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Tanques rusos, viajes de ácido y las nietas de Franco en una fiesta ‘hippie’

El Círculo de Bellas Artes recuerda los años psicodélicos en una divertida exposición

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Trescientas portadas de discos, decenas de pósters lisérgicos y un potente catálogo con pequeños ensayos sobre la época. Son los platos fuertes de la exposición ‘Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972’, organizado por el Círculo de Bellas Artes de Madrid y abierta hasta el 20 de enero de 2019. El principal mérito de la muestra, me atrevo a decir, es huir del relato anglosajón dominante, que prescribe que en esos años todo lo importante ocurrió en Londres y San Francisco, cuando en realidad hubo otros epicentros, como Praga, Ámsterdam e Ibiza. Nuestro país tuvo más importancia de lo que pensamos: lo explica el escritor e historiador alemán Zdenek Primus, que recuerda que el éxito de Los Bravos le animó buscar grupos de rock más allá de Gran Bretaña y los países de su entorno.

La años de juventud de Primus en Checoslovaquia dejan una curiosa reflexión sobre cómo veían el franquismo los jóvenes soviéticos de los sesenta: “Por aquel entonces, considerábamos España como un país con ciertas libertades. Sabíamos de Franco y su dictadura fascista, pero también sabíamos que los españoles podían viajar, mientras que nosotros no. Además, en España vivía aún el surrealista Salvador Dalí, pero con la excepción de alguna película que nos llegaba o de la literatura clásica española, no disponíamos de mucha más información”. Este cuadro apresurado da una idea de lo inconcreto del concepto de libertad: ¿importa más reducir la desigualdad o tener capacidad para viajar? ¿resulta más opresiva la burguesía o la burocracia? ¿Es peor no poder leer a Marx o no tener acceso a Playboy? Las palabras de Primus también confirman lo eficaz de la estrategia franquista de mimar a divos del mundo del arte como Dalí para proyectar imagen de apertura.

Oposición por la estética

A ambos lados del Telón de Acero, lo que consiguieron los regímenes autoritarios fue enemistar a los jóvenes con las tradiciones. “En Checoslovaquia, no queríamos admitir la influencia del folclore, de la música de viento y la popular, ya que, por principio, renegábamos de todo lo oficial y de todo lo que hubiera pertenecido a nuestros padres y que nosotros veíamos tan ajeno. Pero la influencia estaba ahí, a veces con resultados excelentes”, admite Primus. ¿Otra dinámica interesante? “En el fondo, los jóvenes que escuchaban música rock eran apolíticos. Por supuesto, estaban en contra de la dictadura comunista, pero se oponían solo con sus estética. Para protestar de verdad, a los jóvenes checos les faltaba formación, ya que en casa tenían los padres que tenían, y en la escuela a unos profesores que…”, remata el escritor.

En mayo de 1955, 'La Vanguardia' hablaba ya de una prodigiosa ‘droga de la memoria’ con capacidad para estimularla hasta recordar los primeros años de la infancia

El texto más divertido del catálogo es el que firma Vladimir “Hendrix” Smetana, componente de grupos míticos de la Checoslovaquia hippie como The Primitives y Plastic People of The Universe, una especie de Velvet Underground anticomunista. Sus recuerdos nos sirven para descubrir que el ambiente de los países soviéticos en los primeros sesenta no era tan feroz como puede imaginarse. “Solo había que esconder, en según qué sitios, el pelo debajo de la camisa y ya estaba. El mío crecía cada vez más pero no lo dejaba crecer como protesta, simplemente era mi vida. Los malos tiempos con la policía llegarían después”, explica refiriéndose a la Primavera de Praga.

La candidez de las protestas queda resumida en este párrafo: “Luego Quíd’o y yo decidimos ir a tomar una cerveza al pub, pero cuando pasamos por la plaza Jungman decidimos hacer una barricada y cantar ‘Los comunistas son una putas/al diablo con Husák’. Nunca alcanzamos el pub. Un agente me agarró del pelo y otro me roció gras lacrimógeno en los ojos y me molió a palos, perdí el conocimiento y me desperté con una sola sandalia en las celdas de la comisaría de la calle Konvikt”, recuerda. Tras una obtusa autoinculpación, insultando al comunismo y al gobierno, el joven entró en razón y se retractó, alegando trastornos mentales. Esta era una técnica universal, muy usada también por los hippies antifranquistas y los jóvenes estadounidenses contrarios a la guerra de Vietnam. La cosa no era tan distinta como cabe imaginar.

La droga de la memoria

Respecto a a nuestro país, el mejor texto del catálogo es el de Patricia Godes, conocida periodista musical, que recurre a la técnica de hilar recuerdos dispersos para pintar un retrato de la época. La información sobre la revolución psicodélica, recuerda, llegaba a España con fluidez. “En mayo de 1955, 'La Vanguardia' hablaba ya de una prodigiosa ‘droga de la memoria’ con capacidad para estimularla hasta recordar los primeros años de la infancia. Bajo sus efectos, un doctor norteamericano recordaba su propio nacimiento, decía el artículo.

Cada uno tendrá formada su opinión sobre si los hippies fueron ingenuos en su idea de que el amor, la música y las drogas podían hacer daño al capitalismo

Todos estaban de acuerdo en que el ácido d-lisérgico abría nuevas fronteras a la psiquiatría. Todavía tardarán mucho tiempo en sonar las alarmas, pero el 20 de febrero de 1963, ABC publicaba la noticia de la muerte de otro médico: el doctor Samuel Leff, en Londres, al experimentar en él mismo con la droga. A finales de verano de 1967, el mismo diario hablaba sobre una de las primeras parejas de hippies que visitaban nuestro país comentando lo guapa que era la chica y lo sucios que tenían los pies”, destaca.

Hippismo y consumismo

Godes consigue demostrar lo pronto de la sociedad de consumo abrazó el hippismo. Massiel iniciaba desde Londres la serie ‘Yo y los hippies’ en la popular revista 'Teleguía'; las nietas de Franco acudían a fiestas hippies en el hipódromo de La Zarzuela; mientras los bollitos industriales Bony recomendaban a sus clientes meter el producto en la nevera para conseguir un efecto “psiquehiélico”. Todo era de color: “Desde siempre, la drug scene más comentada en los corrillos la protagoniza Manolo Escobar cuando Didi Sherman, vestida a la moda ad-lib, le pasa un cigarrillo que ‘sabe raro’, según el cantante, y que le impulsa a interpretar el tema 'Soy un soñador'. Era 1976 y se trata de una película titulada, nada más y nada menos, ‘La mujer es un buen negocio’”, recuerda. La periodista añade que fueron los tiempos en que se popularizan las bodas modestas en el campo, los estudios sociológicos para comprender a la juventud y las modas exóticas (cuello Mao, chaqueta Nehru, ropa zíngara…)

Resumiendo, estamos ante una mutación compleja, donde se entremezclan las aspiraciones igualitarias y los deseos de distinción. El músico y periodista Juan Pablo Silvestre exhibe sobre el hippismo relacionado con la clase social: “La propuesta y la promesa psicodélica fue recibida en su momento por un número tan selecto y escaso que el perfil podría incluir a Antonio Escohotado o Manuel Sáenz de Heredia, hijos díscolos del régimen, que abandonaron sus trabajos de funcionario o diplomático para ingresar en la psicodelica cofradía ibicenca. Triunfo, la revista de la izquierda ilustrada del franquismo, se refería a los reunidos en el histórico festival como ‘los inocentes de Wight’, desde la autoridad de una izquierda un tanto monástica y sectaria refractaria al color y al rock como relajo y excrecencia capitalista”.

Cincuenta años después, cada uno tendrá formada su opinión sobre si los hippies fueron ingenuos o no en su idea de que el amor, la música y las drogas podían hacer mella el capitalismo.

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