ENTREVISTA

Toni Hill, estrella de la novela negra catalana: "Puigdemont vendió humo durante años"

Hablamos con el escritor sobre su nueva novela, 'Tigres de cristal', pero también de la situación de Cataluña, de la de entonces y la de ahora, de Quim Torra o del bullying infantil

Foto: Toni Hill llega con una nueva novela después de 'Los ángeles de hielo' (EFE)
Toni Hill llega con una nueva novela después de 'Los ángeles de hielo' (EFE)

Después de la fábula gótica de 'Los ángeles de hielo', Toni Hill (Barcelona, 1966) quería regresar al barrio. A las calles de Ciudad Satélite, el suburbio del municipio de Cornellá construido en los años sesenta y en el que estudió durante la primera etapa escolar. Un enjambre de edificios de corte soviético en el que convivieron catalanes e inmigrantes procedentes de Andalucía y Extremadura. En su nueva novela, 'Tigres de cristal' (Grijalbo), una mezcla, como él dice, “de Patricia Highmith, Dennis Lehane y Ken Loach”, Hill imagina allí un crimen ficticio cometido en 1978 por dos niños que le sirve como coartada para hablar de aquella Cataluña y la actual. Y de eso precisamente hablamos también en esta entrevista.

PREGUNTA: Recreas la época de 1978 y 1979 en la ciudad satélite de Cornellá y después ambientas la historia en el mismo barrio en 2016. Hay un cambio a mejor, pero también diferencias. Una de ellas, la lucha social y sindical en las fábricas y cómo se mejoraron muchas condiciones para los trabajadores.

RESPUESTA: En los setenta los de la Satélite se unieron un poco por necesidad. Los bloques eran como si viviera allí un pueblo entero. Y tenían mucho por lo que luchar. Las huelgas eran constantes. Yo creo que fue una unión casi histórica. También había unos intelectuales que fomentaban toda esta lucha sindical y que ahora ha desaparecido. Por eso para 2016 los personajes que elijo son una autónoma, que no tiene opción ni con quién aliarse. Está muy desprotegida. Otro está en paro y el otro tiene un buen trabajo pero porque se lo ha posibilitado su suegro, y si se enfada con su mujer se va a la calle.

P: Esa realidad rompe mucho con “el discurso de la gente” de partidos como Podemos. Hay una atomización brutal.

R: Por eso no les acaba de funcionar. No existe esa conciencia de clase y el bienestar murió pero fue muy largo y nos aupó a todos a una especie de vida… agradable. Yo di clases durante ocho años en un instituto muy parecido al de la novela y si les preguntabas a los alumnos, que eran hijos de los trabajadores de la SEAT, te decían que no eran clase obrera. La palabra obrero les sonaba a la máquina de vapor. Ahora estamos en precario. Algunos les va a mejor y a otros peor pero todos dependemos de nosotros mismos y del entorno más cercano y no podemos establecer conexiones. Luego hay otra diferencia con la época y son los pactos. El 78 fue una época de pactos, de hagamos las cosas lo mejor posible, que es lo que hacen los personajes de la novela. Esa especie de ‘hicimos lo que pudimos y no supimos hacerlo mejor’, que es válido y yo lo defiendo.

'Tigres de cristal'
'Tigres de cristal'

P: ¿Una novela defensora de lo que se ha llamado régimen del 78?

R: Yo tampoco he intentado que fuera nostálgica, pero creo que sí hay ciertas cosas, como esa desconfianza que hay ahora interregional que antes no ocurría. No tenemos por qué estar en lucha con el pueblo de Andalucía. Pero por otro lado también queda claro que no era una época bonita.

P: Te lo decía por lo del pactismo.

R: A mí es que el pactismo no me molesta. Me molesta que cuarenta años después nos quedemos en eso porque hemos tenido ese tiempo para ir arreglando lo que no quedó bien. Porque hay cosas que claramente no funcionan como el pacto territorial que igual hay que mirarlo. Eso por lo menos. Y con una voluntad constructiva. Luego otra cosa que muestra la novela es que el personaje más guay, con más ideales, al final es el que los tiene más frágiles y más volubles. Con el tema del chalet [de Pablo Iglesas e Irene Montero] se muestra lo difícil que es ser de izquierdas todo el rato. Y cuánto humo hay en tantas posiciones de izquierdas.

P: En la novela hablas de la unión entre catalanes e inmigrantes extremeños, andaluces en estas luchas sociales de finales de los setenta. Eso en los últimos tiempos sí parece haber saltado por los aires.

R: Totalmente. Hemos hecho un esfuerzo por cargárnoslo. Eso existió. La gente que llegaba de fuera tendía a agruparse. El pueblo de Cornellá era el pueblo…

Hemos hecho un esfuerzo por cargárnoslo. Eso existió. La gente que llegaba de fuera tendía a agruparse

P: De Estopa, además.

R: Y de Jordi Évole. Todos ellos vivían en esa parte del pueblo. Yo vivía en el centro, en la parte catalana. Había una barrera natural que eran las vías del tren. De la vía para arriba solo hubo campos durante mucho tiempo, hasta los sesenta. Cuando empiezan a construir bloques y llega toda la gente, la parte de los que eran del pueblo los mira pensando ¿y esta gente quién es? Hablamos de pleno franquismo. La primera reacción fue la de estos ‘son unos muertos de hambre y aceptarán trabajar más barato’. Lo de siempre. Cuando el río se desbordó, y esto lo viví yo porque fue en 1971, tuvimos la suerte de que no murió nadie pero hubo casos dramáticos. De esto ellos se libraron porque estaban mucho más arriba. Pero aquí sí que hubo un movimiento de colaboración ciudadana. También porque el ayuntamiento pasó. Hubo una manifestación a la que fue todo el mundo pidiendo que les ayudaran a limpiar. Y se disolvió medio a hostias como era habitual. Con lo cual al día siguiente pararon todas las fábricas y a partir de ahí sí que se creó toda una sinergia… Por otro lado, todos eran jóvenes, de veintitantos y empiezan a pensar que juntos sí podían conseguir cosas. De hecho, consiguieron la canalización del río, por ejemplo.

Toni Hill. (Efe)
Toni Hill. (Efe)

P: Y ahora se ha fracturado.

R: Sí, pero la fractura está siendo más ahora. La historia de las playas sí me está empezando a asustar. La confrontación política ha existido siempre y luego han pactado. El juego político. Pero ahora hay dos elementos: esto no ser resuelve y la gente se harta. Yo entiendo a los que llevan el lazo amarillo porque les parece una situación de injusticia flagrante y para otros, que también lo entiendo, al décimo lazo amarillo que ven en el día ya están hasta los cojones de verlo. Y esto sí me preocupa. Al final las elecciones igual son necesarias para que corra un poco el aire y que haya gente distinta porque los que hay ahora no lo van a poder resolver. Ni unos ni otros. Y ni sé si quieren.

P: ¿Para un escritor se ha hecho más difícil hablar de esto públicamente en Cataluña?

R: No, no. Yo digo lo mismo en Madrid que en Barcelona. Suscribo a Candel. Creo que hubo un momento en el que el catalanismo no acabó de entender que toda la gente que llegó de otras regiones expulsada por unas condiciones de pobreza de sus pueblos y que se quedó en Cataluña seguía queriendo a aquellos pueblos y sus raíces. Eso se ha respetado poco. De todas formas, creo que fue una reacción natural decirles que estaban mejor en Cataluña y ellos mismos lo decían.

Lod e Torra muestra que es un error elegir cada vez más a un político con menos experiencia política y más amor a la tierra

P: Sí, pero aquello nos lleva a un president actual, Quim Torra, con unas tesis tildadas de supremacistas.

R: Es indefendible. Es un gran error. Pero sobre todo es un error elegir cada vez más a un político con menos experiencia política y más amor a la tierra. No me gustaba nada Mas, pero es un señor con una cultura política. Puedes estar de acuerdo o no, pero sabía las consecuencias de las cosas. Luego colocaron a alguien, el alcalde de Girona [Puigdemont] que le ha dado un aire emotivo y romántico. Todo gestos. Y ahora se ha elegido a otro que está aún más en esa línea. Más allá de los artículos que ha escrito. Y si vamos tensando hacia ese lado veo difícil… Aquí hace falta entonar un mea culpa por un lado y que los demás te echen un cable. También creo que no se les ha dejado pagar un precio político. Me hubiera gustado saber qué hubiera pasado si no hubieran ido a la cárcel y las elecciones las hubiera convocado Puigdemont, y cómo hubieran justificado ante la ciudadanía que se han pasado años defendiendo cosas que no hacían y que han estado vendiendo humo. Eso lo hubieran visto mal, y ahora lo ven mal, pero también se ve una injusticia superior.

P: Además de esta parte sociopolítica, en la novela hay un crimen que cometen dos chavales de 15 años. No es la primera vez que indagas en la maldad de los adolescentes. ¿Por qué te interesa?

R: Porque creo que es la edad más pura. Igual que la bondad. Cuando un niño te quiere lo notas. En los bullyngs lo único que hace falta es un psicópata. Y mientras haya gente así habrá este tipo de conductas porque la maldad está ahí. Yo no creo que en eso de que el ser humano sea bueno o malo, sí creo que es egoísta por definición. Tiende a su placer y si tienes la tara de que obtienes placer haciendo daño a los otros te conviertes en un psicópata.

Yo no creo que en eso de que el ser humano sea bueno o malo, sí creo que es egoísta por definición

P: Con estos casos se abre el melón de la reforma de la Ley del Menor. ¿Hay que endurecerla para ciertos casos? Es lo que suelen pedir desde posiciones conservadores.

R: Igual que ataco eso, hay un buenismo en el otro lado que me saca un poco de quicio. Creo que cada caso debe ser analizado por separado. Los niños deben tener todas las garantías pero esa idea de que nada es culpa tuya… Por supuesto, creo que hay que tender a la reinserción, pero creo que también hay que ver el caso en sí mismo y cuánto se tarda en esa reinserción. Hagamos las cosas bien, primero, porque no hay tantos casos e igual que se piden expertos en violencia de género, creemos una unidad para los menores. Un chaval tiene todo el derecho del mundo a rehacer su vida, pero a lo mejor hay alguno que no. También tenemos ahora una generación que está creciendo con muy pocos límites y muy poca sensación de responsabilidad propia.

P: ¿Son los casos de bullying ahora más execrables que hace treinta años? En la novela, por ejemplo, hay un acoso a una adolescente a través de las nuevas tecnologías, whatsapp y snapchat.

R: Es igual, lo que creo que cambia es el alcance. ¿Qué pasaba en los setenta? Te pegaban. Pero es que no sólo te pegaba el abusón del colegio. Te pegaba tu profesor, tu padre… Y a tu padre, el poli. La violencia física estaba más presente. Y si lo veías por la calle no era algo que te extrañara. Ahora no. El personaje de Lara es más sofisticado y lo que hace es destrozar a la otra chica virtualmente. Porque el problema es que ese alcance es infinitamente superior. Antes te podías llevar las dos hostias pero llegabas a tu casa y estabas a salvo. Ahora llegas a casa, abres el móvil y eso sigue, y la sensación de indefensión es brutal.

P: ¿Y qué hacer? Porque controlar esas apps es menos que imposible.

R: Mientras haya gente que disfrute pensando un domingo por la tarde a quién puede poner verde un lunes por la mañana, no hay mucho que hacer. No puedes controlar. Ahora, que haya niños que a los 10 años tengan móvil, tampoco. Es innecesario. Eso sí que hay controlarlo. Pero a los 15 o 16… Si no lo hacen así lo harán de otra forma, pero lo harán. Los hay que disfrutan haciendo daño.

P: Por cierto tus novelas son negras pero con un toque de guarnición. En este caso, el de la novela social. ¿Por ahí va la novela negra del siglo XXI?

R: Para mí sí. El negro como investigación que hemos leído todos y que se sigue vendiendo, a mí no me interesa tanto. Prefiero contar el mundo a través de un acto violento. Por ejemplo, el acoso escolar. Y que de ahí pasemos a los padres y al momento histórico… Los Ángeles de Hielo tenía un punto de fabulación, pero esta es mucho más Ken Loach y juega con todas las cartas encima de la mesa. No importa lo que pasó sino el qué pasará. Digamos que es un 35% de Highsmith, un punto de Mystic River de Lehane y otro de Ken Loach.

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