Entrevista a sabino méndez

Sabino: “Quien meta dinero en un banco porque lo diga un rockero es tonto”

Reedita ‘Corre, rocker’, libro clásico de memorias sobre los años ochenta

Foto: Loquillo y Sabino Méndez. (Efe)
Loquillo y Sabino Méndez. (Efe)
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Sábado por la mañana. Hotel de las Letras. Hace un día precioso en Madrid, pero Sabino Méndez (Barcelona, 1961) anda un poco cansado de la capital. “Debo de estar haciéndome viejo porque cuando paso más de dos días en el centro empieza a molestarme el ruido”, confiesa. Lleva ya una semana promocionando la reedición de ‘Corre, rocker. Crónica personal de los ochenta’ (2000), un espléndido libro de memorias, donde recuerda sus años salvajes como rockero letraherido, adicto a la heroína y pieza crucial de Loquillo y los Trogloditas.

Revisado ahora, ¿qué es lo que más le ha gustado de su título clásico? “Creo que fue un acierto que los muertos estén presentes. Tenía claro que no quería secuestrar su voz, sino dejar constancia de los vacíos. Muchos amigos murieron jóvenes, no se puede hablar por ellos, pero he conseguido que estén en la narración”, explica. ¿Algún pasaje que le haya chirriado? “Unos cuantos párrafos me producen sonrojo. Sobre todo, las que recogen la euforia de un chico joven que descubre el poder de la escritura. Sueno un poco pedante, proclamando cosas tipo ‘cómo mola escribir’ o ‘joder, qué bien están los libros’. Veinte años después es algo que me hace gracia, pero no lo he retocado porque hubiera arriesgado el equilibrio de todo el sistema”, apunta.

Diversión descerebrada

Ya en la primera página, aparecen frases magistrales, como la que describe La Movida como una época de “glamour y analfabetismo”. No se puede decir más con menos palabras. “En cierto modo, todas las épocas son así. Por ejemplo el momento actual, con el éxito de programas como 'Sálvame Delux'e. Incluso en las vanguardias europeas de principios del siglo XX, donde había artistas muy instintivos pero con muy pocos conocimientos. Cualquier tiempo pasado nos parece más culto de lo que era en realidad porque el relato lo suele hacer el más listo de cada generación”, señala.

Aprovecho para soltar la primera pregunta incómoda: ¿se pasó de frenada La Movida reivindicando la diversión descerebrada? “Usamos la frivolidad como arma para señalar que cierto ciclo estético había terminado. No depreciábamos a los cantautores, sino que señalábamos que ciertas herramientas ya no servían. Nosotros invitamos a tocar en un disco a Quico Pi de la Serra. También hicimos una versión de 'La Mala Reputación' de Georges Brassens, tomando la adaptación de Paco Ibañez. A Alaska y Los Pegamoides les interesaba Vainica Doble y a Nacha Pop les gustaba Aute, pero no sabían incorporarlos a su discurso. Lo que decíamos es que la utopía que perseguían esos cantautores ya se había esfumado. No queríamos una música tan plácida, nos tiraba más el ruido y los eslóganes provocadores para sacudir al público”.

Abrazo de la derecha

Nosotros nos negamos a subordinar nuestras canciones al programa de la militancia izquierdista

Respecto a La Movida, es curioso cómo ha cambiado la posición de la derecha respecto al fenómeno. En 1983, montaban escándalos cuando grupos como Las Vulpes cantaban en la televisión pública 'Me gusta ser una zorra'. En los noventa, el alcalde de Madrid Álvarez del Manzano negaba el valor artístico (y hasta la existencia real) de aquella explosión pop.

Pero algo fue cambiando y en 2005 Esperanza Aguirre reservó un millón de euros del presupuesto de la comunidad de Madrid para una exposición y un ciclo de homenajes. Además, la lideresa se hizo amiga de Alaska y Mario Vaquerizo. “Para mí Olvido es un ejemplo de coherencia. En los años ochenta ya era como es hoy. No ha ido cambiando de manera oportunista”, recuerda Méndez. En todo caso, no es solo ella: Loquillo se ha convertido en un hombre-anuncio que aparece en campañas de coches, bancos y cervezas. “Somos herederos del ideario de Malcolm McLaren, mánager de los Sex Pistols, que recomendaba robar al sistema todo lo que pudieras. Loquillo usa ese dinero para proyectos artísticos interesantes. Quien sea tan tonto para meter su dinero en un banco porque lo anuncie un rockero se merece todo lo que le pase y un poco más”, afirma divertido.

¿Cinismo o conformismo?

Pasada la media hora de charla, insisto en lo que me interesa: ¿entonces no se pasó de rosca La Movida proponiendo una militancia en la frivolidad? ¿No estamos ante una actitud tirando a cínica? “Quizá es una cuestión generacional. A quienes fuisteis jóvenes en los noventa os falta un dato clave. Es normal que, desde vuestra perspectiva, se vea La Movida como una oleada que arrasa con la politización extrema de los años setenta. No sabéis que llega un momento en que la militancia comunista llegó a un extremo exagerado, asfixiante, que impedía cualquier diversión de la juventud. Muchos cuadros del partido solo buscaban asegurarse una carrera y un puestecito. Aquel era un mundo ortodoxo y agobiante. Nosotros nos negamos a subordinar nuestras canciones al programa de la militancia izquierdista”.

Entonces, ¿no hay autocrítica sobre aquello? “Estoy de acuerdo en que tuvimos una reacción desmesurada contra la militancia política, pero en esa época veíamos que todas las luchas del hipismo habían desembocado en que un actor de serie B llegase a la Casa Blanca. En muchos sentidos, Ronald Reagan era peor que Trump y tenía acceso al botón nuclear en plena Guerra Fría”, recuerda.

Tirar a bulto

Nadie se dedica al rock and roll si está muy interesado en cambios sociales y políticos

No me conformo con la explicación, así que pido más detalles. ¿Rechaza de plano la acusación de cinismo? “Por definición, nadie se dedica al rock and roll si está muy interesado en cambios sociales y políticos. Es un trabajo para gente individualista y excéntrica, interesada en cosas absurdas como hacer ruido para remover al público. Más que cínico, diría que el rock and roll hay mucho conformismo político”, subraya.

¿Se acabaron, entonces, los reproches para Loquillo? “Si algo define al Loco es su habilidad para tirar a bulto. En una entrevista se mete con cien personas y siempre acierta con tres, como mínimo. Es como la frase de Groucho Marx, que recomendaba hablar mucho porque tarde o temprano dirás algo gracioso. En realidad, nosotros éramos marxistas de Groucho. Insisto en que la generación de los noventa no habéis sufrido a aquellos marxistas plúmbeos que te obligaban a leer ‘El Capital’. Seguramente, sin haberlo leído ellos, solo tirando de eslóganes. Nos dieron mucho la lata con la gravedad litúrgica de la política. No te dejaban ser joven, ni vivir la calle, ni ser homosexual porque eso te hacía vulnerable al chantaje de la policía. Cuando íbamos a tocar a un pueblo y hablábamos con un anarquista de la CNT todo iba fenomenal hasta que mirabas a su hija. Entonces se volvía el tipo más facha del mundo”, remata con un sonrisa.

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