entrevista a Daan Heerma van Voss

"Lo que se hizo con los judíos es lo que se está haciendo con los refugiados"

Historiador y novelista holandés publica 'La última guerra', una novela sobre el peso de la historia y sobre la responsabilidad moral ante ese pasado y un presente que se le parece demasiado

Foto: Auschwitz
Auschwitz

Historiador y novelista, Daan Heerma van Voss (Ámsterdam 1986), publica 'La última guerra' (Malpaso), una novela sobre el peso de la historia y sobre la responsabilidad moral ante ese pasado y un presente que se le parece demasiado. El protagonista Abel Kaplan es un escritor que trabaja en un colegio islámico; divorciado de su mujer, de origen judío, y en plena crisis de escritura, Abel siente un enorme vacío, no se siente perteneciente a nada ni a nadie. Un día encuentra el diario de un superviviente de un campo de exterminio; este hallazgo no sólo le devuelve la motivación por la escritura, sino que le hace asumir la responsabilidad de dar a conocer lo sucedido a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, cuyos reflejos son cada vez más visibles en la Holanda actual.

Las víctimas de la Segunda Guerra se reflejan en las nuevas víctimas, los refugiados; si en los años treinta los judíos fueron la comunidad perseguida, ahora el refugiado ha ocupado su sitio. La Segunda Guerra se proyecta en el presente. ¿Qué hacer con esta historia que parece repetirse? Esta es la gran pregunta que se plantea Abel Kaplan y que articula todo el libro.

PREGUNTA: Su novela plantea que, a diferencia de lo que decía Fukuyama, la historia no ha terminado, sino que se repite, casi a modo de eterno retorno nietzscheano.

RESPUESTA: Esto es verdad o, mejor dicho, parcialmente verdad, porque la historia se repite, pero nadie sabe de qué manera lo hace, puesto que en su repetirse la historia nunca es idéntica a lo que fue, no se repite bajo la forma de la copia, sino como variación. El protagonista de la novela, Abel Kaplan, está muy preocupado porque ve las similitudes entre el presente y lo que acontecía en Occidente hace más de 50 años y, evidentemente, las similitudes están ahí, existen, pero también es cierto que las similitudes que vemos son una especie de proyección nuestra.

P: En referencia a la idea de la proyección del pasado sobre el presente, usted define la Segunda Guerra Mundial y, en concreto, el Holocausto, como un paradigma del mal del que, pasados los años, no podemos desprendernos

R: La Segunda Guerra Mundial fue terrible, pero el Holocausto fue un drama absoluto y, más en concreto, fue un drama para Europa. Y cuando hablo del Holocausto me refiero al asesinato de más de seis millones de judíos, es decir, al exterminio de gran parte de la gente que formaba parte y constituía Europa. Nosotros, en cuanto europeos, estamos implicados en aquello que sucedió; evidentemente, Alemania tuvo un papel protagonista y, por tanto, una responsabilidad máxima, pero toda Europa estaba implicada, nadie puede desligarse de lo sucedido. Por tanto, tras la Segunda Guerra Mundial y la apertura de los campos de concentración, tras descubrir lo que había supuesto el conflicto y los miles de muertos que había habido, en Europa se formó la convicción de que se había vivido el peor drama que se podía vivir y que nada sería igual. Es la idea que se resume en las palabras de Adorno sobre la poesía

P: ¿Después de Auschwitz ya no puede haber poesía?

'La última guerra' (Malpaso)
'La última guerra' (Malpaso)

R: Exactamente. Tras la Guerra, la idea a la que se llegó era que la historia se detenía ahí, en Auschwitz; se afirmaba esta idea con total convicción, pero sin ser conscientes de que, en verdad, la historia no se detenía, sino que proseguía y que Auschwitz terminaría siendo un marco de referencia para comprender los fenómenos actuales y, sobre todo, para definir el mal. Cuando hoy en día nos referimos a Auschwitz, al nazismo o a Hitler para condenar determinadas acciones o para definir ese mal que no puede repetirse, lo hacemos convirtiendo sea Auschwitz sea Hitler o el nazismo en símbolos. El problema de que se conviertan en símbolos es que las nuevas generaciones ya no conocen lo que supuso verdaderamente el Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, sino que simplemente los utilizan como símbolos vacíos, si saber qué hay detrás. Y mientras repetimos estos símbolos la historia se repite: cuando ahora hablamos del drama de los refugiados, volvemos a pensar en la guerra y en los millones de judíos de los campos, es decir, miramos el drama de los refugiados a través de los símbolos heredados de la Segunda Guerra y volvemos a hablar de guerra como de algo cercano.

P: ¿Cuándo se dejó de creer que la historia había terminado?

R: Cuando yo crecí, en la década de los noventa, nadie hablaba de la guerra: la Segunda Guerra Mundial había acabado años atrás y nadie hablaba de ella. De ahí que Fukuyama dijera que la historia había terminado. Sin embargo, a partir de la década del 2000 hubo un resurgimiento de esa historia que creíamos terminada y que, sin embargo, volvía a aparecer a través de los paradójicos paralelismos entre el presente y los años treinta. El problema es que no sabemos qué hacer con estos paralelismos: tenemos la pobreza, elevadas cifras de desempleo, especialmente en países como España y Portugal…

Nuestra sociedad comparte muchos elementos en común con la Europa previa a la II Guerra Mundial

P: ¿Piensa también, como paralelismo, los populismos de derecha tipo Marine LePen?

R: Sí, claro, los movimientos populistas, el deseo de la gente de tener un líder fuerte… No estoy diciendo con esto que hoy estamos viviendo una Tercera Guerra Mundial, solo digo que nuestro tiempo comparte importantes elementos en común con la sociedad europea de los años treinta, es decir, con la Europa previa a la Segunda Guerra. Y esto es muy interesante, porque hasta el 2000 creíamos que la historia había terminado y ahora estamos volviendo atrás hasta los años treinta. Evidentemente, nunca habrá un nuevo holocausto, pero la repetición de ciertas dinámicas son más que obvias y me parecía muy interesante abordarlas desde la novela, puesto que la novelística permite examinar qué está pasando de una forma única, como ningún otro género puede.

P: A través de la figura del niño Abraham, usted plantea un paralelismo entre bullying en el colegio y la persecución a los refugiados y a los inmigrantes.

El escritor holandés Daan Heerma van Voss
El escritor holandés Daan Heerma van Voss

R: Es interesante que señales esto. He dicho ya muchas veces que no va a haber un nuevo Holocausto, pero ante los momentos de crisis como el actual, los individuos responden buscando un culpable y proyectando en él todas las culpas. Esto es lo que se hizo con los judíos y esto es lo que se está haciendo, en parte, con los refugiados. Los individuos siempre han hecho esto y hoy en día lo que sucede es que parte de Occidente rechaza a los refugiados porque está asustado, los teme, principalmente porque los refugiados representan a ese “Otro” desconocido. El bullying era para mí una gran metáfora para mostrar como el ser humano ataca para sentirse fuerte, ataca porque necesita encontrar un culpable y ataca porque, en verdad, tiene miedo.

P: Hablando de símbolos, usted plantea que el problema que tenemos es que no sabemos gestionarlos. Esto queda evidenciado en la anécdota que cuenta en el libro: una galería de arte es llevada a juicio por vender el 'Mein Kampf'.

​R: Es así, no sabemos qué hacer con los símbolos. En el libro cuento algo que pasó realmente en Ámsterdam, cuando en una galería, que se define por sus exposiciones en contra de todo tipo de totalitarismos, se exhibió el 'Mein Kampf', algo que estaba prohibido en Holanda. La pregunta que se plantea ante este caso es cómo debemos relacionarnos con el libro escrito por Hitler, ¿cómo un objeto histórico o como una especie de libro demoniaco que debe olvidarse? La paradoja de esta anécdota es que bastó con que se empezara a escribir en los periódicos sobre este caso y sobre las acusaciones que se vertían en contra de la galería para que, en pocos días, se vendieran todos los ejemplares del 'Mein Kampf'. El 'Mein Kampf' es un gran símbolo, pero no el único: las SS son un símbolo demoniaco del mal y el protagonista de la novela quiere investigar cuánto de la maldad de las SS sigue viva en el presente.

P: Y lo hace relacionándose con la sobrina de un responsable nazi.

R: Sí, una mujer completamente inocente. El protagonista busca la maldad en el lugar equivocado, en una mujer que no tiene, en verdad, nada que ver con el nazismo
Pero esta búsqueda le lleva a preguntarse si somos responsables de aquello que hicieron los que nos precedieron y, más en específico, nuestros familiares.
No somos responsables directos de lo que se hizo, pero tenemos que saber lo que sucedió, tenemos que conocer la historia para poder preguntarnos si es mejor olvidarla o no.

P: El protagonista le enseña a Abraham la historia de la Segunda Guerra Mundial para que pueda comprender lo que está padeciendo con el bullying y para que comprenda las dinámicas que llevan a sus compañeros de clase a hacerle bullying.

R: Yo creo que Abel tiene toda la razón cuando decide explicarle la historia del Holocausto a Abraham. Un conocimiento básico de quienes somos y de quiénes son los otros se obtiene principalmente a través de la historia. En la novela, lo que aprende el niño Abraham sobre la Segunda Guerra Mundial no solo son datos, sino que aprende a conocer cómo es el país en el que vive, cómo es la gente que le rodea y cuáles son las dinámicas que se establecen entre él y los demás.

Entrada al campo de Auschwitz (Efe)
Entrada al campo de Auschwitz (Efe)

P: El protagonista descubre el diario secreto de un superviviente de los campos y, a partir de ahí, lo reescribe y lo convierte en su nueva novela. Este gesto plantea el debate que en su día distanció a Claude Lanzmann y a Steven Spielberg: ¿Podemos recrear la experiencia de los campos si no la hemos vivido? ¿Podemos recrear aquello de lo que no fuimos testigos?

R: Es un tema muy complicado para responder; a fin de cuentas, una de las preguntas del libro es precisamente esta: ¿qué podemos hacer con la historia? ¿Hasta qué punto tenemos el permiso y el derecho de hacer algo con esa historia que no hemos vivido? Yo creo que todas estas cuestiones son, ante todo, cuestiones morales. Optar por una o por otra opción implica un posicionamiento moral. De lo que hay que ser consciente en ambos casos es que, si no hacemos nada con la historia, si la dejamos de lado porque creemos que no tenemos el derecho a hablar sobre lo que no hemos vivido, lo que estamos haciendo es fomentar el olvido. Los supervivientes, antes o después, morirán, ya no habrá testigos de lo sucedido y, por tanto, siguiendo esta lógica, ya nadie tendrá el derecho a hablar. Si dejamos que esto suceda lo que haremos es tirar por la borda la historia. Dicho esto, puedo entender los argumentos de Lanzmann, pero también en tiendo los argumentos de Spielberg: aquello que los separa es una línea muy fina.

P: En la novela, alude a Benjamin Wilkominski, que se hizo pasar un superviviente de los campos de concentración y escribió sobre esta falsa experiencia unas memorias.

R: El caso Wilkominski es interesante en cuanto te permite observar cómo hay gente que quiere hacer algo bueno, relatar la historia para que no se olvide, pero la manera en que lo hace es fraudulenta. La pregunta que se plantea es dónde está el límite, hasta dónde se puede llegar para fomentar el conocimiento de la historia. Creo que podemos contar la historia que no hemos vivido si lo hacemos siendo conscientes de que no narramos desde la experiencia personal, sino que lo hacemos a partir de la investigación historiográfica, sin caer en el sentimentalismo y sin apropiarnos de los hechos.

La historia se nos repropone como una especie de fantasma y no sabemos qué hacer con ella

P: El caso Wilkominski como, en España, el caso Enric Marco, suscitó una indignación generalizada.

R: Sí, evidentemente, pero lo curioso de esto es que nos indignamos a la vez que recurrimos a la Segunda Guerra Mundial constantemente cuando hablamos, ya sea para establecer paralelismos entre el presente y el pasado ya sea para hablar de la crisis de los refugiados. Utilizamos la Segunda Guerra como si fuera un símbolo y recurrimos al Holocausto, a Hitler o al comunismo para definir lo que está pasando hoy a nivel político. Y lo peor es que, mientras hacemos esto, es decir, mientras banalizamos el drama de la Segunda Guerra Mundial, nos indignamos del caso Wilkominski y consideramos que la experiencia de los campos y de la guerra no debe ser publicitada y la circunscribimos a un ámbito privado de tal manera que la experiencia de la Guerra termina convirtiéndose en un secreto que pertenece solo a quienes la vivieron en primera persona.

P: Dice que banalizamos las referencias a la Segunda Guerra Mundial, recurriendo a modo de insulto o de advertencia a términos como el de Holocausto, comunismo, SS…. No sé si pasará también en Holanda, pero aquí, en España, definir a alguien como comunista se ha convertido, en algunos sectores, en un modo de insulto.

R: Hace algunos años, pensar que definir a alguien como comunista era una forma de insulto era ridículo; entraba de inmediato la risa cuando alguien atacaba a otro definiéndolo así. El comunismo como amenaza era cosa del pasado. Sin embargo, como comentas, hoy en día, definir a alguien como “comunista” vuelve a ser una forma de insulto. Lo que se pone en evidencia con esto y lo que más me interesa de este fenómeno es que hoy utilizamos estos símbolos y ese mismo lenguaje más de cuanto lo hemos hecho a lo largo de 40 años. No puedes ver ningún debate serio en torno a los refugiados sin que alguien haga alguna ilusión a la Segunda Guerra. A esto se añade que no sabemos muy bien lo que está pasando en estos días; recurrimos a los arquetipos del pasado, pero no logramos entender el presente. Por tanto, vemos cómo la historia se está repitiendo, nosotros mismos la traemos a colación, pero sin saber por qué y según qué lógica. La historia se nos repropone como una especie de fantasma y no sabemos qué hacer con ella.

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