Sijena: Charnegos, murcianos y malos catalanes: la chusma que acabó con Sijena. Noticias de Cultura
del rescate al expolio

Charnegos, murcianos y malos catalanes: la chusma que acabó con Sijena

Milicianos izquierdistas quemaron el convento de Sijena en el 36. La Generalitat, que rescató las pinturas y nunca las devolvió, acusó al 'populacho' charnego de los expolios durante la guerra

Foto: Obras para arrancar los murales de Sijena durante la Guerra Civil. (MNAC)
Obras para arrancar los murales de Sijena durante la Guerra Civil. (MNAC)
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Milicianos llegados de Cataluña prendieron fuego al monasterio de Sijena a finales de julio de 1936. Buenaventura Durruti, que había visitado el templo antes de la guerra, llegó a Villanueva de Sijena (Huesca) semanas después del incendio. Parece que no le gustó ver una parte del monasterio en ruinas. Algunos historiadores atribuyen la siguiente frase al líder anarquista: “Cerrad este recinto y poned una guardia porque una fotografía de esto nos hará más mal que todos los cañones de los fascistas juntos”.

Las pinturas murales de la sala capitular del monasterio, icono del románico europeo, serían arrancadas después a instancias de los expertos en Patrimonio de la Generalitat; para salvarlas del desastre y con la promesa de devolverlas cuando acabara la guerra, pero tras ser restauradas en Barcelona, acabarían depositadas en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) en 1940. Hasta hoy. La operación se repitió en 1960, sin coartada bélica alguna, cuando técnicos del MNAC se llevaron las pinturas que aún quedaban en el monasterio ante la inacción de las autoridades franquistas.

La turbamulta del sur

Hasta aquí lo que más o menos ya sabíamos. Menos conocida es la trastienda de esta historia, narrada con todo tipo de detalles por la historiadora Marisancho Menjón en su exhaustivo 'Salvamento y expolio. Las pinturas murales del Monasterio de Sijena en el siglo XX'.

“Este libro se atreve a ser fuertemente crítico con el MNAC y con sus responsables porque, a la vista de la documentación exhumada, no puede ser de otra manera”, escribe Menjón. Pero la autora hila todavía más fino a la hora de repartir responsabilidades políticas: culpables fueron también “las oligarquías barcelonesas, un grupo reducido de adinerados y cultos burgueses que regían los destinos de los dineros de la capital de Cataluña y que construían la historia oficial de sus pasadas glorias para dotar de prestigio a su poder presente. Unas oligarquías que nada tenían ni tienen que ver con el pueblo catalán, al que despreciaban como despreciaban a todos quienes no tenían dinero ni poder, fueran catalanes o no”. En otras palabras: el desprecio al charnego jugó un pequeño papel histórico en el culebrón de Sijena.

Las oligarquías barcelonesas nada tenían ni tienen que ver con el pueblo catalán, al que despreciaban como despreciaban a todos quienes no tenían dinero ni poder, fueran catalanes o no

Miguel Joseph i Mayol -uno de los responsables de la Generalitat del salvamento de arte durante la Guerra Civil, además de secretario del consejero de Cultura (1932-1936) y fundador de ERC Bonaventura Gasol- escribió estas “penosas” palabras sobre la quema de iglesias y destrucción artística durante el 36. “La masiva participación de forasteros establecidos en Cataluña que, desde hacía años, formaban parte de las organizaciones sindicales (como habían integrado no hacía mucho las casas del Pueblo fundadas por Alejandro Lerroux). Muchos de estos dirigentes, instigadores, vinieron con el único propósito de crear constante malestar social y estorbar las aspiraciones autonómicas de los catalanes. No podían sentir respeto ni estimar las piedras venerables (…). No les interesaba lo que representa para nosotros el legado de los siglos. No solamente lo menospreciaban, también lo escarnecían. La ocasión para desfogar esta tirria la encontraron con la excusa del alzamiento: aprovecharon la coincidencia para intentar acabar con todo lo que el pueblo catalán más respetaba y quería”.

Por suerte, según él, la Generalitat salió al rescate artístico. Los catalanes de pura cepa, en definitiva, librarían con “éxito la batalla contra el vandalismo íbero que llevó el pánico a nuestra tierra", en palabras de Joseph i Mayol.

Las destrucciones de patrimonio fueron obra de 'la organización revolucionaria anarquista FAI, formada por gente fastidiosa no catalana, inmigrantes de zonas miserables de Murcia y Almería'

He aquí una opinión extendida entre el bloque cultural de la Generalitat afín a ERC. De Carlos Pi i Sunyer -alcalde de Barcelona (1934 y 1936-7) y consejero de Cultura de la Generalitat (1937 y 1939)- a Pere Bosch Gimpera -arqueólogo de referencia y consejero de Justicia del Gobierno de Companys-, según se desprende de un informe escrito por ambos desde el exilio en 1939. "Para ellos, las destrucciones de patrimonio, incendios, saqueos y asesinatos fueron obra de ‘la organización revolucionaria anarquista FAI, formada principalmente por gente fastidiosa no catalana, inmigrantes de zonas miserables de Murcia y Almería’ que se impusieron ‘donde había una importante y conflictiva población forastera, la mayoría procedente de Murcia’, mientras que la oposición a los revolucionarios ‘fue obra de los catalanes de origen encabezados por la Generalitat’. Era, en definitiva, ‘el populacho’… Más que declaraciones xenófobas, que lo son, resultan ilustrativas para hacerse una idea de quiénes podían ser considerados catalanes para la alta burguesía dominante: desde luego, no la población más pobre”, desvela Marisancho Menjón.

Actuación ilegítima

Algunos documentos históricos aireados estos días apuntan a la alegre participación de los habitantes de Villanueva de Sijena en la quema de su propio monasterio, lo que justificaría que las obras viajaran a Cataluña, lejos de las garras de los irreflexivos lugareños.

Pues bien: si algún aldeano de Villanueva de Sijena participó en la quema, a buen seguro que fue una minoría, a juzgar por cómo se votó en el pueblo en las elecciones generales de febrero de 1936: 392 votos de derechas y 31 de izquierdas. En cualquier caso, fueron los altos cargos culturales de la Generalitat en el 36 los que pusieron nombre y apellidos a los culpables de calcinar los templos en Cataluña y Aragón durante la guerra: los malos catalanes, la chusma charnega y anarquista.

“Las pinturas de Sijena fueron destinadas desde el principio por quienes regían las instituciones relacionadas con Patrimonio en Barcelona durante la guerra al museo de esta ciudad. Es cierto que se salvaron de su pérdida definitiva gracias a que fueron arrancadas en 1936, y también que el hecho de hallarse en un museo de la importancia del MNAC ha contribuido a su puesta en valor. Pero no es menos cierto que la actuación ilegítima de sus responsables fue fundamental para que se quedaran allí indebidamente”, zanja Menjón.

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