entrevista a daniel gascón

"El golpe mostró que el Estado se defiende y que además le gusta a muchos catalanes"

El periodista y director de la revista Letras ha escrito un breve y contundente ensayo sobre el 'procés' y el independentismo catalán

Foto: Manifestación masiva convocada por Societat Civil Catalana contra la independencia de Cataluña en Barcelona el 29 de octubre de 2017. (EFE)
Manifestación masiva convocada por Societat Civil Catalana contra la independencia de Cataluña en Barcelona el 29 de octubre de 2017. (EFE)

El 'procés' catalán ha sido el mayor desafío a la democracia española contemporánea. Pero además de ser un fenómeno local, ha formado parte de un movimiento global que pone en duda el orden liberal, abunda en la propaganda y la posverdad y ha convertido la política en un gran “selfie”. Así lo cuenta Daniel Gascón (Zaragoza, 1981) en 'El golpe posmoderno' (Debate), un breve y contundente ensayo sobre el independentismo catalán -Gascón es un gran admirador de George Orwell y Christopher Hitchens, y se nota- en forma de quince lecciones que los demócratas pueden aprender de él.

PREGUNTA. ¿Por qué lo que sucedió en Cataluña en septiembre y octubre de 2017 es un golpe posmoderno, como dice tu libro?

RESPUESTA. Se produjo lo que Hans Kelsen, el gran jurista clásico, define como un golpe de Estado, el salto de una legalidad a otra. Pero no tuvo otros elementos que sí suelen tener los golpes de Estado, como la violencia más o menos explícita. Me parece que también es posmoderno por una ambigüedad que hemos visto en su desarrollo: era al mismo tiempo de verdad y de mentira. Si hubiera funcionado, habría sido imparable. Si no funciona, es negable. Es lo que hemos visto: como el mundo de la posmodernidad, incluso como en el mundo barroco, tiene algo de trampantojo.

'El golpe posmoderno' (Debate)
'El golpe posmoderno' (Debate)

P. Pero tú crees que es un golpe.

R. Sí, es un golpe con características particulares como, por ejemplo, el uso de las estructuras del Estado contra el Estado. O que los independentistas no hayan necesitado tomar los medios de comunicación porque ya eran suyos. Ha sido además un golpe a cámara muy lenta. ¿Cómo se cruza una línea roja de manera que no te puedan parar? Cruzándola muy despacio. Y así ha sido.

P. El libro está recorrido por una perplejidad: la prosperidad de España y el relativo buen funcionamiento de sus instituciones, incluso después de la crisis, nos habían hecho pensar que ya no viviríamos algo así.

R. Nos sorprende bastante que gente en un país próspero, con bastantes libertades y autonomía, se meta en esto y haga esta especie de gran defensa democrática, olvidándose de que tiene a la mitad de la población en contra. Pero esa misma prosperidad ha sido determinante para que, no en el desenlace pero sí en el momento en que estamos ahora, no hayan sucedido cosas peores. Ha permitido que la gente se involucrase un poco frívolamente, pero también que la situación no se haya desmadrado.

Daniel Gascón
Daniel Gascón

P. También está la manipulación del lenguaje por parte del nacionalismo catalán, la utilización de términos del antifranquismo como parodia posmoderna: los presos políticos, los exiliados, la represión…

R. Esa ha sido una de las cosas más interesantes y decisivas. El independentismo ha sido muy hábil colocando expresiones que muchas veces hasta los no independentistas usaban, utilizando el lenguaje y las asociaciones con el pasado de España como una mitología. Ha sido un lenguaje de hiperinflación que ha usado superlativos todo el rato: presos políticos, genocidios culturales… La conversación de internet lo ha fomentado: como ahora estamos en la economía de la atención, tienes que gritar mucho para que te oigan. Y no han sido los independentistas los únicos que han exagerado, aunque lo han hecho de manera constante. Por ejemplo, con los paralelismos: comenzaron diciendo que Cataluña era como Escocia, luego como Quebec, y ahora resulta que es como Kosovo. Acaba siendo un poco risible.

Cataluña ha sido el primer laboratorio del populismo de la posverdad. Con la ventaja de que contaba con su propia cadena de televisión

P. En el libro pones el independentismo catalán en el contexto de una crisis del orden liberal. Es la respuesta a una crisis no tan distinta del Brexit, la elección de Trump o la propaganda rusa.

R. Gabriel Colomé contaba el otro día en una entrevista que Cataluña ha sido el primer laboratorio del populismo de la posverdad. Con la ventaja de que no tenía ni que recurrir a Russia Today, el brazo de propaganda internacional ruso, porque contaba con su propia cadena de televisión. El populismo no ha funcionado en España nacionalmente e incluso Podemos ha ido cambiando su discurso. Pero sí lo ha hecho en la estrategia independentista, seguramente apoyada por el proceso de construcción nacional que hizo Jordi Pujol en los años noventa. Consiguió crear una sensación de unanimismo, un enemigo exterior que ni siquiera es España, sino algo difuso llamado Estado español.

P. Sin embargo esa estrategia basada en la posverdad también ha mostrado sus límites: puedes sacar a dos millones de personas a la calle a manifestarse, hacerles creer que es posible la independencia para Cataluña, pero lo cierto es que no puedes ir más allá de lo simbólico.

R. Esa es exactamente la idea del libro. Por eso es un golpe posmoderno. Los independentistas dicen: si hacemos una especie de revuelta de diseño, posmoderna, un Estado moderno no va a tener herramientas para defenderse. Se va a mostrar muy bruto, nos va a aplastar con violencia y la opinión pública internacional no lo va a tolerar. Pero hemos visto que el Estado moderno tiene más herramientas de las que pensábamos y la realidad es muy cabezona: la economía se resiente, y además estás en el orden liberal donde el respeto a la legalidad es fundamental, porque está conformado por países que se basan en leyes.

Concentración por la libertad de Oriol Junqueras en la prisión de Estremera. (EFE)
Concentración por la libertad de Oriol Junqueras en la prisión de Estremera. (EFE)

P. El cálculo del independentismo fue claramente erróneo.

R. En su libro 'Cataluña ante España', Xavier Vidal-Folch explica que el unilateralismo ilegal del independentismo catalán ha hecho que en Europa muchos nacionalistas que podrían simpatizar con sus reivindicaciones frenen su apoyo, y eso le ha aislado. Estos otros nacionalismos están negociando con sus gobiernos, pero no pretenden saltarse la legalidad. El mayor error es siempre creerte tu propia propaganda, como le ha pasado a una parte de los independentistas. Esto viene de una vieja creencia del nacionalismo catalán, que estaba ya en Prat de la Riba: la idea de que España es un Estado pero no una nación, y es uno que no podrá defenderse, porque no le gusta ni a los propios españoles. Tras lo sucedido ves no solo que el Estado se defiende, sino que incluso le gusta a muchos catalanes. Un Estado es muchas cosas: una compañía de seguros, el sistema de solidaridad entre clases y generaciones, pero también una máquina represora. Y los independentistas lo sabían, por eso querían crear el suyo. Pero es normal que te gane un Estado más fuerte que el que tú querías crear.

Un Estado es muchas cosas: una compañía de seguros, el sistema de solidaridad entre clases, pero también una máquina represora

P. Todo esto recubierto por algo que tú llamas el “kitsch” del procés. No es que no exista un “kitsch” español, o españolista, pero el independentista catalán lo ha mostrado de una manera evidente, con manifestaciones y símbolos que eran estetizaciones de lo que percibía como su propia bondad.

R. Ahí uso la idea del novelista Milan Kundera, que escribió mucho sobre el kitsch. La idea de que te emocionas contemplando tu propia belleza moral. Es algo que durante el procés hemos visto mucho, por ejemplo en esas performances en las plazas de los pueblos donde la gente se metía durante unas horas en cárceles figuradas en homenaje a los llamados presos políticos. Aunque en Cataluña se ha dado con más fuerza, creo que es un fenómeno contemporáneo, cierto emotivismo general que si levantáramos la cabeza puede que viésemos que es una corriente mayor. También en eso el independentismo catalán ha sido un adelantado. En muchas protestas colectivas, y en el comportamiento de mucha gente en las redes, se ve ese narcisismo moral. Sus manifestaciones eran como un gran “selfie”.

P. La ventana de oportunidad para una gran ruptura que se abrió con la crisis financiera se está cerrando o se ha cerrado del todo. No solo para el independentismo, sino también para cierta izquierda que se alió con el independentismo, de manera explícita o tácita, para cargarse el llamado régimen de 1978.

R. La alianza ocurre en un momento en que se considera que el proyecto de España está agotado. Como cuenta Fernando Vallespín, en la ruptura todo el mundo podía proyectar su utopía particular: pensar que tu república será feminista, más solidaria… Además la sorpresa por la alianza de la izquierda con el independentismo es absurda, porque ha sido algo constante, tanto en España como fuera. Pero no era solo un monstruo de dos cabezas: tenías al partido anticapitalista apoyando al más business-friendly, a los ateos con los más católicos. Una sociedad civil completamente cooptada. No sabemos cuánto tardará en llegar el reconocimiento de la realidad, en qué medida los independentistas se podrán seguir aferrando a los juicios, los supuestos exilios y los llamados presos políticos para negar lo evidente. Con un cierto optimismo, yo creo que esa situación cambiará y mucha gente se cansará al ver la imposibilidad de la independencia.

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