La CRUZ DE LA VICTORIA

Del robo del siglo a la chapuza colosal: así se cargó Franco la cruz de Don Pelayo

Este verano se cumplen 40 años del robo y 75 de la polémica restauración del símbolo más legendario de Asturias (y de España). Una historia digna de 'Juego de tronos'

Foto: Franco entra en la Catedral de Oviedo con la Cruz de la Victoria en septiembre de 1942.
Franco entra en la Catedral de Oviedo con la Cruz de la Victoria en septiembre de 1942.

En la tienda de 'souvenirs' que hay junto a la catedral gótica de Oviedo, se pueden comprar camisetas de… ‘Juego de tronos’; y también de los principales iconos asturianos… ‘juegotronizados’: hay una camiseta de Don Pelayo en plena batalla de espadas y otra de la Cruz de la Victoria —que Don Pelayo blandió en la batalla de Covadonga, según la leyenda, y que aparece en la bandera de Asturias— con una serpiente enroscada, en una extraña puesta al día del símbolo asturiano (y también español) por excelencia.

Si uno prefiere ver la Cruz de la Victoria real, solo tiene que andar unos metros, entrar en la catedral de San Salvador, pagar seis euros y subir unas escaleras hasta la Cámara Santa. La cruz, más grande e imponente de lo que uno se imagina, está detrás de una verja y detrás de una vitrina, y aunque lleva ahí resguardada desde el año 908, ha sufrido tantos contratiempos que podría dar pie a un capítulo de ‘Juego de tronos’ protagonizado por un militar con alma de caudillo medieval (Francisco Franco), un ladronzuelo, una turbamulta revolucionaria minera y varios orfebres al borde de un ataque de nervios…

Bienvenidos al gran espectáculo histórico de la Cruz de la Victoria…

El robo

El de 1977 fue un verano caliente en Asturias. La UCD de Suárez acababa de ganar las primeras elecciones democráticas, pero la conflictividad social seguía en ignición, con huelgas maratonianas en la construcción, en el transporte, en la hostelería y en la recogida de basuras en diversas ciudades asturianas. Sin embargo, la estrella informativa del mes de agosto no fue un huelguista, sino un desconocido chaval gallego llamado José Domínguez Saavedra.

El muchacho, de 19 años, entró en la catedral de Oviedo hacia las siete de la tarde del 9 de agosto de 1977. No iba a rezar. Se escondió, esperó a que cerraran las puertas y robó los cepillos. Ya puestos, subió a la torre, se descolgó hasta la Cámara Santa (aprovechando unas obras), agarró las cruces expuestas y les arrancó el oro, las gemas y las perlas.

Aspecto actual de la Cámara Santa (catedral de Oviedo).
Aspecto actual de la Cámara Santa (catedral de Oviedo).

Saavedra se comió esa noche una lata de mejillones. A la mañana siguiente, salió por la puerta de la catedral, cogió un taxi a Gijón y escondió el botín. Parece que no era consciente de que acababa de desguazar el gran icono asturiano y otras joyas de leyenda, como la Cruz de los Ángeles, símbolo de Oviedo, del año 808. En unas horas los periódicos explicarían la magnitud de lo sucedido —“El robo del siglo”— y los expertos valorarían las cruces en 20.000 millones de pesetas. El drama folclórico estaba servido.

Una gran manifestación multipartidista recorrió Oviedo el 16 de agosto como muestra de consternación. El caso salpicó a la Iglesia y al Gobierno, porque las joyas no estaban bien protegidas. El director general de Patrimonio Artístico y Cultural, Antonio Lago Carballo, calificó el robo de “sacrílego” y responsabilizó a la Iglesia —“La catedral era responsable de su tesoro”— y, ojo al dato, también a los huelguistas asturianos del 77: “Lago Carballo se lamentó de que la prolongada huelga de la construcción de la provincia de Asturias impidiese que las obras de restauración de la catedral no estuvieran terminadas hace algunas semanas, lo que, en su opinión, no habría facilitado el expolio”, contó 'El País'.. El Gobierno se comprometió a elaborar por la vía rápida una ley de protección del patrimonio histórico (pero nunca lo hizo).

José Domínguez Saavedra, tras ser detenido.
José Domínguez Saavedra, tras ser detenido.

Hasta que localizaron las huellas de Domínguez Saavedra en la catedral, reinó la confusión. Dos días después del hurto, una organización llamada Alianza Anticomunista Ibérica reivindicó la acción en una llamada a ‘El País’: el robo había sido cometido por “el comando Generalísimo Franco”. Se pidió un rescate de lo más extravagante: el botín solo sería devuelto si España volvía al franquismo. Pero la trama política era falsa: el gallego de 19 años era simplemente un delincuente común con antecedentes.

Cercado por la policía, Domínguez Saavedra huyó de España dejando atrás una bolsa con las joyas. Un mes después del 'catedralazo', fue detenido en Portugal mientras intentaba robar en una iglesia de Oporto. “Solo pensaba que había hecho un buen negocio, que había tenido suerte y que con la venta de todo aquello me podría sacar un buen dinero… Supongo que los asturianos me odian”, dijo tras su detención. Fue el único condenado por el robo, aunque hay quien cree que no actuó solo. Le cayeron 18 años de cárcel, cumplió 10, y volvió a ser detenido a los pocos días de ser liberado tras asesinar a dos peristas portugueses por venganza

Solo pensaba que había hecho un buen negocio y que con la venta de todo me podría sacar un buen dinero… Supongo que los asturianos me odian

La policía recuperó casi todas las joyas, aunque algunas piezas de la Cruz de la Victoria aparecerían años después... de la manera más inverosímil. “La recuperación de la placa franca parece un cuento de hadas. A comienzos de octubre de 1989, un niño gitano jugaba a la orilla de una corriente de agua en Galicia y encontró entre los guijarros una placa de metal dorado y brillante. El padre creyó que sería algo valioso y lo llevó a un joyero en Orense con la intención de vendérselo. El comerciante fue honrado, llamó con disimulo a la policía, que incautó el objeto. Por fortuna, uno de los agentes, que intervino tiempo atrás en el asunto del robo y se aficionó al prerrománico asturiano, sabía qué era la placa. La mostró a un canónigo amigo suyo de Orense que telefoneó al cabildo de Oviedo. Una delegación se personó para traerla a Oviedo, donde el júbilo fue grande. Parece increíble que permaneciera 12 años a la intemperie sin destruirse, sin que la arrastraran las aguas, que se encontrara y que tras pasar por varias manos, volviera a su lugar”, resumió el fallecido catedrático Carlos Cid Priego en un informe de referencia sobre las peripecias de las joyas de la Cámara Santa.

La restauración de la Cruz de la Victoria y del resto de joyas se hizo en Oviedo, entre 1979 y 1986, y aunque no estuvo exenta de polémica por las discrepancias entre expertos, la cruz pelayista quedó indudablemente mejor que en la anterior restauración; aunque tampoco era muy difícil hacerlo mejor…

La revolución

Oviedo olió a dinamita durante buena parte de octubre de 1934, fecha revolucionaria donde las haya, aunque la insurrección huelguista asturiana acabó con la derrota sangrienta de los proletarios, y con el triunfo militar y represivo del joven general Francisco Franco, al mando de las tropas gubernamentales. Además de las pérdidas humanas —más de 1.000 víctimas mortales, según distintas fuentes— también hubo daños colaterales sobre el patrimonio histórico.

Tras varios días de control obrero sobre Oviedo, los guardias asaltaron la ciudad y la torre de la catedral fue usada para disparar a los revolucionarios. En su intento de recuperar el templo, los insurrectos volaron la Cámara Santa al confundirla con la base de la torre gótica. Una 'cagada' de las que hacen época.

La Cruz de la Victoria fue encontrada varios días después bajo los escombros, aunque increíblemente no sufrió apenas desperfectos. Y ahora viene la paradoja histórica apoteósica: el franquismo hizo mucho más daño a la Cruz de la Victoria que la dinamita proletaria, al perpetrar una de las restauraciones más chapuceras de la historia del patrimonio español.

La ceremonia

Acabada la Guerra Civil, el franquismo pensó que no habría acto más simbólico del nuevo orden que la entrada de Franco en la catedral de Oviedo —y en la reconstruida Cámara Santa— bajo palio y sosteniendo la Cruz de la Victoria. La lógica histórica era la siguiente: si Don Pelayo había echado a los moros de Asturias para unificar España, Francisco Franco había hecho lo propio al liquidar a los rojos. La fecha para la escenificación de esta nueva Reconquista de España: 5, 6 y 7 de septiembre de 1942, catedral de Oviedo, tres días de fastos. “A la visita se le dio un perfil altísimo”, cuenta María Pilar García Cuetos, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo y experta en el uso político del patrimonio histórico durante el franquismo.

“La figura de Franco se identificó con la de un caudillo medieval en lucha contra un enemigo irreconciliable. El fin de la Guerra Civil fue interpretado como la victoria de una cruzada. Y las cruzadas las lideraban los caudillos elegidos por la gracia de Dios. La ceremonia en la catedral de Oviedo sirvió para escenificar la (nueva) Reconquista. No se dejó nada al azar: detrás del acto había unas élites culturales profundamente conocedoras del pasado medieval español. Franco entró en la catedral como un caudillo guerrero con la Cruz de la Victoria. Fue un acto de altísimo contenido simbólico porque reprodujo minuciosamente una antigua ceremonia medieval descrita en el libro de los rituales de la iglesia visigoda de Toledo, el ‘Liber Ordinum’, que describe el tipo de ritual para el regreso de un rey victorioso que entra en la iglesia portando la cruz”, aclara García Cuetos.

La figura de Franco se identificó con la de un caudillo medieval. La ceremonia en la catedral de Oviedo sirvió para escenificar la Reconquista

El ritual de entronización medieval de Franco no fue un simple delirio folclórico típico de las borracheras de poder, sino que ejerció una función icónica clave para la estabilización de un franquismo que no las tenía todas consigo.

“Era una ceremonia necesaria para un régimen que aún tenía que afianzarse. Aunque el franquismo cambiaría con el tiempo, al principio dependió mucho de la figura personal de Franco, el elegido en el que había que centralizar el poder, al que se presentó como un caudillo victorioso que continuaba el linaje de otros caudillos guerreros. Recordemos que en esas jornadas ovetenses no solo se reconsagró la Cámara Santa, sino que se creó el Jardín de los Reyes Caudillos, en un costado de la catedral, con esculturas de todos los reyes de Asturias, Pelayo y Alfonso III incluidos, como si se quisiera marcar una continuidad histórica que justificara políticamente al nuevo caudillo, Francisco Franco”, cuenta García Cuetos.

Pero, ¡ay!, aunque la ceremonia se cuidó hasta el último detalle simbólico, las prisas del nuevo régimen —ansioso por estabilizarse— jugó una mala pasada tanto a la Cruz de la Victoria como a la Cámara Santa.

Reconstruir los lugares que identificaban la Reconquista con la cruzada franquista era una prioridad

En efecto, la restauración exprés se convirtió en una 'prioridad del régimen' acabada la guerra: Pedro Muguruza —director general de Arquitectura— preguntó a Luis Menéndez-Pidal —comisario del Patrimonio Artístico Nacional desde 1936 y autor de la Santa Capilla de la Cueva de Covadonga, donde la leyenda sitúa a Don Pelayo escondiéndose de los musulmanes— qué obras había que hacer primero para favorecer la propaganda de la causa nacional. “Menéndez-Pidal le dijo expresamente a Muguruza que la Cámara Santa era una prioridad. Los lugares que identificaban la Reconquista con la cruzada franquista eran trascendentales”, aclara García Cuetos.

La chapuza

La combinación de máxima prioridad y prisas propagandísticas dio como resultado una restauración errática de la Cruz de la Victoria: se hizo “con medios económicos muy precarios, sin el tiempo suficiente y sin la documentación gráfica y los estudios previos imprescindibles. Lo que exigía meses o años de trabajo y millones se hizo de memoria y precipitadamente para obedecer la orden drástica de su presentación durante una próxima visita a Oviedo de Francisco Franco”, contó el catedrático Carlos Cid Priego en su informe.

Presionados por el aparato propagandístico del franquismo, los orfebres se sacaron de la manga una solución milagrosa para sustituir las piezas que habían desaparecido de la cruz con el paso del tiempo: ¡poner en su lugar fragmentos de botellas de sidra! Y no es broma.

Los orfebres idearon una solución milagrosa para sustituir las piezas que habían desaparecido de la cruz: ¡poner fragmentos de botellas de sidra!

“Con el paso de los siglos, habían desaparecido numerosos cristalitos verdes de relleno de los trifolios de los brazos del anverso. Como no había dinero ni tiempo para fabricarlos, se recurrió a algo ingenioso, cuidadoso e inverosímil. Se rompieron botellas de sidra natural, que son verdosas, los fragmentos se tallaron uno a uno y se ajustaron a la forma y tamaño exacto de cada alveolo. Chapuza colosal y genial, primero por la ocurrencia, luego por el trabajo tan minucioso y preciso con un material tan ingrato. Cuando se paseó triunfalmente la cruz para celebrar la victoria de la Guerra Civil, que costó un millón de muertos y la destrucción del país, se hizo con el símbolo de la Pasión de Cristo, quizás con la madera de Pelayo en Covadonga, la joya de Alfonso III, pero también con piedras modernas de adorno femenino y vidrios de botellas de sidra. Así es la Historia”, explicó Cid Priego en su informe, en el que salvó el honor de los orfebres, “a los que deben disculparse los errores forzados por las condiciones a que les forzaron”.

Portada de 'La Vanguardia' de septiembre de 1942.
Portada de 'La Vanguardia' de septiembre de 1942.

La restauración ni siquiera respetó el diseño original de la cruz: “El medallón se desplazó un giro de 90 grados y los paneles triangulares quedaron mal situados”, según Cid Priego.

La Cámara Santa, por su parte, también se reconstruyó de aquella manera: “Al poder franquista le interesaba dar un golpe de efecto. La Cámara Santa era la cuna de la Reconquista, y Franco había reconquistado España de nuevo para Cristo. Ahí había un potencial propagandístico enorme que hacía que al régimen le interesara esa reconstrucción total, y por eso lo que se hizo no fue una anastilosis, es decir, recolocar donde estaban los 50.000 ladrillos caídos y esparcidos, sino una construcción desde cero que rompió todos los cánones: se hicieron ladrillos nuevos de piedra caliza que no se demarcaron claramente de los viejos”, en opinión del historiador y experto en arte altomedieval asturiano Lorenzo Arias.

Resumiendo: la Cruz de la Victoria se apañó con cristales de sidra y alterando su diseño original, y la Cámara Santa, del siglo IX, se reconstruyó con ladrillos del siglo XX.

El periodista de raza

La trastienda chapucera de la restauración pasó desapercibida en ese momento. Los cronistas de la mutación de Franco en Don Pelayo prefirieron deleitarse en los detalles épicos. Atentos a la crónica del enardecido enviado especial de ‘ABC’ a la ceremonia de conversión de Franco en caudillo medieval. “Un fervor emocional recorrió hoy la geografía espléndida de Oviedo. Comenzó allá entre los riscos de Pajares, altivo, agreste y dinámico, donde triunfalmente fue recibido Su Excelencia el Jefe del Estado, venido para resaltar con su presencia los actos de fe con que España vibra ahora", arrancaba el texto.

La Cruz de la Victoria.
La Cruz de la Victoria.

Cuando Francisco Franco llegó a la plaza de la catedral y agarró la Cruz de la Victoria, el periodista implosionó definitivamente. "Los ojos se hicieron lágrimas y el alma se estremeció al paso del cortejo… En el momento preciso, Franco, con lentitud majestuosa, llegó hasta la santa reliquia, que esperaba, y la tomó entre sus manos. Eran exactamente las seis y treinta y cinco minutos de la tarde del 5 de septiembre. Y con la preciada carga, con la misma Cruz de la Victoria que Pelayo empuñara… el Generalísimo, con paso solemne, seguro y rostro velado por una emoción que yo no acierto a describiros —emoción de siglos, gravitando sobre las manos vencedoras de la mejor batalla—, penetró en la Catedral… Paso a paso, con la Cruz preciada y preciosa —victoria, siglos, fe y gloria, cuajados en plata y piedras—, Franco iba camino del altar mayor. En sus manos iba la victoria misma aprisionada, en las manos que otra victoria hicieron. Yo quisiera recortar con ensueño esta estampa de la Cruz, el Caudillo y la Catedral. Cruz de la Victoria en manos del vencedor bajo una Catedral —la Patria— deshecha por odios y que ahora se edifica con piedras y amores. Como a España en su victoria. Porque era todo en aquel momento historia en la misma historia, fe en la fe; victoria y vencedor bajo muros góticos atormentados de odios y rehechos de amor… Era en el nuevo amanecer de la Patria de reyes caudillos santos y mártires”.

He aquí un plumilla roto en mil pedazos.

Moraleja de esta historia sobre la Cruz de la Victoria: no hay problema en Asturias que no se pueda solucionar con una buena caja de sidra. Como sabiamente dice el dicho popular: "Con fabes y sidrina, nun fai falta gasolina".

Una cruz con historia

La Catedral de Oviedo (San Salvador) se construyó entre los siglos XIII y XVI junto al anterior conjunto catedralicio prerrománico del siglo IX, alguno de cuyos edificios sigue en pie. La Cámara Santa, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, data del siglo IX. Además de las cruces, alberga varias reliquias, como un sudario ‘santo’ que la Iglesia relaciona con Jesucristo.

De la Cruz de la Victoria sabemos que era de Alfonso III —una inscripción en el reverso afirma que el monarca y su mujer, Jimena, se la donaron a la basílica ovetense del Salvador en el año 908—, aunque la leyenda añade un detalle histórico crucial: lo que hizo el monarca fue cubrir de oro y brillantes la modesta cruz de roble que Don Pelayo enarboló contra los ‘moros’ en la batalla de Covadonga. ¡La cruz de la Reconquista! Las peripecias de Don Pelayo tienen mucho de mitológicas, lo cual no significa que el mito no tenga profundas connotaciones políticas sobre la realidad: la Cruz de la Victoria no es una cruz cualquiera, como bien sabía Franco.

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