publica 'el ojo del cielo'

Manuel Gutiérrez Aragón: "La cultura ya solo interesa a las mujeres"

El cineasta reconvertido en novelista acaba de publicar su última novela, un relato femenino ambientado en el Valle del Pas

Foto: Manuel Gutiérrez Aragón en la presentación de 'El ojo en el cielo'. (Efe)
Manuel Gutiérrez Aragón en la presentación de 'El ojo en el cielo'. (Efe)

El salón de la casa de Manuel Gutiérrez Aragón está vigilado permanentemente por una serie de esculturas de terracota de la cultura Nok —aparecida alrededor del 500 a.C en la zona del África Subsahariana—. "Bueno, es una colección bastante modesta", señala humilde. En una sala redonda guarda todos sus trofeos de cine —por aquí el Oso de Plata, por allá un Fotogramas, por acullá la Concha de Oro y el Goya— enfrentados a cientos y cientos de libros. Mientras paseamos por algunas de las estancias, el cineasta no puede evitar comentar la noticia cultural del día: en ese momento, Màxim Huerta hace equilibrios sobre el abismo de la dimisión. Entrevistadora y entrevistado hacen sus cábalas. Cada una de las habitaciones exuda curiosidad, hambre de conocimientos, de texturas, de formas. Quizá por eso cuando anunció su retirada del cine en 2008, tras cuatro décadas detrás de la cámara —tanto al mando del visor como del texto— él sabía que podría canalizar su necesidad de contar historias en otros formatos. ¿Por qué no la novela? Llegó y besó el santo, que dicen, con el Premio Herralde obtenido con su primera novela, 'La vida antes de marzo' (Anagrama, 2009).

Portada de 'El ojo del cielo'
Portada de 'El ojo del cielo'

Casi diez años después y con el estatus de escritor bien afianzado, Gutiérrez Aragón acaba de publicar 'El ojo del cielo' (Anagrama, 2018), una especie de 'western' contemporáneo protagonizado por cuatro mujeres aisladas prácticamente en una cabaña en el hostil Valle del Pas (Cantabria), una pequeña burbuja espacio-temporal en plena orografía cántabra. El terruño acaba tirando. Una madre y tres hijas que sobreviven frente a las advesidades económicas, que se quieren, que se gritan y se pegan. Que se putean, pero también se encubren. Hermanas, al fin y al cabo. Y entre medias el despertar sexual, las esperanzas de salir algún día de la penuria de la vida en la montaña, el recuerdo del padre que un día salió ¿a buscar tabaco? y jamás volvió a aparecer, zafándose de las deudas, y —¿por qué no?— también Beyoncé.

"Si tuviera que empezar a escribirlo ahora, porque yo lo terminé el año pasado en el verano. Ahora me cortaría más al escribirlo, porque con el movimiento feminista este en marcha, el #MeToo y tal, sacar unas hermanas que se llevan mal, una madre que les da con el cinturón del padre y tal, no digo que no lo hubiera escrito, sino que me lo hubiera pensado", reflexiona, ya sentado en una de sus butacas, custodiado por sus terracotas. "Me lo hubiera pensado dos veces y hubiera estado más cortado, lo cual demuestra que la literatura y el cine tienen que ser más espontáneos y no tienen que depender de las ideas dominantes".

PREGUNTA. Bueno, en todo caso no es tan habitual encontrar una novela escrita por un hombre con cuatro personajes femeninos principales, ¿no?

RESPUESTA. A mí me ha parecido divertidísimo hacerlo, porque siempre tienes un lado femenino igual que tienes un lado aventurero o tienes un lado místico. Entonces, meterme en la piel de unas mujeres me ha encantado. De alguna manera ya lo había hecho en el cine, porque alguna de mis películas tienen personajes femeninos centrales. Las relaciones entre madres e hijas y entre las hermanas las he construido observando mi propia familia, esas pequeñas guerras civiles que hay dentro de todas las familias.

Las relaciones entre madres, hijas y hermanas las construí observando mi familia con sus pequeñas guerras civiles

P. Aunque es una historia contemporánea, tiene algo como de 'western' clásico. Quizás por el aislamiento, por los paisajes. ¿Por qué eligió el Valle del Pas para ambientar esta historia?

R. A mí, de niño, me llevó mi padre por primera vez y yo veía todo aquello asombrado, como si estuviera viendo una película, porque era gente distinta con costumbres distintas. Apenas hay ruedas, por ejemplo, porque el terreno está bastante inclinado. No se les ve, porque están allí perdidos en sus cabañas, además de que son trashumantes y viven en invierno en una zona más poblada y luego en primavera sacan las vacas a pacer a unas cabañas medias y en verano van arriba del todo y se llevan la familia, los enseres, la vajilla, el gato... Es gente huraña, porque no tiene trato con casi nadie. Eso, de niño, me impresionó mucho, el pensar un poco en un pueblo muy cercano en el espacio pero muy remoto en todo lo demás.

La vida en el campo en el norte, la de los vaqueros, se puede parecer a un western, pero en este caso es una cosa mucho más extrema, porque es una familia que tiene que marcharse del pueblo e irse a vivir a una cabaña al fin del mundo donde no hay nada. Y esas son unas distancias como las que hay en el Oeste, que de una granja a otra hay millas y millas. Para los que no conocen el Valle del Pas, en Santander, pegado a Vizcaya, la gente vive muy aislada, no hay ferrocarril ni, por supuesto, aeropuertos ni ninguna carretera que vaya directamente, así que tienes que desviarte expresamente para ir allí. Son montañas muy inclinadas donde no se cultiva nada, sino lo que hay es pastos. La gente vive de las vacas. Faltan los indios. Y han vivido durante siglos así y como han vivido tan retirados y nadie los conocía, había todo tipo de leyendas sobre los pasiegos. Ya hice una película en esta zona, 'La vida que te espera' (2004), con Luis Tosar y Marta Etura y Juan Diego. Y es un lugar muy impregnante y ocupa mucho lugar en la película y en la novela.

Marta Etura en el Valle del Pas en 'La vida que te espera' (2004). (Alta Films)
Marta Etura en el Valle del Pas en 'La vida que te espera' (2004). (Alta Films)

P. Porque aparecen referencias actuales —móviles, Beyoncé— el lector entiende que la historia de 'El ojo del cielo' transcurre en la actualidad. Pero si las obviamos, podriamos pensar que ocurre un siglo atrás. ¿Tan poco ha cambiado la zona, sus gentes?

R. Hay una mezcla en el tiempo. Las chicas visten como las de ciudad, pero al mismo tiempo no hay wifi, y eso ya es definitorio. Además, para ir a la escuela tienen que andar —no te digo ya para ir a comprar— tienen que andar muchas horas. Bel, una de las chicas de mi novela, vive retirada y tarda una hora y pico en llegar a estudiar pero conoce a Beyoncé porque la escucha en los cascos. En la novela hago mucho hincapié en eso, que ahora ya no hay tanta diferencia entre una chica de campo y una chica de ciudad, siquiera en los comportamientos. Antes, con sólo verlas, podías distinguir a la chica de campo de la de ciudad, porque eran distintas y vestían distintas. Esas diferencias, se han borrado, afortunadamente. Seguramente los deseos, las canciones que escuchan, los comportamientos de formar parte de la sociedad de consumo las hacen muy parecidas.

P. En la novela, la madre, consciente de los pocos recursos que tiene, decide sacrificar las posibilidades de prosperar de sus hijas mayores para que Bel, la pequeña, pueda estudiar y prosperar en la vida.

R. En la novela hay parte de la familia que se sacrifica —y, no sólo eso, hay padres que sacrifican a una parte de la familia, en este caso a las hermanas mayores— para que la pequeña estudie. Eso sigue existiendo. A mí siempre me ha parecido tremendo: hacer que una parte de la familia ahorre y no gaste para que uno de ellos se vaya a estudiar a Estados Unidos. Es terrible. Allí ya solo conseguir salir a la ciudad ya es un triunfo.

P. ¿Sigue existiendo esa creencia hoy en día de que, quien estudia, prospera en la vida o es algo anacrónico para las generaciones más jóvenes?

R. Eso se jodió, sí. De toda la gente a la que he dado clase y a la que yo aseguraba que quien valiera podía llegar y el que tenía conocimientos al final llegaba a ser alguien, algunos me han reprochado: "Aquello que nos contabas, Manolo, no ha sido así". Sobre todo mujeres, de mis alumnos en la Escuela de Cine. Y lo tengo muy presente.

Nosotros queríamos hacer una película como fuera y la hacíamos

P. Qué diferencias encuentra entre su generación —nació en 1942— y la nueva generación de cineastas?

R. Creo que hay un cambio de paradigma pero también creo que hay un tipo de ambiciones distintas. Nosotros queríamos hacer una película como fuera y la hacíamos. Para triunfar no tienes por qué hacer una película; puedes llevar una vida más sencilla y sentirte satisfecha. Pero, desde luego, aquellos grandes sueños de éxito que teníamos en la Transición ya no existen y yo comprendo que haya una generación frustrada, muy frustrada.

P. ¿Echa de menos el cine?

R. Sí. Echo de menos hacer películas, porque el cine es muy adictivo. La novela es un placer solitario, en cambio el cine, pese a que está lleno de disgustos día a día al rodar, el hecho de sentirte rodeado de cuarenta o cincuenta personas, en el que casi todos reman en tu dirección, y luego el trabajo con los actores. Eso sí que lo echo mucho de menos. Como el cine no hay nada. La novela me aporta libertad. Yo ahora no tendría para hacer una novela la misma libertad que tuve, porque ahora el cine está muy mediatizado, sobre todo por las televisiones. Nosotros hablábamos con un director y hacíamos la película. Ahora lo que intentan hacer es cine fantástico —muchas veces en inglés—, rodado con muchos medios, como puede ser el cine que hace Bayona o el que hace Amenábar. A nosotros nunca se nos hubiera ocurrido rodar en inglés, porque sería perder identidad. Las películas de Saura o de Camus o mía ahora tendrían muchas dificultades. O a ver quién coño iba a producir ahora a Bergman, dime tú. Hoy, aunque me tocara la lotería y pudiera hacer una película como las que hacíamos no tendría ni la mitad de repercusión.

La gente ya no está tan interesada en la cultura; las mujeres parecen las únicas interesadas en la cultura

P. ¿Por qué?

R. La gente ya no está tan interesada en la cultura; las mujeres parecen las únicas interesadas en la cultura. Ahora mismo, el teatro, el cine y la novela están dominadas por el consumo femenino. No creo que tengan una mirada particularmente femenina y exclusiva, sino que mantienen la llama de la cultura, se han preocupado de leer e ir al cine las mujeres. Son las que hacen tertulia de lecturas, las que ves en las butacas.

P. Usted ha tenido media docena de películas seleccionadas por la Berlinale. Este año hemos visto dos coproducciones con capital español en la Sección Oficial de Cannes, pero el cine español falta en las principales competiciones internacionales. ¿Qué pasa?

R. La última película que fue a competición a Berlín fue una mía, la de 'La vida que te espera' (2004), que fíjate tú el tiempo que tiene. El cine español ha dejado de interesar incluso en los festivales. Las de este año de Gilliam o Farhadi no puedes pensar que son cine español; el uno era una película internacional sobre 'El Quijote' y la otra es una película iraní con espíritu iraní hecha en España. A los franceses, te aseguro, jamás les pasaría eso.

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