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La ruta del lino: el búnker indie de la burguesía catalana

Beach Boys, anciano grupo californiano de música surf, exhibió su inmortal cancionero en el ostentoso festival barcelonés Jardines de Pedralbes. Crónica de ambiente

Foto: Festival Jardines de Pedralbes
Festival Jardines de Pedralbes

¿Dónde demonios está la alfombra roja? Cada tarde ha estado allí, resaltando los escasos 70 metros que hay desde que bajas del taxi hasta la puerta del Palau Reial de Pedralbes. ¡Estaba hasta el día que tocó Belle And Sebastian! El pasillo de macetas es un detalle, pero no es lo mismo. Entrar en un festival pisando una alfombra roja no es lo más: lo mínimo si has pagado 108 euros por una entrada. Ya no es por los 108 euros; es que tú has dedicado un cuarto de hora a escoger tu mejor camisa blanca y tu mejor pantalón elegante-fresco-y-esport. Tú no eres otro de esos 'runners' fostoritos que corren arriba y abajo de la Diagonal. Tú no tienes por qué pisar el mismo suelo. Tú vas a un festival. Esta falta de cortesía no se debe repetir jamás aquí. Alfombra roja o barbarie.

Estamos en el Festival Jardines de Pedralbes que toma su nombre del recinto ajardinado, diseñado por Gaudí, que rodea el Palacio Real en el que se instalaban Alfonso XIII & Co cuando venían de excursión a Catalunya. Esto es el 'upper' Diagonal. Y, la verdad, da gusto ver la de azafatas y acomodadores que te reciben y conducen a cada veinte pasos. Sobre todo, ellos; pantalones negros, camisas blancas y tirantes a rayas. Esto es un festival, pero aquí nadie te cacheará a la entrada. Eso sí, tienes que pasar el bolso por un escáner como los de los aeropuertos. Un cartel advierte que no se puede entrar con comida ni bebida en el recinto. "Por razones de seguridad e higiene", aclara. Pues muy bien. Quién sabe la clase de comida traería alguien que se resiste a pagar ocho euros por dos minibocadillos de pan rústico con jamón ibérico del tamaño de un kiwi. Quién se sabe qué botella traería alguien que dice no a una copa de cava.

Seis ostras y dos vasos de cava

Dicen que los grandes festivales se han apijado. Que en el Primavera Sound te cobran ocho euros por una hamburguesa. Que en el Sónar han contratado a cocineros con estrellas Michelín. Súper, pero Pedralbes es Pedralbes. Aquí te sirven jamón de Guijuelo de Bernardo Hernández y te lo laminan a mano unos expertos cortadores de jamón contratados por la empresa de eventos Bley & Bely. Solo aquí puedes zamparte una ostra antes de cascarte un concierto de Lana del Rey. Y no una ostra cualquiera: una ostra Amélie criada en el Atlántico francés con denominación de origen protegida Marennes Oléron. Tres ostras y una copa de cava Segura Viudas: 14 euros. Un camarero sale con una bandeja de seis ostras y dos copas de cava hacia la zona Premium. Serán 25 euretes.

Falta más de una hora para que empiece el concierto, pero no quedan sillas libres en el village del festival. Ni sillas ni esas comodísimas tumbonas de madera de Casa Viva, otro patrocinador. Esto es una versión camp del village del Real Club de Tenis Barcelona durante el Trofeo Conde de Godó; ahora Open Banc Sabadell. Un cuarteto barcelonés ameniza la espera. Por supuesto, es un grupo indie. Por supuesto, canta en inglés. Buena parte del público que atiende a The Crab Apples podrían ser sus abuelos y abuelas. La media de edad es exageradamente alta. Ah, una aclaración: hoy tocan los Beach Boys.

Escuchar un concierto de indie mientras cenas ostras es de pobres, diría Javier Pérez Andújar. Mejor cenar sin tener que oírlo. Al otro lado del sendero que conduce al escenario está el village sin música. Mejor, Cuca, mejor. Gafas de sol de gigantescas monturas nacaradas. Vestidos vaporosos. Fulares con incrustaciones brillantes. Pelo blanco. Cócteles. Bronceados postnucleares. Un clon de Montoro. Un clon de Tita Cervera. Camisas blancas de lino. Camisas floreadas de seda. Más jamón de Guijuelo cortado por Bley & Bely. Un joven con sus preceptivos tirantes pasea con una pinza articulada, recoge todo lo que cae al césped y lo deposita en una especie de cazamariposas de basuras.

Pelo blanco. Cócteles. Bronceados postnucleares. Un clon de Montoro. Un clon de Tita Cervera. Camisas blancas de lino

En sus primeras ediciones, Jardines de Pedralbes era el único evento del planeta Festivalia en el que antes del concierto podías echar un vistazo a las últimas promociones inmobiliarias y decidir si valía la pena invertir o no. En vez de un 'stand' con discos, había uno de la constructora Corp. Por desgracia, ya no está. Si quieres jugar con el dinero, dos azafatas te invitan a jugar a la ruleta de Pedralbes Center. No es lo mismo, claro. Como mucho, te tocan cinco o diez euros a gastar en la Planta -2 del centro comercial. O una sesión de manicura. O un desayuno de cereales americanos. O una sesión de electroestimulación muscular. Una señora entrada en años cree que ha ganado una noche de hotel porque el pictograma que señala su flecha parece una hache. No es una hache: es una pesa. Le ha tocado una semana en el gimnasio. Su sonrisa se diluye.

La ruta del lino

La Costa Brava catalana es famosa por su abundancia de festivales pijos: el del Castell de Perelada, el de Cap Roig… Este circuito de música y lujo se ganó el sobrenombre de ruta del lino por la afición de su público a vestir prendas de tan refrescante tejido. Las grandes empresas del país patrocinan estos grandes eventos donde citan las grandes estrellas de la temporada en conciertos que exigen grandes desembolsos económicos destinados a familias con un gran poder adquisitivo, algunas de las cuales tienen estrechas relaciones con las grandes empresas que patrocinan estos grandes eventos. Son, en definitiva, el punto de encuentro veraniego de las sagas más adineradas de Catalunya.

En definitiva, el punto de encuentro veraniego de las sagas más adineradas de Catalunya

Barcelona demandaba un festival de estas características. Un festival de puro lujo sin salir de la ciudad. Un festival al que ir sin tener que coger el Volvo y pernoctar en la residencia de verano. Un festival en el que un bugui te venga a recoger a la puerta del taxi y te lleve hasta el patio de butacas en caso de que tu movilidad ya no sea la de antes. Un festival dentro de la ciudad, pero lejos del bullicio urbano. Un festival con porte real. Un festival que huela bien, porque sabemos que, en general, los grandes festivales suelen oler como bastante mal. Y en el de Pedralbes, no hace falta decirlo, la gente también huele bien.

Tan necesario era un festival de estas características, que el entonces alcalde de Barcelona, el convergente Xavier Trias, hizo algo insólito: escribir un texto para el catálogo de la primera edición, la de 2013. Hablaba de un festival "que nos enamorará a todos", sin pensar que tal vez no todos podrían pagar entradas de 37 a 188 euros. Decía también que "proyectos como éste generan un retorno muy importante para la ciudad en términos de riqueza cultural y actividad económica". Ante tan prometedora perspectiva, el festival recibió una subvención muy mal vista por los responsables de cultura del propio consistorio que consideraban indecente subvencionar un festival que contaba, entre otros, con la firma de alta joyería y relojes suizos Chopard entre sus patrocinadores.

¡Tiene que haber acomodadores!

Anochece y dos señoras enjoyadas topan por casualidad con el stand de Marti Derm donde dos azafatas exponen las maravillas del 'flash' cutáneo de unas ampollas antienvejecimiento. Las damas no buscan eso: buscan el camino a su asiento, pero bajo la arboleda del jardín y con el sol emitiendo ya sus últimos y débiles rayos, no ven un pijo; lo cual tiene mérito en este festival. "¡Tiene haber chicos! ¡Tiene que haber acomodadores!", grita una intentando calmar a la otra. Si siguen el sendero que se abre entre el multicultivado de palmeras, laureles, pinos, eucaliptus y bambús, verán la grada y hasta el escenario sobre el que una tabla de surf anuncia la inminente aparición de los Beach Boys.

Dos azafatas exponen las maravillas del 'flash' cutáneo de unas ampollas antienvejecimiento

Lo que no podrán hacer es entrar a la zona vip. Ahí solo tiene acceso la gente más más y la prensa. La hospitalidad de Jardines de Pedralbes da ganas de llegar a todos los conciertos media hora antes. Bandejas de jamón, cerveza Alhambra, helados Farggi… Todo gratis. Atención al combinado que propone el chico de la Mixing Station de Schweppes: ginger ale de la casa con ron Zacapa de Guatemala cuyo "delicioso sabor a caramelo amielado, roble con especias y frutas-pasas" es fruto del proceso de añejamiento a 2.300 de altitud. En serio, una delicia. Así da gusto venir cuando sea cubrir los conciertos de Sting, de Air, de Rosana… Así no da palo ni el concierto de 20 aniversario de Jarabe de Palo.

La mutua y aseguradora FIATC ha repartido abanicos de cartón por las mesas. El eslógan para la ocasión es: "Descomplícate y disfruta el concierto".

Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo en los jardines del Palau Reial de Pedralbes. Es ya la hora del concierto de los Beach Boys. 'God Only Knows' cuánto apetece maridar el rejuvenecedor néctar guatemalteco con la anciana voz de Mike Love. Problema: no está permitido entrar en la grada con vasos de cristal. La enésima azafata propone un 'Don’t Worry Baby' en toda regla: verter el combinado en un vaso de plástico duro. Por supuesto, sin pagar el euro que te cobran en los festivales ecosensibles que se estilan Diagonal abajo y más allá.

De 'God Only Knows' a 'Don't Worry Baby'

Los Beach Boys están a puntito a puntito de cantarnos las cuarenta de casi cada noche. En los pasillos enmoquetados, unas pequeñas bombillas azules instaladas en el suelo evitan que nadie tropiece; como en los cines. El espacio entre tu silla y la de la fila de delante es amplio como el de la clase business de un avión; nada que ver con los cines. Dos mossos de esquadra con chalecos antibalas toman posiciones cerca de las primeras filas, las de 108 euros. Una grada elevada que ocupa la explanada central del Palau Reial amplía el aforo a 2.294 localidades. Ahí arriba están los que pagan 48 euros. Nadie ha pensado en cubrir el andamio que sostienen la grada para que no se vean las barras de hierro. Ni un simple protector de terciopelo rojo. Un poco cutre, la verdad.

Pasan unos minutos de las diez de la noche. Ahora sí, es la hora del surf hedonista y sesentero, de esas melodías eternamente dulces y frescas, de ese repertorio que no envejece. Y, tatachán, los Beach Boys sale al escenario.

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