conferencia ‘La voz pública de las mujeres’

¿Homero machista? La misoginia de hoy nació en la Antigüedad (según Mary Beard)

La editorial Crítica publica en nuestro país ‘Mujeres y poder. Un manifiesto’, que recoge dos conferencias de la intelectual británica

Foto: Mary Beard, en una imagen de archivo. (EFE)
Mary Beard, en una imagen de archivo. (EFE)

Tres años antes del nacimiento del movimiento #MeToo, que promueve la denuncia y condena del acoso sexual, la académica británica Mary Beard pronunció una conferencia titulada ‘La voz pública de las mujeres’. En ella, la historiadora galardonada con el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales habló sobre la costumbre de silenciar a las mujeres y de cómo esta formaba parte de unos mecanismos “profundamente intrincados” en la cultura occidental. Y para asentar su tesis, Beard recurrió a una de las materias en las que es experta, la literatura clásica de Grecia y Roma. Pero también a la política actual, los 'trolls' y el lenguaje con el que aprobamos o condenamos ciertas conductas dependiendo del género del sujeto.

Los planteamientos y las conclusiones de la autora británica en aquella conferencia son hoy aún más importantes que cuando fue pronunciada, porque propone interesantes puntos de vista sobre la presencia de la mujer en la esfera pública y su relación con el poder. Dos asuntos de plena actualidad sobre los que podemos leer y reflexionar en ‘Mujeres y poder, un manifiesto’, el libro que la editorial Crítica ha publicado en nuestro país y que recoge las dos ponencias que Beard ha pronunciado recientemente al respecto.

“Madre mía, vete adentro de la casa y ocúpate de tus labores propias, del telar y de la rueca. El relato estará al cuidado de los hombres, y sobre todo al mío. Mío es pues el gobierno de la casa”. Estas palabras, que Homero pone en boca de Telémaco en la 'Odisea', son el primer ejemplo documentado de la Historia en el que un hombre le dice a una mujer que guarde silencio. Para la autora, tal y como lo plantea Homero “una parte integrante del desarrollo de un hombre hasta su plenitud consiste en aprender a controlar el discurso público y a silenciar a las hembras de su especie".

Portada del libro publicado por Crítica.
Portada del libro publicado por Crítica.

A través de un punto de vista "amplio y distante", Beard propuso primero a su audiencia y ahora a sus lectores un análisis sobre la relación culturalmente complicada "entre la voz de las mujeres y la esfera pública de los discursos". Y reconoce que con ese enfoque espera que la sociedad pueda superar "el simple diagnóstico de la 'misoginia' al que recurrimos con cierta indolencia, pese a ser, sin duda alguna, una forma de describir lo que ocurre".

Para la académica británica, el arrebato de Telémaco no fue más que el primer caso de una larga lista de "fructuosos intentos no solo por excluir a las mujeres del discurso público, sino también por hacer ostentación de esta exclusión". Y aclara que también queda constancia, en contados textos clásicos, de mujeres que sí podían alzar la voz en público. Aunque para describirlas, los autores las encasillan en tres perfiles bien claros: las mujeres andróginas, las descaradas que ladran y gruñen (la gracia del habla no era para ellas) y aquellas que únicamente hablan sobre temas de mujeres. Perfiles tratados con desprecio por los hombres, cuya masculinidad como género venía definida por su discurso público y su oratoria, prácticas y habilidades con las que solo ellos contaban.

La voz de las mujeres

Los límites del discurso público de las mujeres no se quedaban solo ahí, y Beard también señala "el énfasis de la literatura antigua" sobre la autoridad de la voz grave masculina en contraste con la femenina. Según la autora, mientras algunos tratados enunciaban de forma explícita "que una voz aguda es indicativo de cobardía femenina", otros insistían en señalar que el tono y el timbre de las mujeres "amenazaba con subvertir no solo la voz del orador masculino sino también la estabilidad social y política".

Con estos precedentes no resulta extraño comprobar, en pleno 2018, que la tradición del discurso de género sigue vigente porque, tal y como señala la intelectual británica, "las técnicas de retórica y persuasión modernas formuladas en el Renacimiento", esas que forman parte de las tradiciones de debate y discurso público actuales, "se inspiraron indiscutiblemente en los discursos y manuales antiguos".

Captura de un tuit recibido por Mary Beard.
Captura de un tuit recibido por Mary Beard.

El lenguaje y los 'trolls'

Tras los impedimentos, las críticas y el encasillamiento del discurso público de las mujeres, quedan las reacciones a este. Y ahí también hay actitudes y prejuicios profundamente arraigados en nuestra "cultura, en nuestro lenguaje y en los milenios de nuestra historia". Porque cuando una mujer defiende una cuestión en público es habitual que sus discursos sean calificados de "estridentes" y su forma de hablar sea interpretada como un "gimoteo" o "lloriqueo". Descalificaciones que, para Beard, "apuntalan una expresión que sirve para despojar de autoridad, fuerza e incluso humor a aquello que dicen las mujeres". Algo impensable en el discurso de un hombre, para el que su autoridad reside en las "connotaciones de profundidad que aporta" su voz grave.

La exposición pública de Beard, a través de entrevistas en medios de comunicación o de su perfil en la red social Twitter, la ha llevado a experimentar de primera mano cómo las cuestiones de voz y género en el discurso público también están presentes en la hostilidad que circula por la red y en aquellos que la propagan, los 'trolls'. Para la experta en el mundo clásico, los insultos sexistas y los ataques a los perfiles femeninos son "una manera despiadada y agresiva de mantener a las mujeres fuera del discurso masculino". Unos patrones que para la autora encajan en las mecánicas propias del pasado y a las que "irónicamente, la bienintencionada solución que se recomienda a las mujeres ante semejantes improperios provoca el resultado que buscan los autores de los mismos: su silencio".

Para corregir estas actitudes, Beard propone "analizar las fallas y fracturas que subyacen en el discurso masculino dominante", porque aunque la cultura clásica es "en parte responsable de nuestras arraigadas convicciones de género en lo relativo al discurso público, también es cierto que algunos antiguos eran mucho más analíticos que nosotros en cuanto a estas convicciones". Y plantea la necesidad de esclarecer qué entendemos por "voz de autoridad" y "cómo hemos llegado a crearla".

Angela Merkel y Hillary Clinton, en una imagen de 2011. (EFE)
Angela Merkel y Hillary Clinton, en una imagen de 2011. (EFE)

Usurpadoras en pantalón

En su segunda conferencia, pronunciada en marzo de 2017, la escritora y pensadora se centra en las mujeres que han llegado al poder. "Mi premisa fundamental", explica, "es que nuestro modelo cultural y mental de persona poderosa sigue siendo irremediablemente masculino". Las razones para que esto suceda son dos: la fuerza del estereotipo cultural asociado al poder y los modelos masculinizados que existen de mujeres que sí ostentan ese poder. Mujeres como Hillary Clinton o Angela Merkel que se suman a la "convención del traje pantalón", según Beard, por dos razones: el "rechazo a convertirse en un maniquí, destino de muchas esposas de políticos" o "una táctica para que las mujeres parezcan más viriles y así puedan encajar mejor en el papel del poder".

Esta adaptación al entorno masculino también es trasladable a los aspectos de la retórica, y aquí Beard pone como ejemplo a Margaret Tatcher. La dama de hierro "reeducó su voz, demasiado aguda, para darle el tono grave de autoridad que sus consejeros creían que le faltaba", explica la intelectual, para posteriormente añadir que "este tipo de tácticas contribuye a que las mujeres sigan sintiéndose excluidas, imitadoras de papeles retóricos que no perciben como propios". Roles que, además, gracias al mito griego del "incuestionable desastre que provocan las mujeres cuando ejercen la autoridad", llegan marcados por la percepción de usurpación que muchas veces se produce ante una mujer poderosa porque "son usurpadoras, no usuarias del poder".

Trump, convertido en Perseo sujetando la cabeza de Hillary Clinto, Medusa.
Trump, convertido en Perseo sujetando la cabeza de Hillary Clinto, Medusa.

La referencia inevitable es aquí Medusa, uno de los símbolos más potentes de la Antigüedad sobre los peligros destructivos que implicaba el ascenso al poder de una mujer. La cabeza decapitada de una mujer, convertida en una criatura monstruosa tras ser violada por Poseidón, sigue siendo, hoy en día, el símbolo cultural de oposición al poder de las mujeres. Y queda constancia de ello en la red, con la superposición de la cara de Merkel en la imagen que Caravaggio pintó de Medusa. Pero también en las últimas elecciones estadounidenses, en que los partidarios de Donald Trump vendieron imanes, camisetas y demás parafernalia con su candidato representando a Perseo, con la cabeza de Medusa-Clinton en su mano izquierda. La evidencia de "hasta qué punto está integrada la exclusión de las mujeres del poder", según razona Mary Beard.

"Si no percibimos que las mujeres están totalmente dentro de las estructuras de poder, entonces lo que tenemos que redefinir es el poder, no a las mujeres", razona Beard antes de sugerir la necesidad de considerar el poder de una forma distinta. "Significa separarlo del prestigio público, significa pensar de forma colaborativa, en el poder de los seguidores y no de los líderes, significa, sobre todo, pensar en el poder como un atributo, e incluso como verbo (empoderar), no como una propiedad".

Por último, y a modo de epílogo, la autora señala que desde que pronunció ambas conferencias ha tenido la oportunidad de comprobar que "no es solo que las mujeres tengan más dificultades para triunfar, sino que se las trata con mayor severidad si alguna vez meten la pata". Y añade que "si escribiera de nuevo este libro desde el principio", dedicaría más espacio a defender "el derecho de las mujeres a equivocarse", por lo menos "de vez en cuando". Algo para lo que reconoce que no cuenta con un paralelismo en Grecia y Roma, pero de lo que hay suficientes ejemplos en la actualidad. Y si no que se lo digan a cualquier mujer que se dedique a la política.

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