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Tenemos un problema de apropiación cultural, pero no es culpa de Rosalía

Solo hay que pensar en artistas como Madonna, Shakira y Diplo, que han fusilado todo lo fusilable para satisfacer las necesidades de renovación contínua de la industria musical

Foto: Rosalía en un momento del videoclip de 'Pienso en tu mirá'. (Canada)
Rosalía en un momento del videoclip de 'Pienso en tu mirá'. (Canada)

Pocos debates tan necesarios y propensos a los malentendidos como el de la apropiación cultural. Lo ha experimentado en su propia carne Rosalía, una artista pujante que aplica el 'corta y pega' típico de la generación 'millennial' y se ha encontrado con una tormenta de acusaciones totalmente desproporcionada. Compañeros músicos como Guille Galván (Vetusta Morla) piensan que influye la envidia por su éxito, muchos otros opinan que en la cultura es legítimo usar cualquier ingrediente de cualquier manera y un reducido grupo habla de la cantante como si hubiera robado una pata de jamón a los gitanos, al estilo de Javier Bardem cuando decía que cada vez que descargabas una de sus películas era como robarle un tomate de la nevera.

La realidad es que sufrimos un fallo de enfoque, ya que la apropiación cultural no se resuelve señalando a artistas concretos, sino analizando el ecosistema cultural en el que se mueven las canciones, series y libros. Algunos superventas utilizan estas estructuras conscientemente en su beneficio, pero no es el caso de Rosalía, ni se gana nada con crucificarla.

Saqueo electrónico

Dejemos a Rosalía y el flamenco para el final de esta columna. El ejemplo más claro de la apropiación cultural contemporánea se da en la escena electrónica, dominante en el pop global. Hablamos de una tradición sonora que nace en los años cincuenta en Jamaica. La población empobrecida de la isla decidió sacar unos bafles y unos tocadiscos al descampado más cercano para montarse la fiesta del modo más barato posible. Fue un paso crucial para la democratización del disfrute musical. La emigración crónica del Caribe llevó el invento al Bronx, en Nueva York, contribuyendo a crear las 'block parties' y propiciando el nacimiento del hip-hop. Quienes se decidieron por Londres pusieron la semilla de la cultura del 'sound system' en Europa y también de las 'raves' ilegales, pensadas para hacer accesible la diversión sin límites a los jóvenes parados de la era Thatcher, por ejemplo.

¿Quién se ha beneficiado más de toda esa creatividad cultural? Basta echar un vistazo a la lista anual de Forbes con los discjockeys mejor pagados del planeta. Casi todos son blancos, de clase media y anglosajones o centroeuropeos. Los negros y latinos inventan y otros hacen caja, en gran parte porque promotores, publicistas y patrocinadores prefieren trabajar con artistas blancos, con estilista, que no hablen de problemas sociales. Recordemos que el techno nace en Detroit aprovechando almacenes abandonados por la desindustrialización y el que el house prende en Chicago de manos de DJs afroamericanos como Frankie Knuckles, Ron Hardy y Marshall Jefferson.

Divas vampiras

El saqueo puede darse de forma legal. Madonna por ejemplo fusila la cultura de las drag queens que hacen 'voguing' y le saca más partido que cualquiera de ellas. Es una inercia cruel, pero la comunidad drag al menos obtiene visibilidad y la oportunidad de montar fiestas, enganchadas a la moda generada por la ‘reina del pop’. Más salvaje es el hecho que la ambición rubia fusile la canción 'Banana' del artista technobrega Joao Brasil y no le incluya en los créditos.

Madonna y olé. (Reuters)
Madonna y olé. (Reuters)

Resignado a cómo funciona el mundo, Brasil dice que renuncia a demandar a cabo de que Madonna le incluya como telonero en su próxima gira por su país. Una derrota de la justicia pop. Brasil regala sus discos en la calle como anuncio para sus fiestas mientras Madonna triunfa en el intermedio de la Super Bowl 2012. Es una dinámica ampliamente demostrada, con montañas de ejemplos concretos.

Otro nombre crucial es Shakira, sospechosa habitual por no reconocer en los créditos al salsero Jerry Rivera en 'Hips Don’t Lie' o a Wilfredo Vargas en 'Waka Waka'. También ocurrió con 'La bicicleta'. Por no hablar del reguetonero El Cata, a quien copia literalmente sus canciones sin que este salga del anonimato. Dicho esto, aclaremos que el problema con las grandes divas pop es que viven de fusilar o parasitar culturas callejeras para no perder comba en la eterna reinvención que exige el pop posmoderno. Las grandes estrellas pop femeninas no solo se aprovechan de la música ajena sino que se llevan los contratos de las grandes marcas, que prefieren a una artista 'fashion' antes que a otros con aspecto de barrio.

El caso más claro del siglo XXI

Joven, guapo y con dinero, el estadounidense Diplo es también uno de los iconos favoritos de la industria publicitaria. Fue la portada del número de primavera 2018 de L’Officiel Hommes, una de las revistas más 'fashion' de París. Diplo se ha convertido en superventas global con su grupo Major Lazer. Ya en 2011 fue el modelo principal de la campaña de Blackberry Torch. Sus fiestas han sido patrocinadas por Puma, Pepsi, Red Bull, Heineken y Perrier, entre otras marcas de primera fila. Irrumpió en la escena musical como productor de 'Arular' (2005), el atómico disco de M.I.A. que dio a conocer en todo el mundo el contagiosos funk de las favelas de Rio de Janeiro.

En ese momento, Diplo era todavía un icono alternativo, pero poco a poco se ha convertido en un productor de Champions League, que tiene en su currículum a (cojan aliento) Madonna, Beyoncé, Justin Bieber, Shakira, Britney Spears, No Doubt y Snoop Dog, por citar solamente a los siete más famosos.

A pesar de todo, Diplo experimenta el rechazo de muchos de sus compañeros por sus técnicas parasitarias. El discjockey DJ Rupture formuló el siguiente reproche, comentando su primera mixtape, ‘Favela On Blast’ (2008): "Hubo gente en Rio de Janeiro que se sintió insultada porque cogió estribillos muy famosos sin acreditarlos. Eso se parece bastante a robar. También hace falta un público occidental ignorante para que el truco funcione. Su mensaje fue ‘mira, estoy con la gente, me mezclo con ellos en los bailes de la favela’. Es una perspectiva de turista blanco con tarjeta de crédito. Lo que se transmite a muchos oyentes es que no hace falta que atiendas a los artistas de las favelas porque Diplo ya te lo da todo troceado y además añade un estribillo de Madonna para que te sientas más cómodo. Diplo parte con ventaja porque tiene pasaporte y dinero para viajar. Se ha hecho rico con la música de los pobres".

Venus X: Nunca trabajaría con Diplo porque es un pedazo de mierda heteronormativo

En 2013, la artista Venus X comentaba algo parecido a 'The Guardian': "Nunca trabajaría con Diplo porque es un pedazo de mierda heteronormativo. Su método consiste en capitalizar cualquier escena que parezca 'hot'. Ser gay es algo más que una tendencia de moda". Incluso le expulsaron de una de las fiestas Ghe20 G0thik en Nueva York para evitar que copiara sus rimas y estéticas.

DJ  Diplo y Skillrex en los American Music Awards de 2015. (Reuters)
DJ Diplo y Skillrex en los American Music Awards de 2015. (Reuters)

En todo caso, la mayoría de la comunidad musical tiene claro que la culpa es también de una industria (musical, audiovisual, de la moda) entregada a la cultura de la celebridad y que siente un intenso rechazo por el estilo de vida de las clases populares. Los artistas acusados de apropiación muchas veces intentan hacer esfuerzos para devolver algo de lo que toman. David Byrne creo el sello Luaka Bob para dar a conocer las músicas del mundo, Peter Gabriel fundó el festival Womad y Diplo realizó un documental sobre la creatividad de las favelas y creó el sello Mad Decent. Por mucho que lo intenten, la industria cultural, los medios pop y las marcas siempre recompensan a los más blancos, fotogénicos y vestidos a la última.

Rosalía y el flamenco

El caso de Rosalía es diferente, primero porque no tiene tanto poder como Madonna, Diplo y Shakira. Solo es una artista emergente, mimada por los medios hípster, 'cool' y 'fashion'. Sus acusadores tienen razón en decir que el flamenco está siendo manipulado y en gran parte privado de su esencia. El error es que la culpa no es de Rosalía, sino una tendencia general que arranca con la llegada de la sociedad de consumo. Lo denunció el productor Ricardo Pachón en una artículo de 2011, titulado 'La desgitanización del flamenco': "La consideración del flamenco, por parte de la Unesco, como bien inmaterial de la humanidad, junto a la Patum de Berga, el silbo gomero, los castellets, la cetrería o la dieta mediterránea, solo manifiesta su peligro de extinción. Lo que es lamentable en los momentos actuales es que el flamenco no exista como género musical en los servidores y portales de Internet. Seguimos figurando como 'latin music' o 'world music'. Y es en Internet donde se va a desarrollar todo el futuro económico y comercial del arte flamenco".

Con el género cada vez menos visible, cualquiera puede apropiarse de sus elementos más superficiales para dar sabor y color a sus guisos pop. Es complicado que Rosalía puede revertir esta dinámica de décadas. Más bien corresponde al Ministerio de Cultura, los medios de comunicación y la industria musical asegurarse de que el flamenco tradicional y sus desarrollos siguen vivos y coleando para poder disfrutarlo en el siglo XXI. Si eso se garantiza, ya pueden venir todas las estrellas pop que quieran a visitar la tienda de souvenirs sonoros.

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