'regreso a reims'

El libro que te hará reconciliarte con tu familia y tu pueblo (aunque seas comunista)

Un sociólogo trotskista se disculpa por el menosprecio a los votantes obreros del Frente Nacional

Foto: Detalle de portada de 'Regreso a Reims'
Detalle de portada de 'Regreso a Reims'

Pocos libros resultan tan cruciales para el actual debate sobre izquierda, clase social y burbujas culturales. Estos días se publica en España el catálogo de la editorial argentina Libros del Zorzal, una de cuyas joyas es 'Regreso a Reims', la autobiografía política que causó gran polémica en Francia. Se trata de un texto descarnado, que disparó el prestigio de Didier Eribon (1953), sociólogo de renombre y discípulo del influyente Pierre Bourdieu. ¿Sinopsis? Un adolescente de clase obrera se engancha a la Filosofía y consigue romper las barreras impuestas por el sistema educativo francés (una estructura rígida e hiperclasista). Al cumplir veinte años, se muda a París y decide cortar casi todos los vínculos con su entorno familiar. Influye un hecho particular, la condición gay de Eribon, que necesita tomar distancia del ambiente homófobo de cualquier población pequeña de Francia en los años sesenta.

Militante del trotskismo y de Mayo del 68, el sociólogo asiste con horror a la mutación social que lleva a su familia desde el voto comunista hasta apoyar al ultraderechista y xenófobo Frente Nacional. Como suele ocurrir, el fallecimiento de su padre, con quien nunca llegó a tener una verdadera relación, le hace lamentar la frialdad que dispensó a los suyos. Eribon usa el ensayo para disculparse, tanto en el plano político como en el humano.

Exaltar a los obreros para alejarse de ellos

Antes de la página cien, llega la primera confesión brutal: “Exaltaba la clase obrera para poder alejarme aún más de los obreros reales. Leyendo a Marx y Trotsky, creía estar a la vanguardia del pueblo. Pero en realidad estaba entrando en el mundo de los privilegiados, en su temporalidad, en su modo de subjetivación: el de los que los que disponen de tiempo para leer a Marx y Trotsky. Me apasionaba el Sartre, que escribía sobre la clase obrera, pero yo detestaba la clase obrera en la que estaba inserto, el ambiente obrero que delimitaba mi horizonte”.

'Regreso a Reims'. (Libros del Zorzal)
'Regreso a Reims'. (Libros del Zorzal)

Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, decían los déspotas ilustrados. Algo parecido les pasó a muchos hijos de obreros que tuvieron la oportunidad de acudir a la universidad. “Interesarme por Marx, por Sartre, era la manera que tenía de salir de ese mundo, del mundo de mis padres, imaginando, por supuesto, que era más lúcido que ellos sobre sus propias vidas”, reconoce.

Explotación desnuda

Al llegar a la madurez, Eribon se reprocha no haber sido consciente del enorme esfuerzo que hicieron sus padres para que pudiera estudiar. “En aquella época, ese rigor implacable que domina el mundo del trabajo en las fábricas casi no me preocupaba, si no era de manera abstracta: estaba demasiado fascinado por el descubrimiento de la cultura, la literatura, la filosofía, como para inquietarme por las condiciones de mi acceso a ella”. El autor no exagera: su madre trabajó en una cadena de montaje tapando frascos de vidrio. Su jornada de ocho horas se desarrollaba de pie y solo le permitían diez minutos de descanso por la mañana y otros diez por la tarde. El propio Eribon, a pesar de su juventud, acabó extenuado el verano que trabajó en condiciones similares.

Su madre soportaba doble jornada laboral, mientras el padre se iba los viernes de bares, volviendo a casa uno o dos días después

Ahora lamenta su actitud. “La palabra ‘desigualdad’ me parece un eufemismo, que le quita el carácter de realidad de lo que realmente es: la violencia desnuda de la explotación. El cuerpo de una obrera, cuando envejece, muestra, ante todas las miradas, la verdad de la existencia de las clases”, señala. Por si fuera poco, su madre soportaba doble jornada laboral, mientras el padre se iba los viernes de bares, volviendo a casa uno o dos días después. “Ella nunca estuvo enamorada”, recuerda. “Al poco tiempo de casados, ya no le unía a su marido más que un sentimiento de constante hostilidad”. El texto también funciona como recordatorio del machismo de los ambientes obreros franceses de la época, incluyendo los más rojos.

Abandono popular

Cuando Eribon se incorpora a la vida universitaria, comienza a sentir vergüenza por sus orígenes familiares, que oculta en lo posible a sus compañeros burgueses. La brecha con los suyos crece cuando descubre que han cambiado el voto comunista por el del Frente Nacional. Comienza a sentir rechazo a los barrios populares de Reims, que han cambiado el eje ‘obreros contra patrones’ por el de ‘franceses contra extranjeros’.

Didier Eribond. (Fayard)
Didier Eribond. (Fayard)

Con el paso del tiempo, sin cambiar de posición política, reconoce que en los juicios sumarios que dedicaba a su familia y su barrio había un elemento clasista. También admite que su padre, casi analfabeto, acertó en muchos análisis. “Se dice que cuando Marcel Jouhandeau -un escritor católico- vio pasar una comitiva de estudiantes durante Mayo del 68 les gritó ‘¡Váyanse a sus casas! ¡En veinte años todos serán notarios!’ Más o menos, eso es lo que mi padre pensaba o sentía, aunque por razones diametralmente opuestas. Y fue justo lo que sucedió. Quizá no notarios, pero sí notables, instalados política, intelectual y personalmente, al término de trayectorias en general pasmosas, en la comodidad del orden social y la defensa del mundo real tal cual es”, afirma.

Los izquierdistas esnobs, etiqueta en la que Eribon se incluye, tuvieron parte de culpa en el ascenso del partido de Le Pen. “Por más paradójico que pueda parecer, estoy convencido de que el voto por el Frente Nacional se puede interpretar, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una identidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían defendido y representado en el pasado”, afirma.

¿Qué podemos aprender?

El conflicto está bien explicado por el ensayista alemán Raúl Zelik. “El libro de Eribon tuvo un eco tan grande porque su historia personal podría haber sido descrita de manera similar en muchos otros países. En la Austria de hoy, el partido ultraderechista FPÖ es, con diferencia, el partido más votado por la clase trabajadora. La racista Alternativa por Alemania llegó al 30% en algunos de los barrios más humildes de Magdeburg, Halle o Berlín. Y en Estados Unidos fue el cinturón del acero, duramente golpeado por la reconversión industrial, el que decidió las elecciones presidenciales de 2016 en favor de Donald Trump. Aunque el multimillonario racista, sexista y especulador -a diferencia de lo que informaron muchos medios- siguió obteniendo los mejores resultados entre personas con ingresos medios-altos, el avance electoral de la derecha republicana fue más fuerte entre la clase obrera”, señala.

Algunos defienden que la constitución de Podemos fue una estrategia de ascenso social de jóvenes de clase media sin perspectivas

El problema es conocido. “Tanto la izquierda parlamentaria como la movimentista prevalecen las clases medias académicas que se identifican más con la vida hipster que con la periferia urbana o rural”, señala Zelik. Se reseña recoge las críticas más crudas a los partidos del cambio: “Algunos críticos han defendido incluso que la constitución de Podemos puede ser interpretada como una estrategia de ascenso social de jóvenes de clase media que, a pesar de su formación profesional, ya no podían acceder a puestos de dirección de manera regular”. Seguramente se le ha pasado por la cabeza a más de uno.

Arrogancia roja

Eribon concluye que hemos asumido con demasiada naturalidad la relación entre los barrios pobres y el apoyo a la izquierda. En su época de máximo esplendor, el Partido Comunista Francés solo recogía un treinta por ciento de los votos de barrios populares, más o menos la misma proporción de obreros que optaba por la derecha. Las relaciones políticas no son algo natural, sino construido. El autor se atormenta por la actitud que mostró hacia su entorno, sobre todo respecto a sus dos hermanos pequeños. “Hoy me encuentro enfrentado a estos interrogantes. ¿Y si me hubiera interesado por ellos? ¿Si los hubiera ayudado en su escolaridad? ¿Si hubiera intentado que les gustara la lectura?”, lamenta. “¿Debería haberme dado cuenta de que un milagro como ese podría volver a producirse y que sería menos improbable que lo hiciera si ya había sucedido para alguno de nosotros, y que este último -¡yo!- podría transmitir a los que seguían todo lo que había aprendido, así como también el deseo de seguir aprendiendo?” Medio siglo después de Mayo del 68, gran parte de los militantes de la izquierda española siguen llamando “fachas”, “machirulos” y “cuñaos” a quien discrepa de alguna de sus posturas.

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