entrevista

Simon Reynolds: "Ningún músico se avergüenza ya por venderse"

El mejor crítico pop de mundo pasó por el festival Primera persona en La Casa Encendida de Madrid

Foto: Eddie Vedder, vocalista de Pearl Jam en un concierto en marzo de 2018 en Santiago de Chile. (EFE)
Eddie Vedder, vocalista de Pearl Jam en un concierto en marzo de 2018 en Santiago de Chile. (EFE)

La crítica cultural está en crisis, pero el británico Simon Reynolds (Londres, 1963) ha conseguido enganchar a millones de lectores en todo el mundo. En 2012 popularizó el término retromanía, crucial para explicar la adicción al reciclaje del pop anglosajón, más estéril y estancado que nunca. También sedujo con su libro 'Energy Flash' (Contra, 2014), una crónica del estallido de la cultura rave, fiestas ilegales de finales de los ochenta que apostaron por formas de ocio más democrático y que llevaron a legislar en contra al primer ministro tory, John Major. Su último libro traducido al castellano se titula 'Como un golpe de rayo. El glam y su legado, desde los setenta hasta el siglo XXI' (La Caja Negra, 2017). Se trata de un texto perfecto para calibrar la influencia de David Bowie y otros tótems del pop pansexual, que consiguieron desdibujar la frontera entre los géneros (tanto el plano sonoro como en el erótico).

'Cómo un golpe de rayo'. (Contra)
'Cómo un golpe de rayo'. (Contra)

“El mundo de la música se mueve como un péndulo, del glam al antiglam. Alice Cooper quería dar un espectáculo convencional, incluso cuando fingía cortar cabezas de bebés sobre un escenario. Era un rollo tipo Hollywood o Broadway. El otro extremo está el grunge, con Eddie Vedder (Pearl Jam) agarrando el micro y ordenando teatralmente que apaguen los focos porque ‘esto es un concierto de rock, no un programa de televisión’. Su grupo tocaba en un recinto enorme, pero querían que pareciese underground. Los punks y las bandas grunge buscaban borrar la división entre artista y público. Los últimos lograron entrar en la MTV con los vídeoclips más oscuros de la historia. Alice in Chains grabaron uno en una tumba”, recuerda.

Rendición pop

Según la teoría de Reynolds, deberíamos estar a punto de volver a una etapa cruda, combativa, y anticomercial. Le comento que me parece improbable, ya que desde los 2000 vivimos una exitosa ofensiva corporativa, donde los logotipos comerciales han invadido festivales, salas de conciertos y la propia imagen de los grupos. “Es el gran problema de la música popular: ya nadie siente vergüenza por venderse al sistema. Un grupo íntegro de los años ochenta, pongamos Hüsker Dü, no se sentiría cómodo con la atmósfera cultural actual. Supongo que la mayoría de los artistas se han rendido y lo ven como la única forma de sobrevivir”, lamenta.

Después de pensar medio minuto, encuentra el ejemplo que buscaba para ilustrar su postura. “Piensa en aquel anuncio de Honda Civic que hizo MIA, supuestamente la artista más radical del pop actual. Lo normal es que su público lo encontrara extraño, disonante, ya que ella aspira a representar la cultura de los guetos del Tercer Mundo. Todos la ven como la versión femenina de The Clash para el siglo XXI. Cuando a alguien se le ocurrió preguntarle por aquello contestó que había accedido porque el Honda Civic es un coche barato, que compran muchos migrantes. Me parece una respuesta absurda, pero lo importante es que ya nadie se molesta por este tipo de cosas, ningún fan protesta o se siente decepcionado. The Clash y The Stooges también hicieron anuncios muy bien pagados”, recuerda.

La banda sonora del capital

Lo que explica Reynolds no es un proceso exclusivo del pop, sino con amplio alcance social. “El recorrido del arte contemporáneo ya anunciaba algo así. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, las grandes empresas estadounidenses se convirtieron en los mayores mecenas del arte de vanguardia. Disfrutaban decorando sus sedes con esculturas abstractas y murales futuristas. Este tipo de estética sintoniza con sus espíritu y además suele ser buena inversión económica. El arte contemporáneo representa mejor que nadie los valores de la América corporativa: dinamismo, solemnidad, innovación…El rock and roll siguió pronto ese camino, con The Jefferson Airplane sonando en anuncios en los setenta. La música pop y el arte moderno se convirtieron en inofensivos hace bastantes años”, admite en una sala de La Casa Encendida, donde participó en el festival Primera Persona.

La música popular ya no rompe esquemas, pero sigue sirviendo para comprender el tipo de mundo en que vivimos

Cuarenta años después, la música popular ya no rompe esquemas, pero sigue sirviendo para comprender el tipo de mundo en que vivimos. “Una imagen muy potente de la rendición de la cultura popular son esos planos donde miles de personas esperan nerviosas en la cola del casting de Operación Triunfo y Factor X, algunas totalmente autoengañadas sobre su talento, esperando ser ellas las que se salven del anonimato en vez de sus vecino. Es una postal muy sombría y al mismo tiempo real del sistema en que vivimos. El glam contribuyó en parte a esto porque cultivó intensamente el concepto de fama, que por definición es incompatible con cualquier cultura preocupada por la fraternidad. Naturalizar la desigualdad, que ya no cause rechazo en los medios ni en la cultura popular es la gran victoria ideológica de la derecha”.

Compromiso y contradicción

No se trata solamente de que la música popular haya perdido su filo político, tampoco parece capaz de desafiar a nadie. “En inglés, mi libro se llama ‘escándalo y temor’, en alusión a que muchos artistas glam hicieron sentir a la clase media anglosajona. Mucha gente se sentía amenazada por la imagen y las actitudes de David Bowie y de Alice Cooper, aunque practicaran una violencia fingida y una sexualidad teatralizada. Luego la cosa subió de voltaje con el punk, donde había violencia real en los conciertos, aunque fuera autoinfligida. Los chavales hacían pogo y Sid Vicious de los Sex Pistols se autolesionaba. Hoy en día ningún artista es capaz de provocar ese rechazo social”, señala.

A pesar de lo tristón del panorama, Reynolds no ha perdido interés en el pop, que aún le obsesiona bien pasados los cincuenta. “Sigue siendo una forma de arte significativo, precisamente por su capacidad de condensar contradicciones. Piensa en David Cameron, el ex primer ministro británico, que era capaz de admirar al mismo tiempo a Margaret Thatcher, The Smiths y la canción “Eton Rifles”, donde The Jam criticaban a las élites británicas a las que él pertenecía, incluso a la lugar preciso donde estudió. Algo parecido ocurre con el grime, la variante inglesa del hip-hop que suena cruda y violenta, muy popular en los barrios negros marginados. Si te paras a escuchar las letras, parecen sacadas de manuales corporativos de emprendizaje, con eslóganes del tipo “trabaja duro”, “nunca te rindas” y “aplasta a quien sea necesario para llegar donde quieres llegar”. Allí donde más duro golpea el capitalismo es donde más arraiga su ideología. El flanco débil del pop es que no exige compromisos, por eso no se puede tomar en serio políticamente. Su mejor cualidad es encarnar las disfunciones de la vida cotidiana”, concluye

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