Qué tiempo tan feliz

Primavera Sound, FIB y Mad Cool han envejecido peor que María Teresa Campos

La nostalgia grunge, indie y britpop coloniza una oferta pobre y previsible

Foto: Festival primavera Sound en Porto, Portugal, el pasado verano. (EFE)
Festival primavera Sound en Porto, Portugal, el pasado verano. (EFE)

Ya es oficial: nos hemos convertido en nuestras abuelas. Hace años que la dinámica es conocida, pero en la temporada 2017/2018 se ha vuelto pornográfica. Me refiero a que el trapicheo de nostalgia de los festivales de verano se ha convertido en algo indistinguible de 'Cuéntame' o 'Qué tiempo tan feliz'. Gabi Ruiz, dueño del Primavera Sound, es lo más parecido a María Teresa Campos que ha tenido la cultura hipster en España. Ejerce de jefe de pista de un circo pop que, durante un fin de semana largo, nos vende la fantasía de que volvemos a los noventa, tenemos veintipocos años y miramos la vida con infinito optimismo.

Una vez allí, plantados delante del escenario, llegan los conciertos sonrojantes de The Breeders, los fallos de sonido que sabotean a My Bloody Valentine y el trote soporífero con el que Los Planetas repasaron en 2013 su clásico ‘Una semana en el motor de un autobús’. Sus fans se iban desfilando a otros escenarios en constante goteo, mientras ellos ofrecían un concierto sin sangre, a la espera de un cheque que multiplicaba por cuatro su caché habitual. ¿Alguien espera algo diferente para 2018? Somos, insisto, como la veterana audiencia de la Campos: si la música no da la talla, nos entretenemos comentado cómo ha envejecido tal artista o con qué novia solíamos escuchar aquel disco legendario. Por cierto, ya debemos de estar a punto de que algún Alcántara se acerque a sala Maravillas de Madrid para vivir los comienzos del grupo granadino.

Pop-rock de parque temático

En realidad, la novedad más deprimente de la temporada se llama Mad Cool. Trasladado a un recinto mayor, el Parque Juan Carlos I de Madrid, ofrece un parque temático para los miembros la llamada Generación X, aquellos cachorros occidentales obsesionados con la autenticidad. Nos hipnotizaban las depresiones del suicida Kurt Cobain, la rabia de los grupos de gangsta-rap y el descarnado intimismo de rockeras confesionales como PJ Harvey. ¿En qué ha quedado todo aquello? Poniéndonos generosos, Mad Cool ofrece una romería consumista, repleta de zonas VIP y centrada en lo más rancio de aquellos años. Tenemos la solemnidad oscura de Depeche Mode, el exhibicionismo sentimental de Pearl Jam y la electrónica para ambientar espacios cool de Massive Attack. Nos gusten más o menos los cabezas de cartel, hace tiempo que no tienen nada que ofrecer.

Mad Cool ofrece una romería consumista, repleta de zonas VIP y centrada en lo más rancio de aquellos años de la Generación X

Mi impresión de la “generación alternativa”, en la que milité con entusiasmo, no es precisamente positiva, pero tengo claro que el festival madrileño presenta una versión reduccionista, donde apenas cabe el hip-hop, ni abundan las mujeres, ni se abrirá jamás la puerta a ningún artista cuya música no se inspire en la tradición de Estados Unidos y Gran Bretaña. Irónicamente, la cultura dominante en los años “progres” de Bill Clinton y Tony Blair no anda tan lejos de la lógica de Donald Trump. El actual presidente sueña con poner un muro que le separe de los migrantes y con recuperar la centralidad del hombre blanco anglosajón. Tanto Primavera Sound como Benicàssim y Mad Cool están diseñados a medida de cuarentones blancos anglófilos que hoy disponen del dinero para disfrutar de la música que no podían pagar cuando eran universitarios. Solo piden un fugaz baño de felicidad en el pasado, que para muchos exige ahorrar durante todo el año.

El turismo es un gran invento

En este sentido, es curiosa la trayectoria del Festival Internacional de Benicàssim. Arrancó como un intento de poner al día la oferta de conciertos pop en España. Hoy nadie se engaña sobre su naturaleza, que consiste en ofrecer un paraíso cool a veinteañeros británicos de juerga etílica. Durante los últimos años de la década de los 2000, lo que más aterraba a la organización era que cuajase el chascarrillo de que “FIB” eran las siglas de “Festival de Ingleses Borrachos”. Situado a pocos kilómetros de Marina D’ Or, ha terminado de contagiarse por completo de las dinámicas de la “ciudad de vacaciones”, anunciada por Anne Igartiburu. De hecho, es fácil imaginar a chavales de Manchester o Sheffield estrenándose este año en el festival y encontrar que siguen yendo a veranear con cuarenta años en la costa levantina, acompañados de dos niños pequeños. Tanto Benicássim como Marina D’ Or se basan en poner la oferta cultural local al servicio de los europeos que ganan más que nosotros.

Existe un pacto entre cuarentones que presumen de haber vivido una era dorada del pop y jovencitos deslumbrados, sin gran nivel de exigencia

Hace mucho que nadie espera riesgos ni sorpresas en la confección del cartel. Como mucho, que alguno de los programadores cuele un par de delicatessen en cuatro días de música. Sólo se trata de hacer la máxima caja posible, apostando sobre seguro para satisfacer a un un público que suele llegar contento ya a la puerta de entrada. No es algo tan lejano al turismo de Magaluf y Lloret de Mar. Nadie busca rupturas estéticas, transgresión sonora ni desafío social. Más bien existe un pacto entre cuarentones que presumen de haber vivido una era dorada del pop y jovencitos deslumbrados, sin gran nivel de exigencia. Con el paso de los años, los últimos se van dando cuenta de que Black Rebel Motorcycle Club son una mala copia de The Jesus And Mary Chain, que Interpol y Editors simplifican los logros de Joy División y que Kasabian no pasan de sucedáneo de Oasis (que a su vez son sucedáneo de cierta etapa de The Beatles). Benicássim nos sirve el equivalente pop a las copas de garrafón. Este año las primeras estrellas son The Killers, grupo predilecto de la derecha española, algo así como una versión cool de los Eagles.

Nostalgia de lo no vivido

En realidad, todos conocemos las razones de este chaparrón melancólico-vintage. La principal, explicada por el crítico británico Simon Reynolds, es el culto a la retromanía. El pop-rock anglosajón, que funciona a todo trapo desde los años sesenta, no encuentra ya nada nuevo que ofrecer a su público. Por eso ha decidido montar su escaparate de novedades a base de fotocopias de su glorioso pasado, desde la Velvet Underground a The Stone Roses, pasando por la interminable academia de alumnos de Bob Dylan. Podemos hacer también una lectura sociopolítica: el futuro económico es tan negro, debido a la creciente incertidumbre y desigualdad, que resulta reconfortante refugiarse en cualquier tiempo pasado. Incluso para los jóvenes hipsters que sufren de “nostalgia de lo no vivido”.

Esta apuesta por lo ‘retro’ sigue siendo comercialmente rentable, pero artísticamente estéril y desastrosa

Esta apuesta por lo ‘retro’ sigue siendo comercialmente rentable, pero artísticamente estéril y desastrosa. De hecho, no resulta extraño que la música latina -reguetón, cumbia, salsa, bachata, electrolatino…- se esté haciendo dominante en el planeta pop. Ni que las guitarras vayan perdiendo fuelle frente a los discjockeys de la generación EDM (Electronic dance Music) y posteriores. El grupo más interesante de los carteles cool de este año son Gorillaz, precisamente porque beben del pop caribeño y otros ritmos negros. ¿La triste conclusión? Los dueños de festivales se llenan los bolsillos pero no aportan nada relevante al pop. Están muy bien como están, imitando la lógica de María Teresa Campos.

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