dominante en nuestro tiempo, que nos impide alcanzar metas vitales mínimamente coherentes.

Sexo oral con Lou Reed

Su entrevistado favorito, el más recurrente, es sin duda Lou Reed, a quien admira desde los tiempos de The Velvet Underground. “Yo le chuparía la polla a Lou Reed por el mismo motivo por el que besaría los pies a quienes redactaron la Carta Magna”, explica en uno de sus textos. “Lou Reed es un tipo que les dio dignidad, poesía y rocanrol al jaco, el speed, la homosexualidad, el sadomasoquismo, el asesinato, la misoginia, la torpe pasividad y el suicidio, para luego proceder a desmentir todos sus logros y regresar al lodo convirtiendo todo ello en un monumental chiste malo”, sentencia. Estaba más que enamorado del rockero, pero sabía ver su lado impresentable: “¿Quién sino Lou Reed podría añadir un nuevo apunte en los anales del mal gusto escénico al hacerse un torniquete en el brazo a mitad de “Heroin” y simular que se intentaba inyectar con una jeringuilla que, al menos en un concierto, regaló a un miembro del público como recuerdo?”, lamenta. La relación entre rockero y periodista fue incestuosa, pero de allí salió alguno de los mejores retratos de Reed. “Ahí está sentado, emitiendo malas vibraciones, con su camisa negra y sus gafas oscuras, ceñudo como una casa cuyo incendio acaba de ser apagado, murmurando para sus adentros mientras picotea desganado trozos de comida indistintos”. Quien se cruzase alguna vez con Reed sabe que fue así hasta el final de sus días.

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