en el teatro real

'Aída', una ópera morrocotuda: ¿morir por la patria o por amor?

El Teatro Real acoge hasta el 25 de marzo 17 funciones de este título verdiano coproducido con la Lyric Opera de Chicago y el Teatro Municipal de Santiago de Chile

Foto: Una imagen del montaje de Aída en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)
Una imagen del montaje de Aída en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)

Llega un momento en la representación de 'Aída' en la que sólo cabría esperar fuegos artificiales, elefantes montando en triciclo o cocodrilos haciendo malabares. Como si de una producción de Cecil B. DeMille se tratara, sobre el ostentoso escenario se suceden primero cantantes, pero luego bailarines, soldados, sacerdotes, odaliscas, obeliscos, pirámides, dorados, tules, colores, texturas mientras el coro clama "¡guerra y muerte al extranjero!", "¡exterminio al invasor!". Y el invasor es el ejército etíope que ya está a las orillas del Nilo, dispuesto a arrasar a las tropas del faraón de turno, subido a un trono de oro y aconsejado por un sacerdote avieso. Apabullante por su fastuosidad, por la abundancia y la escala de todos los elementos en escena y por ser una de las óperas más famosas de Verdi, 'Aída' vuelve al Teatro Real después de 20 años sin representarse, con una puesta en escena epatante y masiva a cargo —de nuevo— del argentino Hugo de Ana y la dirección musical del italiano Nicola Luisotti. ​

En un tiempo inconcreto, cuasi legendario, en el Antiguo Egipto —algunos estudiosos lo sitúan en el conflicto egipcio-etíope del siglo VIII a.C, cuando las milicias del nubio Pianjy llegaron hasta las puertas de Menfis—, al capitán de la guardia del faraón de Egipto, Radamés, le encomiendan la misión de frenar la invasión del ejército etíope en tierras egipcias, que se acerca peligrosamente a la ciudad. En caso de victoria, como trofeo, el faraón le ofrece al guerrero la mano de su hija Amneris, pero Radamés está secretamente enamorado de Aída, la esclava hija del rey de los etíopes, criada en la corte egipcia, lejos de su tierra. Y hete aquí la cuestión: pase lo que pase, Aída pierde. Y Radamés pierde. Porque o pierden a su amado o pierden su tierra.

'Aída' fue un encargo del virrey Isma'il Pasha, quien dejó a Egipto con tantas deudas que los ingleses aprovecharon para hacerse con el gobierno

'Aída' es la antepenúltima ópera que compuso Giuseppe Verdi, pero que ha acabado siendo una de las más representadas. Con casi setenta años y hastiado de los manierismos de la ópera francesa, Verdi escribió 'Aída' casi como por encargo —por no decir totalmente por encargo—. A finales del siglo XIX, con Egipto bajo la influencia del Imperio Otomano antes de que los ingleses tomaran el control de la zona, el virrey y jedive Isma'il Pasha, que presumía de gustos muy europeos, mandó levantar el Teatro de la Ópera de El Cairo, que se inauguró en 1868 con el 'Rigoletto' de Verdi. Como curiosidad, Pasha fue también quien mandó construir el canal de Suez y quien dejó a Egipto con tales deudas que los británicos aprovecharon que el Nilo pasaba por allí para hacerse con el gobierno, como quien no quiere la cosa.

La ópera de Verdi llega al Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)
La ópera de Verdi llega al Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)

En una época en la que los egiptólogos eran los aventureros de tierras exóticas que amenizaban las reuniones de las sociedades geográficas e históricas de las metrópolis, una de las estrellas era Françoise Auguste Ferdinand Mariette, el descubridor de templos como los de Apis o Serapis, a quien Pasha encargó la misión de convencer al mejor compositor del momento, es decir, a Verdi, para que escribiese una ópera glosando las glorias pasadas del Antiguo Egipto. Mariette le propuso la historia de la guerra contra Pianjy, que al principio iba a desarrollar el libretista Camille du Locle, pero como Verdi se negaba a volver a componer en otro idioma que no fuese el italiano, el tratamiento acabó en manos de Antonio de Ghislanzoni, que ya había trabajado con el compositor en 'La Forza del Destino' (1862).

El Teatro Real ha restaurado parte del arte que ha dormido durante dos décadas en las tripas del edificio

La nueva 'Aída' del Real, coproducida junto a la Lyric Opera de Chicago y el Teatro Municipal de Santiago de Chile, recupera parte del arte de la versión que estrenó hace veinte años, que ha tenido que pasar por restauración después de haber dormido durante estas dos décadas en las tripas del edificio, y combina los diseños de cartón-piedra —obeliscos, fuentes, hipogeos— y forillos pintados con proyecciones digitales de pirámides superpuestas, escondido todo al comienzo detrás de un impresionante telón de orfebrería que imita los jeroglíficos de las pirámides.

La espectacular escenografía de 'Aída' en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)
La espectacular escenografía de 'Aída' en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)

Y el vestuario, frente a producciones con un diseño más convencional como la de la Scala de 2006, juega con los desnudos, las texturas arcillosas y telas más vaporosas y sofisticadas con colores vivos y degradados. No es Wagner, es Verdi, pero 'Aída' lleva el concepto de arte total a la máxima expresión, con un cuerpo orquestal monumental, coros enfrentados, una escenografía grandilocuente —resulta impresionante el momento en el que, con medio centenar de personas sobre las tablas, el fondo del escenario se mueve hacia el patio de butacas—, números de danza y videoimpresiones móviles.

En este montaje participan casi 300 artistas

Una ópera morrocotuda, perdón por la expresión, en la que participan casi 300 artistas —sumando solistas, coro, orquesta, bailarines, actores— y en la que tres repartos se alternarán durante las 17 representaciones acogidas por el Teatro Real, con Liudmyla Monastyrska, Anna Pirozzi y Lianna Haroutounian reparténdose el papel de Aída; Violeta Urmana, Ekaterina Semenchuk y Daniela Barcellona como Amneris; Gregory Kunde, Alfred Kim y Fabio Sartori como Radamés; y Gabriele Viviani, George Gagnidze y Ángel Ódena, como Amonasro, el padre de Aída.

Otro momento de 'Aída' en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)
Otro momento de 'Aída' en el Teatro Real. (Javier del Real / Teatro Real)

Pero la intensidad de estas escenas multitudinarias contrasta con la intimidad de los momentos protagonizados por el trío amoroso de Radamés, Aída y Amneris, y por las momentos en los que un personaje aguarda mientras la acción ocurre en 'off'; sobrecoge especialmente el momento en el que el coro de sacerdotisas invoca a Ptah ocultas al otro lado de los bastidores —"Poderoso, poderoso Ptah, espíritu animador, del mundo, ¡ah!, ¡Nosotras te invocamos!"—. Sorprende también que una obra tan descomunal, por donde han pasado cientos de personas, acabe con una escena tan recogida, con sólo tres personajes en escena repartidos en el enorme decorado en el que la acción se reparte en dos planos.

Porque en 'Aída' Verdi vuelve a construir una ópera alrededor de un conflicto muy sencillo —y muy complicado de resolver—, que es la batalla entre lo que uno quiere, el deseo, y el deber. Para los tres personajes principales, el amor se interpone en su deber patriótico, en el amor a su pueblo. Porque, ¿qué es más loable, morir por la patria o por amor?

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios