Publica el ensayo ‘Cultura es nombre de derrota’

Broncano: "La cultura obrera no es cantar a la revolución, sino salir a tomar vinos"

El catedrático de filosofía analiza las claves de la cultura contemporánea en su nuevo libro

Foto: Manifestación minera en Ponferrada (EFE)
Manifestación minera en Ponferrada (EFE)
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Solemos pensar en la cultura como en un territorio acogedor, placentero, que contribuye al crecimiento personal. En realidad, hablamos de algo tan íntimamente ligado al poder que cuesta diferenciarlos. Fernando Broncano (1954), catedrático de Filosofía de la universidad Carlos III, lo explica en un potente libro que lleva por título ‘Cultura es nombre de derrota. Cultura y poder en los espacios intermedios’ (Delirio). Su enfoque no se queda en batallitas académicas, sino que profundiza los conflictos culturales cotidianos, como proponía su maestro Raymond Williams. El diagnóstico que presenta el ensayo es desolador: desde los años ochenta, las fuerzas prosistema se han dedicado a machacar los lazos sociales tejidos con mucho esfuerzo por las clases subalternas. Los análisis de Gramsci, E.P Thompson, Walter Benjamin, Stuart Hall y Pierre Bourdieu -entre otros muchos- no han servido de gran cosa frente a las redes institucionales y estrategias culturales de las élites.

La trinchera de los bares

La derecha contemporánea tiene un discurso mucho más práctico. Los portavoces del Frente Nacional, por ejemplo, proclaman que su enemigo son “los McDonalds tanto como el burka”. Este enfoque a pie de calle ha contribuido al crecimiento del partido de Marine Le Pen. Por contra, la izquierda carece de un programa contra las franquicias de comida rápida, que tanto han perjudicado al pequeño comercio y homogeneizado nuestros barrios. En el libro de Broncano, por ejemplo, se reivindican los bares como espacio de encuentro político y relación social. Incluso se menciona la potencia política de un himno pop como “Al calor del amor en un bar”, del grupo Gabinete Calgari. “La izquierda no solo no ha armado un discurso, sino que parece estar ciega a ese fenómeno. Lo que ocurre hoy con barrios como Lavapiés y Embajadores es un proceso de hipsterización que hemos tardado demasiado tiempo en ver o que incluso no somos capaces de distinguir todavía. Parece que la izquierda se hubiera resignado a que es algo natural, cuando supone un ataque a nuestras relaciones sociales”, denuncia.

Hablamos de una derrota de largo alcance: “También pasó en los setenta en muchos barrios populares españoles. El PSOE orquestó una destrucción meditada de las asociaciones vecinales, convirtiendo en concejales a los cuadros de su partido. Además lo hicieron de forma alegre y espontánea. Los corrompidos, en muchos casos, no se dieron cuenta de que lo que estaban vendiendo eran nuestras relaciones sociales. Además fue un proceso muy rápido: bastaron diez años para destruir la trama cultural más potente que habíamos sido capaces de tejer desde la red anarquista de los años treinta. Llevamos décadas llamando ‘modernización’ a los procesos de expropiación cultural y destrucción del lazo social”, lamenta

El desastre es muy visible en los barrios de las grandes ciudades españolas. “Están desapareciendo aquellos lugares donde la gente contaba su vida a los demás. La señora que se acercaba a la mercería no iba solo a comprar unas medias, sino a pasarse media hora hablando con la dependienta, que a su vez se lo contaba a otros, creando lo que Raymond Williams llamaba ‘estructura de sentimiento’. Esa forma de vivir terminaba cuajando un ‘nosotros’ distinto a ‘ellos’, donde ‘ellos’ son las clases dominantes. Ahora no está claro que exista otra cultura distinta a lo que se impone desde arriba”, apunta.

Activismo de derechas

Se tiene la falsa percepción de la cultura es el territorio natural de la izquierda, pero Broncano no comparte ese análisis. “En los años cuarenta y cincuenta, el socialismo de Occidente supo articular un frente cultural poderoso, pero se fue disolviendo. Hoy pensamos que a la derecha no le interesa la cultura, pero nada más lejos de la realidad, ya que son activistas culturales. En eso coincido con el filósofo Alberto Santamaría, que lo ha explicado muy bien. No se puede entender a Trump sin el movimiento cultural que le respalda”, señala. Marion Maréchal, probable heredera del Frente Nacional, suele mencionar en sus entrevistas a intelectuales de izquierda como Simone Weil. Concretamente, en una reciente charla con El Confidencial, recordaba la siguiente frase: “el desenraizamiento destruye todo salvo el deseo de pertenencia”.

Están desapareciendo aquellos lugares donde la gente contaba su vida a los demás

¿Está usando la derecha a los intelectuales de izquierda mejor que su propio bando? “Por supuesto, la extrema derecha europea ha sabido incorporar conceptos que teóricamente pertenecen a la izquierda: el ‘así somos’, ‘nosotros, el pueblo’ y el concepto de enraizamiento. Todo ese tipo de reivindicaciones son muy potentes, ya que tienen que ver con lo que nos une y con lo que nos diferencia de los que mandan”, explica.

Lenin y la ropa de Podemos

El libro repesca una reflexión de Lenin que, leída en 2018, ayuda a entender cómo ha cambiado el mapa sociopolítico. “Sostenía Lenin que el proletariado, por sí solo, apenas alcanza a generar poco más que una conciencia sindical que no llegará ser revolucionaria sin la dirección de una vanguardia política e ideológica”. Ahora el problema es justo el contrario: en la izquierda sobran voces que se proponen como élite intelectual, pero han desaparecido los vínculos sociales que permiten crear un sindicato. “Tenemos demasiadas vanguardias y pocas retaguardias. Ya se ha perdido el lenguaje que permitía convencer a los trabajadores de que sindicarse era buena idea. Pero, sobre todo, fue un desastre el sistema de liberados sindicales, que en principio estaba diseñado para que algunos pudieran hacer trabajo político y acabó siendo usado como medio para librarse del trabajo sindical, en el sentido de la obligación de comunicarte con tus compañeros”, denuncia. “El representante sindical fue perdiendo la noción de lo que era la vida de los trabajadores y terminó respondiendo a sus conflictos con protocolos burocráticos o recomendándole acudir a un abogado. La cultura obrera no es cantar un himno revolucionario, sino tomar vinos regularmente con tus compañeros y compartir unas condiciones de vida”, afirma.

No se puede asumir que la población es tonta por mirar muchas horas la televisión al día

Uno de los ejemplos más elocuentes del libro llega cuando Broncano analiza la vestimenta informal de Podemos. En principio, es un intento de acercarse al pueblo, pero termina convertida en marca de clase social superior. “Los signos que están dando son equívocos, por ejemplo respecto a los empleados de las inmobiliarias, trabajadores precarios están ganando 600 euros al mes y están obligados a llevar traje incluso en verano. Se pasan la vida sudando, en jornadas de doce horas. Son trabajos que te desesperan y te destruyen la vida. Luego salen de la oficina a divertirse, se visten como les apetece y los izquierdistas les llaman “chonis” por tener imaginarios estéticos distintos a los nuestros”. El ejemplo que señala Broncano es especialmente acertado, ya que muchos ‘podemitas’ insultan en redes a Albert Rivera llamándole “empleado de banca” y describen a la formación naranja como “el partido Tecnocasa”. ¿Tiene la izquierda un problema de condescendencia? “Más bien de desconexión popular, no tratan diariamente con la gente que está sufriendo la crisis. Stuart Hall decía que no se puede asumir que la población es tonta por mirar muchas horas la televisión al día. Lo que pasa es que no sabemos qué quieren decir con esa decisión. Sus votos son malestares que no siempre sabemos comprender”, señala.

Terminamos con otro ejemplo de derrota invisible, que apenas registramos como conflicto cultural. “Hemos perdido el erotismo como forma de vinculación. Las reivindicaciones de la izquierda nunca se han limitado a la libertad sexual, sino que buscaban construir lo erótico como una parte de nuestras vidas. La pornografía destruye el erotismo como la comida rápida hizo con la alimentación. Tenemos una generación de jóvenes educados en el porno, un proceso complicado de detener. Hay que demostrarles que existen cosas más sofisticadas que lo que les ha servido como educación”, remata.

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