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La buena mierda fascista de Ignatius Farray, en la cama con la bestia parda del humor

El cómico, icono del humor punk, asalta el mainstream. Le seguimos durante varios días para entender qué significa ser una bomba de relojería humorística

Foto: Ignatius Farray en una foto promocional
Ignatius Farray en una foto promocional
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He aquí una de las llamadas de teléfono más chocantes recibidas por este periodista en los últimos meses:

-Hola. ¿Has sacado unas entradas para ver mañana a Ignatius Farray en nuestro club?
-Sí.
-¿Conoces a Ignatius?
-Eh, sí…
-¿Estás familiarizado con su humor?
-Esto… sí.
-¿Seguro?
-Creo que sí...
-Si no lo estás, no te sientes en las primera filas...
-Eh... vale.

Y así durante un rato y en tono grave. Resumiendo el espíritu del interrogador: usted va a ir a ver a Ignatius por voluntad propia (quizá está usted enajenado, pero es cosa suya); reclamaciones, por tanto, al maestro armero, buena suerte y encantado de haberle conocido. Entre la advertencia y el pésame, como si en lugar de ir a ver a un cómico hubieramos comprando una entrada para un show de sadomaso en el que no hacen prisioneros…

La buena mierda fascista de Ignatius Farray, en la cama con la bestia parda del humor

Día 1

Madrid, noche, actuación de Ignatius. Al llegar al local, el Beer Station, un clásico madrileño de la comedia en vivo, nos vuelven a aconsejar amablemente que evitemos las primeras filas. Ocupamos nuestros asientos en estado de alerta, pero no lo suficiente como para gestionar la irrupción de, ¡ay!, un espontáneo: diez minutos antes de que Farray suba al escenario, un fulano de aspecto estrafalario que parece buscar asiento se encara con unos espectadores...

Uno acaba como si le hubiera pasado un mercancías cómico por encima, atropellado por una estampida de búfalos en las praderas de los límites del humorDiez minutos de rifirrafe dialéctico después, al fulano le da una ventolera, invade el escenario y se arranca con un 'speech' torrencial que va de lo político (Donald Trump) a lo absurdo (¿cuántos castillos tiene Albert Rivera?), y de lo punk (¿son Hitler y el cantante de Jarabe de Palo la misma persona?) a lo personal (su doloroso divorcio y su recién diagnosticada enfermedad del corazón)… Bienvenidos al loco mundo de un fulano llamado, sí, Ignatius Farray...

En efecto, Farray siembra el caos desde que entra por la puerta del local con chaqueta de chándal y mochila. Con el cuchillo entre los dientes antes de subirse al escenario. Todo ello a gran velocidad, con réplicas improvisadas y vertiginosas y sin dejar de atizar a los espectadores en ningún momento. Espectadores que, como en todo club sadomaso que se precie, saben a lo que han venido/han pagado para irse calentitos a la cama. Hora y media después, uno está como si le hubiera pasado un mercancías por encima, arrollado por una estampida de búfalos en las praderas de los límites del humor.

Dice Jordi Costa que Ignatius Farray (Tenerife, 1973) es el coronel Kurtz del poshumor. Y oiga, se puede decir diferente, pero no mejor, porque Farray juega el mismo rol en el humor español que el personaje de Marlon Brando en 'Apocalypse Now': el del francotirador iluminado y atrincherado en la jungla. Ocurre que a Ignatius/coronel Kurtz le ha ocurrido algo estos meses: los marines le han trasladado del underground de la selva vietnamita al mainstream de los media celtibéricos. De verle actuar en antros y en sketches épicos de ‘La hora chanante’, hemos pasado a escucharle en la SER (‘La vida moderna’), verle en el programa de Buenafuente (‘Late Motiv’), y gozar con una serie sobre su vida y milagros -‘El fin de la comedia’ (Comedy Central)- cuya segunda temporada acaba de rodar. Sí, amigos, la bestia anda suelta por la ciudad: si usted tiene aprecio por su equilibrio mental, evítenlo.

La buena mierda fascista de Ignatius Farray, en la cama con la bestia parda del humor

Día 2

“Ignatius no está muy católico, no le alteréis”, advierte David Broncano al público que asiste hoy [el pasado lunes] a la grabación de ‘La vida moderna’. Risas nerviosas entre una chavalada que parece recién salida de un botellón. Farray y Quequé entran poco después en el estudio entre vítores. Invitado de hoy: Arévalo. Segundos fuera...

‘La vida moderna’ -un 'ménage à trois' entre Broncano, Ignatius y Quequé- ha rejuvenecido la audiencia de la SER a golpe de cuchufletas y vídeos de YouTube con sus grandes hits: de grabar un programa frente al Valle de los Caídos -“Surgió como la típica broma que se transforma en bola de nieve y se hace realidad. Quizá no fuera nuestro programa más gracioso, pero hacerlo fue una especie de hito”, cuenta Ignatius- a recibir en el estudio a Andrea Levy, vicesecretaria cool del PP, al grito de (liderado por Farray): “FASCISMO DEL BUENO”. La juerga, vaya.

La buena mierda fascista de Ignatius Farray, en la cama con la bestia parda del humor

“El programa va para arriba. Somos muy informales, llegamos allí y soltamos nuestras cosas, sentimos que tenemos mucha libertad y se nota. Broncano, Quequé y yo compartimos gusto por lo cómico, pero somos tres personas bastante distintas que se compensan, si fuéramos del mismo corte igual no tendría tanta gracia”, aclara Ignatius sobre la creciente repercusión de ‘La vida moderna’.

Día 3

Tres días después de asistir a la grabación de ‘La vida moderna’, quedamos con Ignatius en una terraza de Malasaña con el objeto de resolver las dudas que tienen en vilo a España entera. ¿Está el mainstream preparado para el coronel Kurtz? ¿Ha estado Ignatius alguna vez en una cárcel turca? Y sobre todo: ¿El fascista bueno nace o se hace?

PREGUNTA. El día antes de verle actuar me llamaron del local para preguntarme si estaba seguro de lo que hacía…

RESPUESTA. ¿Te llamaron al móvil directamente?

P. Sí.

El acuerdo es el siguiente: un grupo de personas se junta y me deja comportarme así. Me refugio en la libertad que me dan. Sientes su complicidad y te envalentonas

R. ¡Hostia! Parece un poco desproporcionado… Igual alguna vez ha habido algún malentendido, alguien que no sabía dónde se metía y salió un poco desorientado, pero son casos puntuales, lo que ocurre es más bien lo contrario: la gente me otorga su confianza. Cuando veo que alguien lo pasa mal, yo también lo paso mal, pero si me siguen el rollo, voy a tope. Tengo la suerte de que, después de tantos años, la gente ya sabe a lo que viene. El acuerdo es el siguiente: un grupo de personas se junta para verme y me deja comportarme así. Me refugio en la libertad que me dan. Sientes su complicidad y te envalentonas.

P. En los últimos meses ha dado el salto al mainstream: de la SER a Buenafuente. No es lo mismo hablar en la SER que en un bar donde todos te conocen. ¿Cómo mete el filtro?

R. No meto el filtro de manera premeditada, en plan 'aquí puedo contar esto y allí puedo contar lo otro', aunque el contexto me haga medir. Pero no especulo.

Ignatius Farray en 'El fin de la comedia'
Ignatius Farray en 'El fin de la comedia'

No es fácil explicar en qué consiste un show de Ignatius Farray. Más allá de lo evidente -su modo de confrontar y agitar al espectador- el cómico canario tiene diversos dones; por ejemplo, su capacidad para retorcer lo político hasta llevarlo a un lugar absurdo. He aquí un monólogo televisivo del joven Farray cuando Bin Laden estaba aún en activo:

“¿Hay algún terrorista de Al Qaeda esta noche entre el público? ¿No? ¿Sabían que Bin Laden es un pijo? El tío nació en una familia rica y le llamaron Osama… Pero no es un pijo como Pocholo, que reconoce que es un pijo, es un pijo acomplejado, y por eso se viste para parecer un arrastrado. Es el típico pijo árabe que quiere ser grunge, que quiere ser Kurt Cobain. El tío tiene que ser un gilipollas porque va con una chilaba blanca, se monta en un caballo blanco, ¡y luego se pone una chaquetita de camuflaje! Está claro que el tío no quiere camuflarse, el tío lo que quiere es ser el típico pijo árabe alternativo. No es que Bin Laden esté en contra de las libertades de occidente, porque él no podría hacer nada sin George Bush y Ariel Sharón, no, Bin Laden lo que es es un gilipollas. La gente dice: Bin Laden es un gilipollas, vale, pero es un gran comunicador de masas… ¿Pero de quién coño estamos hablando de Bin Laden o de José Luis Moreno?

P. Solo unos pocos individuos en el mundo parecían psicológicamente preparados para la inesperada victoria de Donald Trump. Usted entre ellos: durante la campaña se compró una camiseta electoral de Donald Trump con la que apareció en tele y radio divagando sobre el trumpismo…

A la comedia le ha salido el tiro por la culata con Trump. Muchos sketches pretendían ridiculizarle, pero consiguieron que se le viera como a alguien cercano

R. Se supone que es una camiseta de apoyo a Trump. Me la puse con la ilusión de que si alguien como yo le apoyaba, le quitaría votos, pero quizá no le apoyé lo suficiente… En EEUU se ha construido una montaña cómica sobre Trump... con efectos paradójicos: se utilizó para criticarle, pero en el fondo funcionó como fuerza conciliadora. A la comedia le ha salido un poco el tiro por la culata con Trump. Se ha criticado al 'Saturday Night Live' por convertir a Trump en un personaje gracioso de ficción, porque la gente le ha acabado viendo de esa manera. Los sketches pretendían ridiculizar a Trump, pero consiguieron que se le viera como a alguien cercano. ¡Quién no querría de presidente a Homer Simpson! La comedia no ha sido una herramienta eficaz para impedir que Trump llegue a la presidencia, aunque tampoco está claro que la comedia en general sirva o deba servir para tal cosa.

P. Cuando ganó Trump escribió un tuit que dio mucho que hablar.

R. Trump ha llegado al poder por la vía populista de declarase antisistema, algo que ya sabemos que no es, pero resulta que hay izquierdistas en España que sí tienen posiciones políticas a contracorriente, pero tienen miedo a declarse antisistema. ‘Si digo que soy antisistema, me restará votos”, piensan, pero eso un error: si uno está en contra de cómo se hacen las cosas, no debería camuflarse.

P. Creo que tiene que ver con un tic demoscópico clásico: pensar que para ganar unas elecciones en España tienes que parecer de centro, tic achicharrado ahora que EL CENTRO ha explotado en todas partes. El centro ha sido veneno para la taquilla en 2016.

R. Es verdad que existe ese tic, y es ridículo. Si uno está enfrentado al poder, que se muestre como tal.

P. ¿Puede desarrollar el concepto “fascismo del bueno”?

R. (Risas) Es una broma habitual de ‘La vida moderna’ que está por desarrollar ideológicamente (risas)… Es una broma y punto. Andrea Levy contactó con nosotros para venir al programa porque hacíamos la broma de que algún día había que invitar a algún facha... Lo de recibirla al grito de ‘fascismo del bueno’ no fue premeditado… creo que ella se sintió un poco descolocada… Fascismo del bueno es fascismo con ironía de por medio. Yo no soy racista, pero hago bromas sobre negros y sudacas, eso es fascismo del bueno. Pero hacer ese tipo de comentarios en serio sería fascismo del malo.

Ignatius Farray en 'Late Motiv'.
Ignatius Farray en 'Late Motiv'.

Durante su show en el Beer Station, el cómico hizo un derroche de fascismo del bueno. El momento álgido llega cuando, tras hacer una serie de bromas punkies sobre los latinos, Ignatius preguntó al público:

-Ay, igual no debería haber dicho esto porque… ¿hay algún latinoamericano en la sala?

En ese momento, una mano se levantó en la, ejem, primera fila...

-Yo soy peruano.

Ignatius se volvió loco al escuchar la palabra “peruano” y desató una tormenta de mierda sobre el país andino. Si un político hiciera esa clase de comentarios en Twitter, no es que tuviera que dimitir, es que iría directo a la silla eléctrica. Huelga decir que todos acabamos llorando de risa en la sala (incluido el peruano).

Pero detrás de los ataques de Ignatius al público hay sentido de la justicia, dado que él es la principal víctima de sus andanadas cómicas, un reírse de uno mismo que lleva al límite confesional, siguiendo la gloriosa tradición estadounidense de kamikazes del humor.

La buena mierda fascista de Ignatius Farray, en la cama con la bestia parda del humor

P. Richard Pryor es dios para usted, ¿verdad?

R. Es una inspiración total. El 'stand up' surge con Lenny Bruce a finales de los cincuenta, influenciado por la primera contracultura. Bruce rompe con la tradición del vodevil y empieza a hablar libremente a través de un micro. Pero fue Richard Pryor el que fue más allá al introducir un tono confesional e íntimo, sin refugiarse encima del escenario, fue la revolución, un antes y un después que aún colea. Richard Pryor tenía esa valentía, a lo mejor un poco inconsciente, pero la tenía. Le llevó varios años encontrar su propia voz. El 'stand up' nació de un modo alternativo en EEUU, y también en el Reino Unido, durante el thatcherismo, cuando los cómicos empezaron a expresar puntos de vista contrarios a Thatcher. Aquí en España empezó al revés y de un modo un tanto artificial, a través del programa de tele 'El club de la comedia', pero luego surgieron ramificaciones alternativas y menos convencionales.

P. ¿Cómo de personal puede llegar a ponerse uno? ¿Dónde está el límite?

R. Yo no especulo especialmente. En cuanto me ocurre algo, surge la ilusión de contarlo, por deformación profesional, como hacían Lenny Bruce y Richard Pryor. En mis actuaciones hablo sobre temas como mi separación, los juicios para lograr pasar más tiempo con mi hijo y mi miocardiopatía hipertrófica... Si se me ocurre una manera humorística de contar estas cosas, lo hago. Lenny Bruce llegó a tal extremo que no estaba claro que hiciera comedia: llegaba y se ponía a leer y a comentar las sentencias de sus juicios por obscenidad. Contar las cosas personales dolorosas te ayuda a estar en paz contigo mismo. Alivia.

Posdata: Cada vez que alguien llama al móvil de Ignatius Farray, suena la Cabalgata de las Valkirias. ¿No es maravilloso? ¡Todos somos el coronel Kurtz! Españoles, el que no se haya echado al monte, que se eche, ¡y al loro!

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