sexta jornada del festival de cannes

El peor Haneke se queda sin final feliz: termina el amor entre Cannes y el director

Decepción en el festival francés con 'Happy End', la nueva película del director de 'Funny Games' y 'Amour', retrato del colapso de la burguesía europea

Foto: Michael Haneke e Isabelle Huppert en Cannes | Reuters
Michael Haneke e Isabelle Huppert en Cannes | Reuters

¿Tercera Palma para Michael Haneke? El director austríaco podría hacer historia en esta 70 edición del certamen francés si se convierte en la primera persona en conseguir por tercera vez el premio mayor. Pero, aunque los caminos de los jurados son inescrutables (como prueba el nefasto palmarés del año pasado), a día de hoy parece poco probable que quien fue coronado con la Palma de Oro por 'La cinta blanca' y 'Amour' consiga el triplete con 'Happy End', probablemente su peor película hasta la fecha.

Situado en la ciudad de Calais, estamos ante el enésimo drama que inspecciona la decadencia moral de una familia burguesa de rancio abolengo. Con mayor sutileza y cierto sentido soterrado del humor, Haneke sin embargo repite una serie de rutinas temáticas y estilísticas habituales en su cine. La aproximación a los diferentes protagonistas se lleva a cabo de manera fragmentaria e intercalada, por lo que hay que ir atando los cabos del quién es quién y quién hace qué, como en alguno de sus primeros films. A la manera de 'Benny's Video' también tenemos a un menor que manifiesta sus tendencias homicidas y su pulsión voyeurística a través de un dispositivo videográfico.

Fotograma de 'Happy end', de Michael Haneke
Fotograma de 'Happy end', de Michael Haneke

Como en 'Caché', las estructuras coloniales emergen de forma indirecta: los únicos franceses de origen magrebí que se ven en el film trabajan al servicio de la familia protagonista, y los refugiados también tendrán un par de apariciones puntuales hacia el final del metraje. Un personaje secundario que se dedica a la música demuestra unas filias sexuales poco normativas como en 'La pianista'. Y el film incluso establece una conexión directa con 'Amour' planteándose casi como una suerte de secuela de la misma.

La revisión de un territorio y estilo habituales no serían mayor problema si Haneke no llevara a cabo una película rutinaria

La revisión de un territorio y estilo habituales no serían mayor problema si Haneke no llevara a cabo una película rutinaria, sin apenas poderío estético ni político. Lejos estamos del cineasta capaz de generar todo un universo de perturbación social en títulos como 'La cinta blanca'. A través de esta familia de la clase media-alta de Calais que mantiene una empresa de construcción es fácil llevar a cabo una lectura sobre la alienación europea y el colapso moral de la burguesía.

El equipo de 'Happy End' en Cannes | Reuters
El equipo de 'Happy End' en Cannes | Reuters

Haneke facilita las cosas con algunas metáforas visuales de fácil digestión: el socavón en las obras que dirige la compañía familiar, la fiesta interrumpida por la aparición de los refugiados, que apenas se habían hecho visibles antes, las comidas en que nadie habla de lo que realmente siente... Los personajes también encarnan arquetipos de sobra conocidos: la mujer empresaria con todo bajo control (Isabelle Huppert, la hemos visto mil veces en este tipo de papel), el hijo inútil que parece destinado a hundir la firma familiar (y protagoniza una de las mejores escenas del film, cuando se desata en un karaoke), el hermano de ella con una doble vida sexual (desprende cierto tufillo moralista eso de "denunciar" los gustos sexuales poco ortodoxos de un personaje), la niña mucho menos inocente de lo que parece... Y el padre de todos ellos, un Jean-Louis Trintignant inmenso con un objetivo en el film tan claro como difícil de conseguir. El espléndido plano final al que alude el título sí que nos devuelve por un instante al Haneke más magistral.

La decisión de Steven

Hay algo de perturbación hanekiana de la buena en 'The Killing of a Sacred Deer', la nueva película de Yorgos Lanthimos. El griego le da la vuelta a las inercias del 'psychothriller' de los noventa a partir de la historia de una familia acomodada que ve peligrar su estabilidad a causa de la irrupción de un chaval misterioso.

El cardiólogo Steven (Colin Farrell) mantiene una relación cuasi paternal con Martin (Barry Keoghan), un adolescente del que no sabemos nada al inicio del film. El joven se introduce cada vez más en la rutina de la familia de Steven, sin que la madre Anna (Nicole Kidman) lo vea claro. Hasta que descubrimos las intenciones de Martin, el típico personaje del pasado de Steven que regresa con ansias de venganza, cuando los dos hijos del matrimonio caen enfermos de una afección imposible de diagnosticar. Lanthimos cuece a fuego lento una inquietante tensión que empapa todo el film.

Lanthimos cuece a fuego lento una inquietante tensión que empapa todo el film

La enfermedad de los dos niños es un misterio que no va a ser resuelto, por lo que el conflicto dramático se centra en cómo va a reaccionar Steven ante las peticiones de Martin a cambio de devolver la salud a los pequeños. Si en el 'thriller' de los noventa el extraño que alteraba a los protagonistas era eliminado a fin de sellar todavía más la unión familiar, aquí Lanthimos juega por el contrario a dinamitar la ilusión de familia perfecta.

Nicole Kidman y yorgos Lanthimos en Cannes | Reuters
Nicole Kidman y yorgos Lanthimos en Cannes | Reuters

En este sentido, 'The Killing of a Sacred Deer' no está tan lejos del film que le dio a conocer, 'Canino', otra andanada contra la idea de familia estable. Con una puesta en escena mucho más sofisticada (el diseño de sonido corre a cargo de Johnnie Burn, responsable también del de 'Under the Skin', y se nota), Lanthimos también trabaja aquí el proceso de animalización de una familia y la deshumanización llevada a cabo a través de ciertos usos del lenguaje. Aunque no explota del todo elementos que tiene a mano como los errores tapados en el sistema médico o la manera que tienen los dos protagonistas, ambos doctores, en buscar soluciones lógicas ante una disyuntiva totalmente irracional. Sólida a la hora de crear una atmósfera de progresivo terror, la película pierde fuelle hacia el final precisamente por su necesidad de desembocar en una conclusión chocante para el espectador.

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