intentaron el golpe de estado

Matar a Hitler: todas las conspiraciones para liquidar al Führer

Poco podían hacer los comunistas ante el despliegue de la Gestapo. Era casi imposible reclutar personas de fiar, pues siempre flotaba en el aire la duda de si eran informantes

Foto: Hitler dando un discurso en Dortmund, en 1943. (Cordon Press)
Hitler dando un discurso en Dortmund, en 1943. (Cordon Press)

Muchos conocen bien la canción. El 30 de enero de 1933 El presidente Hindenburg hizo canciller a Adolf Hitler, que pidió para miembros de su partido el Ministerio de Asuntos Interiores del Reich y el de Prusia. De este modo los nazis se aseguraban el control total de la policía, la secreta y el aparato de seguridad interior del Estado. Con estos elementos iniciar el desguace de la República de Weimar fue un rápido juego de niños entre el incendio del Reichstag, el desmantelamiento de la oposición y el control absoluto de la sociedad alemana, víctima de una creciente fascinación por el antiguo caporal austríaco convertido en líder de masas entre crisis, penurias y un alud de promesas para paliar la humillación de Versalles.

El verso suelto de esta ecuación era el ejército, una institución fiera de su carácter conservador e independiente con capacidad para incidir en la vida política. La noche de los cuchillos largos en junio de 1934 sirvió para purgar el interior nacionalsocialista y conceder a la Reichswehr autoridad y respeto que propiciaron la adhesión de la mayoría de las fuerzas armadas al credo imperante. A partir de ese momento su único motivo de recelo fue la creciente preponderancia de las SS, con el tiempo una especie de contingente paralelo con ideas propias y visiones genocidas.

'Las conspiraciones contra Hitler'. (Tusquets)
'Las conspiraciones contra Hitler'. (Tusquets)

Con esta tesitura podrán entender lo complicado de intentar siquiera perpetrar un golpe de Estado. Poco podían hacer los comunistas ante el despliegue de la Gestapo. Era casi imposible reclutar personas de fiar, pues siempre flotaba en el aire la duda de si eran informantes con capacidad para desmontar células conspirativas en un abrir y cerrar de ojos. Según Danny Orbach, autor de 'Las conspiraciones contra Hitler' (Tusquets), el único modelo viable para provocar un golpe de Estado en condiciones totalitarias es el de un grupo elitista clandestino con acceso a armas y un número muy limitado de miembros poderosos relacionados entre sí por vínculos familiares y amistosos que constituían una barrera protectora muy difícil de franquear.

La bomba del carpintero

El único conspirador que escapó a este modelo fue Georg Elser, un carpintero que durante más de un año preparó con minuciosidad su plan de atentar contra el Führer durante la conmemoración del putsch fallido de 1923 en la cervecería Bürgerbräukeller de Múnich. Durante meses merodeó por el local, localizó las entradas y las salidas más idóneas y al final optó por colocar una bomba de fabricación manual en una columna detrás de la tribuna de oradores. Programó su explosión para las nueve y veinte de la noche. Todo estaba previsto y todo debía salir a la perfección, pero Elser no podía vislumbrar las pésimas condiciones climatológicas de ese 8 de noviembre de 1939, las mismas que hicieron acortar el discurso del líder para así poder volver a Berlín en el tren de las nueve y media.

George Elser, Hitler y los estragos de la bomba de la que el Führer se salvó in extremis
George Elser, Hitler y los estragos de la bomba de la que el Führer se salvó in extremis

El artefacto estalló sin cobrarse su preciada presa, que a lo largo de los años parecía tener una especie de suerte inesperada, como si un sexto sentido le permitiera escapar de una muerte segura. De 1938 a 1944 estuvo en el punto de mira de una serie de camarillas, que en la teoría de análisis de redes se definen como asociaciones informales de personas en las que existe un cierto nivel de sentimiento de grupo e intimidad a la vez que se han establecido determinadas normas de comportamiento idóneas para su correcto funcionamiento. La primera era berlinesa y se componía de un terceto de aventureros de la Abwehr, el servicio secreto del ejército. Hans Oster pasó del cielo al infierno en menos de un lustro. Tras ser expulsado del ejército logró ingresar en la inteligencia militar de la mano de su amigo Wilhelm Canaris hasta ascender al segundo escalafón de la Abwehr. Desde ahí empezó a tejer una red de contactos en las elites militares y civiles.

A lo largo de los años, Hitler parecía tener una suerte inesperada, un sexto sentido para escapar de una muerte segura

El segundo hombre de este triunvirato era Hans Bernd Gisevius, un agente de la Gestapo que se había convertido en enemigo acérrimo del régimen nazi. La última pata de esta particular mesa era Carl Friedich Gordeler, alcalde de Leipzig que apoyó el ascenso de Hitler y que, sin embargo, no dudó en defender a los judíos, hasta el punto de dimitir de su cargo cuando, mientras se encontraba en una conferencia en Helsinki, en 1936 se retiró de su ciudad la estatua de Mendelssohn, lo que Goerdeler consideró un atentado contra la decencia humana ordinaria, y la expresión es importante en muchos aspectos, pues es posible que se imagine a los aspirantes a golpistas como héroes en lucha contra el demonio, lo que es verdad sólo hasta cierto punto.

No tan héroes

Oster y Gisevius nunca soportaron a Hitler y los suyos, pero Goerdeler estaba de acuerdo con la mayor parte del programa nazi. Sus discrepancias, y lo mismo pasó con muchos otros altos mandos del ejército, partían de la innecesaria crueldad, el trato infame contra los judíos y unas formas de actuación que juzgaban impropias de la moral alemana. La velocidad con que habían cambiado las cosas convirtió el todo en más alarmante y en 1938 la Historia se precipitó hacia un callejón sin salida.

Los triunviros observaron la anexión de Austria al Reich y temieron lo peor de la escalada imperialista con el caso de los Sudetes. Este episodio aceleró la preparación del golpe y se cobró nuevos apoyos, como el antiguo jefe del Estado Mayor Ludwig Beck, quien tras su renuncia del cargo en 1938 expresó a las claras que una época inusual requería acciones inusuales.

Según su criterio Hitler conducía el Reich como si fuera un coche abocado al suicidio. Provocar una guerra por Checoslovaquia enfrentándose a las democracias europeas, Francia y el Reino Unido, era un sinsentido absoluto. En septiembre de 1938 se iniciaron los prolegómenos de este primer intento, con buenas perspectivas al tener los conspiradores hombres en puestos clave como el alto mando de la Wehrmacht, el Ministerio del Interior, el cuartel general de la policía y el Ministerio de Asuntos Exteriores. Si Hitler quería guerra la recibiría en Berlín, sería depuesto de su poltrona y Alemania desterraría la pesadilla.

El golpe, muy bien urdido, se frustró cuando Mussolini medió para convocar una conferencia de paz en Múnich donde los dictadores se juntaron con los primeros ministros de Francia y Gran Bretaña, consiguiéndose una frágil tregua quebrada con la invasión a Polonia que supuso el pistoletazo de salida de la Segunda Guerra Mundial.

La rueda de Stauffenberg

El conflicto bélico suscitó múltiples dudas entre los militares. Los conspiradores de la Abwehr habían constatado en sus propias carnes lo limitado de su radio de acción. Para prosperar en su intentona debían establecer conexiones más sólidas que fructificaron con la ampliación del frente de batalla. Muchos consideraron un despropósito la idea de invadir el Benelux y Francia, operación que ganó nombres para la causa y activó incluso la deslealtad de informar a otros servicios secretos de lo inminente de las acciones marciales. Cuando Rommel, que más tarde formó parte del núcleo para acabar con la vida de Hitler, sorprendió con la velocidad de sus tanques en Francia se produjo una nueva pausa a la espera de un contexto mejor. Este llegó con la campaña de Rusia, un órdago condenado a la derrota, pues como bien arguyó un general el elefante alemán podía matar miles y millones de hormigas soviéticas, pero estas eran demasiadas como para desaparecer del mapa y rendirse.

Como arguyó un general, el elefante alemán podía matar millones de hormigas soviéticas, pero estas eran demasiadas

Esta segunda fase de los intentos golpistas se vio marcada por dos factores fundamentales. El primero fue el descubrimiento de la operación U-7, financiada con fondos de la Abwehr. Consistía en permitir la fuga de catorce judíos, enmascarados de agentes nazis, a Suiza. La segunda fue la imposición de la autarquía revolucionaria. El general Von Tresckow logró introducir varias bombas camufladas como si fueran botellas de licor en el avión del Führer. Las bajas temperaturas impidieron el funcionamiento del fusible que accionaba el detonador.

Este nuevo revés no amilanó a Von Tresckow, a quien se atribuye la preparación de la celebérrima operación Valkiria. El curso de la Segunda Guerra Mundial ya era claramente desfavorable a los intereses nazis, y de nada sirvieron las proclamas de Guerra Total emanadas por Goebbels. El derrumbe se avecinaba a pasos forzados y dadas las circunstancias los resistentes pensaron que lo mejor era asesinar a Hitler para instaurar un gobierno plural, donde figurarían socialdemócratas, y buscar una paz por separado con los aliados occidentales.

Claus von Stauffenberg
Claus von Stauffenberg

En esta fase el rostro visible, no lo confundan con Tom Cruise, fue el conde Claus von Stauffenberg, quien aprovechando su pertenencia al Estado Mayor tenía acceso directo al dictador. El 20 de julio de 1944 tuvo en sus manos liquidarlo en la guarida del lobo. Debía colocar una maleta con dos explosivos debajo de la mesa de una sala donde se discutía sobre el frente ruso. El plan, como siempre, era perfecto, y se truncó por una serie de catastróficas desdichas. Sólo una de las dos bombas, silenciosas y de fabricación inglesa, pudo ser detonada. La maleta, una vez Stauffenberg abandonó la sala, fue desplazada al chocar con el pie de uno de los asistentes.

A los doce y cuarenta minutos del mediodía el impacto fue terrorífico, pero Hitler, aturdido y compungido, sobrevivió. Al ver estallar la carga Stauffenberg pensó en que era imposible haber fallado en su blanco y mandó activar los procedimientos para lanzar el golpe en Berlín. La situación devino un caos. Muchos se ausentaron, otros se apocaron, las promesas se evaporaron en el aire y la mayoría, consciente del desbarajuste, abandonaron el entusiasmo para salvar el pellejo.

La culpa y el heroísmo

Al principio de su ensayo Danny Orbach habla largo y tendido sobre el sentimiento de culpa que ha acompañado a los alemanes durante los decenios posteriores al nazismo. Tras la caída del muro la unificación ha permitido generar una pedagogía estatal, basta ver el museo de Historia alemana en Berlín o los planes educativos federales, y un terremoto audiovisual que sirve de advertencia para conocer el pasado y así mejorar el presente a partir de una sociedad donde las heridas de antaño se han curado al ser aceptadas, por mucho que estos últimos meses estemos asistiendo a un inquietante renacer de la extrema derecha.

Resulta natural imaginar a los conspiradores como héroes patrióticos, pero gran parte de ellos comulgaban con el credo nazi

Pese a ello resulta natural imaginar a los conspiradores como héroes patrióticos, y algo de eso había en ellos, pero dado su procedencia tanto de clase como de profesión resulta importante remarcar que gran parte de ellos comulgaban con el credo nazi, apartándose del rebaño al juzgar negativamente métodos, soluciones antisemitas y un sinfín de medidas indignas para su ideal teutón. Pudieron ser salvadores de la Nación, se consumieron en su debacle y el sueño de cumplir con su gesta los han catapultado a unas estrellas donde no deberíamos juzgar sus posiciones políticas desde nuestros ojos contemporáneos. Los suyos llevaban gafas con esvásticas y miraban la cercanía desde una perspectiva poco democrática basada en valores eternos para su casta que Hitler mancilló con entre delirios de grandeza y un precipicio que aún hoy nos asombra por su demencia.

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