"Lo que pasa en la frontera entre México y EEUU sucede diariamente en las nuestras"
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ENTREVISTA A JUAN PABLO VILLALOBOS

"Lo que pasa en la frontera entre México y EEUU sucede diariamente en las nuestras"

El autor mexicano Juan Pablo Villalobos firma 'Yo tuve un sueño', el relato del viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos contado por sus propios protagonistas

Foto: Zapatos y juguetes de niño colocados a modo de protesta frente a la puerta de un centro de detención de menores inmigrantes en Tornillo, Texas, el 21 de junio de 2018. (Reuters)
Zapatos y juguetes de niño colocados a modo de protesta frente a la puerta de un centro de detención de menores inmigrantes en Tornillo, Texas, el 21 de junio de 2018. (Reuters)

'Yo tuve un sueño' (Anagrama) es el relato del viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos, un relato contado por sus propios protagonistas. Su autor, Juan Pablo Villalobos (México 1973) desaparece del texto, en el que tan solo se escucha el testimonio de niños y adolescentes que un día comenzaron un viaje que les llevó a cruzar todo México hasta alcanzar la frontera de Estados Unidos, donde a muchos de ellos les aguardaban sus padres o sus madres, que habían hecho ese mismo viaje años antes. 'Yo tuve un sueño' es la historia de niños que no tienen nada que perder, niños que recorren kilómetros para llegar a un país que los detendrá a la espera de qué hacer con ellos. Muchos serán devueltos, otros, gracias a su historia, conseguirán los papeles para permanecer. Otros muchos conseguirán llegar e instalarse, pero vivirán la constante amenaza de la deportación por ser "indocumentados".

placeholder 'Yo tuve un sueño' (Anagrama)
'Yo tuve un sueño' (Anagrama)

Yo tuve un sueño, ¿un libro de no ficción en el que los niños centroamericanos toman la palabra a través de ti?

Sí, quería que fuera la voz de esos niños y de esos adolescentes la que se escuchara y, por eso, quise borrarme del texto, donde no encontrarás ninguna opinión ni ningún juicio mío. Obviamente, yo soy quien construye los relatos y da forma a los testimonios y esto es una forma de intervenir o, por lo menos, de presentar los relatos desde una determinada perspectiva, pero era necesario hacer este trabajo: reflejar el testimonio literalmente hubiera sido contraproducente, puesto que el texto hubiera tenido menos potencia narrativa. De ahí que utilice las herramientas narrativas que son propias de la ficción para construir textos que se leen como cuentos.

Si bien optas por cambiar el nombre a los menores, la inclusión al final del libro de las biografías reales de todos estos niños, ¿es una manera para recordarnos que, estrategias narrativas aparte, estamos delante a vidas y a personas reales?

Sí, me interesaba ante todo recordarle al lector que estamos hablando de personas y no de personajes y me interesaba que el lector supiera la edad de estos niños y cuándo habían hecho el viaje para que pudiera entender mejor los relatos y la perspectiva desde donde eran narrados.

Una perspectiva que no siempre es la misma. De hecho, en uno de los relatos, ni tan siquiera es el niño el que cuenta su historia.

Sí, sobre todo modifico la perspectiva en dos relatos, que son seguramente los que están más próximos a la ficción. El primero de estos relatos es 'El otro lado', donde quien narra no es el niño que me ha contado la historia, sino el pandillero que lo ha amenazado, y el segundo de estos relatos es 'Prefiero morir en el camino', donde hay un narrador en tercera persona. Este relato es muy importante para mí, porque plasma una de las ideas en las que no dejaba de pensar mientras hacía las entrevistas a los niños: solo podemos contar las historias de aquellos que sobrevivieron. El testimonio es siempre el de quien consigue contar su historia. Por eso, 'Prefiero morir en el camino' termina con una elipsis: evidentemente, si estamos leyendo este relato es porque el niño ha sobrevivido, sin embargo, la construcción elíptica permite dejar al lector con una sensación de duda y, sobre todo, permite recordarle que esa historia que acaba de leer podría haber terminado muy mal.

placeholder Menores inmigrantes marchan en un centro de internamiento en Tornillo, Texas. (Reuters)
Menores inmigrantes marchan en un centro de internamiento en Tornillo, Texas. (Reuters)

El relato nos recuerda los testimonios perdidos de aquellos que no sobrevivieron, pero, a su vez, el libro rescata testimonios que, de otra manera, también se hubieran perdido y que tú comienzas a recopilar mucho antes de que Trump decretara la detención de menores en la frontera.

Sí, este libro comienzo a escribirlo hace cuatro años cuando, a raíz de una crisis muy aguda en la frontera de Estados Unidos, las autoridades norteamericanas empiezan a difundir la noticia de que tienen 80.000 detenidos en la frontera. Tras saltar la noticia y llenar los titulares de todos los periódicos, el editor de una revista me llamó para que yo contara en primera persona la historia de todos niños retenidos y, de esta manera, dar a conocer estas historias a través de la voz de sus protagonistas y no desde la voz de un periodista que, desde fuera, narra lo que sucede. Quería respetar la perspectiva de los menores, me interesaba huir de los juicios y de las opiniones propias de aquel que, desde afuera, describe y analiza con superioridad intelectual e, incluso, moral. Para ello, como te decía antes, junto a ONG’s, hicimos un trabajo previo de selección de testimonios y, entre todos los elegidos, había una adolescente que, en el último momento, prefirió no hablar, sobre todo por temas legales. Su testimonio hubiera sido muy interesante, porque ella había hecho el viaje acompañada de su mejor amiga que, antes de llegar a la frontera, había sido asesinada en México. Hablar con esta adolescente hubiera permitido, en cierta manera, rescatar el testimonio de todos aquellos cuyo viaje queda truncado y nunca llegan. Sin embargo, no pude contar la historia y, una vez más, el testimonio de quienes no sobreviven quedó sin poder ser contado.

Y lo que se observa a través del libro es la importancia de esos a la hora de obtener papeles.

Sí, su testimonio es, justamente, aquello que puede dar opciones de conseguir los papeles. Para estos niños y adolescentes, el contar adecuadamente o no la propia historia puede significar quedarse en Estados Unidos o ser devueltos. Si el juez percibe que corren un riesgo en caso de ser deportados, entonces puede otorgarles una resistencia como refugiado. Para estos niños, aprender a contar su historia se vuelve una manera de sobrevivir, de obtener los papeles. Cuando comencé a dar forma a estos testimonios, me esforcé por no caer en un tono efectista, melodramático, un tono que hubiera sido irrespetuoso con la dignidad de estos chicos, sobre todo porque, en el momento de entrevistarlo, yo no encontré drama.

Uno de los niños, afirma: "No ha sido tan terrible conocer gente mala". ¿El contexto de violencia del que provienen les lleva a asumir la dureza del viaje de emigración no diría sin miedo, pero sí sin drama?

Hay miedo, claro que lo hay, pero no hay drama. Para ellos, el viaje y lo que supone es mucho menos terrible de cuanto sería para nosotros dos. Esta actitud tiene que ver con la realidad que estos chicos han vivido durante años en su país de origen, una realidad que les expulsa, les obliga a emigrar. Hablamos de pobreza extrema, de violencia en las calles y en las casas, de violencia de género, de las pandillas…. No hay una sola razón por la que estos chicos deciden marchar y, para ellos, la posibilidad de emigrar es la posibilidad de sobrevivir. Para ellos, emigrar nada tiene que ver con el sueño burgués que podemos tener cualquiera de nosotros, no es un "me gustaría vivir en París o en Nueva York"; para ellos, emigrar es soñar con sobrevivir.

placeholder Imagen de archivo de migrantes tras cruzar ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos. (Reuters)
Imagen de archivo de migrantes tras cruzar ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos. (Reuters)

Es decir, afrontan el viaje porque, en realidad, no tienen nada que perder.

Exacto. De ahí la frase de "prefiero morirme en el camino": esos chicos son conscientes de que, si se quedan en sus países, muy pronto estarán muertos, estarán dentro de una pandilla o malviviendo pobres y sin ninguna expectativa de vida. El viaje aparece como una opción y lo perciben con una cierta distancia, porque saben que la opción de no viajar es todavía peor, si bien las historias que rodean estos viajes son 'terrificantes'. Pienso, por ejemplo, en esta práctica tan extendida entre las adolescentes de inyectarse anticonceptivos antes del viaje, porque saben que tienen una alta probabilidad de ser violadas. Esta previsión es terrible, es tremendo ser consciente de que probablemente te van a violar y de que lo único que puedes hacer es intentar no quedarte embarazada.

El país de origen, como cuentan muchos de los niños, es en muchos casos sinónimo de muerte.

Recuerdo, al respecto, a un adolescente que entrevisté en Los Ángeles y me contó que el huyó porque estaba amenazado por las pandillas y que, una vez llegado a Estados Unidos, conoció la noticia de que su mejor amigo había asesinado por los mismos que lo amenazaban a él. Hablamos, por tanto, de una amenaza real, no abstracta. Ahora, con las redes sociales, es muy común que los chicos que han emigrado mantengan el contacto con los familiares y los amigos que se han quedado y, por tanto, se van enterando de quienes han sido asesinados, de quienes han tenido que huir o de quienes han desaparecido sin dejar rastro. En otras palabras, estos niños siguen siendo conscientes de la amenza constante que se vivie en sus países una vez que han emigrado.

Esta amenaza constante se expresa a través de una violencia que, desgraciadamente, es una realidad cotidiana.

Como explica muy bien Alberto en el epílogo, el fenómeno de la violencia es muy complejo, ante todo, porque es un fenómeno importado de Estados Unidos. Estos análisis maniqueos que se realizan en Norteamérica y que alertan de la llegada de violadores y delincuentes mexicanos olvidan que el fenómeno de la violencia de las gangas, de las pandillas, se originó en las calles de Los Ángeles y de Nueva York. En los años ochenta y noventa, los miembros de están pandillas fueron deportados masivamente y llevaron la cultura de las pandillas a los países centroamericanos. El problema es que, normalmente, temas como el de la inmigración o el del narcotráfico son tratados como fenómenos muy cerrados que suceden solamente en determinadas zonas geográficas o países, cuando, en realidad, son fenómenos de nivel internacional que requieren soluciones globales.

Las adolescentes se inyectan anticonceptivos antes del viaje porque saben que tienen altas probabilidades de ser violadas

Conseguir huir de sus países e instalarse en Estados Unidos es, para estos niños y adolescentes, una victoria, pero también una pérdida.

Sí y, de hecho, había algunos niños que me decían que estaban bien en Estados Unidos, pero extrañaban a los familiares y a los amigos que habían dejado atrás. Desgraciadamente, para estos chicos ya no hay soluciones perfectas, hay una parte de ellos que se desgarra irremediablemente. Si te quedas, sufres el desgarro de ver cómo tu madre o tu padre se han marchado, de no saber siempre qué ha sido de ellos, de tener que acomodarte en un nuevo contexto familiar…. Si emigras, pierdes lo que tenías en tu país, pierdes aquello que te ha alimentado sentimentalmente toda tu vida. Una de las cosas que me encontré hablando con los chicos es cuán difusa es la violencia de género en estos países de centro América. Se habla mucho de las pandillas y de la violencia en la calle, se habla de la pobreza y de la marginación, pero no siempre de que muchas veces la verdadera amenaza está dentro de la familia y que se traduce en violencia contra la madre o el abusos sexuales: el padre alcoholico que pega a la madre y luego los abandona, el tío también alcohólico que abusa de la sobrina…

Como apunta Alberto Arce en el epílogo, estos testimonios cuentan un doble fracaso: el de los países de origen y el del país de llegada, Estados Unidos.

Y habría que hablar también del fracaso de los países que están en medio entre los países de origen y el país receptor, como es el caso de México. Mucho se habla de las políticas migratorias de Estados Unidos y de las restricciones que se han aplicado recientemente, pero no hay que olvidar que en México sucede algo parecido: México deporta a muchísimos menores para que no lleguen a la frontera con Estados Unidos. Es decir, hace un trabajo de contención con el dinero de Estados Unidos. Por un lado, están los países fallidos o casi fallidos de Centro América y, por tanto, también está México, por el otro lado, está la intolerancia que, a nivel de discurso, se ha normalizado en Estados Unidos desde que Trump está en el gobierno.

La contención que lleva acabo México es comparable a la que lleva a cabo Marruecos con la migración subsahariana.

Los dos países hacen absolutamente lo mismo. A mí me gustaría pensar que el libro, más allá de centrarse en la experiencia de chicos que escapan de sus países de Centro América para ir a Estados Unidos, habla de cualquier tipo de migración. Lo que se cuenta en el libro, pasa también aquí, porque aquí también hay centros de detención de menores. Adolescentes y niños sirios o marroquíes están detenidos en nuestra propia ciudad y no solo en Estados Unidos. Me gustaría pensar que, más allá de los detalles, el libro habla de todo a lo que debe hacer frente un menor cuando emigra y no tiene ninguna expectativa de vida. Lo que pasa en la frontera entre México y Estados Unidos sucede diariamente en muchas otras fronteras, también en las nuestras.

placeholder Varios niños inmigrantes separados de sus familias son llevados a un centro de cuidado de menores en Nueva York. (Reuters)
Varios niños inmigrantes separados de sus familias son llevados a un centro de cuidado de menores en Nueva York. (Reuters)

En 'Yo tuve un sueño' encontramos la historia de quienes consiguieron llegar a Estados Unidos y obtener papeles y aquellos que llegan, pero están condenados a vivir en la “ilegalidad”.

Como decía, ante quienes consiguen contar bien su historia puede abrirse un camino que se traduce en la obtención de papeles. Sin embargo, hay muchas otras historias donde la obtención de papeles es algo imposible y estas personas sin papeles pueden pasar décadas viviendo y trabajando en Estados Unidos en un limbo legal, con la constante amenaza de la deportación, pero sin ser deportados. Volvemos a lo mismo: a mucha gente esta situación les puede parecer intolerable, pero para esta gente es algo tolerable: "mientras no me echen, ya va bien así". El hecho que los padres no tengan papeles coloca a estos chicos en una situación de completa desprotección.

Basta pensar en el caso de los 'dreamers', a los que ahora Trump amenaza con expatriar.

En el fondo hay ese doble discurso con respecto a la inmigración. Por un lado, los inmigrantes están ahí, trabajan, pagan impuestos, ocupan puestos de trabajo que se necesitan… Y, por el otro, se les amenaza con expulsarlos porque son indocumentados, una amenaza que no siempre se cumple y que, creo yo, funciona como medida disuatoria, como método para frenar los flujos migratorios.

Esta reflexión nos la tendríamos que hacer también aquí, pues ¿acaso Europa no ha necesitado y necesita para subsistir de los flujos migratorios?

Claro que los necesita. Los números hablan por sí solos. De aquí a veinte años no habrá como pagar pensiones si no hay inmigración y nuevos nacimientos. Lo que sucede es que, desde el populismo, es muy fácil tachar a la inmigración de fuente de inestabilidad, pero está claro que todos los análisis a largo plazo demuestran la importancia de estos flujos. Sin ellos, no se cubrirían ni los puestos de trabajo que se generan ni sostendría la pirámide poblacional.

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