cuenta su vida en un libro

Carlos Magdalena, el asturiano sin carrera que se convirtió en el mesías de las plantas

Marchó de Gijón a Londres a buscarse la vida y acabó como conservador estrella del Real Jardín Botánico de Kew, el más importante del mundo, y milagroso salvador de las especies más acosadas

Foto: Carlos Magdalena en el Jardín Botánico de Madrid. (Daniel Arjona)
Carlos Magdalena en el Jardín Botánico de Madrid. (Daniel Arjona)

Una planta zombi es una planta que aún vive pero que no tiene esperanza, un muerto viviente, una especie de la que no quedan más ejemplares que se mantiene artificialmente viva mediante esquejes pero que no da semillas, que nunca se reproducirá, cuyo destino está sellado. En realidad, la Tierra en su conjunto podría estar cerca ya de ser un planeta zombi, al límite, mantenido en una gigantesca UVI tecnológica que agota cada día sus posibilidades de futuro. Pero la esperanza, a veces, más que abandonada, solo anda temporalmente en barbecho. Tal era la obsesión de Carlos Magdalena (Gijón, 1972) cuando logró en su trabajo en el Real Jardín Botánico de Kew, en Londres, reproducir milagrosamente la Rasmosmania rodriguesii -conocida como "café marrón"- una planta que se llegó a considerar extinta y de la que sólo existía un ejemplar. Y lo mismo cree que podremos lograr con nuestro mundo si nos ponemos las pilas. Lo cuenta en 'El mesías de las plantas' (Debate), un libro feliz sobre la vida, las plantas y por qué debemos quererlas tanto.

'El mesías de las plantas'. (Debate)
'El mesías de las plantas'. (Debate)

Magdalena me espera por la mañana en el Jardín Botánico de Madrid. La lluvia que anega la ciudad desde hace ya demasiados días para lo acostumbrado aquí fastidia el prometedor plan de recorrer este templo vegetal con uno de los grandes expertos mundiales en la materia, un Schindler de las plantas en peligro de extinción que llegó a Londres en los años 90 a trabajar como camarero, sin ningún tipo de formación universitaria, y que acabó recorriendo el planeta comandado por el Jardín Botánico de Kew, el más importante del mundo, para salvar todo tipo de plantas amenazadas. Así que nos refugiamos en la caldeada sala de los bonsais y le pregunto: ¿cómo lo hizo?

"A mí esto me viene en el código genético", nos cuenta, "me gustaban los animales y las plantas antes de tener conciencia siquiera de quién era yo. No tenía titulación pero absorbía como una esponja aunque claro, en España tú cuentas que algo te apasiona y se te da bien y nadie te da trabajo por eso debido a la 'titulitis' aguda que sufrimos. En Inglaterra no es igual, necesitas títulos, claro, pero allí premian más tus intereses y motivaciones, quieren saber sinceramente: 'a ver, ¿tú que puedes hacer para nosotros?'". Así que un buen día de enero de 2003, Carlos Magdalena se presentó a las bravas ante Ian Leese, el director de Kew, y le dijo: "Escuche, señor Leese, sé que sobre el papel mi currículum no impresiona mucho, pero sé también algo que no está escrito en él. Sé que necesito este lugar y que este lugar me necesita a mí. Dígame qué tengo que hacer". Leese se rió, admirado ante el desparpajo de aquel español que se expresaba con pasión en una inglés tan reducido y le ofreció un puesto de becario sin salario, que a su vez le permitió presentarse y ser aceptado en el curso de tres años del Jardín, el más exigente en horticultura que existe.

Obsesionado con no rendirse

Tres años después Magdalena ya era una pieza fundamental de aquel lugar tan complejo y gigantesco como delicado y había logrado salvar de la extinción, frente al escepticismo de sus jefes, aquel legendario "café marrón" originario de Isla Rodrigues, del archipiélago de las Mascareñas, dependiente de Mauricio, en el Índico. "Yo tenía habilidades, aunque no tantas como ellos aún, pero sí contaba con algo que a ellos les faltaba, la obsesión por no rendirme. Mientras tengas algo vivo, aún no se ha extinguido y, por lo tanto, nunca hay que aceptar la extinción. Pasó por ejemplo con el cóndor de California del que quedaban 17 ejemplares, la mitad de ellos muy viejos, de los que se decía que eran matemáticamente imposible de sacar adelante. Los grupos conservacionistas clamaban: 'Mejor dejadlos morir con dignidad'. Y, sin embargo, un grupo de entusiastas sin nada que perder los sacaron adelante. Lo mismo logré yo con el "café marrón".

Carlos Magdalena en el Jardín Botánico de Madrid. (Daniel Arjona)
Carlos Magdalena en el Jardín Botánico de Madrid. (Daniel Arjona)

Carlos Magdalena habla a toda velocidad, desgrana cifras, informes, lugares, especies, pasando de la ecología de poblaciones a la química, de la genética a la geografía, del ciclo del agua a la geopolítica. Y todo germina. Nos explica la mejor manera de practicar un esqueje, lamenta escandalizado cómo la política de reforestación española, que despliega oleadas de pinos y eucaliptus codificados genéticamente para generar fuegos y aniquilar a sus competidores, es una locura que desencadena incendios más devastadores cada año, y no deja pasar la oportunidad de mostrar su escepticismo ante el vegetarianismo. No en vano en las últimas y fascinantes páginas de su libro muestran cómo las plantas recuerdan -sin tener cerebro- y reaccionan a los contactos externos -sin disponer aparentemente de un sistema nervioso. Si las diferencias entre plantas y animales son más ilusorias de lo que nos creemos, ¿por qué podemos comernos a las primeras pero no a los segundos?"

En lugar de dejar de comer carne, podemos comerla mejor: buscar un mejor trato de los animales que comemos

"La sensibilidad de las plantas es una frontera a explorar. Se dice que nos son "seres sintientes" pero nosotros tenemos cinco sentidos y ellas tienen 14. Es cierto que la vida del ganado en las granjas industriales es terrible pero nuestra piedad por un cerdo en lugar de por una lechuga es claramente antropomórfica y no muy justificable. El contexto es esencial y, en lugar de dejar de comer carne, podemos comerla mejor: lo que habría que buscar es un mejor trato de los animales que comemos, que sean los más diversos, integrales y enraizados posibles en sus ecosistemas naturales".

El planeta está jodido, resume, amenazado por la demografía, la agricultura intensiva que evapora la biodiversidad y otras malas hierbas, pero el apocalipsis no es inevitable y, de hecho, él parece un tipo optimista, ansioso por volver manos a la tierra. "Tres de cuada cuatro medicinas que se descubren en la actualidad provienen de hongos, todo lo que comemos son plantas o cosas que comen plantas, los mayores fijadores del dióxido de carbono que acelera el cambio climático, conservadores del suelo y del agua son las plantas y, en fin, uno de los productos más consumidos y que mayores ingresos genera del mundo es el café que te has tomado esta mañana. La biodiversidad botánica y horticultura son esenciales para nuestra supervivencia y, lo más importante, en nuestro día a día, con grandes o pequeñas acciones, todos podemos ser 'mesías de las plantas'".

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