MÁS DE 180 MÁSCARAS

Anna Coleman Ladd, la mujer que arregló los rostros desfigurados en la IGM

La escultora se trasladó a Francia en 1917 y abrió un estudio para proporcionar máscaras a los soldados que habían sufrido grandes heridas en la cara

Foto: La escultora se trasladó a París para ayudar a los soldados heridos en la Primera Guerra Mundial (Library of Congress)
La escultora se trasladó a París para ayudar a los soldados heridos en la Primera Guerra Mundial (Library of Congress)

Las salas del estudio parisino de Anna Coleman Ladd, grandes y luminosas, estaban decoradas con flores. La joya de la corona era el patio, recubierto de hiedra y poblado por algunas estatuas. Ladd quería dar una cálida bienvenida a los pacientes que necesitaran hacerle una visita. En sus paredes colgaban pósters y banderas francesas y americanas. Al otro lado ya se dejaban ver filas de moldes de yeso de máscaras todavía en proceso de fabricación. Las máscaras que los soldados de rostro desfigurado esperaban con ansia.

Durante la Primera Guerra Mundial había que curar el cuerpo, la mente y el alma. Europa no era la de antes y sus habitantes tampoco: ocho millones de soldados murieron y otros veinte millones fueron heridos. Los parches, literales y alegóricos, trataban de unir las piezas rotas -sociales, políticas, económicas- y volver a la normalidad. Es lo que se intentaba hacer desde el Departamento de Máscaras para la Desfiguración Facial en el Hospital General de Londres, como recoge un reportaje del Smithsonian.

Los moldes muestran el proceso de trabajo de Ladd; sobre la mesa, están las máscaras terminadas (Library of Congress)
Los moldes muestran el proceso de trabajo de Ladd; sobre la mesa, están las máscaras terminadas (Library of Congress)

Anna Coleman Watts (Philadelphia, 1878) había llegado a Francia en 1907 animada por este proyecto que el escultor y capitán Derwert Wood había puesto en marcha en el hospital: quería devolver el rostro a los soldados a través de máscaras que colocaba después del trabajo del cirujano. Ella, reconocida escultora durante su estancia en Boston, llegó a Europa para devolver a los soldados franceses lo que era suyo y abrió ese floreado Estudio para Máscaras en París administrado por la Cruz Roja americana. Su fama como escultora, sin embargo, quedó supeditada a su condición de mujer: el permiso para abrir el estudio le fue concedido gracias a que su marido, de quien adoptó el apellido Ladd, había sido designado Director de la Oficina del Niño en Toul. La apertura de su estudio fue la primera piedra para sanar las heridas, físicas y mentales.

Ladd pintaba la máscara colocada en el paciente para elegir el color más similar a su piel (Library of Congress)
Ladd pintaba la máscara colocada en el paciente para elegir el color más similar a su piel (Library of Congress)

“Ya no soy repulsivo”

“Sonó como si alguien hubiera tirado una botella de cristal en una bañera de porcelana”, recordó un soldado americano al que le había estallado una bala en la cabeza. Enid Bagnold, una enfermera voluntaria en el Estudio para Máscaras, describió a un paciente gravemente herido: “No tenía perfil. Como un simio, tenía solo la frente y los labios. La nariz y el ojo izquierdo no estaban”.

Antes y después de la operación y la colocación de la máscara de Ladd (Library of Congress)
Antes y después de la operación y la colocación de la máscara de Ladd (Library of Congress)

Si Ladd o Wood no les devolvían el rostro, nadie lo haría. Los soldados menos afortunados permanecían convalecientes en hospitales con una imagen con la que ya no podrían enfrentarse al mundo exterior. Es algo que muchos de ellos sabían. Los espejos estaban prohibidos en la mayoría de las salas. En Sidcup, en Inglaterra, los bancos de algunos parques se pintaban de azul, como un código que advertía de que quien se sentara allí “no sería agradable de observar”.

El ritmo de trabajo en el estudio era agotador. Era el de Ladd el que conseguía mejores resultados artísticos pero una sola máscara requería un mes de dedicación. Algunas de ellas solo cubrían una parte del rostro, como un ojo o la nariz, pero otras lo tapaban casi en su totalidad. Ladd les aportaba una expresión que lucirían de por vida, incluía cejas, pestañas o bigote con pelo real y pintaba su superficie concienzudamente del color más similar al de la piel del paciente. No podían comer o masticar con la máscara, tampoco mover sus labios al hablar, pero para los pacientes era más de lo que podían soñar. “Gracias a ti, tendré un hogar”, le escribió un soldado a Ladd. “La mujer a la que quiero ya no me encuentra repulsivo, como era normal que hiciera”.

Un soldado sin la máscara y con su posterior colocación (Library of Congress)
Un soldado sin la máscara y con su posterior colocación (Library of Congress)

En 1919, el estudio de Ladd había producido 185 máscaras y la escultora volvió a América, ya cesados los truenos de la guerra. El rastro de los hombres que llevaron las máscaras se ha desvanecido casi por completo, pero se sabe, por los escritos de Ladd, que sus elaboraciones no duraban más de unos pocos años: “Ha llevado su máscara constantemente y aún la lleva aunque está muy abollada y parece horrible”. En 1932, Anna Coleman Ladd fue nombrada miembro de la Legión de Honor francesa y siete años más tarde murió en Santa Barbara, dejando tras de sí rostros agradecidos a los que pudo insuflar una nueva vida.

Ladd con uno de sus pacientes y un compañero (Library of Congress)
Ladd con uno de sus pacientes y un compañero (Library of Congress)

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