PUBLICA 'LOS DÍAS DE LA PESTE', UNA DISTOPÍA CARCELARIA

Paz Soldán: "En América Latina la democracia vive al borde del desastre"

Como en sus anteriores libros, la violencia vuelve a ser un elemento fundamental en el último libro del escritor boliviano residente en EE.UU

Foto: Imagen: Enrique Villarino.
Imagen: Enrique Villarino.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), llegó a Estados Unidos en 1991 para estudiar ciencias políticas en Huntsville. Años después se doctoraría por la Universidad de Berkeley en literatura hispanoamericana y, actualmente, es profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Cornell. Autor de novelas y libro de relatos, publica ahora en el sello Malpaso 'Los días de la peste', una novela con elementos distópicos ambientada entre los muros de una cárcel, convertida en un microcosmo violento reflejo de la sociedad actual.

Daniel ArjonaDaniel Arjona

Como en sus anteriores libros, la violencia vuelve a ser aquí un elemento fundamental de la narrativa de Paz Soldán: la violencia se convierte en algo intrínseco a las sociedades, transversal. La violencia funciona como la lógica sobre la que se sustenta la estructura social y todas sus relaciones.

'Los días de la peste'
'Los días de la peste'

PREGUNTA. En 'Los vivos y los muertos' trataba el tema de la violencia en los colegios, en 'Norte', el de la violencia en la frontera y en 'Iris' abordaba la guerra desde la ciencia-ficción. Si pensamos La Casona, la cárcel donde transcurre la acción de su última novela, como metáfora, ¿'Los días de la peste' es una narración sobre la violencia intrínseca de nuestras sociedades?

RESPUESTA. No lo había pensado así, pero es cierto que La Casona puede verse como una suerte de microcosmos de la sociedad. La cárcel no es un espacio anómalo, apartado de la ciudad que lo rodea; más bien replica, exacerbadas, la violencia, la injusticia, el abuso de la ley que están presentes en una sociedad, etc. Recientes motines sangrientos en cárceles en México y Brasil muestran, además, la conexión del afuera con el adentro: los presos pertenecen a pandillas y cárteles muy activos en la sociedad, tienen conexiones con el narcotráfico y un montón de negocios ilegales, etc. Es inevitable entonces que la violencia de una sociedad reaparezca en la cárcel, por más que nos esforcemos por convertir a estos lugares en centros de rehabilitación.

P. Una de las preguntas que plantea al lector 'Los días de la peste' es quién ejerce la violencia. ¿Los propios habitantes de La Casona, los unos a los otros, el gobernador...?

R. La violencia funciona como un lenguaje, una forma de comunicación. Nadie tiene aquí el monopolio de la violencia, aunque las autoridades traten de tenerlo. La violencia va circulando por el cuerpo social, a ratos está a cargo del Gobernador, otros de los oficiales del penal, otros de los mismos presos. La Innombrable, al ser una diosa creada a objeto y semejanza del pueblo de Los Confines -una provincia alejada de la capital en la que abundan la pobreza y la exclusión social-, es un repositorio de esa violencia y a la vez un aliciente para que esta continúe.

La violencia social reaparece en las cárceles por más que nos esforcemos por convertirlas en centros de rehabilitación

P. Si la violencia es algo intrínseco a las sociedades, ¿más que hablar de un responsable hay que hablar de lo inevitable? Dicho de otra manera, ¿es imposible pensar las sociedades fuera del ejercicio de violencia que implica todo ejercicio de poder?

R. No hay que preguntarse si existe o no violencia en determinada sociedad, sino cuáles son sus causas, sus condiciones de circulación, las reglas escritas o no que la permiten o legitiman, y cuándo ocurre la transgresión (el momento en que la violencia no legitimada se lleva a cabo). El ejercicio de la violencia está conectado a la ley, que se usa como moneda de cambio: si le haces un desaire al Gobernador y eres un pobre preso, puedes terminar en las celdas del confinamiento solitario, pero si eres uno de los presos con poder, quizás no pase nada y el Gobernador busque atender a tus reclamos.

P. Plantea una confrontación de poderes, el político y el religioso. El poder político se opone al culto que los habitantes dirigen a la Innombrable y lo prohíben. ¿La fe es un arma de control más poderosa que la represión política?

R. Claro que sí. En este caso el culto tiene fines prácticos: le permite al Gobernador mantener cierta paz en la prisión. El poder político en la novela es un poder formal, mientras que el de la Innombrable es informal y por ello difícil de ser controlado por las autoridades. La fuerza de esa fe tienta a los políticos: quieren acercarse a ella, tener acceso a esa conexión con el pueblo, a esa forma de control que no pasa por la razón (las luchas entre el Prefecto y su segundo, Santiesteban, derivan de ello).

El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. (EFE)
El escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. (EFE)

P. El mensaje de La Innombrable es la venganza, mensaje que comparte también el islamismo. ¿Es La Innombrable una transfiguración de la “guerra de religión” que estamos viviendo actualmente?

R. Si una religión sobrevive durante milenios es porque a sus preocupaciones trascendentes ha sabido agregarle una muy buena dosis de realpolitik, y eso implica moverse en el frente de la estrategia política y también en el de la violencia. La religión ha estado siempre conectada a la violencia: la fe no es solo algo que nace desde adentro y aparece con las buenas maneras, también es algo que se impone a la fuerza o que debe demostrarse con rigor. Ocurre que hay tiempos en que la diplomacia parece triunfar, y otros, como el nuestro, en que la violencia se convierte en una de las armas principales de ciertos grupos religiosos (vinculados en este caso al Islam).

La religión ha estado siempre conectada a la violencia: la fe no solo nace desde dentro, también es algo que se impone a la fuerza

P. Desde hace años vive en Estados Unidos, ¿cómo ve el fundamentalismo religioso que allí se vive en diversas iglesias y grupos religiosos?

R. Lo tomo mucho más en serio que al principio. Viví mis primeros años en el “cinturón de la Biblia” del Sur (Alabama), y me parecía pintoresca esa proliferación de iglesias con todo tipo de denominación. Con el tiempo me di cuenta de que esas iglesias fundamentalistas se encuentran entre las más activas políticamente y se están moviendo todo el tiempo para elegir a su gente en cargos que les permitan derogar algún día la ley del aborto o el matrimonio homosexual, sus grandes sueños. Esas iglesias han sido claves a la hora de elegir a Trump: hablan mucho de caridad cristiana, pero están muy empeñadas en negarles los derechos básicos a los gays.

P. Pensar la sociedad como una cárcel es pensarla desde fuera de la democracia. ¿Estamos en momento de repensar el modelo democrático o en un momento en el que la democracia corre peligro?

R. En América Latina es imposible pensar en democracias puras. Nuestro modelo democrático siempre vive al borde del desastre, de la tentación autoritaria, del fraude electoral. Para peor, la espectacularización de la política, la cada vez mayor importancia de los nuevos medios y nuevas tecnologías en la vida cotidiana, hacen más fácil que llegue al poder en las grandes democracias de occidente un demagogo carismático. Esto no es nuevo, solo se ha intensificado en los últimos años. Habría que ver cómo desarrollamos anticuerpos para estas amenazas –para proseguir con las metáforas biológicas--, pero es difícil cuando la ciudadanía parece partícipe consciente de estos peligros.

P. ¿Cómo entiende la relación entre la política y la literatura?

R. Sigo a Ranciere: la política y el arte son dos formas de distribución de lo sensible, que es una forma de redistribuir los espacios, tiempos e identidades de una determinada comunidad (estoy parafraseando). En ese sentido, la literatura es política, porque busca la creación de espacios para el disenso o para visibilizar algo invisible dentro de una comunidad. Así, por ejemplo, uno puede ser un escritor no explícitamente interesado en la política, pero quizás su obsesión por las formas y el lenguaje ayude a lograr en ciertos sectores de la sociedad una “revolución de la sensibilidad” –las palabras son de la crítica Graciela Montaldo-- que lleve a la creación de un espacio diferente al dominante, lo cual puede ser muy político.

Si el escritor fuera menos valorado socialmente, apareciera menos en ferias y medios, quizás pudiera vivir de su trabajo

P. Afirmaba hace unos días que está socialmente sobrevalorado ser escritor, ¿en qué sentido?

R. La visibilidad del escritor no guarda relación con la fragilidad de su economía. Los escritores aparecemos en todos los medios, vamos a ferias, etc. Sin embargo, se espera que hagamos una serie de trabajos no remunerados (colaboraciones en periódicos y revistas, charlas en universidades o talleres para instituciones, etc.), cosa que no ocurre en otras profesiones. Es bueno preguntarse de qué vive un escritor y cuántos realmente viven de sus libros. Sería muy interesante si el escritor fuera menos valorado socialmente, apareciera menos en ferias y medios, y, a cambio, pudiera vivir de su trabajo como escritor.

P. Nació en Bolivia y vive y trabaja como profesor en Estados Unidos. En tanto que hispano, ¿cómo ve los Estados Unidos tras la llegada de Trump?

R. Es un momento particularmente difícil, porque Trump ha criminalizado a los inmigrantes, especialmente hispanos y árabes, y eso ha hecho que salga a la superficie una pulsión xenofóbica en mucha gente, que me ha sorprendido por lo virulenta y porque en casi treinta años de vivir aquí no la había visto. A la vez, sin embargo, esto está permitiendo la creación de formas de resistencia en la sociedad civil y alianzas solidarias inéditas. En Estados Unidos casi todo pasa por las políticas de la identidad, y eso, aunque parece absurdo, a veces impide ciertos acercamientos lógicos: por ejemplo, muchos en la comunidad Afro-americana veían con desconfianza el apoyo hispano a movimientos como Black Lives Matter, pero ahora las distintas minorías se están dando cuenta, por fin, de que son parte de la misma lucha.

P. Y, volviendo a la idea de que el escritor está socialmente sobrevalorado. ¿Qué papel tiene o debe tener la literatura en la era Trump?

R. El día que ganó Trump, después de la desazón inicial, me recuperé y le dije a una amiga: lo único que pido es que mi imaginación esté a la altura del desafío. Esto no significa escribir alegatos contra Trump, para eso está el ensayo; significa dar cuenta de las complejidades de tu tiempo de la manera más crítica posible, haciendo uso del lenguaje y la imaginación.

P. Hablamos mucho de Estados Unidos, pero ¿cómo ve Bolivia actualmente?

R. Me fui de Bolivia en 1985, poco tiempo después de un largo ciclo de dictaduras y en medio de una hiperinflación rampante. Después de épocas duras ingresamos a un período de relativa estabilidad política y económica, en el que ha sido clave la figura de Evo Morales. Han mejorado los indicadores básicos de salud, educación e infraestructura, y tenemos una mirada mucho más amplia de lo que somos como nación; quedan para el haber un proyecto industrializador que no se llegó a dar, la incapacidad para evitar la corrupción –un problema que aflige tanto a la derecha como a la izquierda--, y la falta de fortaleza de nuestras instituciones (la justicia sigue siendo un instrumento del gobierno, y Evo está muy tentado de volver a cambiar la Constitución para reelegirse una vez más).

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