ENTREVISTA

Carlos Núñez: "España tiene obsesión por escapar de todo lo que suene a pasado"

El gaitero acaba de publicar el libro 'La hermandad de los celtas', un ensayo que analiza la música popular desde múltiples perspectivas

Foto: Carlos Núñez en 2016 (EFE)
Carlos Núñez en 2016 (EFE)

Carlos Núñez (Vigo,1971) acaba de publicar el libro ‘La hermandad de los celtas’ (Espasa), un ensayo sobre nuestra música popular que merece figurar junto a clásicos como ‘El ritmo perdido’ (Santiago Auserón) y la ‘Historia social del flamenco’ (Alfredo Grimaldos). Músico de éxito desde los años noventa, Nuñez consigue articular reflexiones muy diversas usando el análisis histórico, la práctica de su oficio y las conversaciones con compañeros de todo el mundo. “Me ha llevado tres años explicar de forma fácil todo lo que he aprendido. Lo más duro fue reescribir algunos capítulos, varias veces, para que resultaran comprensibles para los no músicos”, explica. Además, el gallego se ha atrevido con la parte menos estudiada de nuestra música popular, lo que supone un mérito extra. El resultado es un texto sencillo y sustancioso, que nunca renuncia a los matices. Sus capítulos encierran muchas claves para disfrutar a fondo la riqueza de nuestra tradición musical, mucho más amplia, moderna e influyente de lo que sospechamos. Entrevistamos al autor en el Hotel de Las Letras de Madrid.

'La hermandad de los celtas' (Espasa)
'La hermandad de los celtas' (Espasa)

PREGUNTA: ¿Qué es lo más importante que ha aprendido durante el proceso de escribir este libro?

RESPUESTA. Comencé pensando que los celtas eran un constructo romántico del siglo XIX, pero al meterme a investigar encontré gente de todo tipo que me hizo cambiar de idea. Sobre todo, arqueólogos como Martín Almagro, el catedrático de la Complutense que acaba de jubilarse. Me explicó la importancia de la oralidad y que se puede hacer música celta con una guitarra eléctrica, aunque sea un instrumento posterior al nacimiento de esa tradición, entre otras muchas cosas. España, por sus retrasos históricos de industrialización, es una burbuja donde se han conservado cosas que no quedan en otros lugares de Occidente. Somos una reserva cultural en muchos aspectos. Creo que toca quitarse el complejos por el atraso y no vivir asustados de conocer nuestras raíces. Muchas veces, se me acerca gente para preguntarme por qué una canción de rock anglosajón suena como las cantigas de Santa María o por qué las melodías de Galicia o de Zamora se parecen a cierta melodía pop. Me gustaría que este libro nos ayudase a salir de una modernidad mal entendida. Cuando yo voy de gira por el mundo, lo que me pide el público y los músicos de cada país es que les explique mi tradición, no que imite las suyas.

P. Explica que la península ibérica se divide en dos zonas musicales, separadas por una diagonal. La parte de abajo (el sur flamenco) tiene mucho éxito mientras que la de arriba (el norte celta) queda desatendida. ¿Por qué ocurre esto?

R. En la parte de arriba dominan los instrumentos de la familia de la gaita, con diferentes sonoridades y afinaciones antiguas, cosas de muy atrás. El centro es un lugar mixto y en la parte de abajo de la diagonal dominan los instrumentos de cuerda. En un principio, había gran variedad, desde arpas hasta laúdes, pero al final se acaba imponiendo la guitarra española a partir del Barroco. Se comió a todo el resto y la música popular se convierte en un monocultivo. Es triste porque se perdió riqueza y un montón de matices, lo que llamamos los modos, que inducían a distintos estados de ánimo. La guitarra se reduce a mayor o menor, feliz o no feliz. Madrid debería ser un punto de encuentro entre norte y sur, los dos lados de la diagonal. En los años setenta todavía se veían en las calles dulzaineros, flautistas y gaiteros tocando por las fiestas. A partir de entonces, se deja de escuchar a uno de los lados y ya es todo flamenco.

El propio Enrique Morente me contaba cómo en algunos festivales setenteros todavía coincidían con los flamencos con los cantautores del norte. Eso se ha terminado. En su juventud, Paco De Lucía grabó algunos temas con gaita, creo que los famosos “Preludios de alborada”. Todo eso en los ochenta desaparece. Pero quiero ser optimista: es algo que puede arreglarse con artistas jóvenes como Salvador Sobral, Rosalía e incluso Amaia de Operación Triunfo, que enciendes la tele y te la encuentras cantando un villancico con una pandereta. Ellos pueden animarse en cualquier momento a recuperar las raíces. No hay que negarse nunca a trabajar con nuestras esencias.

P. Defiende una vuelta a la tradición, pero es uno de nuestros músicos más internacionales. Esto parece una contradicción, pero no lo es en absoluto. ¿Cómo lo explicaría?

R. Cuando era joven, me cambió la vida la oportunidad de viajar por todo el mundo con The Chieftains. Toqué con Dylan, Sinnead O’Connor, The Rolling Stones, Sting…Creo que dinero púbico destinado a la música debería usarse para montar un programa de aprendices que fomente el contacto entre músicos veteranos y jóvenes que empiezan. Es importante trabajar mientras estudias, como se ha hecho siempre. La situación actual es una competencia desleal donde se subvenciona a quienes menos lo necesitan. Yo no pido que protejan nuestra tradición musical como si fuera un animal en peligro de extinción, aunque algún generó lo puede necesitar. Lo que reclamo es que nos dejen competir con los demás en igualdad de condiciones.

Hace poco trajeron a Vigo unas cantigas de Martín Codax, del siglo XIII, que junto a las de Santa María son el inicio de la canción española, según decía Alan Lomax. Hablamos de cánones equivalentes a las cuatro estaciones de Vivaldi o las sinfonías de Beethoven. ¿Te parece normal que traigan eso de la biblioteca Morgan de Nueva York y que ni el ayuntamiento ni la diputación lo apoyen ni lo difundan? La gente en Madrid ni se enteró de que tenían tan cerca el primer ciclo de siete canciones de amor de la historia de Europa. Nos decían que no había dinero y ese mismo verano contrataron el caché disparatado que les pedían Maná por diez noches de conciertos. Ya sabemos hace tiempo que los superventas ofrecen a los ayuntamientos se interesan cachés inflados. Este episodio es como montar una feria de gastronomía local de proximidad y que el ayuntamiento pague todos esos días a McDonalds para repartir hamburguesas gratis para quien lo pida. Cuando digo “gratis” sabemos que hablamos de pagado con dinero de nuestros impuestos, claro. No es lógico que el dinero público vaya a subvencionar triunfadores.

P. ¿Cuándo diría que empezó a torcerse nuestra visión de la música popular?

R. El otro día tuve el placer de tocar en El Escorial delante de los manuscritos de las Cantigas de Santa María, que están escritas en gallego medieval. En la época de Alfonso X ‘El Sabio’, el gallego era la lengua para la poesía y la canción. Las cantigas se escribieron en gallego en Toledo o en Sevilla, que es un dato fascinante porque habla claro del uso de las lenguas ibéricas en distintos zonas del país. Las autonomías han sido fantásticas, pero no todo lo que trajeron ha sido bueno. Antes se autoorganizaban festivales folk, con voluntarios y gente metiendo a dormir a los músicos en sus casas. También se pagaba entrada. En los ochenta y noventa aparece el dinero público y todos esos conciertos empiezan a ser subvencionados y entra el chip de que todo el folk es responsabilidad autonómica. Eso fue un cóctel destructivo, ya que además se intenta contentar a las diferentes facciones folk con cuotas, en vez de primar la excelencia.

P. ¿Por qué los anglosajones procesan tan bien su tradición folk y nosotros tan mal?

R. La gran fusión surge cuando los anglos pobres emigran a Estados Unidos y mezclan la tradición celta con los sonidos afroamericanos. De ahí surgen la americana, el rock and roll y el country, que la industria discográfica nos devuelve luego. En Inglaterra la tradición celta se ve como algo de pobres y después de la industrialización se fascinan con lo francés, mientras España se interesa por lo italiano. También está el prestigio de la ópera alemana, a la que se dedica todo el dinero público del mundo, en detrimento de las músicas renacentistas y los cancioneros medievales, por ejemplo. Justo esa es la época donde nosotros tenemos los mejores cancioneros del mundo. Por suerte para Inglaterra, el rock les devolvió su tradición modernizada, algo que no ocurrió con nosotros.

P. Me gusta mucho cómo habla de Bob Dylan. Muchos músicos jóvenes piensan que Dylan es su tradición musical, mientras ignoran el legado de la península. Este es un enfoque absurdo, que el propio Dylan rechaza.

R.Claro, en su discurso de aceptación del premio Nobel dijo que hay que conocer tu propia tradición antes de tocar ‘la música del momento’. En España hay una obsesión -o un complejo- por escapar de todo lo que suene a nuestro pasado. Es ridículo que todos los modernos adoren al etnomusicólogo Alan Lomax por su trabajo en Estados Unidos, pero que muy pocos sepan que estuvo investigando la música tradicional española. Aquí grabó el “Canto del afilador”, que luego usó Miles Davies para ‘Sketches of Spain’, un disco fantástico. Despertemos de esta somnolencia y aprovechemos todas las posibilidades que nos brinda nuestra música.

P. Muchas tradiciones musicales ibéricas sufren un retroceso brutal en los años ochenta.

R. Es curioso: como si de pronto nos hubiésemos rendido a un ‘sueño americano’. Era demasiado fácil señalar a lo anglosajón y decir ‘esto es lo moderno’. Los ochenta fueron un proceso brutal de colonización. Yo he ido mucho de gira con músicos anglosajones, tengo alguno en mi banda y alucinan con lo difícil que es escuchar en los bares españoles música tradicional de aquí. Todo es inglés o estadounidense. Es increíble el contraste entre esto y la tremenda curiosidad de músicos como Jackson Browne y otros por la música española. Si lo piensas, hay un contraste muy fuerte entre lo orgullosos que estamos de nuestra gastronomía y lo poco que valoramos nuestra música. El día en que nos esforcemos en mejorar esto podemos obtener resultados maravillosos, ya que tenemos una tradición musical muy profunda.

Por nuestra historia y situación geográfica, podríamos ser el punto de conexión entre un estadounidense anglo y un estadounidense latino, dos mundos que en su país no encuentran vías de conexión. Los estadounidenses de origen latino no saben bien como comunicarse con esos señores rubios que hablan en inglés. Los españoles, en cambio, estamos entre África, América Latina y el mundo anglosajón. Eso nos permite entender esas realidades y ejercer de mediadores naturales. Cuando The Chieftains, mis maestros, me preguntaban como era posible que una canción mexicana tuviera influencias celtas, yo tenía todas las claves para intentar explicárselo. Podemos decirles qué sonidos llegaron con los jesuitas, como se introducen los villancicos en América y cómo conectan con las tradiciones de los esclavos afroamericanos. La parte de abajo de la diagonal está aprovechada, pero en la de arriba está todo por hacer.

P. ¿Se puede decir que la derecha tiene una relación más natural y provechosa con la tradición? Donald Trump ganó las elecciones criticando el abandono de la América Profunda, mientras la izquierda descuida a sectores sociales que percibe como atrasados. ¿Es posible que España sufra una distorsión parecida?

R. La izquierda tiene una asignatura pendiente: comprender en qué consiste la modernidad, no solo dejarse seducir por ella. Tengo un gran respeto por Fraga, después de varias conversaciones largas y profundas en los años noventa. Una vez gané un premio de música que consistía en cenar con él. Me hinché a hacerle preguntas, empezando por su relación con Fidel Castro. Encontré la respuesta años después, en una comida con el alcalde de Miami, Tomás Regalado, un hombre muy derechista que no comprendía que Fraga pudiese reunirse con Fidel. Me preguntó si la conexión tenía que ver con ser gallegos, si eso podía ser más fuerte que la distancia política. Por ahí iban los tiros: nos marca mucho el sentimiento de hermandad, que remite a los viejos clanes. Por eso mi libro se llama así: ‘La hermandad de los celtas’.

Fraga comprende y respeta ciertas costumbres celtas protocomunistas, por ejemplo el monte comunal. Es curioso que en Orense, la zona más derechizada de Galicia, todo el mundo quiera ser funcionario. Eso no casa bien con el liberalismo. Para mí la explicación está en unos códigos comunales que siguen vivos. Tenemos que repensar y reforzar los lazos sociales. Especialmente la izquierda, que perdió mucho en los años ochenta con esa huida hacia adelante para abrazar la presunta modernidad. Mirando para atrás se pueden aprender tantas cosas como mirando hacia adelante. Veo claro, por ejemplo, que no sabemos procesar bien nuestra historia: a cualquier niño español le dices ‘besa esa bandera’ y ya nota que en la habitación se crea una tensión que no es normal. Eso indica que hay un problema. Siguen existiendo episodios, como la Guerra Civil, que no están cicatrizados.

P. ¿Utilizó Fraga la música tradicional gallega?

R. Fue un hombre muy inteligente, que sabía aprovechar las oportunidades. En los años noventa, percibió que la música gallega gustaba y emocionaba a la gente, así que pedía mil gaiteros para que celebrasen su toma de posesión en la plaza del Obradoiro. Hubo una utilización de la música desde las instituciones. Curiosamente, donde más se subvencionó la música popular en los años noventa, por ejemplo en Galicia, es donde ahora andan más despistados; no saben funcionar ya sin subvención. Otros sitios más dejados de la mano de Dios, pienso ahora en Castilla, están empezando a espabilar. Se dan cuenta de los tesoros que tienen, por ejemplo el Barroco. Se puede hablar de Castilla como de Cuba: su escaso desarrollo las convierte en una burbuja en el tiempo, que es como Ry Cooder describía a la isla del Caribe. Para él era como viajar el pasado de América.

La etiqueta “celta” puede dar buena salida a esta parte de nuestra música tradicional, como ocurrió con la world music a finales de los años ochenta. La world music triunfó porque los anglosajones buscaban exotismo y grupos con cachés baratos, propios de países en vías de desarrollo. Eso puede ser una salida otra vez, pero aprendiendo de los errores del pasado. La música celta no es solo un festival en un prado con el público de pie bebiendo cerveza, sino que tiene mucho más registros y matices, como puede comprobarse en los festivales internacionales de Lorient, Celtic Connections de Glasgow o el Festival irlandés de Milwaukee. También me duele ver empresas gallegas que exportan y llevan a gala su origen, pero se promocionan con música indie o flamenco, cuando en el norte tenemos una gran tradición musical. Si vas a Irlanda o Escocia compruebas cómo han sabido modernizar su legado en vez de renunciar a él. Te das cuenta desde que pones los pies en el aeropuerto. Son géneros que han estado en el mercado y han evolucionado con él.

P. ¿Cómo podríamos superar esa modernidad mal entendida?

R. Los medios de comunicación modernos no están haciendo su trabajo. Por ejemplo, las televisiones. Es increíble que un músico gallego no sepa que también hay gaiteros en Cataluña o Mallorca. Es un trabajo que sí hace la BBC británica, por ejemplo. Y no hablo solo de los programas culturales. Allí los informativos te explican que, cuando la reina duerme en el palacio de Balmoral, un gaitero escocés la despierta con música cada día a las siete de la mañana. Obviamente, no es un capricho de esta buena señora, ni le apetecerá especialmente, pero conoce la obligación que tiene el centro del país de unir a las distintas regiones. David Cameron siempre habló con mucho amor de Escocia, de los lazos con Inglaterra y de las tradiciones; conocía su papel y lo jugaba perfectamente. Cuando era primer ministro, intentaba siempre enamorar a los escoceses para reforzar sus vínculos. Aquí la función de nexo no se cumple ni en el programa especial de Año Nuevo, que es el que vemos todos los españoles. Madrid ha descuidado sus deber de trabajar para unirnos a todos.

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