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'Handia', el increíble gigante vasco de 2'30 metros que conquistó Europa

Mikel Jokin Eleizegi Arteaga nació en 1818 en Altzo (Guipúzcoa). Según la documentación de la época, llegó a medir 2,30 metros y se convirtió en un fenómeno famoso en toda Europa

Foto: Un grabado del 'Gigante de Altzo'.
Un grabado del 'Gigante de Altzo'.

El 19 de octubre de 1853, Joaquín de Eleizegui —así aparece la firma— envió una carta dirigida a la reina Isabel II pidiéndole "a su benigno corazón" que le perdonase la tributación del 10% de sus ganancias. Tal sablazo en sus finanzas le supondría, según él, la imposibilidad de "proporcionarse su subsistencia", que al parecer consistía en 23 litros diarios de sidra y la comida equivalente a tres personas. Eleizegui, le rogaba al "maternal corazón" de su majestad en la misiva, que le eximiese de los pagos puesto que, a diferencia de todo hijo de vecino, su medio de vida no era equiparable a "las ordinarias industrias sujetas a contribución": él era, en sus propias palabras, "un aborto de la naturaleza y un fenómeno extraordinario" de 230 centímetros de altura —aunque hay fuentes que hablan de hasta 242— , 242 de envergadura y 203 kilos de peso, el hombre más alto de Europa, conocido en todo el continente, un espectáculo de a un real por persona, medio por soldados y niños. Él era Mikel Jokin Eleizegui Arteaga. Él era el Gigante de Altzo. Al parecer, el corazón de la reina no era ni tan benigno ni tan maternal, puesto que la reina hizo caso omiso a su misiva y al Gigante de Altzo le tocó seguir apoquinando. Lo que sí parece que le había interesado a la reina años antes, la primera vez que se conocieron, fue si con esos 230 centímetros de altura y 203 kilos de peso todas las partes de su cuerpo tenían un tamaño proporcional. De ella dijo el papa Pío IX aquello de "es puta, pero pía". Ejem.

Al menos así retrata el encuentro 'Handia (Gigante)', la última película de Aitor Arregi, Jon Garaño y José Mari Goenaga, directores y guionistas de 'Loreak', que ahora junto al también guionista Andoni de Carlos han recuperado la historia del Gigante de Altzo —a camino entre la realidad y la leyenda que crece con el boca oreja y, sobre todo, con el paso del tiempo—, el enorme euskaldún que en la primera mitad del siglo XIX recorrió Europa y se ganó la vida exhibiéndose como un fenómeno de feria. Un film hablado en euskera y de una gran belleza plástica que compite en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián y que se encuentra en la pugna por la Concha de Oro.

Mikel Jokin Eleizegui Arteaga nació en el caserío de Ipintza de Altzo —un pueblecito de Guipúzcoa—, el 10 de julio de 1818, siendo el mediano de siete hermanos. Tuvo una juventud normal —al margen de la Primera Guerra Carlista que asolaba entonces el norte de España— hasta los 20 años, cuando siguió creciendo más de lo normal, probablemente por culpa de la acromegalia, es decir, por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento.

Un grabado del Gigante de Altzo. (Museo Zumalakarregui)
Un grabado del Gigante de Altzo. (Museo Zumalakarregui)

Afirmaba él mismo —como ilustra un documento del escritor y catedrático de Geografía e Historia José Antonio Álvarez Oses— que medía "once palmos y tres pulgadas de estatura" y pesaba "quince arrobas". Según el Museo Zumalakarregui, la silla que utilizaba Eleizegui medía 64 centímetros de alto, sus abarcas 42 centímetros —lo que correspondería a un número 63— y sus guantes 33 centímetros. Sobre otras partes, habría que indagar si la reina Isabel II sació su curiosidad.

En época de guerra, los recursos escasean y la escasez gusta de llamar a la puerta, así que el padre de Eleizegui —éste seguía creciendo— encontró en Tolosa la manera de poder sufragar los 23 litros de sidra diarios. También por entonces, al otro lado del Atlántico, un tal P. T. Barnum había ganado popularidad —y dinero— por recorrer Estados Unidos con un teatro ambulante y exhibiendo, además de objetos curiosos, a personas con deformidades, enfermedades y físicos poco comunes. Un modelo de negocio del que José Antonio Arzadun, vecino de Lecumberri (Navarra), se acordó cuando vio a Eleizegui por las calles de Tolosa, donde la gente se volvía al verlo pasar.

El contrato estipulaba trece onzas de oro, la manutención, cuatro camisas de lienzo regular y todo el tabaco que quisieraPor trece onzas de oro, la manutención, cuatro camisas de lienzo regular, las gratificaciones y todo el tabaco que quisiera, Eleizegui —junto a su padre y su hermano Martín— firmó un contrato con la sociedad de Arzadun para recorrer "las poblaciones [...] de España, o de cualquier otro reino", con la condición expresa de que "no podría pretender embarcar en ninguno de los mares a Miguel Joaquín". Primero fue Bilbao, San Sebastián, y más tarde vinieron Francia, Portugal o —al final tocó embarcarse— Inglaterra. El historiador Serapio Múgica —que no fue del todo coetáneo— escribió del tumulto que se armó cuando el Gigante —que era muy religioso y tenía por contrato la visita diaria a la Iglesia— quiso entrar en la Pilarica de Zaragoza y acabó rescatado por las fuerzas públicas de las garras de los curiosos.


Un fotograma de 'Handia'. (A Contracorriente)
Un fotograma de 'Handia'. (A Contracorriente)

Vestido de turco o de soldado isabelino, el Gigante Eleizegui recorrió Europa como una atracción de feria, mostrando su envergadura, dando vueltas sobre sí mismo y permitiendo que la gente pasase bajo sus brazos abiertos para sentir de cerca su inmensidad. Hay algunos documentos que elevan su altura hasta los 2,42 metros, pero probablemente se tratase de una estrategia de marketing decimonónico para amplificar su leyenda y, sobre todo, el tintineo de los reales de plata que ésta traía consigo. Al final de su vida, Eleizegui había actuado frente a gran parte de la monarquía Europea: aparte de Isabel II, visitó al Luis Felipe de Francia, a María de la Gloria de Portugal y a Victoria de Inglaterra.

Lo que quedó de su peripecia: varias docenas de miles de reales que en su testamento legó a su padre y a su hermano

Y precisamente en Inglaterra, en una convención de gigantes —sí, una convención de gigantes—, quisieron buscarle una pareja de su talla, una mujer inglesa que no se oponía al matrimonio, lo que provocó que Eleizegui pidiese a su padre volver a Altzo con su soltería intacta y su paciencia agotada. Y aunque no hay documentación que lo confirme, seguramente sufriese terribles dolores debido a su enfermedad, mientras su cuerpo seguía creciendo indefinidamente. Lo que quedó de su peripecia: varias docenas de miles de reales que en su testamento legó a su padre y a su hermano. Y, desde luego, la leyenda.

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