gira española

Ariana Grande y su aburrida profesionalidad en el Palau Sant Jordi de Barcelona

La cantante retomó su gira europea tras el atentado de Manchester con una actuación poco emocionante con la que revalidaría su candidatura al trono de la inexpresiva Mariah Carey

Foto: Ariana Grande en concierto
Ariana Grande en concierto

- “¿Sabes? Ahora Miley Cyrus lleva una cinta en el pelo con los colores del arco iris”, explica una preadolescente a su hermana mayor, mientras caminan con su madre hacia el Palau Sant Jordi para asistir al concierto de Ariana Grande.

- “No, eso del arco iris solo fue ayer porque actuaba en un concierto en apoyo a los homosexuales y porque hace un año de los asesinatos de la discoteca de Orlando”, le aclara su hermana, mayor de edad.

La menor escucha con atención las explicaciones y asimila el verdadero significado del colorido gesto de Miley. En conversaciones como esta, fuimos entrando en contacto con el mundo real. Por desgracia, los y las fans más jóvenes de Ariana descubrieron el terrorismo de forma más cruda y cercana. En su bendita ignorancia, tal vez intuían que todo eso pertenecía al mundo de los adultos. Pero, de repente, entró en sus vidas. Y no hay peor condena que vivir con el miedo en el cuerpo. Pero cuando hace ya más de media hora que debería haber empezado el concierto de Barcelona y la gente improvisa un mar de luces con los móviles, la imagen se clava como nunca antes en la retina.

La vida continua. Y los primeros conciertos de tu adolescencia han de ser noches de felicidad. Por megafonía suena ‘How deep is your love’ y todo cristo la corea. No es la balada de Bee Gees, claro. Es el pelotazo de Calvin Harris.

Ariana Grande, estrella mediana

Es ya la segunda visita de Ariana a Barcelona y el Sant Jordi se le ha vuelto a quedar grande. Hay doce mil personas y cabrían cuatro mil más. Por lo tanto, Ariana es una estrella mediana. Y en este escenario tan inmenso y despejado, que los músicos pisarán en contadas ocasiones, aún parecerá más pequeña. Las proyecciones sobre el telón de fondo no son suficientemente nítidas como para ser consideradas un complemento útil. Y eso no es culpa del sol, que aún no ha caído del todo. Semanas atrás, Solange actuó en el Primavera Sound a las nueve de la noche y las pantallas reproducían unas imágenes de gran brillo.

Por desgracia, los y las fans más jóvenes de Ariana descubrieron el terrorismo de forma más cruda y cercanaUn grupo de bailarines intermitentes serán también los transportistas de cuatro módulos que forman dos escalinatas sobre las que Ariana y los suyos se sentarán de vez en cuando. Un mínimo detalle escénico que cobrará algo más de protagonismo en ‘Forever boy’ con un numerito bastante horrendo en el que los figurantes imitan unas percusiones estilo Mayumana. (No busquen el vídeo).

Y luego está ella, tan impersonal que resulta imposible saber qué piensa sobre nada. (Bueno, lo mismo se podría decir de Messi, Rafa Nadal o Mireia Belmonte). Ariana es tan frasco de canciones y tan poco intérprete, que a su lado Miley Cyrus es Patti Smith.. A lo largo de la noche será incapaz de dirigirse al público con algo más que muletillas del tipo: “¿Lo estáis pasando bien? ¿Queréis cantar? ¡No os oigo Barcelonaaaa!”.

Tu padre no mola

En el sector 209, una adolescente con camiseta negra de Ariana Grande y una coleta alta y larga como la de la cantante de Boca Ratón salta de su asiento. El escenario le queda muy a tomar por saco y los focos la ciegan de tal modo que ni siquiera acierta a adivinar dónde diablos está la cantante, pero se aferra a los versos de ‘Be alright’ y los grita a todo pulmón mientras filma lo-que-sea con el móvil. Su excitación es tal que necesita compartirla: expulsarla. Se gira hacia la izquierda y todo lo que ve es a su padre, sentado y con una exagerada cara de aburrimiento y asco. Ella quiere disfrutar. Tiene todo el derecho. A pesar de los focos, de lo de Manchester y del careto de su padre. Así que alza el brazo y corea el estribillo: ‘We’re gonna be alright! We’re gonna be alright!”. ¡Í-d-o-l-a!

Y luego está ella, tan impersonal que resulta imposible saber qué piensa sobre nadaEl padre seguirá así el resto de concierto. No moverá un músculo ni en la bastante irresistible ‘Bad decisions’. Da ganas de gritarle: ‘Un poco de empatía, Don Serio. ¡Pareces un crítico de rock!’. Pero hoy su papel es ese: demostrar a su hija que su mundo no le importa un carajo, que él está allí por obligación.

Una Mariah Carey 'millennial'

Ariana Grande es una popstar extraña. Una mujer de 23 años maquillada como una niña de 15 intentando aparentar 23. En el escenario se mueve como una señora de aún más edad, alzando el brazo derecho para realzar sus dotes de cantante profesional. Es una profesional de 23 años en el peor sentido de la expresión. Una profesional capaz de aguantar ella sola en el escenario buena parte del concierto, sí. Pero una profesional tremendamente insípida y aburrida.

Ariana Grande es una popstar extraña. Una mujer de 23 años maquillada como una niña de 15 intentando aparentar 23Cuando ataca ‘One last time’, otra de las bazas más energéticas para levantar el concierto, se emperra una vez más en modular, proyectar y exhibir voz como si cantase la balada de Titanic, esa que interpretó en el karaoke del crucero en el que la descubrió Gloria Estefan. Su máxima preocupación es dar la nota y que la coleta le quede bien repartida a uno y otro lado del cuello.

Llega ‘Touch it’ y entiendes que, por mucha producción dance modernita que le hayan inyectado, es otra balada. Una balada maqueada para enganchar a ese público adolescente que necesita ritmo y no épica romántica. Ariana es una baladista clásica en la época equivocada. En ‘Side to side’, el escenario se transforma en un gimnasio y Ariana canta sobre una bicicleta estática. Será lo más parecido a un número musical de un show tacaño en números musicales. Aquí no hay espectáculo. El espectáculo es oírla cantar a ella. Y ya ves… Cada vez que aparece la voz pregrabada de alguno de los colaboradores de sus discos, la suya pierde todo el protagonismo. Sea junto a Lil Wayne o Nicky Minaj, la Grande se encoge. Tiene mucha voz, sí, pero con poco carácter. Quien la calificó como la heredera de Mariah Carey sabía muy bien lo que decía. Ha habido pocas cantantes en los últimos 30 años tan inexpresivas como la Carey. Ariana, cómo no, se tomó aquello como el más generoso de los cumplidos.


Tu madre sí que mola

En el sector 211, una niña de ocho años con la diadema de las orejitas de gato baila junto a su madre, que también luce las preceptivas orejas. Bailan y cantan ese disco-hit que es ‘Greedy’. La niña mira disimuladamente los movimientos de su madre y los imita para bailar mejor. Para cantar la letra no necesita espiar a su madre; ella la sabe mucho mejor. Cuando se cansen, se sentarán. Cuando se aburran, se harán una selfie. Cuando Ariana pida al público que grite, la niña gritará y se tapará los oídos a la vez. Qué interesante impulso.

A la altura de ‘Love me harder’, la madre se rendirá. La niña, ni de coña. En ‘Break free’ ya se levantará a bailar sola, sin miedo. (Por cierto, ‘Break free’ podría ser el equivalente a bombazos discotequeros de los 80 como el ‘High energy’ de Evelyn Thomas). Sin previo aviso, la niña se acerca a su madre y le estampa un beso en la mejilla. Así, sin razón aparente. Porque está a su lado.

“¿Lo estáis pasando bien? ¿Queréis cantar? ¡No os oigo Barcelonaaa!”.

Gritas mucho, tía

Todo lo que venga después de ‘Break free’ ya será cuesta abajo. Es la mejor canción que tenía Ariana Grande para rematar el concierto, pero quien quiera que haya ordenado del repertorio ha decidido que aún faltan cinco o seis temas más. Parte del público empieza a desfilar. Escucharán ‘Sometimes’ camino de la calle, pero ya no verán la lluvia de globos. Tampoco oirán la versión de ‘Over the rainbow’. Y tampoco verán las icónicas orejas de conejo transformada en lazo negro de luto. Ni esa coreografía con las barras luminosas de ‘Problem’. Ni mucho menos bailarán ‘Into you’. Pero, eh, tampoco se han perdido tanto.

Ariana abandona el escenario, pero la gente ya no grita ‘¡Ariana, Ariana!’, sino ‘¡Ari, Ari!’. La pausa previa al bis se alarga tanto que el reguero de público que sale del recinto crece y crece. Recuerdo pocos finales de concierto más desangelados que este. Pero Ari tenía que cambiarse de traje una vez más y tomar aire para el ‘Dangerous woman’ final. Una madre y sus dos hijas se detienen para hacerse una foto posando en la balconada que hay camino ya de la calle. La menor de las hijas saldrá con cara de enfado y tapándose los oídos.

Ariana: gritas mucho, tía.

Un vigilante recorre los accesos junto a un pastor alemán.

Un helicóptero sobrevuela el Palau Sant Jordi.

Una niña huele el póster que acaba de comprar y regala una sonrisa a su madre. ¿Quién no ha olido un póster enrollado alguna vez?

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