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'El árbol de la sangre': el regreso por todo lo alto de Julio Medem a sus orígenes

El director vasco convierte 'El árbol de la sangre' en una recopilación desbordante de sus obsesiones y nos recuerda por qué hace más de 25 años nos enganchamos a su cine

Foto: 'El árbol de la sangre'.
'El árbol de la sangre'.

Con nueve largometrajes y no menos cortos en su haber, Julio Medem dedica su nueva película a recapitular por todo lo alto las constantes de su obra. 'El árbol de la sangre' arranca en un caserío del País Vasco donde se reúne la pareja protagonista, Rebeca (Úrsula Corberó) y Marc (Álvaro Cervantes), para recopilar la historia en común de sus respectivas familias, en un viaje genealógico a través de tres generaciones donde caben pasiones, tragedias y misterios. Los secretos que ellos mismos van desvelando a lo largo de la narración ponen en jaque su propio vínculo romántico.

'El árbol de la sangre' parte del escenario y de la estructura en forma de saga familiar doble de 'Vacas' para enriquecerse y expandirse con elementos del resto de la filmografía de Medem. Así, el filme cuenta con dos hermanos que recuerdan los juegos con la dualidad masculina y los personajes de virilidad desbocada de 'La ardilla roja' y 'Tierra'; juega con las trayectorias que se desvían y se entrecruzan para siempre volver a encontrarse de los dos protagonistas, como en 'Los amantes del Círculo Polar'; introduce una excusa metanarrativa a la manera de 'Lucía y el sexo'; establece conexiones más allá de la muerte entre mujeres artistas como en 'Caótica Ana'; cuenta con un amor entre dos mujeres igual que en 'Habitación en Roma', y con una protagonista que alberga en su seno la vida y la muerte, como en 'Ma ma'.

La vinculación de los personajes con los ciclos naturales tan propia de su cine también se repite aquí. Las mujeres resultan más lunares; los hombres, más telúricos. La dualidad constante que marca el filme se resume simbólicamente a partir del papel que juegan las vacas y los toros en el destino de los personajes. Olmo (Joaquín Furriel), el personaje que inyecta tensión sexual a toda la película, se equipara constantemente, incluso cuando conduce, con la figura del toro. También, como es habitual en su filmografía, algunos de estos recursos poéticos chirrían en exceso. Pero la ventaja de un filme tan desbordante es que los defectos quedan más diluidos.

Úrsula Corberó, en un fotograma de 'El árbol de la sangre'. (Diamond)
Úrsula Corberó, en un fotograma de 'El árbol de la sangre'. (Diamond)

¿Y las simetrías con 'La pelota vasca'? En el arranque del filme, los protagonistas explicitan cómo van a autocensurarse en lo que a política se refiere. “Nada de ideología”, repiten mientras desgranan sus recuerdos. Julio Medem estrenó su ambicioso documental sobre el estado de la cuestión en el País Vasco y Navarra en 2003, en pleno Gobierno de Aznar, y por tanto en contra de un relato oficial que quería imperar como discurso único sobre el tema. El director sufrió las consecuencias de tal disensión en forma de ataques constantes por parte de medios y colectivos afines al PP. En 'El árbol de la sangre', el personaje de Amaia (Patricia López Arnaiz) debuta como autora con una novela sobre los muertos en Euskadi escrita de espaldas (literal y metafóricamente) al recuerdo de dos hermanos, deducimos, vinculados a ETA.

Sin embargo, como ya sucedía en 'La pelota vasca', la película no reduce la vivencia de la cultura y la lengua vascas a este conflicto y a la reacción de un único personaje. Pero estos apuntes políticos resultan mínimos en un filme repleto de historias y pasados conflictivos ligados más a lo íntimo que a lo ideológico. Porque Medem renuncia, como su pareja protagonista, a insertar su saga familiar en un fresco histórico de mayor envergadura. Si así lo hubiera llevado a cabo, la conexión con 'La mejor juventud' (2003), la película de Marco Tullio Giordana con la que 'El árbol de la sangre' guarda cierto parentesco, resultaría todavía mayor.

Álvaro Cervantes, en un momento de 'El árbol de la sangre'. (Diamond)
Álvaro Cervantes, en un momento de 'El árbol de la sangre'. (Diamond)

En una muestra de generosidad, Medem decora la habitación como estudiantes de cine de Marc y Rebeca con pósteres de películas de tres colegas cercanos: 'Alas de mariposa', de Juanma Bajo Ulloa, 'Pa negre', de Agustí Villaronga, y 'Volver', de Pedro Almodóvar. Como este último, el director vasco no ha tenido nunca miedo a abrazar de lleno un género, el melodrama, que todavía despierta escepticismo entre numantinos de la alta cultura y críticos machunos. 'El árbol de la sangre' desborda recursos melodramáticos por sus cuatro costados sin voluntad de sublimarlos o, como han llevado a cabo otros directores, otorgarles una doble lectura irónica a través de la puesta en escena. En este filme coral, la historia de amor entre Rebeca y Marc fluctúa entre paternidades inesperadas, crímenes que dejan huella, traumas del pasado, muertes trágicas, mafias rusas, exespías soviéticos, cantantes punks con problemas psiquiátricos, padres del Opus, encuentros más que azarosos y coincidencias imposibles.

Cartel de 'El árbol de la sangre'.
Cartel de 'El árbol de la sangre'.

La apuesta en este sentido resulta un triple salto mortal sin red que podría haberse saldado en un desastre antológico. Por el contrario, Medem orquesta todos estos elementos de manera que cobran sentido como toda una declaración de intenciones sobre su forma de entender y vivir el cine. Si una se decide entregarse con la misma falta de prejuicios a la propuesta, 'El árbol de la sangre' supone todo un goce y una reconexión, sin excusa 'cool', con ese director que tanto nos hizo vibrar en los noventa.

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