amparado en el mecenazgo de Lagerfeld

Sexo, droga y moda: la vida exagerada de Jacques de Bascher, el último dandi

Jacques de Bascher soñaba con el axioma del dandi, ser su mejor obra de arte y sumergirse en la decadencia entendida como la lenta caída de la belleza

La historia de la cultura suele ser caprichosa al aceptar cambios en sus cronologías, demasiado manidas para facilitar comprensiones. Nos gusta moldear una serie de parámetros y somos reacios a la asunción de las metamorfosis, como si el mundo fuera un ente estable basado en linealidades. Por eso, entre otras cosas, idealizamos el pasado y rehuimos quiebras de hondo calado. En este año conmemorativo el 68 ha servido para unos cuantos artículos de prensa. Para la segunda mitad del siglo XX París siempre será la ciudad de los cafés de Saint-Germain con los escritores perfectos para la postal caramelizada. Olvidamos que en ese instante esas terrazas ya eran pastos de una mitología repleta de fotografías con turistas a la caza de la banalización legendaria.

Tras los años sesenta, tras su protesta de guerra civil burguesa, se produjo un giro copernicano. El dominio de los hombres de letras viró hacia diseños, talleres y ropajes. El contenido cedió su lugar al continente, otra forma de mostrar los matices de una nueva era. No en vano el inicio de nuestra época repleta de apariencia e individualismo debe cifrarse en la década de los setenta, y la ciudad de la luz lo entendió antes que nadie en el Viejo Mundo a través de la moda, capaz de crear un universo propio con suficiente fuerza como para moldear un paradigma con muchos bríos antiguos y un sinfín de coordenadas modernas en un intervalo excepcional.

Como es habitual ese paréntesis brilla por su ausencia en la bibliografía disponible para el lector nacional. La revolución venía gestándose desde el último disparo de la Segunda Guerra Mundial. Lo cuenta Anthony Beevor en su 'París después de la liberación' (Crítica), a partir de la colección Christian Dior de 1947, con un lujo impropio para la miseria de aquel entonces. Los ataques callejeros a las mujeres que vestían sus ropajes fueron un preludio a la opulencia de la alta costura. Cuando falleció el pionero en 1957 el heredero estaba en su casa y era argelino como Albert Camus. La diferencia era que, en vez de escribir, fabricaba magia con telas desde una timidez extrema. Se llamaba Yves Saint-Laurent, era un genio y deseaba volar libre para expresar una ruptura más allá de su gremio.

El oranés se independizó, creó su propia línea, leyó bien el contexto y tuvo un demiurgo para propulsarse. Pierre Bergé catapultó a su pareja hasta la cumbre y propició una encrucijada. Saint-Laurent, culto y atrevido, tomó dones de todas las artes para plantar su particular pica en Flandes entre homenajes a Cocteau, Mondrian y al pasado que veneraba, reinterpretándolo en su sala de juegos. De esa nostalgia supo crear presente, provocando a propios y a extraños con esmóquines femeninos basados en la estética del colaboracionismo, fotografías publicitarias aupándolo hasta la altura de un todopoderoso cristo posmoderno y una irreverencia que exhibía a las claras su preminencia frente al resto del paisaje. Su torre de marfil doraba más su aureola de niño prodigio entre los Inválidos y Marrakech, entre la luz de pasarelas decapitadas del elitismo de antaño y las noches en clubes exclusivos plagadas de sexo, drogas y prácticas prohibidas.

El exceso puede medirse con muchas varas. Saint-Laurent era un oculto omnipresente. Karl Lagerfeld, con quien compartió vaivenes desde 1954, prefería ir por libre sin figurar en ninguna marca e influir en casi todas. Desde mediados de los sesenta campaba a sus anchas, derrochaba dinero y erigía castillos en el aire a partir de un grupo babélico entre norteamericanos buscadores de fortuna, fiestas en Saint-Tropez, evocaciones de una Europa perdida y la más pura adicción al trabajo. Ni bebía ni se drogaba. Su amor era con el papel en blanco. Su sexo era el de los ángeles, pero eso no excluía fabricar un monstruo para tomar el pulso a la realidad, una bestia en sus antípodas para engullir lo palpable hasta hacerlo suyo.

El elegido fue un noble provinciano venido a menos que tras pasar por la marina era azafato de Air France para pagarse su existencia de lujo y oropel. Se llamaba Jacques de Bascher de Beaumarchais, había nacido en 1951 y soñaba con el axioma del dandi, ser su mejor obra de arte y sumergirse en la decadencia entendida como la lenta caída de la belleza, un declive en forma de explosión continuada hasta la desaparición, lógica y asumida.

Pese a ser hijos de la misma nos cuesta entender esa mentalidad setentera. Todo era posible antes del trauma del Sida. De Bascher, amparado en el mecenazgo infinito de Lagerfeld, quiso ser Huysmans, Proust, Thomas Mann y Visconti con generosas dosis de cocaína, Chivas, un fotógrafo personal que retrataba todos sus movimientos y la frivolidad característica de su entorno. Sus observaciones eran fundamentales en la agenda de su patrocinador alemán, quien le pagaba todos sus caprichos desde una perspectiva de amor blanco y un egoísmo superlativo.

La singladura de este dandi de todos los futuros suscitó una fascinación salvaje, casi incomprensible. David Hockney lo eligió para el cartel de una de sus exposiciones, Saint-Laurent dejó que lo encerrara en un armario Art-Decó para constatar su sumisión más allá de los focos y muchos otros sucumbieron a su insolente desparpajo. Se levantaba cuando quería, esnifaba una línea, se dejaba ver por el café Flore y desde esa atalaya privilegiada movía sus hilos arriba y abajo. Si tocaba lucir palmito en Le Sept de rue Sainte-Anne, el local más exclusivo y sórdido de ese París, lo hacía con la conciencia de dormir acompañado. Si la velada exigía montar una Harley Davidson para cortar el material en sus espejitos lo organizaba para mayor gloria de su ego destinado a no pegar sello y dejar huella en cualquiera de sus acciones. Su romance con Yves supuso la ruptura de los dos clanes por la ira de Bergé y el punto de partida de su ascenso a la categoría de Lucifer finisecular, cuando sólo era la máxima representación de un desmadre al alcance de pocos elegidos, Venus y Adonis empecinados en prolongar su verticalidad con la luna y permanecer horizontales durante los dominios del sol.

Si ahora se habla de su reinado es por la publicación en el Hexágono de varios volúmenes que recuerdan sus desmanes. Alicia Drake inició la senda con 'Beatiful People', un ensayo sobre ese esplendor que se lee como la mejor de las novelas. La autora fue denunciada por Lagerfeld, ganó el juicio y a partir de ese momento el germánico empezó a hablar para consolidar su legado, donde de Bascher tiene rango de performer precursor. En el campo de la moda filmó un único vídeo promocional para anticipar la publicidad típica de los ochenta y mezcló músicas para los desfiles. Su misión sobresalió en lo social desde un descaro homosexual que flirteaba en exceso con el peligro. En 1977 organizó junto a su amigo Xavier de Castella, mano derecha de Kenzo, la fiesta Moratoire Noir(e) en una discoteca periférica. Todos debían ir de negro cuando aún no era tendencia. La pista de baile carecía de iluminación y en sus recodos podían contemplarse escenas de fist y BDSM acompañadas de música de Jacques Brel. Nadie salió de esas cuatro paredes hasta el amanecer y muchos se daban golpes a sí mismos, preguntándose si habían estado en el infierno, en Nueva York o en cuento de hadas macabro. Ni los pellizcos resolvieron el entuerto.

París, como casi siempre, era una fiesta, sí, de ricos. La victoria de François Mitterrand en 1981 asustó a los millones y alteró tanta locura. El ministerio de cultura capitaneado por Jack Lang hizo entrar la moda en los museos y la irrupción del VIH recluyó a los antiguos insomnes en sus opulentas madrigueras. En 1983 Lagerfeld tomó las riendas de Channel, cortó el grifo a de Bascher y lo trasladó de la place de Saint-Sulpice a la rue de Rivoli, en un apartamento con vistas a las Tullerías. Su control sobre el oro colombiano y el whisky a granel se desvaneció. Veía inexistentes fronteras en el suelo y percibía inexistentes peligros en todas y cada una de las esquinas. Había vivido al límite, creyó en el arte por el arte e incluso por eso predicó un culto a la monarquía francesa hasta en sus abrigos. Esa devoción era otra piedra más de su fachada, despojada de todo compromiso para con la causa homosexual, su placer y su tumba.

Según De Bascher, había vivido en 38 años lo que muchos hombres no podrían abarcar aún si respiraban durante centurias

Antes de ser tocado por la epidemia quiso casarse en Roma con su amiga Diane de Beauvau, princesa con ancestros milenarios. El golpe, que debía perpetrarse en el intersticio entre su Eldorado y el hundimiento sin hermosura y mucho sufrimiento, fue abortado por los familiares de la corrosiva dama. Este primer aviso sería confirmado por el fatal diagnóstico.

Las discotecas, que del exiguo Sept se reciclaron al maximalismo del Palace, cerraron y los abrazos fueron mal vistos. Ya nadie entraba en los lavabos a destiempo ni Grace Jones cantaba su hortera versión de 'La vie en rose, noir' hasta la extenuación. De Bascher fue apagándose hasta exhalar su último suspiro el 3 de septiembre de 1989, quincuagésimo aniversario de la declaración de guerra contra Alemania por parte de Francia y Gran Bretaña. Como dijo a uno de sus hermanos había vivido en treinta y ochos años lo que muchos hombres no podrían abarcar aún si respiraban durante centurias.

Eric Hobsbawm habló del siglo XX corto, finiquitado con el derrumbe de la Unión Soviética en diciembre de 1991. Jacques de Bascher mató dos de un tiro. Con su desaparición se extinguían tanto el Ochocientos como el Novecientos. El primero sobrevivió en sus arterias por gusto estético, despreocupación absoluta y la veneración de lo proustiano desde una inteligencia superlativa y desaprovechada. El segundo flotaba en el aire e ingresó en su tumba con una pequeña salvedad. La eclosión pervertida de los setenta que simbolizó sonará siempre más como un oasis perdido ante la dictadura, compartida también entre la abundancia de falsa progresía, del pensamiento único y políticamente correcto. Por eso no es de extrañar que en 2014 se dedicaran dos películas a Yves Saint-Laurent donde la presencia de nuestro protagonista tenía mucho peso específico. Sólo su reencarnación lo hubiera interpretado con garantías. Lagerfeld siempre responde que se mantuvo atado durante dos decenios a su diseño humano al sentirlo diferente en todos y cada uno de sus poros. Quizá ese adjetivo explique todo. Quizá.

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