regresa tras el éxito de 'la españa vacía'

Sergio del Molino: "En los 80 y 90 parecía mejor meterte jaco que ir a FP"

En 'La mirada de los peces' el escritor cifra la historia de uno de esos profesores que dejan marca, de su suicidio y de los colegios e institutos de la España que siguióa la Transición

Foto: Sergio del Molino. (EFE)
Sergio del Molino. (EFE)

Antonio Aramayona fue un profesor de Filosofía muy particular. Un tipo que te podía hacer pensar si Adolf Hitler hizo lo correcto o no avasallándote con argumentaciones morales. Una persona muy conocida en Zaragoza por sus reivindicaciones sociales y sindicales con un blog en el que se hacía llamar perroflauta. Ídolo del 15M en sus postrimerías. Hasta que se suicidó en julio de 2016.

Sergio del Molino - 'La mirada de los peces' - Random House
Sergio del Molino - 'La mirada de los peces' - Random House

Y también fue el profesor del escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979). Fue una llamada en la que le avisaba de su suicidio la que dio pie a su última novela, 'La mirada de los peces' (Literatura Random House), justo cuando comenzaba a despuntar su ensayo 'La España vacía' (Turner). A partir de ahí, Del Molino afirma que en plena vorágine la historia se impuso y comenzó a tejer un relato en el que aparece imbricada su adolescencia en el barrio zaragozano de San José y las clases del profesor. Una novela, leída ya por los hijos de Aramayona, pespunteada con referencias culturales de los que estudiaron BUP y COU en los noventa, que defiende la educación pública, pero que hace frente a la idea de que antes éramos mejores alumnos que ahora.

PREGUNTA: El libro comienza con tu visita a tu antiguo instituto para dar una charla sobre tus libros y se revela un recuerdo sobre la época en la que estudiabas allí. ¿Somos una generación más nostálgica de lo habitual? Ahí están los libros de los ochenta o los estados de recuerdo de Facebook...

RESPUESTA: Yo creo que no somos más nostálgicas que otras, lo que pasa es que ahora somos nosotros quienes empezamos a dominar el ámbito público e imponemos nuestra nostalgia, pero ya vendrán otras. Cuando a mí me invitan a dar una charla en mi instituto, me siento un poco ridículo y un poco como en 'Pastoral americana', de Philip Roth, un poco fuera de lugar. Esa situación está mezclada con el duelo por la muerte de Antonio, por lo que me parece un buen arranque porque me confronta con mi presente y mi pasado.

La tendencia es a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y yo pienso todo lo contrario: soy un optimista muy ingenuo

P: Cuando cuentas este episodio eres muy duro con la generación que fue al colegio en los ochenta y noventa, con la nuestra. De hecho, dices que ahora los alumnos son menos vándalos y se ríen más. ¿Por qué este retrato hacia nosotros tan poco complaciente? Que, además, choca con lo que leemos sobre la educación actual en los periódicos.

R: La tendencia es a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y yo pienso todo lo contrario. Soy un optimista muy ingenuo, muy seguidor de Steve Pinker, que vamos a un mundo cada vez menos violento. El hecho de que la violencia y el acoso escolar sean objeto de debate significa que existe una preocupación y si esta existe es que todo eso está en retroceso. Cuando no se hablaba de ello es que estaba generalizado porque a nadie le importaba y la situación era más crítica. Por lo que sí, incluso en la España postcrisis, los barrios periféricos de las ciudades son mejores que antes, entre otras cosas, porque tienen playstation y no se aburren tanto como nosotros, que lo único que hacíamos era comer pipas. Ahora quien se aburre es porque quiere. Creo que ahora son mejores, menos violentos y más empáticos.

P: En el libro hay también una épica del barrio, que suele aparecer mucho en tus novelas. Ahora también hay una corriente de lo popular como algo que es bueno e interesante de por sí, no sé si estás de acuerdo con esta visión.

R: Es de donde he venido. Es mi vida. Y yo escribo de mi mundo. Mi San José es el Faubourg Saint Germain de Proust. Me interesa reivindicarlo en la medida en la que me reivindico a mí mismo. Pero en ese sentido no me interesa la épica. Quien hace épica de lo popular no ha vivido en un barrio y no sabe qué es. Estamos acostumbrados a muchas exaltaciones de lo kitsch que procede de gente que no ha vivido en un barrio en su vida. Y eso se nota. La burguesía, desde la gauche divine, ha sublimado mucho esto, desde las excursiones que hacían a las chabolas de Madrid para empaparse de pueblo. Salvo en excepciones como Marsé, el discurso ha sido el del burgués que va a hacer excursiones al pueblo [ para ilustrarlo cuenta una escena de Makinavaja en un bar].

Estamos acostumbrados a muchas exaltaciones de lo kitsch que procede de gente que no ha vivido en un barrio en su vida. Y eso se nota

P: Un discurso cultural y político. Lo vemos ahora en ciertas instituciones municipales con la reivindicación de lo popular.

R: Totalmente. Cuando construyes una épica estás construyendo una ficción. Yo creo que cualquier sublimación es nefasta porque te impide ver la realidad. Y si no puedes ver la realidad no puedes ver los problemas reales que hay ahí y puedes enquistarlo y acabar con una épica de la pobreza que lo que puede hacer es eternizarla. Hacen falta miradas literarias normales y a pie de calle.

P: También está muy presente en tus libros la muerte. En esta ocasión con el suicidio del profesor. Me resulta llamativo en tanto en cuanto sobre la muerte, aquella que es muy cercana, se pasa de puntillas habitualmente en nuestra generación, pero tú sueles entrar a fondo en ella casi siempre.

R: Porque siempre está. Ni la podemos evitar la nuestra propia ni la de los demás. Yo quiero morirme antes que mis amigos porque no quiero ir a su entierro, quiero que vengan al mío. Precisamente porque veo que es algo que se evita y de lo que no se habla y que siempre se pone con eufemismo, me parece un territorio literario perfecto. La muerte es una catarsis y el hecho de que nos moleste me parece un síntoma de época que dice muy poco bueno de nosotros.

P: Pese a que tu profesor se suicidó no has querido abrir un debate sobre la eutanasia.

R: No me interesa. Es un hecho. Él lo hizo y estoy de acuerdo. Eso es material de tribuna periodística, la narrativa no se ocupa de esas cosas. Hubiera escrito una novela de tesis, pero creo que son menos eficaces que el periodismo. Yo aquí lo que me propongo es explorar las dudas, aquellas cosas que no tengo claras.

P: Donde sí entras en debates es en las redes sociales.

R: Ahí sí, ahí hay guerrilla. Pero la narrativa no es eficaz para eso. A nadie le interesaría leer mi opinión sobre la eutanasia en un libro.

Y quizá se ha perdido la noción de que la educación, esos padres tan empeñados en que en los hijos estudiaran y que no fueran a FP…

P: Sí te interesa el tema de la educación pública. En el libro hay una defensa de ella, de cómo eran las clases en los ochenta y noventa. Sin embargo, también hay que recordar que fueron años en los que había barracones en vez de colegios, dificultades económicas, clases de cuarenta alumnos… Los que estudiamos entonces, ¿hemos idealizado aquello?

R: Igual sí, igual somos un poco críticos con esa época. Pero porque todo era nuevo. El instituto del que hablo se inauguró en 1978-79. Se abrieron muchos centros entonces. Cambió la educación en ese momento y con un sistema que, además, funcionó muy bien. Las competencias no estaban transferidas y era un sistema estatal que creó cierta homogeneidad generacional. Nuestra generación, al haber hecho BUP y COU exactamente igual en Conil de la Frontera que en Portugalete, limó mucho las diferencias. Era una escuela muy igualitaria. Y las opciones eran muy restringidas. Podías hacer letras, letras mixtas, ciencias y ya está. Eso fue un elemento muy igualador en esa España, que creo que sí que se ha perdido. Y quizá se ha perdido la noción de que la educación, esos padres tan empeñados en que en los hijos estudiaran y que no fueran a FP…

P: Porque era el horror.

R: Te podías meter jaco, pero no ir a FP. Y ese sentimiento popular del ascenso social a través de la educación era muy evidente. Pero eso se diluyó después de la LOGSE y con las siguientes reformas. Al menos es mi sensación.

P: Pero sí existían los problemas económicos…

R: Sí, el hacinamiento, esas clases de 40 alumnos. La situación era muy chunga. Ahora clases de cuarenta alumnos se consideran una barbaridad. Pero es que somos muy condescendientes con nuestra propia biografía. La noción de degeneración la tenemos muy metida, pero muchas veces los datos nos contradicen. Como eso de que los jóvenes ya no leen, pues seguramente en muchos sentidos sean mejores que nosotros.

P: El libro se encuadra en la autoficción, que tiene también muchos críticos. ¿Cómo defiendes tu posicionamiento literario desde ese yo?

R: Esta pregunta sobreentiende que los escritores pensamos más sobre nuestros libros que nosotros mismos.

No me siento muy identificado con la etiqueta de autoficción. Yo la identifico más con el juego literario, con el artificio

P: Igual sí, pero lo cierto es que hay críticos que sí reflexionan sobre ello, así que por lo menos una réplica.

R: Para empezar yo no me siento muy identificado con la etiqueta de autoficción. Yo la identifico más con el juego literario, con el artificio. Yo sí persigo la primera persona es para huir del artificio. Lo que busco es recuperar una emoción primigenia en la narrativa que creo que con la primera persona se puede conseguir con mucha eficacia. Parece que a veces eso está penalizado, pero lo que pretendo es recuperar cierto sentido chamánico de la literatura. Ahora, no sé si voy a seguir con ella. No soy un militante y no concibo la literatura como militancia. En cuanto a los detractores, pues todo tiene detractores. Pero yo no me siento aludido.

P: En la crítica sí se percibe cierto hartazgo de esto…

R: Yo tengo hartazgo de los hartazgos literarios. Después de unos años de haber seguido muy de cerca todas las polémicas literarias, me aburren un poco. Ya no sigo las discusiones literarias.

P: Por cierto, 'La España vacía' fue un auténtico éxito. ¿Cómo lo viviste? ¿Uno siente que, por fin, ha llegado? Siendo un escritor joven en España es un poco complicado.

R: Lo que me ha provocado es mucho cansancio que me ha obligado a trabajar mucho y viajar mucho. Y espero que este libro sirva un poco para cerrar ese capítulo. Porque he participado en debates que no me interesaban especialmente y tenía miedo a convertirme en un gurú sobre este tema. He intentado mantener un discurso lo más cercano al libro que he podido y no he querido ser la voz autorizada en ningún caso. No creo en la patrimonialización de los temas.

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