millennials en chándal

Tag Music Festival, la juerga más triste del año

La plana mayor del trap español exhibe sus carencias en el Palacio de los Deportes de Madrid

Foto: Tag Music Festival. (EDM Spain)
Tag Music Festival. (EDM Spain)
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El trap español todavía no es música masiva, pero vive un momento de expansión comercial. Después de hacer dobletes en la sala But, artistas como Dellafuente y C.Tangana se sentían con fuerza para dar un paso adelante. Por eso parecía razonable organizar un sarao en el Palacio de los Deportes que demostrase que el género había subido de nivel. ¿El problema? La cosa todavía no da para llenar de verdad el recinto, así que se contrata el formato ring, sin derecho a asientos y con la mitad de la sala cubierta por lonas. El ambiente podría definirse como algo parecido a la estación de autobuses de Burgos a las tres de la mañana, rematada con cuatro barras con precios dignos del aeropuerto de Barajas. Copas a diez euros, igual que los minis de cerveza y los sandwiches de Rodilla al doble de lo que cuestan en la calles adyacentes al Palacio.

Cartel del Tag Music Festival
Cartel del Tag Music Festival

De entrada, es complicado que así prenda una fiesta, mucho más cuando los artistas carecen por completo de recursos expresivos. Ninguno de los participantes tiene una voz poderosa, sus ritmos pregrabados suenan demasiado previsibles y tampoco se aprovechan las pantallas. Para cualquiera que no esté muy metido en el género, la noche parece un desfile de millennials en chándal rimando sobre sus neuras amorosas, complejos psíquicos y ambiciones financieras. En dos palabras: la juerga.

Sonido inofensivo

Lo normal sería que el público pudiese entrar y salir del Palacio de Deportes cuando le apeteciese. Bastaría con un sello o una pulsera. El problema es que eso implicaría aumentar el personal de seguridad, cosa que no aparece en el menú de opciones. ¿Resultado? Los jóvenes precarios adictos al género no pueden permitirse seis horas seguidas dentro del recinto, así que se dedican a hacer botellón en la calle hasta que llega la hora de las dos estrellas, Tangana y Dellafuente. En teoría, Tag Music Festival ofrece media docena de artistas por treinta o treinta y cinco euros, pero en la práctica la mayoría desembolsan esa cantidad por ver solo a dos. Algo falla en la ecuación. El trap español es un género de medios tiempos y voces susurradas, muy poco propicio para un estadio, donde el sonido se dispersa y las voces se amortiguan. Tampoco es que la escena destaque por sus estribillos adictivos, así que la sensación de uniformidad sonora es total.

Comparar el triste trote del repertorio de Dellafuente con los fiestones que montaron J. Balvin y Maluma sería demasiado cruel. Lo peor es que ni siquiera llega a la chispa de sus propias grabaciones. El público que más vibra no es el que escucha con atención, sino el que consigue abstraerse del sonido tristón y reproducir en su cabeza sus recuerdos de las canciones. En el ecuador de la noche, una veinteañera se fija en mi cara de aburrimiento, que parece bajarle un poco el pedo. “Claro, tío, es que tú no sabes la cantidad de veces que hemos follado escuchando esto”, me espeta. Creo que esa es la clave: el trap interpela como una música generacional, la que “es tuya” porque ejerce de banda sonora de tus polvos y colocones. Es la que molesta a tus padres y crea vínculos con la gente de tu edad. La que te distingue como alguien en la onda. Sus letras escenifican las aspiraciones de los millennials desclasados, que podemos resumir en librarse de los efectos de la crisis echándole carácter y espíritu proactivo. Más o menos, la traducción musical de cualquier programa neoliberal, de Macron a Ciudadanos.

Yupismo pop

El personaje que ha creado C. Tangana es una versión rapera del yupi de toda la vida. Cuando salta al escenario, promete a su público “llevar este género mucho más lejos”, más o menos como un directivo de Herbalife motivando a su tropa de vendedores. Su última canción, 'Caballo ganador', parece un himno de convención corporativa. Canciones como '100k pasos' demuestran la pobreza musical de su discurso, rematado por un tono nasal tan irritante como el de David Summers (Hombres G). 'Antes de morirme', otro de sus éxitos, suena más mortecina que euforizante. Su presunto temazo 'Mala mujer', cima comercial del trap de aquí, suena como una puesta al día de 'La Flaca' de Jarabe de Palo. El único recurso escénico de Tangana es sacar cuatro bailarinas de coreografías estándar y a unos tipos disfrazados de miembros del Estado Islámico. Puede ser que destaque entre sus compañeros de género, pero si tuviera que compartir escenario con cualquiera de sus competidores caribeños quedaría clara su escasa estatura artística. El hip-hop es fluidez y adrenalina, el trap de Tangana suena como un chaval depresivo que se ha pasado de rosca mezclando alcohol y trankimazines.

Bailar con las tetas fuera

Mueveloreina son un proyecto sin nada especial. Su música, directa y hedonista, reivindica “la libertad de bailar con las tetas fuera”. Parecen una posdata de la liberación sexual petarda de La Movida. El problema es que los españoles ya llevamos cuarenta años follando con naturalidad y que no tienen himnos tan chispeantes como Almodóvar y McNamara. Sueltan consignas muy necesarias contra la violencia de género, pero carecen de sustancia musical. Bad Gyal no pareció convencer ni a su propia parroquia, poseída por una sosez extrema y una evidente falta de carisma. Les pasa a muchas divas pop cuyo terreno más propicio son los vídeoclips, no el mundo real. Ni siquiera 'Fiebre', su canción más popular, consigue subir la temperatura del Palacio.

El trap español se parece al indie de los 90: el espejismo de que en España somos modernos. Pero solo ofrece refritos de baja intensidad

En el fondo, lo que ofrece el trap español es algo muy parecido al indie de los noventa: el espejismo de que en España somos tan modernos que podemos fotocopiar escenas anglosajonas aportando algo propio. Lo que se obtiene son refritos de baja intensidad de las estéticas dominantes en Londres, Nueva York y Los Ángeles. 'Mala mujer' de Tangana es tan pobre como lo fue el 'Chup chup' de Australian Blonde treinta años antes. No puede competir con los éxitos de Drake, Frank Ocean y The Weeknd, igual que Los Planetas no llegaban a Stone Rosas ni a My Bloody Valentine. No es casualidad que toda la escena indie (festivales, Radio 3, revistas de tendencias) le haya dado al trap todo el cariño que han negado durante décadas al rap de barrio, con el que son incapaces de conectar. Tanto el indie como el trap carecen de todo sentido del espectáculo, demasiado convencidos de que basta con su presunta sofisticación. El resultado son artistas capaces de convencer a su público, pero no de cuajar canciones que traspasen su nicho. Lo mejor que sonó en el Tag Music Fest fueron los temazos que pinchaba la DJ de continuidad. Me refiero a 'Gasolina' (Daddy Yankee), 'Imitadora' (Romeo Santos) y 'Métele Sazón' (Tego Calderón). Tres artistas que, por cierto, saben cómo montar una fiesta.

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