U2 en Barcelona, cuesta abajo desde 1993
  1. Cultura
crónica de su concierto en el estadi olimpic

U2 en Barcelona, cuesta abajo desde 1993

La banda irlandesa apuesta su última gira a un disco, ‘The Joshua Tree’, incapaz de mantener la intensidad de un concierto de estadio

Foto: Concierto de U2 en Barcelona (EFE)
Concierto de U2 en Barcelona (EFE)

¡Quién te ha visto y quién te ve, Noel Gallagher! El segundo tipo más chulo de los años 90, el primero se apellida también Gallagher, ejerce de telonero de U2, el grupo que representaba todo lo que él odiaba cuando formó Oasis. Pero aquí está, amenizando la espera mientras miles y de personas corren estresadas por los accesos al Estadi Olímpic sin saber si tras la puerta 3 está la 4 o la 1.

Un chaval con camiseta mod grita ¡”Champagne supernova”! y, tachán, Noel canta ‘Champagne supernova’. Es imposible le haya oído. El chaval ni siquiera está dentro del recinto. Ha subido en bicicleta con un colega y va a ver el concierto desde la calle, en una pequeña colina que queda frente a la Antiga Porta Marató, la única por la que se ve un poco el escenario. Es un tradicional punto de reunión de gente que sube a echar la tarde-noche, ya que la música se oye muy bien. De hecho, también se oye perfectamente desde barrios como Poble Sec y Ciutat Vella. Siempre pasa en los conciertos del Estadi Olímpic.

Foto: Festival Jardines de Pedralbes

La gente trae mantas y pareos. Patatas onduladas del Condis y latas de cerveza. Litronas de Xibeca y zumo de mango y aloe. Dos enamorados abren una bandeja de embutidos y descorchan una botella de vino El Coto. Cuatro colegas sentados sobre toallas del festival de Monegros sacan una tortilla. Una pareja de italianos llegan con nevera y copas para el vino. Otra pareja ha traído tabulé! Esto es una feria gastronómica mundial. Hay público catalán, europeo, afroamericano y asiático. Hay padres, hijos, abuelos y nietos.

A su amigo Pep Guardiola

Noel Gallagher suena ahogadito en ‘Wonderwall’. Dedica ‘Don’t look back in anger’ a su “amigo Pep Guardiola”, pero su comentario culé genera pocas reacciones en el estadio. Y aún menos, aquí fuera. Una pareja inglesa de 50 años canturrea ‘Little by little’ tumbada bajo el pino. Seis estadounidenses vestidas de fiesta encuentran uno de los últimos huecos en la colina. El público que corre para encontrar su puerta de acceso no mira a estos espectadores con cara de ‘vaya pringados’ sino con cara de ‘qué bien se lo montan estos’. Los runners que corren arriba y abajo de la montaña ni los miran, por supuesto.

Aquí fuera están los que no pudieron comprar la entrada a tiempo. Los que tampoco la podrían pagar. Y los que no la quieren pagar. Los que no tenían mejor plan, los que pasaban por aquí... También hay un argentino grabando el concierto y mandando las canciones a través del móvil a Buenos Aires. Noel se va. Por los altavoces suenan Nirvana, The Clash, Smashing Pumpkins, Lana del Rey y David Bowie, entre otros. La calle ya está vacía. El encargado de informar al público de los distintos accesos al estadio se ha quedado sin misión y bromea con el megáfono: “¡Ha llegado el tapicero! ¡El tapicero, señora!”.

Bono está más hablador que cantante. No calla ni cuando no le toca cantar

A las 9.40 sube el volumen de la música ambiente. Suena ‘The whole of the moon’ de The Waterboys, grupo coetáneo de aquel rock épico y con raíces irlandesas. Los anuncios del tapicero dan paso a una voz no menos familiar, la de Bono aullando el inicio de ‘Sunday, bloody Sunday’: o-o-o-oh, o-o-h, o-o-h… Nadie aquí fuera puede quejarse del volumen. Si acaso, del sonido. O U2 tocan peor o se les escucha peor. Y, desde luego, la voz de Bono suena fatigada. Pero, vamos, tampoco se puede exigir mucho desde esta Grada Verde gratuita.

‘New Year’s Day’ certifica que Bono está más hablador que cantante. No calla ni cuando no le toca cantar. En ‘Bad’ hace su primera mención a David Bowie. “Era nuestro amigo”, afirma. Y enlaza la canción con ‘Heroes’. Si su amigo Bowie siguiera vivo, tal vez le recomendaría cuidar más la voz. Ha cantado ‘Bad’ realmente bad. Y ‘Heroes’, peor. Cuando suena ‘Pride (In the name of love)’ ya somos más de 200 en la colina. Pero está anocheciendo y también hay cada vez más mosquitos. Es hora de entrar en el Estadi Olímpic.

Cuatro mosquitos

Dentro, los únicos mosquitos que veo son los cuatro que ocupan el escenario. Ese es el tamaño que tienen bajo el descomunal Joshua Tree que reproduce la aún más descomunal pantalla ahora de color encarnado. Esa pantalla hace de largo todo el ancho de la pista del estadio. Y eso mismo mide el escenario. Es la pantallaca más gigantesca que haya visto jamás en un concierto. Y no hace falta ninguna más en todo el recinto porque se ve desde cualquier rincón.

Durante ‘Where the streets have no name’, Bono se sitúa en una tarima tras la batería de Larry Mullen Jr. Es una tarima con escalones que lo sitúa por encima de su amigo de la infancia. Adam Clayton y The Edge se acercan. Los cuatro, tan juntitos, no ocupan ni un 3% de toda la superficie del escenario. Esa es la dimensión mosquito del grupo ante tamaño despliegue. Y la pista, llena a rebosar, enlaza con los paisajes desérticos que reproducen las pantallas en los primeros cortes. El bajo de Clayton en ‘I still haven’t found what I’m looking for’ retumba de forma muy molesta bajo el techo de cemento que cubre los miradores en los que se ha ubicado a los espectadores con movilidad reducida.

Aquel rock airado que abanderaron en los años 80 es hoy un rock apelmazado

Dice Tom Waits algo así como que cada vez que tocas una canción la estás abollando un poco y que cada canción solo puede sobrevivir a un determinado número de interpretaciones. U2 han tocado tantas veces las tres que abren el disco ‘The Joshua Tree’ que ya no significan nada. O todo, claro, en función de la vivencia que cada persona haya relacionado con ellas. En cualquier caso, los estadios de fútbol se construyeron para canciones de este tipo. El Estadi Olímpic es un mar de brazos al aire. Hasta la acomodadora ha dejado de vigilar al público para filmar ‘With or without you’ con su móvil.

El busto articulado de Larry Mullen Jr., idéntico al batería que tocaba en los primeros discos de U2, marca el inicio de la furibunda ‘Bullet the blue sky’. Empiezan a sucederse las canciones menos desgastadas de un disco que fue número uno en ventas en una época en la que se podía escalar a lo más alto con discos que trataban temas de geopolítica y de conflictos colectivos. Lo cual no significa que la cara B del disco vaya a revivir un concierto que empieza a deshincharse cuando el mosquito Edge se va al teclado y Bono canta todo lo mal que puede ‘Running to stand still’ y toca a armónica todo lo mal que sabe.

El disco se está cuarteando

A ‘The Joshua Tree’ se le están abriendo las costuras por las estrofas de ‘Red Hill Mining Town’. Aquel rock airado que abanderaron en los años 80 es hoy un rock apelmazado. U2 está regurgitando su propio vómito épico. Una banda de metales (pregrabados) del Ejército de Salvación da algo de color a la estampa, pero la cámara quiere que imaginemos a Bono como un cantante de soul y no. ‘In God’s Country’ nos devuelve a los U2 más cercanos al nervio de ‘War’. Ahora, ‘Trip Through Your Wires’. “Yo estaba sediento y tú humedeciste mis labios”, dice la letra. (Hoy un vaso de plástico de U2 cuesta 2’5 euros. ¡Vacío!).

El punteo sutil de ‘One tree hill’ se hunde en la noche. Hace ya rato que el océano de brazos al aire es un mar muerto. Cuando basas una gira en un disco antiguo te expones a que tal vez sus lagunas se perciban con más claridad. ‘The Joshua Tree’ no sostiene un concierto entero y menos con este Bono de voz desconchada. Un fragmento del western televisivo ‘Trackdown’ sirve para hacer una broma suave e inofensiva sobre Donald Trump y su obsesión por levantar muros. Mientras, The Edge propina un último arreón eléctrico en ‘Exit’.

Hubo una época en la que U2 tenía el directo más apasionante que se podía ver en un estadio. O, por lo menos, el único que podía competir en intensidad con el de Bruce Springsteen. Quienes no vieran a los irlandeses en 1987 en el Santiago Bernabéu no lo creerán. Y mucho menos, si esto de hoy quiere ser un reflejo de aquellos días. El final del disco se está haciendo eterno y ‘Mothers of the disappeared’ no ayuda. Es lo que te pasa cuando quieres interpretar del tirón un disco que no concebiste para ser interpretado del tirón.


Foto: Ariana Grande en concierto

El doble horror

Si ‘The Joshua Tree’ concluía evocando el drama de las Madres de Mayo argentinas, los bises empiezan con Omaima, joven adolescente siria que lanza un mensaje de esperanza desde un campo de refugiados. Es la introducción a ‘Miss Sarajevo’. La voz de Luciano Pavarotti llega desde el pregrabado más allá. Un plano cenital del campo de refugiados nos muestra a una treintena de personas formando la silueta de un corazón. La desesperación transformada en cinematográfico plano cursi. El doble horror, sí. Unas frases finales parecen sugerir que Bono desea que Barcelona sea ciudad acogedora y de acogida.

Hace ya rato que el océano de brazos al aire es un mar muerto

Llega el ‘momento ojete’ (minuto 3’30), ese en el que Bono grita “o-o-o-o-ó” y el público responde “o-o-o-o-ó”. Y algo debe pasar porque Bono tiene que repetirlo más veces de la cuenta mientras empieza ‘Beautiful day’. El Click Edge, el Click Clayton y el Click Mullen tocan como maniquies mientras Bono se sitúa al final de la pasarela que perfila la sombra del árbol para realizar esos aspavientos de ninja ebrio rodeado por 55.000 espectadores que lo arropan desde todos los flancos. Tiene que ser muy fuerte ser Bono.

El resto, llevamos tanto rato sometidos a un estricto racionamiento de hits que ‘Elevation’ casi parece un temazo. Y algo parecido ocurre con ‘Vertigo’. El estadio vuelve a vibrar como no ocurría desde hace más de media hora. Pero en otro guiño a su amigo Bowie, Bono intercala unos versos de ’Rebel, rebel’ y un par de “o-o-o-o-ó” más que resultan claramente excesivos. Es hora de salir del estadio y ver cómo ha soportado el concierto el público de la Grada Verde.

Tímida desbandada

En la Grada Verde, ha habido unas cuantas deserciones: la familia irlandesa, la alemana, el abuelo y su nieto con la camiseta de Scorpions… Más de un tercio de público ha desaparecido ya. ‘Ultraviolet (Light My Way)’ se revela como un pobre calco de ‘Where the streets have no name’. Bono se enfunda la capa de Don Conciencia Mundial y nos recuerda que las mujeres son muy luchadoras y que los grandes cambios no los consiguen líderes carismáticos sino el apoyo de grandes masas de gente. Aprovecho y relleno el formulario de adhesión a la campaña de apoyo a las once personas expulsadas de vuelo a Dakar VY7888 de Vueling y contra las deportaciones que realizan muchas compañías aéreas.

La voz de Bono, una vez más, roza lo denunciable

Suena ‘One’ y la mayoría de espectadores de esta confortable zona vip con césped la tararea con discreción. Hemos pasado del ostentoso griterío de estadio al susurro íntimo campestre. Es una diferencia muy significativa. Los hay que guardan silencio, pero escuchan con atención la letra: “One life, but we're not the same / We get to carry each other, carry each other”. Una pareja baila abrazada en medio de esta ocasional familia que se ha formado hoy.

Bono lleva una eternidad dando las gracias a todas las personas que han tenido algo que ver en este concierto, esta gira y este mundo. “No solemos dar las gracias a la compañía de discos, pero esta vez queremos hacerlo”, suelta. Más que nada, porque así puede anunciar que el próximo disco de U2 saldrá en diciembre. Y acto seguido interpreta ‘The little things that give you away’, una de sus canciones. Al lado de ‘One’, suena a maqueta sin producir; igual de reposada, pero sin rumbo. La voz de Bono, una vez más, roza lo denunciable.

“Sometimes the end is not coming”, dice la letra. A veces, el final no llega. Pues justo en esas están U2. Orgullosamente cuesta abajo desde 1993.

Conciertos Música