ENTREVISTA

Samanta Schweblin: "Vivimos en la soledad absoluta pero hipertecnologizados"

La gran promesa de la literatura latinoamericana regresa al terreno novelístico con 'Kentukis', donde se adentra en cómo la tecnología nos conecta y desconecta casi a la vez

Foto: Samanta Schweblin. (EFE)
Samanta Schweblin. (EFE)

Entre las voces más visibles de la nueva hornada de autoras latinoamericanas se encuentra la argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978). En 2017 fue finalista del Man Booker Price con la novela 'Distancia de rescate'. También fue ganadora del Ribera del Duero con los cuentos de 'Siete casas vacías'. Y tiene en su haber otros galardones como el Juan Rulfo. Ahora regresa al terreno novelístico con 'Kentukis' (Literatura Random House, 2018) en la que se adentra en cómo la tecnología impregna nuestras relaciones y nos conecta y desconecta casi a la vez. De ella, del boom de las autoras latinoamericanas y de la campaña pro aborto en Argentina hablamos en esta entrevista.

PREGUNTA. Habla sobre conexiones y desconexiones entre las personas utilizando como excusa la tecnología, las redes. En sus libros siempre está muy presente el tema de la intimidad y cómo nos relacionamos. ¿Por qué?

RESPUESTA. Todo el tiempo nos hacemos las mismas preguntas, ¿soy normal? ¿Está pareja está bien o está mal? ¿Es bueno este trabajo o podría ser mejor? Uno de los grandes problemas radica en que no nos podemos contestar con nosotros mismos, sino que lo hacemos en comparación con los otros. Y el voyeurismo representa la verdad más dura. Tú quieres ver al otro, pero sin que te vean porque tenemos la idea de que cuando vemos sin que nos vean ahí está la verdad. Y hay mucho de las redes sociales que tiene que ver con esto y con las mentiras que tiene, pero da la sensación de que uno puede mirar la verdad del otro.

'Kentukis'. (Random House)
'Kentukis'. (Random House)

P. Este mirar también genera un control sobre la sociedad. Uno también se sabe mirado y controla más lo que va a decir o cómo se va a comportar.

R. Estoy de acuerdo. Un kentuki es la posibilidad de tener acceso remoto a la vida de otra persona. Y con la ventaja del anonimato, que es el bien más preciado de esta sociedad. Pero claro, luego las cosas se complican porque aparece el lenguaje. Es inevitable que se quiera generar una comunicación. Y este lenguaje ya trae problemas…

P. Y entra el terror, que además también suele formar parte de su narrativa.

R. Es el espacio de la literatura. Leemos sobre lo que nos preocupa y sobre lo que necesitamos respuestas reales, contundentes y urgentes. Hay algo con lo extraño que nos obliga a mirarlo dos veces. Cuando uno se hace la pregunta, ¿qué es esto?, que a veces uno se lo hace sobre las relaciones que tiene. Ese momento es horroroso, pero es fascinante también porque genera esa distancia… Lo ves con una objetividad que va más allá de las decisiones con las que ya habías aprendido a mirarlo. Eso es lo que me interesa.

Samanta Scheweblin. (EFE)
Samanta Scheweblin. (EFE)

P. ¿Cómo es su relación con las redes?

R. Tengo Instagram y Twitter. Twitter lo uso para seguir las cosas que pasan en Buenos Aires o temas que me interesan. Con Instagram tengo una relación más íntima porque es lo que te da la imagen. No me considero una persona muy metida con las nuevas tecnologías, pero decir eso es tramposo, ya que en realidad estás todo el día con el teléfono encima… Yo creo que deben ser contadas las personas que no están involucradas con la tecnología.

P. Leer y escribir son actos solitarios e independientes, pero las tecnologías son la socialización constante. ¿Cómo casa la literatura con este mundo tecnológico?

R. Vivimos hipertecnologizados pero en la soledad absoluta. Mis últimos dos problemas personales con otros decidí resolverlos físicamente con un abrazo de más de 20 segundos. O decirle al otro, ‘no importa, te quiero igual’. Y es como haber descubierto la magia. El efecto que tiene… Se nota que estamos absolutamente conectados-desconectados. En una situación así la literatura es curativa porque es un espacio en soledad, pero de introspección real en el que la cabeza está pensando desde un material que crece desde tus emociones, vivencias, pasado… No hay nada externo. Y lleva mucho tiempo que es otra cosa con la que no nos estamos llevando bien en lo contemporáneo donde todo es rápido. La literatura lleva un tiempo. Un cuento de cuatro páginas te puede costar cinco meses escribirlo.

La literatura lleva un tiempo. Un cuento de cuatro páginas te puede costar cinco meses escribirlo

P. Todas estas preguntas que se hace sobre la soledad, los malos entendidos etc ¿Vienen por vivir fuera de su país?

R. Creo que sí. No es casual que después de vivir tantos años fuera y de pasar tantos años viajando… 'Kentukis' sucede en más de veinte ciudades del mundo y en casi en todas he estado. Me encanta ir a casas de la gente. Me gusta cuando entras a la casa de un chino… ¡Todo es igual, pero todo es distinto! Es ese extrañamiento que te hace verlo todo distinto.

P. Usted forma parte de la nueva hornada de escritoras de América Latina. ¿Qué opina de este boom?

R. Es un momento extraordinario. No es una moda del mercado, es lo que escribe la otra mitad de la humanidad. Lo que más contenta me pone es que no es sólo porque haya un movimiento feminista sino porque está buenísimo lo que están escribiendo las mujeres. Aunque estoy completamente a favor de los movimientos feministas. Está cambiando cosas tan profundas que no sé si las mujeres nos damos cuenta de lo que está pasando. Es abismal, poderoso y hermoso.

P. ¿En qué nota los cambios?

R. En Berlín esto no se siente porque está con otras luchas, pero cuando estuve estas dos semanas en Buenos Aires, cualquier mujer de cualquier ámbito estaba constantemente haciendo una revisión sobre sus derechos. Es un ejercicio mental como si de repente todas nos hubiéramos levantado y dicho: ahora hablamos francés. Es tan radical, en todos los estratos sociales, todas las edades… Es alucinante.

Es verdad que el editor siempre hombre y quien gana el Nobel también, pero en dos generaciones se acabó. Esto es una despedida

P. ¿Y cuáles cree que son las razones para que hayan surgido estas escritoras?

R. Ahora es visible, pero en realidad es un proceso que lleva mucho tiempo. Cuando yo estudiaba tomaba el subte en Buenos Aires y si había 30 personas leyendo, 25 eran mujeres. En ese momento eran todas jovencitas, y gran parte de ellas se pusieron a escribir. La literatura siempre es el espacio de la avanzada de cómo nos pensamos. Y es verdad que el editor siempre es un hombre y quien gana el Premio Nobel también, pero es generacional. En dos generaciones se acabó. Esto es una despedida. No nos preocupemos por eso.

P. También hay un compromiso político. En Argentina las escritoras se han volcado mucho en la campaña a favor del aborto, igual que artistas, periodistas… ¿es importante su peso en estas campañas?

R. Es muy importante. Lo que pasó en Argentina fue muy gráfico para copiar en otras luchas,. Las escritoras no tenemos tanto alcance. No todo el mundo lee, nos conoce… pero, por ejemplo, Claudia Piñeiro nos dio una clase cívica a todos y todas. Y está bien, no tendrán tanto alcance, pero pusieron muchos límites y dijeron ciertas cosas, como por ejemplo, ‘cuidado con esta palabra, que se está diciendo mal’… Y cuando llegaron las actrices, que son las que tienen visibilidad, tenían la palabra porque se la habían puesto las escritoras, y tenían los medios, que se los habían puesto las periodistas, y tenían las imágenes que les habían dado las ilustradoras. Todas fueron clave para generar un discurso unánime, super claro, que fue lo que hizo que tuviéramos la llegada que tuvimos. Fue un gran trabajo en equipo. Me gustaría pensar que ese es el aporte: en ningún momento nos importó quién llevaba la linterna sino que la linterna llegara. No hubo egos, solo un grito común. Y es muy emocionante ver cómo esto se va replicando en el resto de Latinoamérica.

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