hasta el 18 de febrero

¡A la caza del vecino! El perverso encanto de los linchamientos

El Teatro Pavón Kamikaze estrena 'Escenas de caza', una obra con dramaturgia de María Velasco y dirección de Alberto Velasco que reflexiona sobre el peligro de la masa enfurecida

Foto: Un momento de 'Escenas de caza'. (Teatro Pavón)
Un momento de 'Escenas de caza'. (Teatro Pavón)

Dicen que grano no hace montaña y vale que un canto no hace lapidación, pero ayuda. Qué cálido está uno al abrigo de la masa enfurecida, cuando las culpas se disuelven y las identidades se desdibujan. Qué bien sienta rascarse el picor al frente de la turbamulta. La belleza de la destruir, al igual que la de construir, pero siempre más a mano. Da igual ser el presentador de una gala que no ha gustado, el "azote troll de la izquierda" o una tuitera con un sentido del humor cuestionable; todo el mundo es susceptible de acabar en el centro de una pira virtual. El próximo podría ser usted.

En su película de 1968, 'Escenas de caza en la Baja Baviera', el director alemán Peter Fleischmann meditaba sobre el fascismo escondido en el ciudadano de a pie, el hombre común y corriente que, cuando se junta con otro hombre común y corriente, y otro, y otro, y se deja arrastrar por la enajenación colectiva, se convierte en un cazador sádico, no por necesidad, sino por disfrute, aunque lo recubra de indignación moralista. Lo hacía a través de la historia de Abram, un joven que vuelve a su pueblo natal y del que sus vecinos sospechan que es homosexual. Lo que empieza con pequeñas pullas y reproches, va escalando en una espiral descontrolada hasta acabar perseguido por un tumulto que intenta "darle caza" en un bosque cercano. Si son lectores asiduos de la prensa diaria, seguro que no les suena de nada.

Un momento de 'Escenas de caza'. (Pavón Teatro Kamikaze)
Un momento de 'Escenas de caza'. (Pavón Teatro Kamikaze)

Da igual la Baja Baviera de finales de los sesenta que la España de 2018. ¡Lo que nos sigue gustando un linchamiento! No hace falta romperse mucho la cabeza, nada demasiado tremebundo; la chispa del boicot no necesita de enjundia. Por eso, el actor, director y dramaturgo Alberto Velasco y la directora María Velasco han traído al aquí y ahora las 'Escenas de caza...' de Fleishmann y las ha convertido en la segunda obra de la compañía Malditos —con la primera, 'Danzad malditos', consiguieron el Premio Max al Mejor espectáculo revelación—, que permanecerá en el Teatro Pavón Kamikaze desde este martes hasta el 18 de febrero.

Todo surgió hace alrededor de cinco años, aunque ni Alberto Velasco ni la compañía —que ni siquiera estaba formada— lo sabían. Un artículo en la revista 'El asombrario'. Una historia sobre la persecución homosexual en una comunidad rural de la Alemania post-nazi. Después de un año trabajando en laboratorio sobre una adaptación de 'El ángel exterminador' para el Teatro Español, pero justamente el propio ​Español estaba trabajando... en una adaptación de 'El ángel exterminador'. En medio de un gabinete de crisis con su compañía a Velasco se le encendió la bombilla. "Por aquel entonces estaba muy presente el caso de La Manada, también lo de Diana Quer, así que de repente me acordé del artículo que había leído en 'El asombrario' sobre 'Escenas de caza en la Baja Baviera' y se lo planteé al resto de la compañía", recuerda Velasco. "Y pasó como con 'Danzad Malditos', que hubo algo muy especial, porque todo el mundo se sentía identificado en cierta manera". "Y, como dijo Valle-Inclán, el teatro es un espejo deforme de la realidad, pero un espejo al fin y al cabo". Un espejo genialmente labrado, punzante y que encoge la víscera, en este caso.

Otro momento de la obra, con dramaturgia de María Velasco y dirección de Alberto Velasco. (Pavón Kamikaze)
Otro momento de la obra, con dramaturgia de María Velasco y dirección de Alberto Velasco. (Pavón Kamikaze)

En 'Escenas de caza', Abramm vuelve a su pueblo, del que salió largo tiempo atrás. Lo hace en plenas fiestas patronales, en medio del rito y la juerga, de los excesos etílicos y de la exaltación del terruño. Le cuentan que el pueblo ha cambiado mucho, que ahora hay asfaltado y farolas. Le cuentan que el pueblo no ha cambiado nada, que todo siempre sigue igual. Abramm sonríe, calla y observa. Pero ¿por qué se fue? ¿Por qué ha vuelto? "Si has vuelto es que ha sido a la fuerza", le espetan en un momento. Empiezan los rumores, los chismorreos, la bola se va haciendo más grande y las suspicacias van alimentando el hambre de ajusticiamiento. De algo huye, algo oculta, siempre fue raro, ¿le gusta la carne o el pescado?

Con una puesta en escena poderosísima, sorprendentemente concisa y efectiva, 'Escenas de caza' no deja títere con cabeza: "Todos somos en parte víctimas y verdugos. Lo que quiero es que la gente sienta que, cuando es testigo de algo así, no puede quedarse callada". Está el personaje cuñado, que todo lo sabe, y que construye su ideología a base de prejuicios: "Primero vinieron los gitanos pidiendo viviendas sociales, luego los moros pidiendo una mezquita, luego los homosexuales pidiendo sus derechos, y luego los de las bicis pidiendo un carril". Humor, que no falte. También el que tiene miedo de todo y piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y el que inventa rumores como quien colecciona dedales. Y el que se sube al carro. Y el que parece amigo, pero en realidad no lo es. Caldo de cultivo perfecto para una cacería.

Otro momento de 'Escenas de caza'. (Pavón Kamikaze)
Otro momento de 'Escenas de caza'. (Pavón Kamikaze)

Escudados en la superioridad moral que da la tradición, la normalidad, la media, los personajes juzgan los comportamientos de Abramm con una vara mucho más rígida que la suya propia. Volcar sus miedos, sus frustraciones en el otro "tiene un efecto catártico". "Lo peor es la falsa moral, es lo más peligroso, porque criticas en el otro lo que tú mismo haces en privado. "Asusta mucho lo que tiene de aleatorio. Por ejemplo, si naces negro albino en medio de África serás perseguido, mientras si naces en medio de Nueva York eres lo más 'cool'". Linchar siempre ha estado de moda, mucho antes de las redes sociales. Precisamente la obra comienza con un monólogo que explica la etimología de la expresión "chivo expiatorio": una vez al año, en la fiesta de la Expiaciones, los rabinos elegían un chivo sobre el que hacían recaer todos los pecados del pueblo de Israel. "Es algo como genético, que se pasa de generación en generación. Lo que pasa que antes te hacían 'bulling' en el colegio y cuando llegabas a casa se acababa. Ahora, con las redes sociales te persigue a casa. Además, no hace falta que hayas hecho algo malo. A la gente le gusta volcar sus propias miserias sobre los demás".

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